Mucho esperamos de las estrellas y de la oscuridad
Carlos García
A través del plafón transparente del tapanco, Arturo observaba las estrellas. Ana yacía a su lado, desnuda sobre sábanas mal estiradas. Se quedó dormida bocabajo, descubriendo cientos de lunares como puntos de luz ciega en toda su espalda. Arturo corrió el índice entre aquellas islas, formando constelaciones. Apenas si la conocía y de repente, arriba el universo y abajo ella, como contenedor, o más bien como espejo, coincidencia en medio de ese flujo de extrañeza.
Pasaron las semanas y los meses y Arturo se dio cuenta que aquel mar de estrellas se extendía por todo su cuerpo. Ideó un juego: recorrer el total de las ficciones, donde cada lunar actuaba como punto de fuga para cuentos y leyendas, acomodándose en patrones no numerados hasta cobrar sentido por accidente. Bajo su tacto aparecían las Osas, Orión a veces; otras, constelaciones antiguas con Shukra; o bien, tres Recintos y 28 Mansiones.
Poco importó que se hubieran conocido por accidente: sus encuentros nocturnos se volvieron necesarios a tal grado que él se fue a vivir con ella. No podía prescindir del placer de zambullirse en ese universo húmedo: empezaba por los pies, recorriendo centímetro a centímetro hasta encontrar Sagitta, que apuntaba el camino hasta Triangulum, donde se acurrucaba hasta perder el sentido. En el cuerpo de Ana centelleaban todos los mitos: el fuego y el agua, Cetus y Aquila, la princesa y el centauro, todos en disputa por cada centímetro cuadrado de su piel.
Pasaron los años.
Una mañana Arturo fue al observatorio. La visita guiada había empezado, pero no titubeó en sumarse al grupo. Que el universo sigue en expansión es un hecho que nadie niega, dijo el astrónomo. Imaginen, después del Big Bang, a un globo inflándose por miles de millones de años, creando todo lo que conocemos a su paso, separando las estrellas y galaxias entre sí. ¿Puede reventar?, preguntó un niño de pelo alborotado. No exactamente; sin embargo, la fuerza sigue empujándonos lejos del centro. Veamos, por ejemplo, un mapa de cómo veían los griegos el cielo, y cómo lo vemos nosotros. Como notarán, existen cambios perceptibles en la posición de ciertas estrellas, derivados de la fuerza original que aún no cesa, como aquí Aldebarán…
El niño no entendió nada.
Arturo regresó a casa, abatido. ¿Dónde estabas?, le preguntó Ana mientras devoraba un chamorro. Y es que su propio universo estaba en expansión, y lo estaba de tal manera que, poco a poco, se salió de sus límites y su horizonte se fue ampliando hasta pesar 120 kilos. ¿Era cierto que sus lunares sufrirían el mismo destino del universo?
La inevitable variación de sus constelaciones le pareció a Arturo extremadamente triste. No más Taurus, mucho menos Camelopardalis, la jirafa. La idea de aquellos puntos separándose, expandiéndose hasta quedar aglutinados en algún lugar incómodo del cuerpo de Ana le pareció insoportable. Más aún saber que el universo que contenía esta imagen continuaría subiendo tallas, hasta alejarlos a ambos del big bang que fue aquel tapanco.
Esa noche, en vez de sus usuales exploraciones, Arturo se hizo el dormido alegando estar cansado por el paseo de la mañana. Cuando Ana comenzó a roncar, se levantó de la cama. Se puso un pantalón y, con un movimiento parecido a encogerse de hombros, una playera. Después, empacó sus cosas con calma y salió por la puerta principal. Se paró en el quicio, para respirar el aire fresco que subía de la bahía. La noche se había cerrado sobre sí misma, dejándolo en medio de una obscuridad interrumpida solamente por postes de luz muy espaciados entre sí.
Cerró la puerta con calma, descendió los tres escalones que lo separaban de la acera y bajó la calle con pasos lentos, con la intuición de que el mundo se había quedado sin estrellas.



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