Perón vuelve: Parte I

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Perón vuelve. Parte I

El dueño del departamento, Lorenzo Posse, daba vueltas por la cocina sin preocuparse mucho por nada. Fumaba sosteniendo el cigarrillo como las mujeres.

—Ya está hecho —dijo Rossi.

—¿Qué es? —preguntó Joe Baxter alejando remotamente el humo del cigarrillo.

—Un Valiant gris. Se le cambió las chapas patentes, está listo.

—Marito Duhay consiguió una ambulancia en Ramos Mejía. Mañana se hace —volvió a decir Joe, sin mirarlo. Estaba rígido, apoyado sobre la mesa destartalada del departamento. Pero era un tipo simpático.

—Patria o muerte… —dijo tímidamente José Luis Nell y se fue por el pasillo de empapelados ruinosos con flores de lis imperiales. Nadie le contestó.

* * *

A las diez y media de la mañana del 20 de agosto de 1963 una ambulancia Rambler, color blanco, entró al Policlínico Bancario ubicado en la calle Gaona al 2.100 frente a la Plaza Irlanda, con la sirena sonando a todo volumen.

—¡Qué pasa! —gritó el custodio.

—¿Cómo qué pasa? ¿No ves lo que pasa? Traemos un enfermo. Es urgente…

El custodio les hizo señas y el vehículo fue hasta el fondo de la playa de estacionamiento, frente a los pabellones de la sala de internados. Antes de bajar, Rossi, que conducía vestido de enfermero, miró al interior de la ambulancia.

—¿Che, seguro que está dormido, no?

—Sí, sí… está reventando. No se despierta hasta pascua —contestó José Luis Nell tratando de meterse la ametralladora dentro del guardapolvo.

—Dale, dejá eso. Es lo mismo —dijo Nelly y Nell le besó al frente.

Rossi dio la vuelta a la camioneta para bajar al enfermo tapado por una sábana blanca. En ese momento una camioneta Ika con la inscripción «Policlínico Bancario» llegó al mismo estacionamiento pero estacionó a la izquierda. Según había calculado Vicente Bóvolo —eso les dijo dos meses antes en el bar Británico a Joe Baxter y a Rossi— la camioneta que traía los salarios de los empleados podía tener hasta 14 millones de pesos. «Con eso te retirás a la Polinesia, macho. Vivís para cogerte pendejas toda tu vida», dijo y Horacio Rossi lo reprendió de inmediato: «No seas pelotudo, Bóvolo, con eso el movimiento se asegura la Operación para la liberación de las Islas Malvinas del dominio inglés. Cuando se haga lo llevamos al General para que dirija todo el proceso de liberación nacional desde ahí. Perón vuelve, Bóvolo. Es un hecho».

Como es lógico, todo pasó muy rápido. Nell, Rossi y la nena Nelly Culliazo entraron al hall a los tiros. Cayeron dos empleados en la primera tanda. Nelly desarmó al sargento Martínez que se había tirado al suelo y se tapaba la cabeza con las manos y le quitó el maletín con el dinero. Duhay, que se había quedado en el estacionamiento escondido entre los autos, retuvo al custodio que corría como un gordo asmático y sudaba y parecía preguntarse qué carajo estaba pasando.

Cuando la cosa parecía hecha se escuchó otra ráfaga de tiros. El comisario Carlos Sirito, que por azar estaba en el lugar, hirió a Nelly y a Bóvolo.

La ambulancia, conducida otra vez por Rossi, salió a toda velocidad del Policlínico. De cerca los seguía el Valiant gris con Caffatti y Carlos Arbelos —que se habían quedado dentro—, y Duhay.

* * *

La ambulancia fue abandonada a unas diez cuadras y cuando la encontró la policía, quince minutos después, solo permanecía en su interior Mario Voda, el propietario de la ambulancia, narcotizado. Tal y como dijo Nell: les llevó dos días despertarlo.

Les costó llegar al departamento de los hermanos Posse en la calle Talcahuano: debieron completar el trayecto en un coche de alquiler porque al Valiant gris se le pinchó un neumático. Otros se alejaron a pie y en distintas direcciones. Al departamento entraron Nell, Rossi y el irlandés Joe Baxter que ya había aparecido por ahí —se había desestimado su participación directa porque empezaba a ser conocido.

—Qué rápido, che. ¡Una barbaridad! Te dije que iba a salir —les dijo Lorenzo Posse, que se paseaba en bata morada por el salón con un whisky muy brillante.

—Sírvanse, muchachos. Hay que celebrar.

Nell, Rossi y Joe se miraron. Nadie dijo nada. Nell se sujetaba el antebrazo al parecer conteniendo una herida.

—Perá que te traigo algo para eso —dijo Posse mirando la herida de Nell— un poco de alcohol y gasas por lo menos.

Antes de eso, Joe Baxter le había entregado el bolso con el 30% del botín. Ese era el acuerdo y ese era el precio por la información que le correspondía a Viera, el primo de los hermanos Posse, por dar el dato. Pero todos en la Organización sabían que ese dinero también era para los Posse.

—Hijo de puta. Maricón de mierda —susurró Rossi cuando Posse se alejó.

—Le pego un tiro. Además si habla es peor. Lo terminamos acá, Joe —comentó Nell, que se había desplomado en el sillón.

—A ese lo único que le importa es la guita —volvió a decir Rossi—. No tiene ideología, el Movimiento le importa una mierda. Yo doy la vida por la revolución y ese hijo de puta toma whisky escocés…

—No. Dejalo así. Mejor no tocarlo, son órdenes del Partido. Limpiate esa herida y nos vamos. Nos están esperando.

