La historia no se refiere tanto a Enrique Ortíz, sino de su tía paterna de quien Enrique, aquel marzo de 1984 en que por azar compartimos asientos en el tren Madrid-San Sebastián, iba en pleno derecho de recoger herencia. Lo curioso, según noté, es que la muerta había muerto hacía más de cuarenta años. La difunta, a su modo, seguía hablando.
Mientras atravesábamos los campos de Lerma, entre cierta penumbra amarilla que para mí siempre fueron los campos de Castilla, Enrique me refirió la historia de su tía. El capítulo familiar era el siguiente: el padre de Isabel, un hombre exacerbado por ciertas utopías carlistas, se había enrolado en la milicia del norte pero, antes de disparar un solo tiro, el tercio de requetés lo emboscó cerca de los bosques de Zegama y le dieron muerte sobre la falda de una hondonada muy verde. En Beasain, su pueblo natal, había dejado esposa e hija de cuyo acontecimiento tuvieron noticias cuando se presentó, de riguroso luto, uno de sus verdugos, primo segundo de aquel, para dejarle sus condolencias y despedirse, luego del café con bollería, con un memorable: «Para servirle, doña».
La madre perdonó, la hija, de quince años, no. El problema de la niña es que había nacido insoportablemente guapa. El orgullo y la belleza suelen ir de la mano. Creció con ese tormento que en ciertos pueblos son peores que el comunismo, hasta que en 1943, cuando todavía humeaban las colinas de España y uno podía desenterrar melocotones lo mismo que un obús de 155, la chica se presentó al concurso de belleza de Beasain. Las señoronas hicieron lo imposible para anteponer los colores patrios a la belleza roja de Isabel pero las tres gorditas de buena familia no pudieron hacer nada y hasta el cura tuvo que confesar: «Son cosas que Dios trae al mundo» y en ese retortijón, Isabel se llevó la canasta choricera y la sidra y la posibilidad de estar en el palco acariciendo las cejas del Generalísimo y bendiciendo el desfile.
Enrique, que sobredimensionaba una serie de pelos que bajo ningún punto de vista lograban cubrir nada sobre esa cabeza oblonga, se inclinó en el asiento para confesarme que en los sueños de su tía solo flotaban grajos y un alma muy podrida y que por ello imaginaba aluviones de sangre ahogando la tráquea del Generalísimo en tributo, claro está, a su propia venganza. Cosas de la época.
—La obsesión es una manifestación clínica en el que un individuo concentra su atención y desarrolla sentimientos obsesivos hacia una persona idealizada —me dijo, con una voz técnica, casi estúpida.
En eso no había cambiado. Sin embargo, Enrique ya era otro. Seguramente yo también. En París, donde nos conocimos, él se había tragado todos los libros de Freud, Carl Jung y Wilhelm Wundt, con quienes había naufragando en los debates sobre las teorías cuánticas, los fabianos, la nueva economía, Cézanne o Gauguin para escapar, sobre el filo de la madrugada, por los retretes mugrientos de los bares dejando la cuenta a los colegas que, de todos modos, ya se habían bebido todo el agua del Sena. El exilio tiene esas cosas y cuando evocábamos las pesadillas del franquismo solo encontrábamos un espacio color ala de mosca, trenes desolados, fritangas de calamares y un sinfín de lágrimas que París iba purgando. La democracia nos devolvió cierta luz pero, por mi parte, nunca fue suficiente. Le había perdido la pista y en eso estábamos cuando volvió al relato de su tía.
La chica esperó. Mientras tanto su belleza se hacía cada vez más filosa. Finalmente, el Generalísimo llegó a Beasain con su corte de obispos y coroneles en las maletas, disfrutó con la sidra, felicitó al cura y tomó revista de las cosas más lindas que tenía el pueblo. Que eran pocas. Isabel, mientras tanto, aguantó estoica mientras repetía en su memoria la zanja, la sangre y dos o tres poemas de García Lorca. «Es en los pueblos chicos, mi estimada, donde se ve la auténtica belleza de la Patria», le dijo el Generalísimo cuando el desfile se hizo nudo. Le guiñó un ojo y eso fue todo.
