Villa Dálmine

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    Ya en el túnel, el colorado Zacarías lo notó distinto. No era para menos. Lo agarró del cuello y mientras lo golpeaba con su aliento a ginebra y pequeños segmentos amarillos de tabaco, le dijo —le dijo, seguramente, porque lo conocía como a un hijo o más, desde las inferiores de Club Atlético Midland— «¡Dejate de macanas, Cabeza! Olvidate del asunto. Metete en el partido que con un punto ascendemos». Pero, lógicamente, el colorado Zacarías no entiende de esas cosas. No, no entiende y menos el colorado que con sesenta y cinco años jamás ascendió una categoría. Si no asciende ahora no lo hace más. Eso les dijo. Quince almas abarrotadas, sin agua caliente en las duchas, con un inodoro partido y el vestuario con olor a mierda mientras el colorado Zacarías les llorada «¡Por mi vieja se los pido, tráiganme un punto, un punto nada más. Háganlo por el General, por la Patria, por el Club!». Sí, era difícil no querer al colorado cuando se emocionaba tanto.

    Pero y al pueblo, ¿quién entiende al pueblo? Las imágenes del líder que vuelve pero no, que llega pero no, que aterriza pero no, le giran en la cabeza como una película súper ocho, una y otra vez. No logra meterse en el partido y cuando se da cuenta de que no logra meterse en el partido mira para arriba y ve a su viejo con el gorrito barco y una bandera celeste y blanca que dice «Club Atlético Defensores Unidos» que le grita «Corré, pelotudo». El Cabeza corre y aparece cerca de la medialuna y en lugar de lateralizar para el enésimo centro de la tarde, apuesta por el toque corto con Aruanzo, luego corre y busca la devolución dentro del área… Aruanzo aguanta, gira y lo busca con esa magia que tienen los grandes laterales de la historia. La pelota, sin embargo, le roza la cabeza al Cabeza y se va fuera. Aruanzo, un tres con movilidad como le gusta definirlo al colorado Zacarías, está rojo como un tomate: corrió cincuenta metros y esa misma mañana estuvo haciendo horas extras en la cementera. Lo mira. «Dale, Cabeza, metete en el partido». Cabeza le dice sí con la cabeza pero no, no puede. Piensa en la función de la cultura en las sociedades occidentales. Piensa en la gente, en la plaza que a esa hora debe estar llena. «No es tu culpa, Aruanzo», le dice al tres con movilidad. «¿Qué?» contesta Aruanzo que busca el aire y no lo encuentra. «No, nada».

    Para el Cabeza, en cuyo manual del fútbol en el área siempre hay tiempo, comprende que es ahora o nunca, que el conflicto nacional sólo puede resolverse dentro de una sociedad donde convivan todas las clases, sin que ello suponga la desaparición del proceso y el progreso históricos del pueblo. Palabras del líder. Se acerca al borde de la cancha donde apenas se ve la línea de cal y le pregunta al vasco Arizmendi la hora. «No, faltan como veinte minutos todavía… Corré». «No, digo: qué hora es…», el vasco lo mira, lo estudia con un borde de odio. «Cuatro y cuarto, Cabeza». Vuelve al centro del campo desahuciado. Dieciocho años esperando. Se desespera, piensa que el líder ya debe haber aterrizado y entre tanto lo asusta un sonido hueco que crece y crece con el viento y se pierde entre los tablones del estadio Villa Dálmine. Mira a la banda, al colorado Zacarías que se agarra la cabeza. Pierden uno a cero y no hay ascenso.

    Cabeza se mueve un poco por el centro, toca corto, pica, la pierde. Así toda la tarde. El zurdito Bannucci le frota la gran cabeza, le dice «Vamos, vamos.». Los trescientos hinchas visitantes de Defensores Unidos cada vez gritan menos. Los del Villa Dálmine, cada vez son más. Si no fuera porque se disputa el ascenso habrían jugado otro día, a otra hora. De todos modos, el Cabeza, mientras forcejea con un central de cara aceitunada, piensa que los de la Asociación de Fútbol deben ser gorilas perdidos, radicales de lo peor, si no no se explica. El General tiene razón cuando dice que «lo mejor para un peronista, es otro peronista…». El general siempre tiene razón. Jugar ese partido justo cuando el líder por fin está volviendo al país, de locos.

