Solo poseemos eternamente lo que hemos perdido.
Henrik Ibsen
La estaca penetró el ojo azul y pálido del perro; siguió una patada en la cabeza para apartar la baba y los colmillos. Un gruñido, sangre y el estertor revolcaron al animal en la parálisis. Intoxicado por el odio el niño se apoderó de las costillas que yacían en la tierra. Trató de escapar pero un cuchillo le bloqueó el paso. Se volvió y el antebrazo del apostador lo golpeó en la frente. Sin tener tiempo para darse cuenta de la represalia prensaron su cabeza contra la tierra hasta que un corte preciso y una mala palabra lo dejaran inconsciente: así fue como el Cangrejo perdió su oreja izquierda.
Cuando abrió los ojos tartamudeaba y los sonidos entraban caóticos a su cabeza. Pensó que iba a morir y que sus huesos se le quedarían enanos, que no podría jamás encontrar a su padre y lo meterían en una fea caja gris hasta pudrirse y ser el alimento de una horda de gusanos. Pero no fue así y, aunque lo devolvieron al asco del orfanato donde crecía, supo que era alguien con suerte.
La policía lo interrogó durante días pero el Cangrejo no dijo nada. Lo llevaron al mercado de la carretera central a mirar las caras de los carniceros. No, no, no, no, ninguno de esos. No, no, no, tampoco. Era lo único que salía de su boca. Y aunque allí estaba el rostro grasiento del Zarco, oculto tras la más cínica de sus sonrisas, mostrando las manos ensangrentadas y felices, el Cangrejo no levantó su dedo índice como el apostador y los otros vendedores esperaban.
Frente al Zarco no pudo evitar verle la mueca de desprecio igual a la del día en que llegó hambriento, bañado en su propio sudor. Ante el mostrador extendió su pequeño brazo y entregó un mazo de billetes.
—¿Eso es todo?
—Sí, se quedó carne sin vender.
—Me estás estafando.
El Cangrejo sacó de la bolsa unos pedazos de carne y los mostró.
—Esa no es mi carne, pendejo.
El niño no podía creer que el Zarco pensara que él era un ladrón.
—Le juro que esa carne…
El Zarco lo tomó por el cuello y lo zarandeó.
—¡Hoy no te llevas nada! —gritó sobre la cara del niño.
Sintió rabia y desprecio por el hombre que le había prometido decirle quién era su padre, que lo ponía a vender carne vieja y le obligaba a limpiar el puesto y recoger los recortes. Aguantaba siempre esperando a ver si algún día se aflojaba y le decía está en tal o más cual lugar. Podía haberse conformado, olvidarse de la paga y volver al orfanato. Pero decidió cobrar lo suyo, poner al hombre que no era frente al Zarco.
—¿Me quieres robar?
La mano del Zarco detuvo por el pelo al niño que había sustraído unas costillas de puerco.
—¡Suéltame hijoeputa!
El Cangrejo forcejeaba tratando de liberarse del agarre.
—¿Tienes algún problema con esta rata?
Era la voz del apostador que aparecía para organizar las apuestas del día. Su voz cercana hizo que la mano del Zarco soltara los cabellos del Cangrejo:
—¿Vas a apostar?
—Como que me dicen el Zarco —aseguró el hombre volviéndose hacia su stanford negro, con azulísimos ojos y prominentes mandíbulas.
—Okey, okey.
Y las palabras del apostador sacudieron al resto de los carniceros y de los vendedores de frutas y verduras que comenzaron a llenar las apuestas de la pelea de perros de la tarde.
El Cangrejo supuso que se habían olvidado de él, que podría correr con las costillas para venderlas y hacer algún dinero extra; estaba a punto de completar lo suficiente para escaparse de una vez y para siempre de aquel lugar de mierda que odiaba con todas las fuerzas de sus años. Se escabullía, ya casi estaba fuera de la aglomeración cuando lo volvieron a sorprender y todos enloquecieron y lo empujaban para allá y para acá y le gritaban ladrón, bandido, cangrejo de mierda a dónde vas con eso.