Isabel se fue a su casa con la sensación de que el Generalísimo le había arrebatado, también, la dulzura de la memoria. Estaba hipnotizada, en el paladar le flotaban muchas cosas. Esa misma noche, un hombre desdentado, con tripa y paño peludo en el pecho, pasó a recogerla con el auto oficial. La chica, que llevaba una ganzúa en la vagina y empezaba a sentir la forma tan primitiva con que tiemblan los tendones al romperse, se dejó conducir en silencio, tapando los gusanos que le trepaban desde el inconsciente.
Enrique se detuvo, buscó los campos, los pueblos que yo imaginaba serían los de Miranda del Ebro o Treviño. El país era otro pero era el mismo. Sacó un pañuelo y se limpió los ojos que de todos modos estaban secos. Le ofrecí ir a tomar algo al vagón comedor, se negó. Por error, asumí que el pasado es como el agua y que, pese a los años dedicados a la psicología en París y en Madrid, el hombre seguía ahogado en un pasado que guardaba dentro de una celda dorada. Me quedé en silencio. Continuó.
—La chica volvió cinco horas más tarde, pero esta vez caminando. La historia de Franco ya la conocemos. Tres días después, mi tía cruzó una cuerda sobre la viga del salón y se ahorcó. Pasé gran parte de mi vida reconstruyendo esto… —volvió a limpiarse los ojos que ahora sí humeaban. Miró el piso del vagón, se agarró la cabeza—. Freud es un charlatán, Horacio… un charlatán austriaco.
Volví a sentir que ni él ni yo éramos los mismos, cuando uno podía colonizar la rive gauche parisina al galope de un Gitanes siempre encendido y cultivando el misma tipo de nostalgia que Cortázar desparramaba en su Rayuela, mientras los sueños de la República se iban apagando y muriendo con los años. Eso, de todos modos, era una estupidez. Intenté decir algo pero, francamente, nunca sé qué decir.
—¿Sabes qué? —Me dijo con una franqueza repleta de odio—. Yo la entiendo… la entendí. Me llevó años, pero lo entendí todo… Sí, ahora estoy seguro, la perdoné. En aquel entonces, Isabel sucumbió a la fascinación de Franco, de su poder, de su persona. Hasta es posible que haya sentido cierto placer esa noche y supo, de una forma terriblemente brutal, que había sido desvirgada por su propio padre y que si ella no había sido capaz de matarlo no lo sería nadie. Nadie, Horacio. Cuarenta años de dictadura le dieron la razón.
—Creo que es más complicado que eso… —dije, por decir algo pero me arrepentí enseguida.
—No. No lo es. Nunca supimos matar al padre —tosió, estaba neurótico—. También lo supo Delibes, Horacio. ¡Claro que lo supo! La alegoría de Los santos inocentes no es la brutalidad de pobreza, eso se creyó la gente, estupideces. Esa novela es un reflejo donde mirarnos. Lo que Delibes no entendió, sin embargo, es que no hay inocentes. Si cabe, la cruel metáfora hay que buscarla en el loquito, es él quien mata al señor y no los campesinos explotados y humillados como cerdos. ¡Y lo mata por un pajarito, Horacio… ¡Por un pajarito de mierda!
En ese punto, Enrique había perdido toda rigidez. Hablaba entre susurros, llevándose la mano a la boca, por miedo, por costumbre o porque, en realidad, sabía que el rinoceronte del franquismo, malherido, seguía refugiado en los poros de la democracia. Finalmente, se bajó en Vitoria para liquidar su herencia. Me saludó desde el andén sin aprecio, posiblemente avergonzado. Antes de bajarse me había sorprendido con una frase que entonces no comprendí. Hoy, sí.
—¿Sabes qué nos quedó del sueño socialista? —estaba de pie, muy serio—. Un chalet adosado en Las Rozas, Horacio…
Por mi parte, volví a saber de él muchos años después, leyendo el diario El País. La noticia, en la sección de economía, lo destacaba como el responsable de uno de los proyectos inmobiliarios más ambiciosos de Marbella. En la foto, muy bronceado, aparecía junto a Jesús Gil y Gil. Sonriendo.


VIMON
Excelente relato, Nicolas, mi reconocimiento y mi voto.
Felipe.Ferrante
Un gran y muy cuidado relato señor Nicolás, una delicatesen que nos traslada a ese siglo XX tan controvertido y en el que se mezclaron tantas ideas como tendencias. Una Joya la reflexión freudiana, matar al padre y saberse incapaz. Tal vez la Bella niña no fuera si no una metáfora de la misma patria, que cuarenta años después se da cuenta que ha estado muerta, que está muerta al permitir tanta miseria y aceptarla con cierto agrado. Los marroquíes decían del Generalísimo que tenía Baraka y quien sabe posiblemente hasta sexapil…manda cojones la cosa.
