Cuento ilustrado por Miriam Parra. Título: Abuelita
Pagábamos la pensión con la jubilación del abuelo. Era un conventillo donde proliferaban los gritos a cualquier hora del día, una vieja estructura hecha por los ingleses de la época en que habían construido el ferrocarril. Un verdadero palomar si se lo miraba con sol, sin embargo cuando entraba la noche, la oscuridad lo cubría de misterio.
Estaba derruida, repleta de grietas en las paredes y con tres goteras, dos en el baño y una en mi dormitorio, además de mosaicos rotos y un pasillo mal iluminado. Pero era lo máximo que el abuelo podía pagar. La pensión y algunas cosas más, ya que mi papá rara vez sacaba dinero del bolsillo. No porque fuese tacaño, en absoluto, sino porque no le gustaba trabajar.
Cualquiera podía decir que apenas nos alcanzaba para comer. No había dudas de que éramos pobres. Mientras crecía me iba dando cuenta de que esa pobreza e inestabilidad se debían, en parte, a que mi padre tenía una gran afición por la bebida, y si no era la bebida gastaba en el juego lo poco que cobraba en las changas como albañil. Todo tipo de juego: caballos, dados, quiniela, bingo, pocker, mosca o chin chon. Fiel al perfil de los adictos, contaba solamente las veces que ganaba, y cuando eso ocurría (con suerte una vez al año) el dinero le quemaba en el bolsillo. En casa dio varios banquetes, pero esa parte no viene a cuento y por ahora prefiero no recordar.
Si alguien hubiese confeccionado un manual de instrucciones del perfecto irresponsable, mi padre sería el modelo a seguir. Además de esa adicción al juego y a la bebida era el perfecto haragán. Yo sentía que me había dejado solo y con los ojos vendados en el medio del ring.
Por eso prefiero hablar del abuelo que fue ferroviario. Maquinista. Manejó todo tipo de locomotoras en el ramal Mitre, locomotoras que transportaban distintos tipos de carga y pasajeros entre las ciudades de Rosario y Córdoba. Condujo la Alco diesel eléctrica RSD de diecisiete metros de largo, con doce cilindros en ve, seis motores de tracción y un sistema de freno dual. Roja, blanca y azul, los colores de la bandera norteamericana, el país donde se fabricaba. “La Susana Jiménez de las máquinas”, solía decir el abuelo cada vez que me llevaba a pasear al ferrocarril.
También manejó la Gaia con motores italianos; la Gaia completamente argentina, y las equipadas con motores Alco, la 5272, 5284, 5286, 5287 y 5289, todas amarillas y rojas. Recuerdo bien a estas máquinas arribando a la estación lanzando largas bocanadas de humo. Jamás podré dejar de darle vuelta a los detalles.
Yo pensaba que el manejo de una locomotora era bastante simple y que solamente se necesitaba acelerar, frenar y retroceder, hasta que un día mi abuelo me hizo ingresar a una cabina. La enorme cantidad de relojes sobre los controles de las luces, la presión del motor, la carga de las baterías, además de manijas, me dieron a entender que era mucho más complejo que eso.
Román se llamaba el abuelo. Nadie que supiese calcular le hubiese dado sesenta y siete años. Quizás era su altura o su delgadez, o quizás el hecho que tuviera una larga cabellera grisácea, o esos anteojos que le daban un aire intelectual. Yo pensaba que el abuelo lucía rejuvenecido porque había trabajado de lo que le gustaba. Prueba de ello era que aún conservaba el carné de la obra social y un silbato de ferroviario con sus iniciales grabadas.
Los primeros meses después de jubilado aprovechó el tiempo libre y sus notables conocimientos de electricidad para arreglar los artefactos eléctricos de la casa, y alguno que otro de los vecinos más cercano. Se estaba adaptando muy bien con sus soluciones prácticas para arreglos domésticos. La energía del abuelo era inagotable, tan inagotable que el resto del día lo dedicaba a hacer una huerta en el patio compartido y a enseñar matemáticas a mi hermana que aún iba a la escuela.
Pero pasados cuatro o cinco meses, no sabría precisarlo con exactitud, el abuelo comenzó a aburrirse, nada lo motivaba, e ingresó, sin atenuantes, a una profunda depresión que viró abruptamente al polo opuesto y se transformó en violencia. Al principio fueron insultos en italiano, a cualquier hora, y después se le dio por tirar cosas y romper los mismos artefactos eléctricos que semanas atrás había destinado tiempo para reparar.
Los remedios que le recetó el médico lo tranquilizaron bastante, sin embargo esos mismos remedios llevaron su imaginación a otro espacio y tiempo. Lo llevaron sin atenuantes al interior de un sueño sin que nadie, dentro del campo de la medicina, lo supiese explicar.
