Veinte minutos tardó el pibe en montar el aparato. Quedó sujeto al trípode a la altura de la cabeza y cada tanto miraba por el cristal, regulaba alguna cosa y se iba adelante de la cámara donde las cosas pasan.
—¡Dale, Torito!, dejá de boludear… ponete —dijo Tito Lectoure con una sonrisa dandy que se había comprado en Nueva York— si seguís pegando así te agarra Billy Petrole y te saca las cejas…
El Torito se dio vuelta, miró la cámara y más allá al pibe que sudaba entre los cristales y el trípode.
—No, perá, perá… che, Pilar dame un mate.
Pilar Bravo se acercó a esa suerte de ring montado sobre unas tablas livianas taconeando sobre el empedrado del patio. Así le gustaba al Torito.
—Dale, Justo, que esta gente tiene que hacer su trabajo.
Justo Suárez miró a Pilar, después a Tito Lectoure y después al pibe que se quedó mirándolo desde lejos, parecía perderse entre los músculos más increíbles del país. El campeón tenía ganas de hablar.
—Glick, Perlick, Flower, Ray Miller y Kid Kaplan… ¿me olvido de alguno, Tito?
—Creo que no.
—Al que venga le rompo los dientes, eso merece una foto como la gente. Se puede esperar.
El Torito de Mataderos se dio vuelta y siguió dando guantazos. Pilar miró a Tito con cara de «éste no cambia más». Tito se rió con el cigarro entre los dientes, parecía un padre.
—Bianchi, Mallona, los Marfut, Venturi Fernández y Rayo… que cayeron antes —dijo el pibe de la cámara que esperaba para inmortalizar a Justo Suárez. Pilar Bravo, Tito e incluso el coach «Nariz Gorda» Martínez, que sostenía los guantes del campeón sobre el ring, se dieron vuelta. El pibe quedó congelado entre las miradas de todos y se puso colorado. Justo Suárez se bajó del ring —aunque bajar era una metáfora porque eran veinte centímetros de ring— y se acercó al chico.
—Te estás olvidando de Moya, no le quedó ni un hueso en el noveno. Así me gusta, no hay que olvidarse de ninguno… tengo veinticuatro hermanos —dijo Justo Suárez aunque sólo contaba cinco en una mano— y para ganarme el pan fui lustrador, vendedor de diarios y hasta mucanguero. ¿Sabés lo que es ser mucanguero?
—No —dijo el pibe, pero sabía.
—Es el boludo que limpia la grasa liviana que baja por las canaletas de los mataderos.
—Si —dijo el pibe que toqueteaba la funda de la Leica para tranquilizar los nervios.
—Y no me olvido. No me olvido de ninguno. Me gustan los tipos que no se olvidan… —dijo Justo Suárez y lo abrazó con una sonrisa que le ahuevaba aún más la cara.
Pilar Bravo se acercó a él y le acarició la jeta transpirada y después le dio un besito de pajarito.
—Bueno, dale, basta de nostalgias y seguí entrenando.
—Dame quince minutos, pibe —le gritó finalmente Justo Suárez al pibe.
El pibe no lo dijo, pero seguía al campeón incluso antes de hacerse fotógrafo —si es que eso es lo que era— en los tiempos del Parque Romano, la cancha de River y más recientemente en el Luna Park. De modo que matizó su excitación con la increíble pereza que le generaba pensar en la vuelta, otra vez transportar todo el material en tranvía. El viaje de ida había sido la muerte.
Tito Lectoure hablaba con Pilar sobre Nueva York y la próxima pelea con Billy Petrole, sobre las multitudes y la lluvia de billetes y muy al final sobre el Madison Square Garden. Después, Pilar se acercó al borde del ring y puso un disco de Roberto Firpo en el gramófono portátil. Había dos cosas que Justo Suárez amaba con locura, una era el boxeo y otra los tangos de Firpo. De modo que el campeón se detuvo en medio del ring, antes de darle un golpe al guante marrón de «Nariz Gorda» Martínez y levantó los brazos y se puso a bailar.
—Siempre sentí la dulce ilusión, de estar viviendo mi pasión… —cantaba entre risas al tiempo que volvió a la soga improvisada del ring donde estaban todos y buscó los besos de Pilar Bravo.
—Dale, dejate de macanas, Torito. Hay que trabajar —dijo Tito, ahora si un poco disgustado.