Mis felicitaciones Maestro!!
Nicolas_Mattera
Gracias a ud, genio. Una y mil tardes/noches inspirandonos mutuamente!!!
Un abrazo!
Pedro Gda
Nicolas, felicidades por tu relato. Voto.
Paloma Benavente
Muy bien contado, Nico, muchas ideas/ideologías detrás de pocas palabras. Si la tía no pudo matar al Generalísismo, el sobrino tampoco podría “matar” a los corruptos/ladrones/estafadores de los constructores. La historia se ha repetido. ¿Seguirá repitiéndose o haremos algo?
Nicolas_Mattera
Gracias paloma, vieniendo de ti todo es posible. Besos!!
Maqroll
Es indudable que sabes escribir. Un relato interesante, unas voces bien creadas (o encontradas; yo siempre busco la voz del personaje, no la creo; y cuando pienso que la he encontrado, ya tengo al personaje). Seguiré en cuanto pueda leyendo tus publicaciones. Te voto y te sigo. Creo que das mucho de lo que aprender.
Saludos.
Nicolas_Mattera
Hola Magroll,
Muchas gracias por tus palabras, ya sabes, como escritores que somos siempre son bienvenida. En tu caso particular, además, entiendo que son honestas, he leido por ahi algunos de tus comentarios (y en breve tus textos) y veo que tienes lo que por aquí falta, por exceso de empatía o por deseos de ser correspondidos, un toque de honestidad brutal. Bienvenida sea, entonces!
Saludos cordiales
oscardacunha
Ni santos, ni inocentes. la historia del XX es una amalgama de errores, destinos y crueldades que, por desgracia, con color de informativo seguimos repitiendo.
Buena pincelada de ese dramático cuadro que conforma nuestro reciente pasado. Ha sido un placer leerlo, y una tristeza evocarlo. De forma breve le das vida a una profunda reflexión que seguro, para algunos, por ignorancia, nunca querrán ver.
Un abrazo y mi admiración por tu buen hacer.
Nicolas_Mattera
Oscar, gracias por tus palabras. El drama está justamente en eso: en que no hemos aprendido nada (o poco).
Un fuerte abrazo y nos leemos!
Soraya
Nicolás, me he quedado sin palabras. Te confieso que te he visitado por la foto que has puesto, la reconocería incluso vista desde lejos. Me encanta la novela de Delibes “Los Santos Inocentes”, la he leído varias veces y la película la he visto más de 100. Tu relato es magnífico!! Gracias por tremenda aportación. Tienes mi merecidiiisiiimo voto!! Abrazos.
Nicolas_Mattera
Soraya,
¡ey! qué bonitas palabras las tuyas. Gracias y te aviso que bajo ningún punto de vista yo soy la de la foto. ¡Yo tengo el pelo castaño!
Besos!!!
Shu
Sí que estás impregnado/a por las mudanzas sociales y sus ciclos continuos…
La historia en sí me interesa toda y tu forma de acercarte a ella, también, eligiendo un narrador ecléctico que no nos empuja en dirección alguna.
Me gusta.
Nicolas_Mattera
Gracias Shu por tus palabras. Me ha gustado mucho eso de “las mudanzas sociales y sus ciclos continuos…”. Impresionante.
Saludos escritora!
Polkadotblues
Un relato muy bien tejido, al cual se le pueden hacer varias lecturas; escenarios convincentes, y un narrador que deja conocer perfectamente a los personajes. Wow. Me alegra haberme encontrado con tus textos. Nos leemos
Enroque
“El problema de la niña es que había nacido insoportablemente guapa. El orgullo y la belleza suelen ir de la mano. Creció con ese tormento que en un pueblo es peor que el comunismo”.
Me la re imagino jajaja
Qué buen relato!
Nicolas_Mattera
Gracias, por leer!!
Un abrazo pibe!
Letra digital Uruguay
Excelente como el otro relato que espero que publiquen, mi apoyo total, te dejo mi “me gusta”. SAludos
Nicolas_Mattera
Letra digital Uruguay, muchas gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar. Un fuerte abrazo!