El abuelo comenzó a viajar a lugares extraños, lugares ligados preferentemente a su pasado donde era joven y trabajador. En esos viajes que uno suponía placenteros, recordaba a antiguos amigos de la escuela jugando con una pelota de trapo debajo de un nogal verde fosforescente. Poco sirvió que el médico le bajara la dosis, e incluso se la eliminara. El abuelo nunca volvió a ser el mismo.
Las visiones de las semanas siguientes también salían de lo común. Grúas de altura moviendo pesados bloques de cemento en edificios, la autobomba de los bomberos, que según él tenía en tamaño de un avión, plateados camiones de caudales, blindados, y colectivos de doble piso de la empresa General Urquiza. Casi siempre eran vehículos pesados que ocasionaban serios trastornos al tránsito. Por eso, en ocasiones el abuelo salía a la calle con el silbato en mano y se convertía en un inspector de tránsito con el solo propósito de evitar un accidente. Por suerte alguien lo rescataba de las puteadas y lo traía a casa.
En esos momentos de trance, todo lo relataba con detalles, como si fuese realmente un testigo directo de los acontecimientos. Su vozarrón de cigarrillos negros convertía a las narraciones en mucho más creíbles. Potentes máquinas y gente trabajando. Eso era todo.
Creímos que lo mejor era contradecirlo, explicarle que nada de lo que veía sucedía en la realidad, y hasta llegamos a tildarlo de mentiroso, pero ese artilugio que usábamos para que reaccionara no nos dio ningún resultado. Durante semanas mi hermana insistió en corregirlo, pero lo único que logró fue ponerlo más nervioso.
Yo me sentía impotente al no poder hacer nada, y de no pensarlo dos veces hubiese destrozado a puñetes y patadas los muebles y los artefactos de la casa, ya que el abuelo además envejecía de golpe, sin aviso, se echaba al abandono y casi no se bañaba. Y de ser un hombre entero pasó a dar lástima.
Síganle la corriente. El realmente ve lo que cuenta, decía el médico psiquiatra que lo atendía. Nos explicaba también que no era que Román se había convertido de la noche a la mañana en un fanático mentiroso, sino que se trataba de una enfermedad mental, probablemente una enfermedad de tipo hereditaria o genética, ya eso no tenía la menor importancia.
A veces se sentía observado y perseguido por la policía. Y durante los días enteros en que duraban esas pesadillas no salía a la calle. Decía que veía una unidad policial estacionada a media cuadra del conventillo, siempre el mismo automóvil con policías adentro cambiando de vestimenta. Según él, lo buscaban por un crimen que había cometido siendo joven, un crimen horrendo, indigno, decía, lo que me resultaba bastante misterioso y eso, en alguna medida, me estimulaba de curiosidad.
¿Por qué le tenés tanto miedo a la policía?, insistí un día para que contara de una vez por todas.
¿Qué?
Qué quisiera saber el motivo por el que le tenés miedo a la policía.
Es un pleito de muchos años atrás y no tenés la edad suficiente para saber esas cosas, contestó.
El abuelo corrió la silla y me dio la espalda. Me di cuenta de que la pregunta le había molestado.
Una mañana me tocó cuidarlo. Mi hermana se puso a lavar la ropa de todos en la pileta de atrás y mi papá, al fin decidido a ganar dignamente algo de dinero, se fue temprano para techar y revocar un edificio céntrico, así que intenté sacarle algún tipo de conversación para matar el tiempo.
Estábamos con el abuelo bebiendo una taza de café en la cocina cuando le pregunté si tenía ganas de salir afuera a tomar un poco de aire.
Sí, pero me voy a cambiar, me dijo.
Bueno, contesté yo.
Saqué dos sillas de plástico y lo esperé afuera contemplando las brillantes vías y las barreras del paso a nivel. A los diez minutos se apareció peinado, afeitado y vestido con una remera que decía ANDATE A LA MIERDA escrito en letras blancas de imprenta, una remera no muy apropiada para su edad y que cada vez que la veía me preguntaba de dónde la habría sacado.
La noche anterior había llovido bastante, así que la mañana estaba fresca y circulaba una brisa suave. El abuelo estaba de buen humor y no paraba de hablar con cierta melancolía sobre los lugares a los que había visitado al mando de las locomotoras. Pasajes de colorida diversidad geográfica y evocaciones que, a fuerza de ser repetidas, me daban la sensación de haberlos vivido personalmente. Pensé por un instante que el abuelo volvía a ser el de antes, el tipo sonriente que daba un toque alegre a la casa, e imaginé, en paz, escenas pasadas repletas de cordialidad.
Yo estaba muy cansado. Levantarse tres veces en la noche para desagotar los baldes a causa de las goteras no era para cualquiera. En un momento que no sabría precisar apoyé la cabeza contra la pared y me quedé dormido. Soñé con una larga e interminable hilera de vagones grises y azules con custodia policial. Cientos de policías saludando desde las ventanillas y decenas de vagones de carga con vehículos policiales, todos Corsa pintados de blanco y azul, y yo sentado en uno de los bancos de la estación rodeado también de policías, y un hombre alto y canoso me explicaba que tantos uniformados eran necesarios porque en las estaciones de trenes los delitos habían aumentado mucho en el último año.
