Salí a hacer mi recorrido por la institución para visitar al resto de los pacientes y fué por este motivo que no volví a pensar en todo el día en Junior Rodríguez Lesende. Me quedé a esperar la reunión de supervisión de la noche tomando un café y comiendo algo en la confitería de enfrente porque, recién a las siete de la tarde me dí cuenta que no había probado bocado en todo el día. En la parte más interesante del almuerzo tardío, el doctor De Caro llamó a mi celular para preguntarme que pensaba del paciente de la mañana. No pudo esperar a verme dentro de un par de horas.
-Hay algo en él que me intriga sobremanera y a la vez me preocupa, doctor, no sé si será su aspecto de actor de segunda o su manera de comunicarse todo el tiempo con citas sacadas de algún libro de teatro. Creo que se puede trabajar con él, aunque no se me ocurre cómo. Presiento que hay algo interesante detrás de esa fachada y por lo que el muchacho está haciendo un esfuerzo enorme por mantenerlo oculto.
-Me alegra escucharlo decir eso; lo considero su nuevo paciente entonces. Yo seré su psiquiatra de cabecera y me voy a encargar del plan de medicación, lo relajamos un poco y con su ayuda lo dejaremos como nuevo.
-Preferiría que no tuviese medicación encima, doctor De Caro, para poder trabajar mejor con la palabra- acoté temeroso.
-Tranquilo Agustín, el paciente es un esquizofrénico y por más lúcido que parezca, hay que mantenerlo a raya, no nos olvidemos de eso. La medicación en estos casos, es fundamental.
-Tengo mis dudas sobre el diagnóstico, doctor.
-No se preocupe, eso lo charlamos a la noche- me dijo apurado y cortó.
Como era de esperar, en la reunión de supervisión, toda la atención se la llevó mi paciente recién ingresado. Luego de presentar el caso y de exponer con lujo de detalles la entrevista de la mañana, guardé silencio y me senté en un rincón de la sala atento a escuchar.
Mis colegas se hicieron un festín aportando teorías descabelladas sobre la personalidad del muchacho y datos por demás irrelevantes.
El doctor Díaz fue quien tomó la posta y comenzó con la explicación:
-Es evidente que el verdadero Yo del paciente nunca se revela directamente en sus acciones. Existe una tajante diferenciación entre lo que es actualmente y lo que los demás (en especial su madre), hubiesen querido que fuese. Es como si se hubiera puesto internamente la meta de hacer lo mas compleja posible la división entre su propio Yo (que solamente él conoce) y lo que las otras personas perciben de él.
Inmediatamente la doctora Fujisawa contestó:
-Tanto es así que al esforzarse por mitigar su angustia, agrava los motivos que la ocasionaron. Termina practicando la mas tortuosa simulación respecto de los demás, aunque para consigo mismo su ideal fuese, al parecer, ser lo más franco y honesto posible.
-Tiene usted razón, doctora- El doctor Díaz no quería perder el control de la situación -pero este papel esquizofrénico es el único refugio que lo pone a salvo de ser totalmente tragado por la mujer que habita en él y que parece estar surgiendo todo el tiempo.
Se hizo un silencio respetuoso, me imagino que para esperar y ver si el doctor De Caro, tenía algo para acotar, pero al observar que nada pasaba, el licenciado Félix Gutiérrez fué quien continuó con la exposición:
-Por lo que puede apreciarse sólo existe en el paciente un intento de relación a través de sus personajes con los objetos internos; su energía vital (libido) se retrae a su propio Yo sin necesidad de recurrir para nada al mundo exterior. Parece estar forjando un microcosmos dentro de sí mismo aunque, por supuesto, su mundo privado, intra-individual o narcisista, como quieran llamarle, nunca es un buen sustituto del mundo real. Si fuese un proyecto factible, entonces no tendría ningún sentido recurrir a la esquizofrenia para remendar su pasado. De manera irreal, fantástica, parecería ser él todas las personas y todas las cosas esenciales para sí mismo.
La doctora Simone se salía de su asiento de las ganas que tenía de hablar:
-El paciente pone de manifiesto una estrecha identificación inconciente con su madre muerta, él es su madre. Está claro también que al obrar de tal manera, el muchacho está complaciendo un deseo de su progenitor que nunca fué expresado abiertamente y del cual el padre seguramente no tiene la menor sospecha.
-Permítame decirle- intervino la doctora Fujisawa -que Junior no tendrá conciencia de su identificación con su madre pero por lo que relató el licenciado Irusta de la entrevista, sí da cuenta de su compulsiva tendencia a obrar de forma femenina sin poder abandonarlo.