El Zarco volvió a recuperar sus costillas y alguien dijo: Azul contra el Cangrejo. Los ojos del apostador se iluminaron, extendió las palmas de las manos y se hicieron las apuestas.
—Dejen eso, no va a resultar —saltó una voz.
El niño estaba aterrado, sofocado por el desconcierto.
Sin decir una palabra el Zarco soltó a su stanford y lo apostó todo por su animal que ciego atacó al Cangrejo.
Una, dos mordidas, las pezuñas cerca del iris del muchacho, la piel desgarrada, gritos y más gritos, la impiedad brutal subiendo a las cabezas de aquellos hombres drogados por el espectáculo hasta que el instinto de conservación del Cangrejo los dejó mudos. Después vino la ira del Zarco y la oscuridad. Lo recordaba bien todo, tramo a tramo de la historia, palabra a palabra de cada hombre que participó en la apuesta, pero no iba a hablar.
Al pasar frente al Zarco junto a la policía, notó una bolsita colgada en su cuello, empotrada entre los vellos decolorados y rizos del pecho. El Cangrejo tuvo ganas de llorar, de saltar sobre el hombre y sacarle los ojos, de decir es este el salvaje que me lo hizo y ahí lleva la prueba. Avanzó hacia él un paso y casi al punto de señalarlo vio algo en los ojos azules del carnicero que le recordó la brutalidad del perro. Entonces le quitó la vista y decidió callar.
A punto de las siete. La luz cortada por los pinos del parque. El olor desagradable de la comida del orfanato lo invadía todo. El Cangrejo abandonó el edificio evitando ser visto por alguno de los demás niños y sobre todo por la Señorita Cruzata, la encargada. Si le veían tan solo un pelo todo se acababa. Cabeza de alcornoque, a dónde crees que vas, le dirían mientras las manos de ajo de la Señorita Cruzata sorprenderían la otra oreja y lo llevarían arrastro dentro para ser el centro de las burlas. Par de cocotazos para que abriera la boca le sacarían las lágrimas y tendría que tragar pasta mierda de chícharos con caldo de pescado.
Caminaba a hurtadillas paralelo a la cerca de malla, encorvado y en puntas con la esperanza de que eso lo volviera invisible. Con cada metro que se alejaba del edificio creía que escapaba de las manos lascivas de la Señorita Cruzata, del aliento a animal muerto que salía de su boca y del olor a orine y ajo que rezumaban las ropas de aquella mujer torcida y solitaria que lo acechaba después de las comidas y lo sacaba del sueño en las altas horas.
A medianoche el Cangrejo no sabía qué hacer. Mientras vagaba intentaba armar con trozos de recuerdos, que el Zarco había ido proporcionando, el posible lugar donde vivía su padre. Bordeó la carretera y alcanzó las afueras de la ciudad para acabar de perderse. La fatiga lo revolcó en un barranco, con el llanto contenido y la herida supurando. Cerró los ojos y comenzó a soñar con la oreja. Al amanecer fue recogido por la patrulla de caminos. Los oficiales descubrieron el cuerpo mientras orinaban y prendían el primer cigarrillo del día.
—Vamos, levántate.
La voz de la Señorita Cruzata penetró en la habitación. El niño hurgó en los ojos de la mujer, trató de buscar un lugar dónde conmoverla, le mostró la cicatriz fea y sucia. Comenzaba el día y el Cangrejo hundido en la vergüenza avanzó hacia el baño para asearse, pasó frente a la mujer más pequeño, insignificante
—Vamos hijo te voy a presentar a alguien —dijo la Señorita Cruzata.
Quién iba a imaginar que el apostador apareciera, que llevara ropa decente y un peinado ridículo, que se llamara Obdulio Montero, que tuviera mujer estéril y un trabajo fijo.
El Cangrejo se quedó boquiabierto casi sin poder moverse.
—Vamos, esperan.
No lo podía creer, pensaba que era un engaño. Miró la cara de los chicos acariciada por la envidia, con los ojos aguados y cedió.
—Eso es.
La mano de la Señorita palmeó la nuca y lo condujo.
—Es una hermosura.