    En la banda, el colorado Zacarías está partiendo a patadas la heladerita con las botellas de agua. Esa heladerita se la consiguió él que trabaja en una heladería los fines de semana. El resto del tiempo se lo dedica al fútbol y al Movimiento. El Cabeza trata de lucirse pero esa tarde no le sale nada, sabe que entre los tablones hay un señor de Vélez Sarsfield que lo está mirando para comprarlo… Ese es su sueño: ser goleador de Defensores Unidos para irse a Vélez, a la capital, hablar en las radios, que lo entrevisten Larrea o Carrizo, porque sabe que si un día lo entrevista Larrea o Carrizo finalmente terminará conociendo al General. Es un hecho. Se emociona. Corre.

    Intenta moverse un poco, hace un frío que pela y el central con cabeza aceitunada lo sigue a todas partes, no puede moverse. Ya le pegó doscientas patadas y el árbitro no cobró nada. Piensa que de estar juntos en Ezeiza, esperando al líder, marcharían juntos, hombro con hombro, como dos argentinos con la misma camiseta peronista. Se ríe. El pibe lo mira de reojo, se sube las medias, parece que le está por decir algo pero no, en ese momento empieza a correr como una bala. Se escapa y sube y sube y sube como una gacela el jodido cara de aceituna y nadie puede pararlo y solito en el área clava un zurdazo de otro partido, de otra categoría, que se le escapa al Leopoldo, el arquerito de dieciséis años. El Cabeza piensa «¡Míralo al muerto de mierda ese el tiro que clavó, madre mía!», y ya no cree que sea buena idea marchar juntos, hombro con hombro. Mira al banco, el colorado Zacarías llora, llora. Está derrumbado en la caseta. Pierden dos a cero y no hay ascenso.

    El Cabeza aprovecha la dispersión y le grita a su viejo que está en los tablones: «¿Y? ¿Llega o no llega?». El padre, que marchó en la Libertadora en el 55 y tiene una bala en el abdomen, lo mira con una cara extraviada. No se quita la radio del oído —lógicamente escucha las noticias porque ninguna AM trasmite el ascenso entre Villa Dálmine y Defensores Unidos— y le grita algo. «La cosa está jodida. No baja, no baja». «¿Cómo que no baja?». La gente en los tablones empieza a putear al Cabeza y luego, directamente, al padre del Cabeza. «No. Hay problemas… se están peleando». El Cabeza no entiende nada, él debería estar marchando al aeropuerto de Ezeiza en la columna sur junto a los compañeros de Bahía Blanca, Mar del Plata, La Plata, Berisso, Ensenada… ahora ve que el colorado está totalmente desenfrenado, le grita «¡Corré! ¡Corré!». Nunca vio al colorado tan enojado y eso que lo conoce de las inferiores del Midland, allá por el sesenta y ocho.

    El Cabeza baja a su área y ayuda un poco en la marca. El nueve de Villa Dálmine mide dos metros y lo normal en personas que miden dos metros es padecer alguna especie de discapacidad psicomotriz porque nadie con dos metros puede correr como corre, pero no. No sufre de nada, ni de poliomielitis, como casi la mitad de los amigos del Cabeza ahí en Zárate. No, no sufre nada porque cuando el Cabeza intenta agarrarlo, pararlo, pegarle, algo, el grandote se le escapa y mete un cabezazo tan bestial que suelta la única red que tiene el Club Villa Dálmine. Tres a cero y no hay ascenso.

    Al Cabeza le queda la ilusión, sin embargo, de saber que el General está llegando al país. Que el Movimiento está más unido que nunca acompañando al líder en las largas noches de la patria. Le llena el espíritu, lo engrandece esa sensación y parece que corre más pero, curiosamente, siempre llega tarde a todo. Se acerca a la línea y le pide al vasco Arizmendi la botella de agua. El vasco, desde el banco de suplentes, se la tira en la cabeza con una fuerza increíble, mientras le grita «¡Ojalá te quedes paralítico, muerto!» y sujeta al colorado Zacarías que se quiere meter en la cancha. «¿Cómo te ponés así, colorado, en un día tan importante como este? Tranquilizate un poco… ¡Volvió el General, colorado, por fin volvió!», le grita el Cabeza. Zacarías lo corre pero no lo alcanza, se quita un mocasín y se lo tira, no le da. «¡No jugás más en tu puta vida, Cabeza!». El lineman quita el mocasín del campo y expulsa al colorado que igual no se va. El Cabeza piensa, medita: qué puede importar un partido más o un partido menos en un día como ese. Igual lo comprende: sesenta y cinco años, cuarenta en el ascenso y nada, nunca nada. Pobre Zacarías.

