Infancia feliz

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Yo no sé, ni sabré nunca lo que es una infancia infeliz, tuve la infancia más feliz que un niño pudo haber tenido, de entrada: tuve padres y una familia enorme, tuve ropa, comida y techo. Mi techo no era cualquier techo, viví en una casa de 900 m2, con un jardín enorme, con muchos árboles, flores, plantas, bichos, para acabar pronto, yo era la niña de la selva. Mi comida, tampoco era cualquier comida, en mi casa a la hora de la comida había botana, sopa, plato fuerte, postre y café; además de desayuna y cenar, existían el luch y la merienda. Mi ropa, tampoco era cualquier ropa, mi madre odia a muerte la ropa de mala calidad, así que comprar ropa en un tianguis…jamás. Toda mi ropa fue siempre de marca, quizá no de marcas carísimas de renombre, pero no era ropa pirata. Mis juguetes fueron siempre también originales, no se deshacían al primer trancazo y el plástico del que estaban hechos resistía hasta más no poder. Mis padres vivieron trabajando para que las cosas que me proporcionaban fueran de buena calidad, sin importar que fueran un más caras.

Lo más importante es que recibí amor por toneladas y atenciones, las que más. No conocí el hambre ni la carencia, no supe de la orfandad ni la indiferencia, no viví en la ignorancia ni en la violencia, no existía el maltrato ni la maldad. Mi infancia, fue una infancia feliz, muy privilegiada, con muchas historias maravillosas, con casi nula dificultad; por eso siempre me he sentido afortunada porque a pesar de que hubo uno que otro problema, no me faltó lo esencial.

Mis abuelos paternos, son las personas más generosas que he conocido en la vida, ellos fueron generosos con todos, dieron a manos llenas; muchas veces sin mirar a quien. Eran los encargados de transformar nuestras navidades en la época más mágica del año, no conforme con los regalos que recibíamos en nuestras casas, mis primos y yo, ellos también nos daban regalos. Los fines de semana, por lo general, había reunión para comer en su casa. Eran comidas de por lo menos 15 personas, por supuesto, la comida y la bebida eran pagadas siempre por ellos, no era como en muchas casas mexicanas donde todos cooperan. El mejor regalo que nos hicieron a los nietos fue comprar un brincolin, uno de estos trampolines, donde lo único que se hace es brincar. Imaginen un brincolin con hasta 10 niños encima brincando durante horas, en él jugamos a todo lo que los niños juegan cuando son pequeños. Los papas y hasta los abuelos, llegaron en algún momento a subirse, por supuesto, nunca con la agilidad y destreza de nosotros. Aunque tengo 30 años, tuve una infancia sin tecnología, lo más avanzado que había era la televisión a color, el VHS y contratar cablevisión (tele de paga).

Entre semana mi rutina era ir a la escuela, regresar a casa a comer, hacer la tarea, jugar en el jardín, ver un poco de tele y a dormir. Los fines de semana, era de ley, hacer la limpieza de la casa el sábado, mientras que los domingos íbamos a misa y a las famosas comidas en casa de los abuelos. Además de todo lo anterior, tuve muchos primos, ellos eran lo más cercano que tenía a los hermanos. Como buenos hermanos, nos molestábamos, nos peleábamos, nos reconciliábamos, nos caíamos a veces bien, a veces mal. Otra cosa hermosa de mi infancia era cuando me invitaban a dormir a casa de mis primos, por las noches solíamos hacer travesuras, nos levantábamos a escondidas a jugar, nos desvelábamos y no había cosa más divertida que esa.

La infancia feliz, me dejó la lección más grande de todas: no importa lo que te suceda, no interesa que tan dolorosas sean algunas lecciones, la felicidad es un estado mental. Yo soy feliz todos los días de mi vida, he llorado mucho pero hasta ahora no ha habido nada que me haya amargado la existencia.

Comentarios

  1. JR

    5 febrero, 2019

    MARIA FERNANDA, que relato tan hermoso has escrito! Gracias por compartirlo. Es una tristeza que esos tiempos idílicos ya casi se extinguen. Bueno, tal vez en nuestra manera de ver las cosas como adultos, quizas los niños todavia piensen igual.

  2. Mabel

    6 febrero, 2019

    ¡Qué maravilla! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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