Mientras en el aire flotaban conversaciones inacabadas. Mario acodado en la barra, saciaba amarguras y ahogaba dudas en el vaso de la desesperación. Rumiaba una letanía absurda cuando de repente percibió un olor a loto prohibido. Sus dedos se aferraron al cristal tallado con tanta fuerza que sus yemas blanquearon. Miró de soslayo a su derecha y el aroma le abofeteó de frente taladrándoles el cerebro. Contuvo la respiración algunos segundos y por un momento las conversaciones quedaron suspendidas, todo el ruido cesó, a excepción de los latidos acelerados de su corazón.
Ella se sentó en la silla contigua. Pidió al camarero un café solo y largo. Mientras esperaba su consumición, se dedicó a pasar sutilmente su mano por el pelo, aireando su media melena rubia, despidiendo con mas intensidad el perfume a loto que a Mario le había dejado noqueado. También se quitó la chaqueta negra y la dejó en el respaldo de la silla, dejándose admirar.
Llevaba un vestido de finos tirantes, negro y entallado, en el que se dibujaban las prominentes curvas de su cuerpo, que parecía haber sido esculpido por manos expertas. Dejó que los ojos de Mario buscasen mas arriba de lo que dejaba ver su falda de tubo, que sinuosamente subió al cruzar una pierna sobre la otra. Miró a Mario y le sonrió y a él de un plumazo se le olvido sus dudas y amarguras.
El camarero llego con el café humeante. Ella se lo acercó a los labios. Quemaba. Lo dejo aparte. Se aproximó a Mario y guiñándole un ojo le pidió fuego. Salió fuera a fumar y él decidió acompañarla. Una vez en la calle ella, rozó las manos de Mario con las suyas cuando las ahuecó sobre la llama del mechero. Se les podía ver a través del cristal. El gesticulaba y ella reía abiertamente. Mario entró pago lo de él y el café de ella que quedó intacto sobre la barra, recogió la chaqueta negra aterciopelada de ella y se fueron andando bajo la pálida luz de las farolas.
No tardaron en llegar a su destino, se metieron en un piso y se devoraron entre botellas y un humo pastoso que aturdía los sentidos. Ella le propuso un juego, al que Mario acepto contento y feliz. Entonces ella le ató las muñecas y los tobillos con sus medias de cristal, y alrededor del cuello le puso un lazo negro de raso. Fue entonces cuando ella empezó a apretar el nudo, el reía. Apretó un poco mas, la risa de Mario se empezo a congestionar. Ella le susurraba palabras a la vez que sus manos apretaban mas y mas el nudo que a Mario le estaba ahogando. Mario dejo de soneir, no le gustaba el color que estaba tomando el juego y por un momento deseó volver a sus dudas y amarguras. Se le nubló la vista. La mente se le obnuvilo. Le faltaba el aire. Sus ojos empezaron a suplicar que cesase el juego. Ella le ignoró y siguió riendo y apretando. Al final Mario cedió y su cuerpo inerte se convirtió en una cáscara vacía.
Ella respiró hondo, ya estaba hecho, limpió a toda prisa el piso, cogió las llaves del coche de Mario y salió como si nada hubiese pasado.
Vio el mercedes azul marino que estaba buscando. Abrió el maletero, sacó una bolsa verde de deporte, montó y la puso en el asiento del copiloto bien cerca de ella. Se marcho lejos, se dirigió hacia el oeste siempre por carreteras secundarias. Llegó a un desvío y enfiló por una carretera de tierra. El sol hacía rato que proyectaba su luz sobre un campo yermo y amarillo.
Al cabo de una hora de ir por ese camino solitario y olvidado vio a lo lejos sus dos maletas que la estaban esperando. Suspiró aliviada. Se acercó. Paró el coche y bajó. Sus zapatos de tacón de diez centímetros se tambalearon inseguros por el suelo de tierra. Cogió las maletas como si de pequeños cachorros se tratasen, se las acercó al pecho y las abrazó, ahora solo tenía que llenarlas con el dinero de la bolsa verde. Abrió la maleta mas pequeña y de ella como un rayo saltó una vibora. Se asustó, intentó volver al coche para meterse dentro y poder pedir ayuda, ya la daba igual el dinero y lo que la pudiese pasar, pero lo que no quería era morir. Pero ese pequeño acto la fue imposible realizar, su cuerpo estaba paralizado, no se podía mover, y un dolor agudo la recorria el cuerpo, incluso se la hacia difícil respirar. Se maldijo por confiada.
Al cabo de un tiempo para ella fue eterno y agónico, como de la nada apareció Fabián, el artífice del plan. Se creyó salvada. Pensó que quizá como tardaba en llegar había ido a buscarla. Fabián se acercó a ella cogió las maletas negras y las llenó con ropa de mujer. Ella se horrorizó, su mirada desenfocada seguía sus movimientos, no lo podía creer. Ahora sus ojos destilaban odio y rabia. Vio como recogía la bolsa del dinero y se marchaba dejándola sola y tirada en medio de la nada.


Julio Querol Cañas
Muy aleccionador Netor.
Tienes mi voto.
Saludos y saludos
Netor
Gracias Julio,
Besos
alca
Buen texto, y muy visual para el lector. Saludos de tus incondicionales lectores Alca y Golon.
Netor
Gracias profedehisto, y musa
Besos
VIMON
Muy buen relato, Netor, felicitaciones y mi voto.
Netor
Gracias Vimon
Un abrazo fuerte
reka
El dicho dice quien mal anda mal acaba… casi siempre se cumple. Muy bueno Netor. Un saludo y voto
Netor
Gracias Reka
un abrazo
Richard
Excelente relato.
Intriga, sensualidad, suspenso.
Saludos
Netor
Gracias Richard
Saludos
volivar
Netor: el dinero, amigo, hace enemigos. Te felicito por esto tan bien escrito; eres maestro de los cuentos cortos; éste es vibrante, llenos de misterio, de intriga y de maldad, defectos nuestros, como seres humanos que somos.
Mi voto
Volivar
Netor
Gracias Volivar
Saludos