    Faltan dos minutos pero el Villa Dálmine sigue apretando, los centrales suben como autitos de carrera, el cinco tapón —un sodero de treinta y nueve años— también corre como si tuviera veinte. El nueve de dos metros danza, cómo danza ese muchacho. El once, que siempre fue suplente, gambetea a los defensas de Defensores Unidos como si fueran palos de bolos y entre todos, como un concierto barroco, hacen el cuarto gol con una demostración de fútbol relacional y efectivo y maravilloso que deja a todo el estadio con la boca abierta. Es un golazo. Y no, definitivamente no hay ascenso.

    Termina el partido, hace tres grados bajo cero y la hinchada de Defensores Unidos, que vino a gritar «¡Dale Campeón! ¡Dale Campeón!», está totalmente decepcionada y como el autobús recién sale a las ocho para Zárate empiezan a cagarse a trompadas con los quinientos o seiscientos hinchas de Villa Dálmine. Vuelan sillas. Tampoco pasa nada, así son los muchachos.

    En el Dodge, de camino a casa, el viejo del Cabeza prende la radio y en la radio hablan de la «Masacre de Ezeiza». Afuera llueve como nunca. El auto hace cinco kilómetros y vuelve a pararse, está jodido del embrague. No se sabe cuántos muertos hubo en los enfrentamientos entre bandas del propio Movimiento. El General tuvo que aterrizar en Morón, por seguridad. El país está pendiente. El Cabeza abre mucho los ojos tratando de confirmar lo que está pasando y en medio de todo eso, Antonio Carrizo —de quien el padre del Cabeza tiene un autógrafo— con su voz algodonosa de radio Rivadavia mantiene un silencio tenso y luego flexiona la onda modulada hasta el máximo para decir:

    —Bueno, bueno, no todas son malas para nuestro país. Contenta debe estar la gente de la localidad de Campana con el ascenso a Primera C del Club Villa Dálmine. Nuestras felicitaciones, muchachos ¡Enhorabuena! Sepan que desde a… —Se escuchan murmullos fuera de micrófono, voces que rebotan y Carrizo que dice «¡¿Eh?!», que dice «¿Ahora mismo?», que dice «¿Al teléfono?», que dice «Sí, sí, muy bien…», luego vuelve al aire, al público de la amplitud modulada—. Este… acá nuestro productor nos está comentando que el mismísimo General acaba de llamar a la radio para informarnos… para informarnos, así como se los cuento querido público, para informarnos cuánto desea saludar a los muchachos de Villa Dálmine y expresar su apoyo a ese grupo de jóvenes argentinos entusiastas. Qué suerte la de estos muchachos que mañana mismo, sobre las 13 hs. —vuelve a consultar algo, ruiditos, voces lejanas—. Sí, efectivamente, mañana mismo sobre las 13 hs., el General se acercará a Radio Rivadavia para felicitarlos por la obtención del merecidísimo ascenso. Una nota de color, eso es. Una nota de color en este día tan negro que vive la Patria.

    Luego suena el himno nacional y la publicidad de caramelos para la tos. El padre del Cabeza apaga la radio, mueve la cabeza y le dice al Cabeza, su hijo, con un tono perdido, absolutamente técnico.

    —Creo que está entrando agua por el techo.

    —Sí.

    El Cabeza pone la mano entre la puerta y el techo y detiene un poco el agua. El Dodge ruge, tiembla. Solo es el ruido del coche y la noche que cae y cae sobre el río Paraná mientras el ferri, que los cruza a la otra orilla, avanza lentamente. El viejo arma un cigarrillo y se apoya en el asiento.

    —Lo mismo deberías pedirle disculpas al colorado Zacarías, es un buen tipo. La temporada que viene va a ser jodida. Muy larga.

    —Sí.

    —Y dejar de leer un poco esas cosas que leés.

    —Sí.

    El viejo prendió el 43/70. Se quedó en silencio.

    —¿Este fin de semana laburás en la heladería?

    —Sí.

    —Pero si hace como tres grados bajo cero, para qué abren.

    —No sé, cosas del viejo. Dice que ahora, con la vuelta de Perón, todo va a andar mejor.

    El viejo asiente, intenta encender el auto pero no, el Dodge está muerto.

    —Sí, va a andar mejor… —susurra y se baja a empujar.