—¡La vida por Perón!, sí señor, sí señor —venía diciendo Posse riendo, cuando atravesaba el pasillo con un botiquín.

En eso llegó Nelly Culliazo, que había ido por su cuenta. También sangrando.

* * *

El 10 de septiembre amaneció extraño. Después de consultar informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, Meneses, basándose en la identificación de algunos testigos, movilizó alrededor de cien agentes federales a la provincia de Córdoba. Tenía, de todos modos, mala espina y las corazonadas le fallaba pocas veces: le parecía que semejante robo no podía estar a cargo de dos malas yerbas, por más peligrosos que sean. Pero las presiones iban subiendo y «El Pardo» no quería dejar cabos sueltos.

—Esto va a ser un baile. Va a ver más petardos que en Año Nuevo.

—Le parece mi Comisario —dijo el pibe Ledezma.

—Conozco a Miloro, ese hijo de puta está loco, era hombre de Villarino —al cual Meneses había puesto entre rejas motivando su reconocimiento popular—. No se entrega ni muerto.

Eso lo dijo mientras prendía un Particular detrás del coche patrulla, desde allí podía verse perfectamente la casa: adentro estaban Félix Arcángel Miloro, alías «El Pibe Ametralladora» y Salustiano Franco, dos duros.

—¡Miloro! —gritó Meneses— déjense de joder y salgan. De lo contrario esto es un desastre, están rodeados.

Un minuto después se escuchó una ráfaga. Meneses tuvo la sensación de que venía de su derecha, a pocos metros, pero cuando quiso mirar todo se había descontrolado y las balas caían sin remedio: Miloro y Franco fueron literalmente masacrados. Cuando «El Pardo» entró se encontró con el cuerpo de Félix Miloro totalmente irreconocible: parecía un colador.

El expediente del asalto fue cerrado y archivado. El caso estaba resuelto.

Sin embargo, seis meses después el diario Clarín publicó que «El pibe Ametralladora» y Salustiano Franco habían sido acribillados por error: no habían tenido ninguna vinculación en el asalto al Policlínico.

* * *

Hay veces en que París no es París. Uno no puede decir qué es, pero nada tiene que ver con la postal de la ciudad de la luz; tal vez sea justamente por eso, porque en esos momentos París se llena de una luz natural que cuesta reconocerla. Eso pensaba Lorenzo Posse mientras revolvía la cubitera con el Champagne casi congelado. Afuera, pese a ser noviembre, no hacía frío.

Brigitte lo miró de nuevo. Esta vez detenidamente, con el codo apoyada sobre la barra del bar.

—¿De dónde me dijiste que vienes?

—De Buenos Aires. Una ciudad muy parecida a la tuya.

—¿A la mía?

—Sí, a París. Un poco…

—A la mía… —volvió a repetir Brigitte y se preguntó cuál era su ciudad. Lo bueno de los extranjeros, pensó, es que nunca tienen ni puta idea. Aunque también era cierto que su ciudad casi no existe en los mapas.

—¿Y todos los argentinos hablan tan bien el francés?

—No, para nada —dijo Lorenzo Posse— yo fui a un colegio francés.

—¿Y ese? —preguntó Brigitte apuntando a un hombre que se movía debajo de una mujer, en el rincón del prostíbulo.

—Mi hermano.

—No se parecen en nada. Bueno, qué, ¿vamos o no?

Cuando Lorenzo Posse pasó cerca de su hermano Gustavo, este le estiró un fajo de billetes y le dijo, quitándose a la mujer de encima.

—¡La vida por Perón, Lorencito! —y empezó a reírse. Estaba borracho.

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Comments

  1. Felipe Ferrante

    10 agosto, 2011

    Me gusta mucho el marco donde encuadras a los personajes. La relacción entre ellos te transporta a otra época cuando había otras formas. Interesante historia Nico a ver como la terminas.

  2. Paloma Benavente

    10 agosto, 2011

    A mí también me gusta mucho la época, y cómo la ambientas. Veremos cómo terminan estos “cuatreros” asaltabancos.

  3. Nicolas Mattera

    10 agosto, 2011

    Al respecto cabe una pequeña aclaración: todo lo que se relata en este cuento (de 4 partes) es real, no así algunos detalles novelados. Casi todos los personajes, Organizaciones, fechas y agrupaciones política son reales. Hay, a penas, un puñado de personajes inventados totalmente por mi como así también la libertad que me he tomado para narrar sus vidas. El resto son producto de la historia y del relato periodístico del cual me basé!
    De hecho, el asalto al Policlinico Bancario, en 1963, se considera la primera Operación armada de las guerrillas urbanas que en los años 70 tomarían definitivamente cuerpo.
    Para la hitoriografia argentina, los apellidos que aquí aparecen son bien conocidos…

  4. Gabriel Rodriguez-Paez

    23 enero, 2012

    El manejo de los personajes, de los ambientes y la caracterización de éstos es sublime. A uno le cuesta seguirlos y la imaginación hace las veces de videocámara. Muy gráfica y la trama bien manejada. las jornadas de esta primera parte son instantáneas de una historia que va tomando cuerpo ante nosotros. Fue asertivo que comentaras que el relato se basa en artículos periodísticos porque sólo así uno entiende cómo un relato de semejante andamiaje pueda mantener la cohesión con tantos personajes que apenas aparecen. Vamos a ver cómo sigue…

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