La prosa que salía fluidamente por sus labios era exquisita, de su boca resonaba siempre un torbellino de sabiduría hasta en los temas más escabrosos ya conocidos; la política, la literatura, música e incluso deportes propios de varones, por nombrar algunos. Leila era su nombre, si, lo era, la brillante figura de mujer que una vez pisó esta tierra dejó al mundo sin una joya y a éste pobre hombre sin su esposa.
¡Era mi amada!, tan reluciente en la noche, ¡Tan hermosa!; como puedo ahora tener la certeza de que fue real si no merecía ni si quiera mirarla, contemplarla, besarla, tocarla… sentir su piel en mis manos, escuchar su corazón cuando me recostaba en su pecho… aún resuenan en mis odios sus endulzantes palabras que me prometían amor.
¡Pero se ha terminado!, soy un hombre destrozado en este instante y no me queda más que platicarle a este triste pedazo de papel una aburrida historia.
Nos casamos cuando ella tenía dieciséis años y yo veintiuno, ¡Oh! que feliz recuerdo ese día en que me casé con esa mujer, sus pequeños brazos eran todavía tiernos pero suficientes para estrecharme por completo e inexplicablemente nació el amor natural en una unión forzada.
Nos convertimos, así, en fieles y sinceros sirvientes el uno del otro… ¡¿Por qué tuvo que pasarnos esto?! no encuentro el consuelo en ninguna frase trillada y falsa de las personas que vienen a verme en el hondo sufrimiento en el que me encuentro, no hay aliento posible que amaine mis ganas de salir y arrojarme por el acantilado para olvidar que siento dolor.
Leila, en su perfección, sabía que existían cosas que estaban prohibidas y que se contaban mas de las que para mí lo eran siendo una mujer, ¡Ojalá no hubiera sido tan liberal!… ¡¿Pero qué cosas digo?! … si no fuera porque es pluma con la que escribo seguro borraría esa ingrata frase.
La mañana en que el mundo cambió, el mundo en que vivo y que es solo mío, se presentó con un rojizo fúnebre y tenebroso, yo sabía que algo malo se anunciaba con eso, mi madre siempre lo decía, “los amaneceres nublados y pintos anuncian a quien los contemplan sonrientes, una desgracia”, ¡Que razón tenía en su lunática afirmación!… Leila salió de compras luego de dar las nueve, se puso ese día el vestido azul celeste que le obsequié en su cumpleaños veinticinco y dio los últimos pasos dentro de esta casa que construí para ella, ¡Para ella y siempre para ella!
El cochero aparcó delante de mi puerta cuando daban las tres y yo llegaba de trabajar con algunas preocupaciones vánales que en ese momento consideraba importantes… Un caballero dentro del carruaje se bajó con pedantería y me observó por arriba de los hombros ¡Que patética falta de respeto!… pensé molesto, sin imaginar que estaba a punto de leerme el decreto que anunciaba que mi fiel esposa iba a ser colgada en la plaza pública dentro de una hora… “¿Cuándo las condenas se daban tan rápido?” Le grité sin sopesar el próximo acontecimiento del que venía a informarme por formalidad.
Ni siquiera me detuve a preguntarle “por qué” y se fue dándome la espalda con frialdad, ¡Ahora es que lo entiendo y me arrepiento de culparlo por algo que no tocó!, el hombre debía ser indiferente a la agonía de los demás, era ese su trabajo.
Leila purgó una condena por que no se detuvo a discurrir que las palabras que salieron de su boca estaban prohibidas, todavía más si éstas estaban siendo dirigidas a un sacerdote conocido por su poca tolerancia y falta de escrúpulos, mi mujer le dijo serenamente al infeliz hombre que no creía en dios.
Tres palabras fueron suficientes para arrancarle la vida a mi amada… fue acusada por ateísmo e insultar de manera explícita a un mensajero del señor.
Fui un cobarde y no asistí a su sentencia, ¿Qué podía hacer un simple hombre contra un ejército y un montón de gente ofendida?, ¡Todos saben la respuesta!… mi querida Leila se fue de mis manos hace casi 4 meses ya y cada minuto que existo su recuerdo aparece de la nada diciéndome que vaya a descansar a su lado… ¡Pero las cosas no funcionan de ese retorcido método!… y yo tenía algo pendiente que hacer… sé que la venganza es un pecado, así como también lo que hicieron contigo, ¡¿Que importa ya?!, ¡¿Que puedo perder?!… fui esta tarde a la iglesia, la misa estaba por dar fin y no pude esperar a que los fieles se dispersaran, dirigí los pasos hasta el pulpito y presioné sobre el cuello de ese infeliz sacerdote la daga que me regaló mi padre… ¡Nadie hizo nada!, nadie me detuvo ni me ofendió cuando salí lentamente de ahí… Mis manos que escriben en esta hoja siguen manchadas de sangre, todavía puedo olerla secándose de la camisa blanca que tanto le gustaba a mi esposa… Quien sabe que pase más adelante, que futuro se avecina luego de enfurecer a la ley que rige hoy en día, pero esta noche, por lo menos esta noche, cuando la vea en mis sueños por fin a la cara, podré decirle con seguridad, que tenía razón, que siempre estuve equivocado, porque hoy comprobé que Dios verdaderamente no existe.


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