     

    Comentarios

    1. xailluz

      17 mayo, 2012

      ¡Qué buen relato! Interesante yuxtaposición de hechos y, ¡vaya, que velocidad! La narración te mantiene en ascuas hasta el final. Realmente, muy bien logrado. Te felicito Nicolás, amigo. Un abrazo.

      • Nicolas_Mattera

        17 mayo, 2012

        xailluz
        Muchas gracias por tomarte el tiempo para leer el cuento y por tus palabras. Te mando un abrazo!

        Nicolas

    2. nanky

      17 mayo, 2012

      Muy buen relato, el regreso del General, el partido de fútbol, la esperanza y el 4 a 0, tal vez, puede suceder que cambié el resultado y bueno, si el azar hace milagros y el eterno retorno de Niezche se combinan,tal vez. Un gran saludo desde Buenos Aires.

    3. Felipe Ferrante

      17 mayo, 2012

      Me gusta esa época a la que te remontas cuando hablas de Perón y efectivamente como se van solapando los hechos en cada uno de los personajes. Pese a que a mí el futbol me da dentera, este es un bue relato, que más bien me suena a crónica…sin conocer como no conozco la de aquellos días y aquellos Perones. El final es muy bueno y me imagino que es lo que nos va a tocar todos como sigan las cosas por este derrotero.
      “—Sí, va a andar mejor… —susurra y se baja a empujar”
      Felicidades Nico!!

      • Nicolas_Mattera

        17 mayo, 2012

        Gracias, Felipón!!!
        Si, es tal y como lo comentás: no hace falta ser historiador para comprender el final de todo eso… No, las cosas no anduvieron mejor. Y sí, es facil imaginarnos que lo que toca in Spain, digan lo que digan los forofos de la tele, es bajarse a empujar.

        Un abrazo maestro!!
        Gracias por leer (yo sé que estos no son temas de su devosión y sin embargo…)

    4. Lorenzo

      17 mayo, 2012

      Muy buen escenario para mostrar la tragedia argentina. Felicitaciones.

    5. Gabriel Rodriguez-Paez

      18 mayo, 2012

      “Para el Cabeza, en cuyo manual del fútbol en el área siempre hay tiempo, comprende que es ahora o nunca, que el conflicto nacional sólo puede resolverse dentro de una sociedad donde convivan todas las clases, sin que ello suponga la desaparición del proceso y el progreso históricos del pueblo. Palabras del líder.” Me pareció una continuación apócrifa de tu cuento “Perón vuelve” que ya es una obra de arte. Arrebatador el ritmo arrollador del relato del partido. Me recordó el descenso de River. Un abrazo.

      • Nicolas_Mattera

        18 mayo, 2012

        Gabi!!
        Uf, qué bonitas palabras, amigo!!.
        Lo curioso del asunto es que lo has entendido todo a la perfección, quiero decir que sí, que de alguna forma es una continuación apócrifa de “Perón vuelve”. Que siempre me ha parecido, más que un período histórico, una metáfora de nuestra propia decadencia en el líder que viene a salvar no sé qué y no solo no salva nada sino que inaugura el período más sanguinario de la historia argentina.

    6. Eduardo

      19 mayo, 2012

      Muy, muy, bueno. Nico
      Con mucho de investigación y mucha imaginación.
      un abrazo

    7. Paloma Benavente

      19 mayo, 2012

      Muuuuy buena la atmósfera del marcador que avanza hacia el desastre, dilatando la pesadilla, el ascenso que nunca llega ni llegará. Y esa felicitación de Perón al equipo rival que cae como un martillazo sobre el Cabeza, pobre, tan leal al general y “traicionado” por él. Mal augurio de la lluvia, el coche que no funciona, el pucho fumado contra la barandilla porque no hay otra cosa que hacer, igual que abrir la heladería pese al frío. No hay remedio. No hay otra cosa que hacer.
      Mis felicitaciones.

    8. T. Ricardo Frago

      21 mayo, 2012

      Perfecto, de principio a fin: el ritmo, el tono, el partido, el Colorado Zacarías con sus esperanzas rotas (otro fantástico paralelismo, como el del coche), el Cabeza con “la cabeza” en otro sitio… La implacable ironía de la vida. ¿Qué más se puede decir que no te hayan dicho ya? Un relato excelente. ¡Enhorabuena!

      • Nicolas_Mattera

        21 mayo, 2012

        Ricardo, hombre, viniendo de vos (a quien admiro como escritor) las palabras cobran una dimesión mucho mayor. Gracias por tomarte el tiempo de leerlo y por tan grato comentario.
        Un fuerte abrazo!!!

        Nicolas

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