El doctor De Caro tomó la palabra y en tono de predicador esgrimió:
-Nuestro paciente le teme a una relación física, dialéctica, viva, con personas reales y concretas. Sólo puede relacionarse con objetos despersonalizados, con personajes creados por él mismo, con fantasmas de sus propia fantasía, por lo tanto sugiero que entendamos su estado como un intento de preservar su ser precariamente constituido de manera esquizoide y frágil como un castillo de naipes.
Nuevamente se hizo silencio, con la diferencia que esta vez nadie volvió abrió la boca. Por lo general la opinión del director cerraba el tema sin más comentarios.
Meneé la cabeza con resignación y dije en voz baja –Panchreston–obteniendo de manera inmediata la atención de toda la sala.
-¿Como dijo, licenciado?- Preguntó el doctor Díaz.
-Un Panchreston– retomé acomodándome en mi asiento– es algo que lo explica todo, según el psiquiatra Szasz, así como las drogas psicotrópicas de “amplio espectro” pretenden curarlo todo. La esquizofrenia es como el cajón del sastre adonde va a parar lo que aún no tiene ubicación definida, estigmatizando y englobando todo bajo el mismo nombre. Me parece que están cayendo en lo que Wittgenstein llamó “el encantamiento de nuestra inteligencia por el lenguaje” simplificando bajo un mismo rótulo toda una enorme variedad de trastornos mentales, junto a una serie de reacciones típicamente adolescentes. Estas conductas pueden ir desde jóvenes auténticamente trastornados hasta los perfectamente cuerdos, aunque, rebeldes y distantes de sus padres; pasando por aquellos que actúan de manera excéntrica, reivindicativa, ermitaña o que manifiestan reacciones inaceptables para la sociedad.
Por lo general los psiquiatras bautizan a la locura con el nombre técnico de esquizofrenia para hacerle creer al resto de la gente que saben exactamente con que están tratando, cuando la verdad es que de su etiología no saben nada en lo absoluto. El diagnosticar a un paciente con esta patología es algo tan subjetivo y a la vez tan traumático que día a día vemos personas absolutamente normales deambulando como esquizofrénicos.
-¿Qué tipo de diagnóstico y tratamiento propone entonces, licenciado? –volvió a lanzar el doctor Díaz que además no me había quitado la mirada de encima en toda mi argumentación.
En ese momento me arrasó una especie de regresión temporal que trasladó mi mente hasta la traumática situación de rendir un examen final en la universidad. Allí los profesores nos interrogaban y se paseaban de acá para allá por todo el programa apostando a que en algún momento íbamos a cometer un error.
Podía percibir la mirada inquisidora de todos en la sala escudriñando mis acciones e incrustándose de a poco en mi cerebro como si fuesen dagas de vidrio. Mi vista comenzó a nublarse, las facciones de mis colegas empezaron a hacerse borrosas y sus rostros se desfiguraron como una máscara de látex. Una ráfaga helada recorrió mi espalda y se me puso la piel de gallina en todo el cuerpo, seguramente me estaría bajando la presión. Pensé que si me desmayaba o no decía algo por demás interesante generaría la misma reacción: todos se compadecerían del pobre licenciado sin experiencia. Sabía que algo en el tratamiento no estaba bien, no me sentía cómodo participando de ello pero, tampoco tenía nada para proponer; era como si mi cabeza estuviese funcionando sólo en modo psicólogo y todo lo que estaba por fuera de aquellas posibilidades teóricas no existiera.
El que tildaran al paciente de esquizofrénico sin ni siquiera haberlo visto o escuchado su voz, me parecía una actitud poco menos que violenta, arbitraria y discriminadora. No se estaba poniendo el foco en la persona sino en lo que él nos estaba mostrando, sus síntomas, sus actitudes, sus palabras; el fenómeno no dejaba ver lo que había detrás.
Sentía el cráneo a punto de estallar y atiné sólo a balbucear un par de palabras:
-No estoy seguro, me siento algo confundido, discúlpenme pero me duele un poco la cabeza.
-Muy bien, entonces…- el doctor De Caro me salvó de aquella horrible situación -continuaremos con el dispositivo habitual en estos casos y el licenciado Irusta se hará cargo del tratamiento junto a quien les habla como psiquiatra.
Asentí con gesto adusto y luego de escuchar un poco más sobre otros pacientes, la reunión se dio por finalizada.


Martha Molina
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