La psicóloga Tafur estudiaba las neuropatías radicales del amor. Había escrito el más extenso diccionario de criminales de corazón helado y sufría de un inconfesable enamoramiento por los asesinos más despiadados.
La noche que repicó el teléfono por rachas de tres timbrazos supo que era Johnny, el asesino del pollo frito; quien alegremente la había estado espiando durante años desde una escalera disfrazado de electricista, con peluca de rockero.
Ella se puso su mejor falda, sacó del joyero los pendientes de su Primera Comunión, y se untó de perfume de miel de mil flores, pensando que era lo que mejor conjugaría con las artes empleadas por Johnny, quien siempre introducía una crujiente pata de pollo en la boca de sus víctimas.
Lo curioso es que Johnny jamás convirtió a la emocionada psicóloga Tafur en caso clínico. Wikipedia confirmó que el asesino del pollo frito nunca trabajaba los domingos porque es judío ortodoxo; otros afirmaron que resultó alérgico al perfume de miel de mil flores; pero sus hijos dicen que su madre estaba destinada a enamorar a Johnny, y a llevarle, con una tremenda devoción, un consomé de pollo al plantel.
CxF

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Paloma Benavente
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