El Cangrejo nunca esperó que alguien pudiera decir esas palabras, mucho menos que allí estuviera el apostador metido en otra piel, al lado de su esposa, pálida, rubicunda, conteniendo la histeria tras las frases mal aprendidas.
—Es una lindura de lindo.
Al principio tuvo miedo, mostró el defecto en su cabeza, el rostro agrio, pero las caras siguieron sonrientes, afables. Y todo estaba en orden, los papeles, las investigaciones, las entrevistas, la historia clínica de la mujer que se acercó y comenzó a acariciar al Cangrejo con tanta vehemencia que casi hace llorar a la Señorita Cruzata.
En algún momento del encuentro el Cangrejo deseó gritarle hijoeputa, eres un hijoeputa, Seño este es el apostador, la peste, hay que meterle preso, no me deje en manos del hijoeputa. Hizo algunas muecas, le dio vueltas al asunto mientras los mayores conversaban y se firmaban papeles y la euforia de la pareja impedía que la Señorita Cruzata notara la mala sangre; se acercó con todas las intenciones de abrir la boca y echarlo todo a perder, pero no lo hizo. El cangrejo siguió el juego, permitió el ciclo de familiarización; dejó que lo visitaran y le trajeran comida y estuvieran largas horas contemplándolo; facilitó que las formalidades y la burocracia lo acercaran a la pareja. Sí maricón, sí, pensó el Cangrejo, voy a apostar por ti.
—Ahora vas a tener unos padres, casa y todo lo que te hace falta para enderezarte —dijo la Señorita.
El Cangrejo solo movió los labios para sonreír porque era su turno y tenía que jugar bien o se quedaba.
—Solo una firma más.
—Como usted diga.
En menos de dos meses el Cangrejo abandonó el orfanato. Habían terminado las investigaciones, las citas de familiarización y el papeleo. Se mantuvo como nunca, más silencioso y esquivo porque quería evitar preguntas, tener que contestar cualquier mirada de los otros niños. Ya les llegará la hora, ya les llegará, pensaba mientras recogía sus cosas.
El improbable Obdulio Montero, la mujer y el adoptado se movieron por las principales arterias de la ciudad hasta tomar un ómnibus que los llevó a la parte suburbana. El asfalto desaparecía junto a las tiendas, las oficinas, los edificios y el bullicio de la gente para dar lugar a golpes de vegetación entre casas improvisadas y fábricas y vertederos de basura. Bajaron en el crucero del ferrocarril y caminaron por los rieles en busca del nuevo hogar que estaba en un potrero asediado por la maleza.
—La comida aquí hay que ganársela —dijo el apostador antes de atravesar el umbral y descubrir por fin su guarida.
La mujer se quitó los zapatos y comenzó caminar de un lado a otro mientras se despojaba de las ropas. Al fondo una jauría de perros había detectado al extraño. Los ladridos hicieron temblar al Cangrejo, sintió escozor en la cicatriz y dio un paso atrás.
—Quieto en base.
El apostador tomó por el brazo al niño y lo llevó adentro para ponerlo cara a cara con los perros. Un escalofrío sacudió de nuevo al Cangrejo al ver las mandíbulas, el destello violento en los ojos y las enormes patas que zarandeaban las jaulas. A un lado una pequeña cama y una lámpara.
—Aquí te quedas.
Miró los colmillos de los cuatro animales y se dejó caer sobre la cama.
—Creo que nos vamos a entender —dijo el apostador y abandonó la habitación.
Al cangrejo no le quedó más remedio que meter la cabeza bajo la almohada húmeda, apestosa, y poco a poco se fueron coagulando los alaridos, las voces, los ruidos.
Recelosos y menos inquietos los perros hicieron silencio. El Cangrejo les dio la espalda y permaneció con los ojos abiertos durante tres días, sin agua, ni comida hasta que el delirio se apodero de él: mi oreja, mi oreja, mi oreja…
—Vamos haragán.
Las palabras llegaron junto con una patada que lo tiró de la cama. Allí estaba el apostador con el torso desnudo y los dientes afuera. Le tiró un trozo de carne casi cruda y le dijo:
—Tu desayuno.