Me desperté con un humor de perros cuando mi papá habló cerca de mí con los ojos exaltados.
Ni para cuidarlo servís, me gritó hecho una puta cabra.
Como me había mandado una macana no contesté. Era la primera vez que lo veía así, presionándose el pecho con la mano y jadeando. Tenía la boca abierta y los dientes cerrados, impregnados por el barniz del odio. Yo me sentí como si me hubiesen pisoteado todo el plantel de obreros de la fábrica de acoplados Helvética. Recuerdo que el susto me había inmovilizado, y que mi padre y mi hermana salieron a buscarlo por todos lados y que volvieron a las dos horas sin información.
La desaparición del abuelo era una verdadera tragedia porque ya no íbamos a poder pagar la pensión. Como avanzada la tarde, seguía desaparecido, hicimos la denuncia en la policía. Y recién casi entrada la noche tuvimos noticias de él. No me causó ninguna sorpresa descubrir que no estaba tan lejos y que su huída había sido en espiral.
Quienes lo vieron esa mañana contaron que al abuelo caminó por el bulevar Balcarce, paseó luego por Lavalle, Ocampo, calles con locales comerciales, y seguidamente lo hizo por Moreno, donde estaban reparando un extenso acueducto que cruza toda la ciudad. Al llegar a una fábrica de sándwiches de miga, traspasó las medidas de seguridad y se quedó a veinte centímetros del agujero, paralizado, mirando la apatía sucia del fondo con el silbato colgado de la mano.
Fueron los operarios municipales acompañados por los bomberos quienes lo vieron en momentos en que inspeccionaban si el agua de lluvia se desplazaba con fluidez. Diez años más joven y el abuelo les hubiese hecho creer que era un ingeniero civil de la provincia contratado para auditar la tarea. Contaron que el abuelo estaba catatónico cuando lo llamaron para que se alejara. Y sin dudar llamaron a la policía para que ayudase a sacarlo de ese lugar y evitar una posible tragedia.
A las dos horas lo fue a buscar un móvil policial. Seguramente pensó que al fin lo llevarían preso por ese crimen que cometió siendo joven, pero ninguno de los uniformados lo apuntó con una pistola. Al contrario, dos policías lo separaron con cordialidad para alejarlo del peligro de la fosa, y lo trasladaron hasta el asiento de atrás. Encendieron el motor y le colocaron el cinturón de seguridad.
El abuelo fijó la vista en el horizonte como cuando iba al mando de la locomotora Gaia. La vista perdiéndose en el cemento de la llanura pampeana con el mero relojeo de los controles.
De pronto, oí el grito de mi hermana. Ahí viene, vociferó. Yo corrí desde el fondo del patio, donde estaba la letrina, hasta el ingreso de la casa con el cabello cortado al cepillo, mojado.
No se imaginan la cara que puso Román cuando el Corsa estacionó enfrente del conventillo. Nos miraba con los ojos cruzados desde el asiento de atrás. Estaba sentado muy derecho y no se le veían los brazos. Yo imaginé que de los nervios se pasaba el silbato de una mano a la otra. A mi hermana, a mi padre y a mí, que estábamos afuera, nos miró como a extraños. Fruncía el ceño como si intentara recordar quienes éramos, mientras se balanceaba lentamente hacia delante y hacia atrás. Después miró el cielo que se tornaba blanco, un blanco pálido que anunciaba el inminente cambio de estación. En menos de media hora iba a anochecer. Abrió la ventanilla, se quitó los anteojos, se dio un masaje en las sienes como si hubiera estado viendo televisión, y dijo: qué mierda miran ustedes, acaso tengo dulce de leche.
La frase nos dejó asombrados, pero igual festejamos alegres su llegada con un lento suspiro. Cualquiera hubiese notado nuestras expresiones de alivio. Sacábamos de a poco la angustia acumulada, aunque la expresión más vehemente estaba en el rostro de mi padre. Sonreía desde el fondo de la garganta como si un niño cantor hubiese dado a primera el veintitrés. Preferiría enfrentar a las serpientes venenosas antes que ponerse a trabajar. Es que el abuelo había regresado sano y salvo a nuestra casa, justo a tiempo para pagar el alquiler.





¡Bienvenido a Falsaria!
Gracias por publicar en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria.
Es fresco y sorpresivo, de enorme creatividad y bien lograda la voz del niño. Me gustó mucho, espero que haya más en el futuro.
Gracias Dante por tu comentario, saludos.
Amigo Walter Gasparetti, sigue en esto, eres buen escritor, cautivas y no nos queda más que seguir hasta el final de tu cuento, por interesante y bien escrito.
Felicidades
Volivar (Sahuayo, Michoacán,México)