Una tarde

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Estaban en el salón, cada uno con su ordenador. De vez en cuando se miraban, se sonreían, se acariciaban la mano. De pronto él le preguntó: “Cuqui, ¿tú quieres que te meta el nabo en todo el higo?” Ella rió: “No sé. No lo había pensado”. Él dijo: “Vete a la cama, desnúdate y ahora voy yo, en cuanto termine de leerme este cuento”. Ella obedeció, se desnudó, se metió en la cama, se abrió de piernas, decidió esperarlo separándose los labios con las manos. Él se leyó el cuento, se quedó meditando el final, se levantó de la silla, se fue desnudando por el pasillo, entró en el dormitorio y la penetró.

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