Las tripas vacías del cangrejo se apretaban a la espina dorsal. Primero dudó, sintió el hormigueo de la humillación sobre la piel. Quería resistirse, mostrar orgullo.
—Bueno, tú decides —dijo el apostador que se agachaba para recoger la carne.
Pero un gruñido se anticipó al hombre. Incisivos, colmillos y molares comenzaron a masticar, saliva y paciencia, odio y asco, seguidos de desesperadas mordidas que desgarraban las fibras, troceaban las lonjas de grasa. Cuando terminó de engullir la carne el apostador lo hizo salir junto a uno de sus perros y le dijo:
—Ahora vas a pelear.
Y la rabia del niño no dejó ni que el perro gruñera, con una patada endemoniada destrozó las mandíbulas que lo amenazaban, seguido desplomó su peso sobre el cuerpo del animal como si lo hiciera sobre el Zarco. La correa sostenida por el apostador perdió la tensión y quedó atónito, sin habla.
Ese día el apostador perdió sus cuatro perros y supo que en lo adelante iba a ganar tanto dinero como jamás había soñado. Podía ver los billetes en sus manos, la alegría de su esposa con joyas caras, el placer en la cara de los espectadores, la ansiedad en el Cangrejo, la ira de los perros en la arena desesperados por arrancar un trozo de piel. El apostador no perdió ni un minuto: iba cada día al matadero y buscaba corazones de cerdos y carneros y trozos de la mejor carne para su campeón y le enseñaba los puntos débiles de los perros grandes y de raza y cómo atacaban. El Cangrejo no decía una palabra, comía y bebía lo que le daban sin protestar, convencido de que ese era su destino. A veces lo mordían y arañaban, perdía sangre y retazos de piel, pero resistía.
Los peleadores de perros no lo querían creer. Estás loco de remate, que no, que solo tienen que jugársela. Apostador de mierda, eres un loco, ya verán lo que les digo y la curiosidad se les veía en los ojos y el apostador sabía que como ya estaban enfermos por las apuestas no iban a dejar de hacerlo nunca, así que puso lugar y hora y les aseguró a todos que con un poco de plata verían un espectáculo increíble.
Rudo y macizo, el Cangrejo había comenzado a perder la lozanía de la edad. Sus dedos endurecidos se habían deformado y sus huesos se habían vuelto piezas de metal. A veces, durante las horas de sueño veía a su padre entregarle la oreja que faltaba. Entonces saltaba sobre el insomnio y tenía que masturbarse, pensar en las pocas nalgas de la esposa del apostador.
—Cinco grandes al Cangrejo.
—Diez a Lobo.
—Doscientos al Cangrejo.
—Una a ocho el Cangrejo abajo.
—Vamos, vamos, hagan sus apuestas.
La euforia y la duda habían abarrotado el último almacén de la planta de fertilizantes donde por el día trabajaba el estibador Obdulio Montero y por las noches el apostador. Entre sacos de fertilizantes y luces de halógeno, montacargas y un grupo de hombres excitados por las apuestas estaba el Cangrejo. El apostador lo masajeaba y le decía al oído: eres un bestia, una verdadera bestia y ellos, ellos son unas ratas.
A Lobo se le ordenó atacar. El Cangrejo esta vez permaneció quieto. Sabía que las mandíbulas enfurecidas habían apuntado al cuello. Uno, dos, salto del perro, el cuerpo del Cangrejo a un lado, media vuelta, más rabia, ráfaga de dentelladas sobre el brazo, Lobo se va en blanco, resbala con el fertilizante desparramado en el suelo, vuelve al cuello del Cangrejo que da un paso al frente para prever la secuencia del animal; lo ve aproximarse a sus manos que de un golpe lo desnucan. El dueño patalea y quiere romperle la cara al apostador que grita urras y recoge dinero a diestra y siniestra. Antes de que carguen al campeón y lo eleven por el cielo del almacén, se vuelve hacia los ojos de Lobo sin entender todavía el sentido de la muerte.
