Cero

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    Intentaremos reducir la cifra a cero señor Presidente, responde Figueroa lanzando todo su cuerpo sobre el sofá gris en señal de cansancio, pero esa mezcla entre fe y sumisión que todavía le cliquea lo hace rebotar contra la esponja y regresar a la mesa como mono porfiado. Figueroa, que nunca se ha considerado un pelotudo aunque todo el país diga lo contrario, entiende -aunque no quiera- que no queda oportunidad, pero de igual modo debe seguir con propuestas inútiles para anestesiar el tiempo. Por esto, Figueroa con su pera apoyada en sus puños espera la señal del Presidente para continuar con la macroeconomía.

    El Presidente se ubica frente a una ventana donde en otros días es posible ver la plazoleta de las estatuas de sus antecesores. Ahora, en cambio, el vidrio está empañado por el efecto de los vapores que han desprendido los cuerpos al hablar. Con un pañuelo desechable el Presidente intenta hacer un círculo en el vidrio. Su ojo sólo ve destellos de luces y algo de la multitud. Es más fácil escuchar los insultos.

    Bajo la nube de gases químicos se han acumulado dos meses de crisis y si no cae del cielo la solución ahora, rápido, llegará el peor panorama, dice seguro el Presidente, al comenzar la reunión.

    El Presidente regresa a la mesa y como entregando un naipe, le acerca su Iphone a Figueroa

    – No se sienta ofendido ministro, pero qué le parece esto-.
    Ciertas imágenes punzan a Figueroa.
    -Entiendo que es broma- responde Figueroa y arma de cuajo lo que queda de la película en su cabeza.
    -No es una broma ministro. Hacia allá vamos –afirma con efusividad el Presidente e imagina a Figueroa como su perro.
    Figueroa mira a los generales como buscando algún gesto, pero nada. Los tres tipos parecen estatuas, inmóviles y duros. No recaerá en ellos el escarnio de la historia pues después de todo so militares, si no que en él: el padre, el esposo, el hijo y otro montón de cosas puntuables para los de su clase que lo han conducido a esa mesa, asunto que es un logro y un orgullo.

    Figueroa piensa que cuando finalice la película que propone el Presidente quedará solo junto a éste; solos, pero el Presidente podrá alegar desconocimiento y hasta demencia senil.
    -Créame, es la mejor salida– la voz del Presidente le parece asquerosa y lo que éste le dice después le suena a terrible falsa resignación- pero así están dadas las cosas lamentablemente. Lamentablemente; la palabra le parece eterna a Figueroa.
    Pero no lo tome como una amenaza, no ministro, no. Adóptelo como un incentivo a su labor. De seguro pasará a la historia como quien le regresó la cordura a este hermoso país y quizás en un tiempo, quién sabe, esté sentado en mi lugar decidiendo que es lo mejor para nuestros compatriotas. Es una tarea difícil, pero del todo hermosa ministro. Usted es joven. Piense en sus hijos y su familia. Piense en los hijos de sus hijos, en la historia. Piense en el país –Figueroa se rasca el cuello-. Nosotros nacimos para estar acá. Somos la cabeza. Somos quienes debemos tomar las decisiones por los nuestros aunque parezcan duras. Usted sabe cómo se maneja la hacienda ministro. Figueroa –el Presidente guarda silencio, lo mira fijo y continua-, el país es como criar un hijo. Uno lo toma en pañales, lo ve crecer y también, claro está, debe disciplinarlo, enderezarlo, alejarlo de las malas juntas de lo contrario nuestro amado hijo se puede ir por mal camino como ahora. Escuche Figueroa. Escuche como nos putean ¿Usted es un hijo de puta? ¿Yo? Se ha perdido el respeto por las instituciones del país.
    -Usted dio la orden- afirma con entusiasmo el Presidente. Usted dio la orden, repite más calmado con su sombra aplastando la humanidad de Figueroa. El resto aplaude para oírse.
    Es de noche y no hay luz en gran parte de la ciudad. A varias cuadras de ahí, un hombre pequeño con traje de oficinista se desangra en el asfalto después de los disparos de los guardias de un supermercado. Parece condenado a la muerte. Hay barricadas alrededor que impedirán el acceso de la ambulancia, pero la ambulancia no ha salido del hospital por carencia de bencina. Su conductor, además, tiene otros 20 pedidos más urgentes y en consecuencia: mientras carga el estanque con conchos; negociaba por teléfono. Una turba corre por las calles del centro escapando de la nube lacrimógena y de la policía que actúa sin órdenes ni precisión. De los edificios le disparan a la policía. Un helicóptero, en tanto, le dispara a los edificios.
    Los F-16 despegan.
    -Vamos Figueroa, quiero escucharlo- dice el hombre.
    Figueroa, cuyo apellido se lee en las paredes en compañía de insultos y dibujos obscenos, sin despegarle la vista a la corbata del Presidente comienza a repetir calmadamente el mes y las cifras a favor y en contra. El país parece ir creciendo por las cifras, pero a la vez decreciendo por las razones que explica Figueroa con la calculadora en mano.
    El Presidente lo detiene en mayo con su sonrisa plastificada -la de siempre cuando le molesta algo-, y dice que quienes están ahí no son periodistas ni quieren interiorizarse de porquerías macroeconómicas; así que sea claro, concreto y sincero pues en estas ocasiones y mesas de trabajo todos se sinceran –Figueroa nuevamente repasa con la vista a los generales-, y le pide respeto, previo por favor, hacia los presentes quienes durante la reunión, recalca el Presidente, ni siquiera han puesto atención a sus celulares ni han llamado a sus familias. Después el Presidente carraspea, se ajusta por enésima vez el grueso nudo de la corbata más por nervio que comodidad y mueve la cabeza.
    -Lo espero ministro- afirma el Presiente con las manos empuñadas.
    El mayordomo abre la puerta con un puntapié, los mira a todos con odio acumulado y les sirve lo que queda de café. Antes de irse, les saca una foto para asegurarse después algo de plata.
    -Figueroa usted es ingenuo o un imbécil- afirma enrojecido el Presidente y como no logra respuesta pues ya no quedan, retorna a la ventana a ver si esta vez puede mirar lo que viene.
    Figueroa, sordo, blindado, continua recitando cifras: año por año, mes por mes, día por día; comparando números, interpretando sobre la mesa hasta que en fracción de segundos queda tirado en el suelo junto al ahora dictador y los generales.

    Comentarios

    1. VIMON

      11 junio, 2012

      Muy buen relato, Rodrigo. Saludos y mi voto.

    2. volivar

      12 junio, 2012

      Rodrigo Ramos:
      esos servidores públicos, amigo, que traen todo de cabeza, y a nosotros hechos un lío, especialmente en el estómago, porque no hay con que llenarlo gracias a la maladada actuación de nuestros políticos, que más bien parecen nuestros enemigos.
      Mi voto.
      Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México.

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