El ambiente se cargó de tensión, y François sacó una pipa de su mochila. Comenzó a añadirle unas hebras de tabaco.
-
¿Cree que está aquí por casualidad?
-
¿Eh? No sé de que me habla.
-
Seguimos sus pasos con interés, ¿sabe? Todo eso de la policía secreta europea es una verdadera bola. Los agentes de mi país todavía conservan cierta autonomía.
La palabra “policía” puso en tensión a Antonio.
-
Le recomiendo que se vuelva a sentar y que no haga nada extraño, señor González. – dijo François – Mi amiga Luger está cansada de esperar.
-
Ahora me apunta, ¿qué significa todo esto, mafioso?
-
Significa que usted tiene algo que a todos nos interesa, y que por lo tanto, me interesa a mí.
-
¿De qué habla?
-
Ese microfilm, el que le entregó su contacto en el parque.
-
¿Microfilm? ¿Cree que está en una película de espionaje?
-
El microfilm.
Antonio se quedó mirando con dureza al extranjero. Comenzaba a temer por su vida.
—
-
Bueno, ¿Han variado su cuento los gays del aparcamiento o siguen negando haber visto al tío de la mortaja?
-
Los hemos interrogado a fondo, y lo único que hemos sacado es la confesión de su homosexualidad, ¡serán maricones! – dijo Ibarra
-
Oye tú, un poco de respeto. El único maricón que hay aquí eres tú. – Alberto señaló en el pecho a Ibarra, que retrocedió viendo como la masa musculosa se le acercaba amenazante – Tengo amigos gays que te pueden dejar aún más feo de lo que eres.
En ese momento Ana entró en la sala con una carpeta bajo el brazo.
-
Ese cadáver pertenece a un americano afincado en Marbella: John Hoffmann.
-
Pero ese apellido es alemán. – dijo Alberto encendiéndose un cigarro.
-
Bueno, no tiene que ver. Hay muchos americanos que tienen apellidos raros. También podría ser que su padre o abuelo fuera de origen alemán. – apuntó Ibarra
-
¿Cuáles son las causas de la muerte?
-
Esto sí que te va a dejar sorprendido, Aldeaga. – Alberto puso atención, era la primera vez que Ana le llamaba “Aldeaga” – Según el informe, ese hombre fue apuñalado repetidas veces en la zona pectoral…
-
Bueno, un ajuste de cuentas. El americano ese les debería dinero por algún asunto de droga, y allí lo llevaron para matarlo.
-
Un detalle rompe tu esquema, le falta la mano derecha.
-
¿La mano derecha, dices? ¿Seguro que no se la habrá zampado algún bicho del río?
-
Tiene un corte limpio, de un tajo. Además, no se ha encontrado ni rastro de droga ni de la mano en la zona del crimen.
-
¿Qué sentido tiene que le mataran y le cercenaran la mano derecha? Si hubiera sido un ajuste de cuentas, le hubieran matado y hubieran escondido el cuerpo. – añadió Ibarra
-
Por otra parte, la forma de envolver el cadáver y los restos obtenidos, nos indican un asesinato ritual o algo así. Ya conoces la tradición árabe de cortar la mano al ladrón.
-
Suena un poco infantil. No te ofendas Ana, pero huele a pista falsa. Parece que nuestros “narcos” se vuelven más refinados.
-
¿Cuánto trabajo para un camello de mierda, no? No tiene sentido.
-
Bueno, ahí va la última sorpresa, ¿a qué no sabéis que encontraron en los zapatos del muerto?
-
Sorpréndeme.
-
Tierra negra.
-
¡Oh! Me has asustado creí que sería tierra blanca.- dijo Alberto sonriendo.
-
¿No te das cuenta? En esa parte del río la tierra es amarilla. Se trata de tierra de jardín.
-
Poco ayuda. Bueno, vamos a organizarnos. Ibarra, suelta a la parejita, pero no les pierdas la pista. Tal vez estén implicados en esto. Ana, ¿sabemos de algún domicilio habitado por la víctima?
-
Tiene una casa en un complejo turístico de Marbella.
-
¿Quieres decir que no tiene residencia en Sevilla?
-
No se ha registrado en ningún hotel, al menos con su nombre verdadero.
-
Créeme, si era un camello seguro que tenía amistades por aquí que le pudieran acoger.
-
¿Tiene antecedentes penales? – preguntó Alberto
-
Sólo unas multas de tráfico. – dijo Ana
-
Todavía no me entra en la cabeza que hacía aquel pobre diablo en Sevilla.
-
¿A qué esperamos para averiguarlo? – dijo Alberto poniéndose la gabardina negra.
El día se había levantado soleado y las carreteras aparecían despejadas. Con el coche rozando el límite de velocidad, Ana y Alberto se desplazaban hacia Málaga. Un viento algo fresco se colaba por las ventanillas mientras avanzaban a alta velocidad. Los cabellos rubios de Ana comenzaban a levantarse por las ráfagas de viento. De pronto, giró la cabeza y vio a Alberto dormido, sentado en el asiento del copiloto. Una sonrisa apareció en su semblante y comenzó a hablar en voz baja.
-
Menudo cabrón, mira, y parece un angelito.
Ana comenzó a rememorar viejos tiempos. Recordaba el primer día que se conocieron en la comisaría. Ambos eran novatos. Por aquel entonces, Alberto llegaba unas gafas de culo de botella que le daban aspecto de cerebrito, y no era para menos, había obtenido una de las mejores puntuaciones en la prueba de acceso, tanto física como académicamente.
Desde el principio la había seducido su trato amable y atento, y su mirada inteligente, que se tornaba aterradora algunas veces. Aunque daba el aspecto de ser un policía descuidado, y de no llevar jamás el uniforme reglamentario, era todo lo contrario. Era un hombre frío y calculador en su trabajo, el cual cumplía a rajatabla. Su sentido de la justicia y del deber lo había llevado a límites insospechados, más allá de lo profesional.
-
Esa fue una de las causas por lo que lo dejamos… - dijo susurrando, como lanzando un reto al aire.


Escribir un comentario