La mentira del deporte

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¿Cuántos vivimos creyendo que el deporte era esencial para la salud? Hoy podemos afirmar que eran todas patrañas, verdades digitadas por las grandes corporaciones analógicas para llevarnos por el camino, inútil y peligroso, del esfuerzo físico. ¿Qué ganan los que se rompen huesos practicando deportes semi-civilizados como el rugby? ¿Y los que se desgarran por correr y saltar como neardenthales detrás de una pelota, pelotita o bocha? ¿O esos que, de grandes, comienzan a pedalear o a disfrazarse de maratonistas quedándose secos cuando no les responde el corazón?

Los matasanos (mal llamados médicos), nos han hecho creer, como a inocentes criaturitas (si es que todavía queda alguna), que es primordial mantenerse activo, con el único fin de dar trabajo a radiólogos, traumatólogos y derivados… Por su parte, los maestros y entrenadores, nos engatusaron con las virtudes educacionales del deporte, la caballerosidad, el compañerismo, los valores y toda esa perorata, solamente para llenar los bolsillos de sus jogginetas.

¿Y los videojuegos? ¿Acaso no nos mantienen activos sin necesidad de lesionarnos o darnos un paro cardíaco? ¿Por qué oscura razón nunca nos señalaron las virtudes de los videogames? Me voy a detener en el que, quizás, sea el ícono de los videojuegos: el Pacman. ¡Puta que el Pacman es un juego que transmite valores! Recuerdo que de niño, allá en los años ’80, quizás inconscientemente, ya empezaba a perfilarme como un firme luchador de la Revolución Digital. Mis héroes no eran Maradona, Hugo Porta, el Lole Reuteman o Willy Vilas… mis ídolos era aquellos valientes jóvenes que se pasaban las vacaciones adentro de Sacoa u otra casa de “fichines” en Villa Gesell, Pinamar, Mar del Plata o cualquier lugar de avanzada que contara con estos verdaderos palacios de la diversión. Mis próceres no eran figuras de bronce inalcanzables, uno los podía ver siempre allí sentados, en la oscuridad de las casas de jueguitos con el joystick en mano, superándose, desafiando al calor, sin tentarse por el mar u otros placeres terrenales. Personajes de carne y hueso (más carne que hueso porque el sedentarismo los volvía fofitos). No llevaban remeras con números, ellos estampaban sus records en el videojuego, dejando sus iniciales, orgullosos y desafiantes para que alguien intente superarlos. O al menos hasta que los encargados desenchufaran las máquinas reiniciándolas. Mis ídolos del Pacman eran QLO o P2O, porque a parte eran ingeniosos y utilizaban esas escasas tres iniciales para mandarle a la sociedad un mensaje de rebeldía.

No solo eso, el Pacman, como estandarte de la cultura videojueguil, desprendía mensajes ecologistas (alimentarse con las frutas de cada nivel daba puntos extra), políticos (el fantasmita “rojo”, según los expertos, era el más jodido) ¡y hasta feminista! (el rosa era claramente más inteligente que el celeste). Lo mejor de todo es que el mensaje no era obvio, como puede ser el ajedrez, con su clara interpretación clasista en el que todos se sacrifican por el rey. El videojuego nos obligaba a pensar, a reflexionar, pasábamos tardes enteras, sobre todo cuando no teníamos dinero para fichas, debatiendo cuestiones existenciales, por ejemplo ¿son fantasmas o medusas (claramente influenciados por el ambiente costero)?, ¿quién es el malo, el Pacman que devora como un consumista, angurriento empedernido, o los fantasmas que lo reprimen?

Por estos, y otros muchos motivos, no tengo dudas, el Pacman, en mi caso, reemplazó con creces la cuota educacional que le suelen adjudicar a los deportes. Todavía recuerdo cuando, hace poco, les agradecí a mis viejos el haberme dado dinero y libertad para desarrollarme jugando al Pacman y no haberme insistido mucho llevándome a clubes para lesionarme vanamente.

-¡Ah, la flauta! ¿Todo eso lograste con el jueguito de la ranita que cruza la calle?- me preguntó mi padre, algo confundido, luego de escucharme alabar el Pacman.

-No, viejo. El de la ranita es el frogger –aclaré-. Ese sí que es medio pelotudo.

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