El baúl

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    EL BAÚL

    A Virginia la despertó la tormenta. La ventana se había abierto. El vidrio estalló. La cortina se desgarraba en pedazos al azotar los triángulos de vidrio que colgaban del marco de la ventana. El agua entraba como cuchillos lanzados desde el cielo. El ropero se abrió. Virginia saltó de la cama. Presa de sus pensamientos: hoy era el día. Cerró el ropero con dos vueltas. Respiró fuerte por la boca. Los ojos cerrados y fruncidos. La frente apoyada sobre la puerta del ropero. Se mordía el labio de abajo. Movía la cabeza para un lado y para el otro. No podía creer que tenía que ir a ese departamento. Era una necesidad física y psicológica.

    Hacía un día. Sí. Justo un día que había discutido con Gabriel, su marido. “No hay nada más imprevisible que la vida” dijo Gabriel. “¡¿A mí me dice eso?!” pensó Virginia.

    Cerró los ojos y se vio a ella a los once años, parada de espaldas, la trenza larga del pelo con el uniforme azul del colegio, en la cocina comedor del departamento al que tenía que ir, frente al pasillo. Aquel. El único. El eterno. El pasillo del departamento de Caballito donde vivió desde los ocho hasta casi los quince años. Le latían los oídos. Era como un fuego adentro de la cabeza. Cerraba los puños de las manos. Se mordía las muelas. Virginia repelía la imagen que quería aparecer delante de sus ojos. Era como un juego. Le daba mucho placer dilatar el estar inmóvil mirando la pared del fondo del pasillo. Pero la imagen tomó fuerza. Vigor. Se impuso. Y esa sensación dormida apareció. La imagen presionó la cabeza y garabateó el recuerdo. Un baúl. Y la imagen presionó otra vez. Y el recuerdo, vívido: el baúl que está en esa habitación a la que no nos dejan entrar.

    -Esa habitación tiene algo.

    -¿Qué cosa?

    -Creo que es un baúl viejo y no hay que abrirlo. Papá dijo que está prohibido.

    -¿Cómo sabes vos que es un baúl?

    -Una vez abrí la puerta de la habitación y lo vi. Se movía y algo golpeaba desde adentro.

    -No mientas.

    -No miento. Ya vas a ver. El baúl tiene una traba y eso que golpea no puede salir.

    Así que más tarde fuimos a esa habitación chiquita que está a la izquierda de la pared del fondo del pasillo. Mi hermana que se animaba a todo abrió la puerta. Entramos, destrabamos el baúl y salimos corriendo.

    -Seguro que ahora va a salir- dijo mi hermana. (–Cuando todos duerman.)

    Cuando todos dormían fuimos hasta el pasillo. Oíamos una respiración fuerte y pasos. Inmóviles mirábamos la pared del fondo del pasillo. La respiración provenía de la habitación. Estábamos seguras. Dije que mi hermana se animaba a todo. Nos paramos en la puerta. Mi hermana me dijo:

    - Ayudame, gotitas de sangre ruidito de uñas.

     

     

     

    Esa frase la seguía escuchando en su cabeza cada noche antes de acostarse.

    -¡Pasaron veinte años! ¿Entendés? ¡Veinte!

    -Tenés que ir igual. ¿Qué puede pasar?

    -No sé.

    -¡No hay nada ni nadie ahí, Virginia!- le gritó Gabriel.

    -¡Sí hay! Los recuerdos.

    - Me voy a dormir.

     

    Entonces ocurrió la confusión. Finalmente fue. Temblando. Poco convencida. Llorando. No podía dejar de pensar. Entró al edificio. No sabía si subir por ascensor o por la escalera, el mismo dilema que cuando tenía once.

    Abrió la puerta y se dejó llevar.

     

    Florencia Rosati

    Comentarios

    1. marisa

      1 junio, 2012

      Que intriga? Me cortó el aire, me gusta y también me asusta.

    2. volivar

      10 junio, 2012

      Florencia: eso es; un gran tema; lo que te aconsejaba; narrar sin medir espacios; nada de micros por micros; nada de tres o cuatro cuartillas; el tamaño depende de lo que tenemos en nuestros recuerdos, en nuestra experiencia, en nuestra cultura.
      Esto que has escrito es muy bueno, te felicito. Y especialmente porque le pones mucho cuiado a no cometer errores ortográficos; muy bien los diálogos. El uso de los instrumentos literarios.
      Volivar (mi voto)

      • Florencia

        12 junio, 2012

        Volivar, ni te imaginas el tiempo que me llevó este cuento de mier…!! de tanto machacar y corregir y leer miles de veces ya me lo sabía de memoria! pero me lo saqué de encima, hasta pensé que era mejorcito y no gustó a nadie, jajaja! eso demuestra mi exigencia y poca objetividad!. Saludos.

    3. volivar

      12 junio, 2012

      Florencia,
      amiga, lo que ocurre es que si a alguien le cuelgan el título de poco instruido en la ortografía, así se queda por mucho tiempo, hasta que demostramos que servimos para hacer bien las cosas. Poco a poco, y leyendo mucho lo que escribrimos, lo logramos.
      Como se dice: se escribe; se deja en el refrigerador (nevera, me parece que dicen en tu país) y cuando lo vuelves a leer… ves las fallas. Así de simple. Un 5% es inspiración y el 95% de trabajo, corrección, revisión, volver a escribir el mismo texto, hasta saberlo de memoria.
      Bueno, amiga, disculpa que la haga de maestro, pero sólo es un consejo de amigos.
      Saludos
      Volivar

    4. Richard

      19 junio, 2012

      Hola Florencia.
      El cuento me resultó fascinante.
      Las imagenes se agolpaban en mi mente a medida que avanzaba el mismo.
      Me gustó mucho.
      Muchas gracias
      Richard

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