Me gusta ir por este camino. Es un camino angosto y con recovecos, pero cargado del encanto que sólo las cosas cercanas nos pueden producir. Más que andar floto por él, y con las palmas de mis manos voy acariciando las altas hierbas que a sus lados crecen. Tan ensimismado voy que no soy consciente del tiempo que ha transcurrido desde que partí.
Un ligero roce en mi espalda hace que me gire y me dé cuenta de que ya casi estoy llegando, es en la próxima parada donde debo de bajarme. El frío es intenso y el vaho de las ventanas hace que las calles apenas sean reconocibles. Se abre la puerta del autobús y una ráfaga de aire húmedo me azota el rostro. Llueve de forma intensa, la noche ya es cerrada. Al bajar mis zapatos se hunden en un gran charco. Abro el paraguas y me protejo la cara de la fina lluvia.
Respiro, una libélula me sobrevuela, y yo sigo acariciando con las palmas de mis manos las altas hierbas del borde del camino.


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Gracias por publicar en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria
Hermoso relato, con un final inspirador!
Gracias!
Muchas gracias!