Cangrejo el campeón, la fiera de la noche, el matador enano. La voz de inmediato corrió por todos lados, llegó a los bares, a los prostíbulos, al mercado negro y a las casas de juego. Los peleadores de perros no lo entendían y cada noche salían con el rabos entre las piernas, acongojados y cada vez más decepcionados de sus perros. El niño para nada era un cangrejo y se rumoraba que tenía que estar protegido por todos los santos, untado con brujerías y cosas del diablo, porque solo había recibido rasguños y algunas mordidas. La gente acudía para comprobar lo que se contaba. Una vez visto el espectáculo quedaban seducidos y volvían una y otra vez y gastaban todo su dinero y contaban los perros muertos y las heridas en el cuerpo del Cangrejo.
Pero toda vida por absurda que parezca tiene algún sentido y en una de esas noches el Cangrejo lo supo. Habían anunciado un animal infernal, un devorador de hombres, ganador de todas las peleas contra los perros de los mejores peleadores. Terminator contra el Cangrejo dentro de una hora, apuestas arriba, las personas amontonadas en la puerta del almacén ansiosas, procurando un lugar entre los sacos de fertilizantes. El dinero de una mano a la otra, obscenidades y muecas, empujones y manoteos.
El apostador anunció la entrada del desorejado invicto, pequeño y recio, que caminaba sordo, ciego al delirio de los rostros que esperaban de él lo mejor. Todo al enano matón, todo al Cangrejo, al baby letal, a mata siete, que se pudra Terminator y el apostador feliz amasando dinero. El Cangrejo mostró sus garras, las crudas cicatrices, la violencia contenida hasta notar, que al otro lado, el dueño de Terminator era el Zarco. El Cangrejo titubeó, pero lo miró a los ojos. No quería hacer caso a los dientes cínicos, la burla de los pómulos y el giro del pulgar hacia el piso. Con precisión estudió al perro, un boxer grande, quizás cruzado con stanford, de perfectas líneas, músculos brillantes y brutales mandíbulas entrenadas durante años. Terminator permanecía quieto, esperando la voz de su amo.
— …cuatro, tres, dos, uno, cero.
—¡Ataca!
Terminator abrió las mandíbulas y comprimió el tren trasero para surcar el aire, pero el Cangrejo al un dos tres, puso el pie sobre la cabeza del perro, saltó hacia el Zarco y enterró sus pulgares en los sorprendidos ojos azules. Hubo un grito, un intento de la mano por sacar el cuchillo, pero fue en vano. Siguió un silencio y urgente el Cangrejo arrebató la bolsa que el Zarco llevaba en el cuello.
Al brotar la sangre el Cangrejo por fin había recuperado su oreja. En un segundo había dejado de ser el hombre inventado por el apostador y Terminator regresaba desparramando baba, levantando con sus patas una nube ingrata de fertilizante que lo volvía todo más impreciso, menos real.


volivar
muy bonito y bien realizada la narración. Felicidades, Mi “me gusta”
VIMON
Extraordinario relato y muy bien contado. Felicitaciones, saludos y voto.
Paloma Benavente
Estoy absolutamente seducida por este cuento brutal. Lo he leído como si asistiese a los combates del Cangrejo, entre horrorizada y ávida por seguir leyendo. Mi más sincera enhorabuena y mi profundo respeto por un escritor de los pies a la cabeza como tú. Me he convertido en tu admiradora. Espero que este cuento llegue a portada y se publique, porque es digno de leerse y de darte a conocer.
Yam Montaña
Muchas gracias Paloma, tus palabras llegan como una marea de luz a estas orillas donde las sombras dejan que reposen muchos de mis textos. El cuento forma parte de mi segundo libro que ni lo he movido por la desidia de los editores por el cuento. Siempre he dicho que utilizaba el cuento como ejercicio para la novela y mira, dos libros y voy a por un tercero en lo que divago y me extravío en una novela en curso. Gracias otra vez y mucha luz para ti y tus textos.
Anael
Cruenta historia y pensar que ese mundo vestial de apostadores existen en la realidad. En Mexico clandestinamente esta actividad se ejerce actualmente y cada vez tiene mas audiencia, el personaje de tu histora es genial porque le da el toque excelso y preceso para resaltar el grado psiquico violento del furor demencial y sangriento de esa gente.