—El campeón necesita energías, don Tito —contestó Justo Suárez que seguía a los besos con Pilar, estirando su cuadrado cuerpo hacia la chica.
«Nariz Gorda» Martínez miró a Tito Lectoure con los guantes en alto desde el centro del ring, su rostro parecía estar diciendo «¿qué hago?». Tito lo miró desde abajo y se encogió de hombros.
—Dale, campeón —dijo Tito.
El Torito de Mataderos se separó de Pilar Bravo y en vez de ir hacia el centro del ring donde lo esperaba «Nariz Gorda», se sentó en el borde de las tablas, junto al gramófono.
—¿Lo llenamos, don Tito?
—Cómo no vamos a llenar el estadio… los yanquis se mueren por volver a verte, Torito. Te recuerdan: cinco peleas en cuatro meses… de pie te aplaudían, carajo.
—Sí, estaban todos —ahora Justo Suárez miraba algo impreciso sobre el muro de ladrillos.
—Todos, Torito: el presidente Uriburu y los príncipes de Inglaterra… se morían por vos, no paraban de aplaudirte.
—Todos —dijo el Torito con cierta nostalgia. Sus ojos oscuros se habían perdido otra vez. Algo le inquietaba mientras se iba sacando lentamente los guantes.
—Bueno, está bien, descansá un ratito, después seguimos… —dijo Tito.
Un minuto después apareció Pilar Bravo con otro mate amargo y se lo extendió. Justo Suárez lo recibió con un reflejo —al igual que las piñas que repartía en cada batalla— sin mirar a nadie. Seguía sonando «Alma de bohemio». Pilar Bravo y Tito Lectoure se retiraron a la casa pateando algunos perros, hablaban de la fantástica pelea contra el chileno Estanislao Loayza con un hermano del campeón que había llegado sin saludar.
El campeón de los pesos livianos Justo Suárez se quedó sentado en las tablas del ring estudiando el disco que giraba dentro del gramófono portátil con una curiosidad felina. «A estos bichos no los veía ni pintados cuando mangueaba por la recova del mercado», parecía estar pensando el Torito y en ese instante el pibe, que hacía treinta minutos que tenía todo preparado, apretó el disparador. El ruido de la foto sacó al Torito de su ensimismamiento, dejó el mate a un costado, se acomodó las vendas de las manos y se puso de pie.
—¿Y pibe? ¿La hacemos o no la hacemos?
La siguiente foto, la oficial de Justo Suárez parado sobre un ring en posición de defensa con las manos enguantadas y una sonrisa plástica quedó una mierda. El laboratorio «Bertone», de la calle 25 de Mayo, echó al pibe a la calle: lo suyo no eran las fotografías.
Sin embargo, el pibe había inmortalizado un instante del futuro. La foto parecía anticiparlo todo —y tal vez por eso el pibe jamás volvió a ver al Torito sobre un ring—: la derrota en nueve asaltos contra Billy Petrole en Nueva York, la separación de Pilar Bravo y la pelea final contra la tuberculosis… también anticipaba otras cosas aún peores: el declive cruel y vertiginoso del Torito, aquella última pelea doblado por su enfermedad contra Pathenay que lloró de pena antes de ponerle un guante encima a su ídolo de toda la vida.
Diez minutos después, Tito Lectoure volvió al patio donde estaba el ring improvisado. El sol del verano daba largas sombras amarillas en el patio empedrado. Pero ahí seguía el Torito, haciendo guantes con «Nariz Gorda» y cuando Tito Lestoure llegó a las cuerdas le gritó:
—¡Así me gusta campeón! Dale duro que no nos para nadie…
CxF


Papo
La “Providencia” en una foto…
Nicolas Mattera
Cabe destacar, por si las moscas, la veracidad de la historia y de los personajes. Justo Suarez murió en 1938 a los 29 años. Fue el primer ídolo argentino del deporte.
Paloma Benavente
Impecable
Gabriel Rodriguez-Paez
Se siente el “idioma argentino”. El dialecto regional del cono sur, aquí está todo. Una historia emotiva, anticipatoria de la nostalgia que sucede a los grandes después de su caída. Buena prosa, Nicolás, me gusta la frescura desenfadada que narra el cuento, que lo surca y al final nos deja ese sinsabor de recuerdo que debe dejar una historia de este talante.
Paloma Benavente
Nuevamente, gracias john por leer el cuento y por comentar. Combustible para quienes intentamos poner en orden algunas palabras!
Un abrazo!