Al atardecer del tercer martes de junio el conde van Huten entrelazaba sus largos y blanquecinos dedos mientras cruzaba sus piernas como extensiones de dos brazos que brotaban abruptamente de un delgado tronco cubierto de un abrigo blanco adquirido en Bélgica. van Huten recordaba cómo semanas atrás había comprobado que los vampiros habían “pasado de moda” y, sencillamente, ya no asustan, por lo menos allí, en Rumania, no quedaba un solo habitante que tema a los seres de la noche. Tristemente, hace tres semanas, alrededor de las 3 de la mañana, el conde persiguió con fines de cacería a una pareja de jóvenes por una calle secundaria, oscura, con balcones llenos de plantas colgantes y malolientes donde el viento arrancaba hojas secas del suelo formando remolinos de pequeños esqueletos marrones que se elevaban hasta el cielo sin luna. “Una noche perfecta para cazar” – había pensado –.
Ahora, mientras mira hacia la pantalla informativa de los vuelos, recuerda cómo se sintió cien años más joven esa noche, cómo las ratas escondidas tras los grandes basureros huían al sentir su presencia maligna, cómo los jóvenes apresuraban el paso al sentir esa sensación extraña que recorre la piel cuando algo no está bien. Al buscar el vuelo 7041, siente sus caninos emerger de sus encías como hace años con sólo recordar esa noche, esa noche en la que como pocas contradictorias noches en su vida se sintió “vivo”.
Volvió su memoria hacia aquella noche y se vio a si mismo acercándose a la joven pareja utilizando el viejo don de la levitación, vio cómo mientras levitaba su vieja levita se enredaba en un alambre tirado en el suelo, admiró su falta de interés en aquel pequeño detalle adverso que vaticinaba el peor y más humillante de los eventos. “Y me hago llamar vampiro” – murmuró mientras cruzaban por su mente, como cruces bendecidas, las palabras de su mentor, amigo y padre: “Nunca olvides la primera regla: ante cualquier suceso infortunado, cualquiera que este sea, la cacería debe ser suspendida”. Había ignorado la primera regla, la más sencilla, había decidido retar a la suerte. Y el azar le había fallado, de nuevo. Cerró los ojos y envió su mente de nuevo hacia aquella noche, casi se dio lástima al ver la pasión que corría en sus venas, podía oír la sangre correr por su cuerpo sin corazón, sintió y disfrutó en alta definición cómo aparecían sus caninos puntiagudos y hambrientos, los brazos de ese espejismo frente a él se levantaban listos a apresar a la pareja moderna, cuando inesperadamente los jóvenes voltearon. El conde no podía pensar en otra cosa que el cuello largo de la muchacha, llamándolo, sus latidos incitándolo a hundir sus dientes hasta su escote compuesto en su gran mayoría de implantes de silicona como se acostumbra en estos días, “la silicona me da indigestión”- recordó – “es buena para ver, pero no para comer”. Y ese fue el último pensamiento consciente que tuvo, hipnotizado y mareado en su nueva juventud no se había fijado que cuando los jóvenes voltearon y lo vieron con brazos abiertos y dientes de cuento, lo último que hicieron fue asustarse. Mientras él pensaba en cómo digerir varios litros de silicona, el muchacho le encajaba un golpe atroz de puño en la sien derecha, para luego, sin darle tiempo a aplicar o recordar la primera regla, patear la boca de su estómago.
Esa sensación de golpe de lleno en el estómago vacío lo obligó a levantarse en busca de un café mientras jugueteaba con el boarding pass en su mano moreteada aún por aquella paliza. En el reflejo de su silueta en el café figuró su rostro deformado por el golpe que siguió: el de la chica. Después de la patada en la boca del estómago, la muchacha lo aruñaba al tiempo que sentía un antebrazo desconocido atravesar su rodilla obligándolo a caer para soportar una lluvia de puñetazos, patadas, escupitajos y maldiciones que lo dejaron inconsciente en pocos segundos. “Lo interesante de esa humillación, fue la constatación de que los jóvenes de hoy aprenden más insultos en 25 años que yo en 300” – ironizó –. La voz en el altoparlante del aeropuerto lo volvió a la realidad – PASAJEROS CON DESTINO A LA CIUDAD DE QUITO, ECUADOR, CON ESCALA EN AMSTERDAM FAVOR DE ABORDAR POR LA PUERTA 3”. “Al fin!, nueva gente, nueva sangre, nueva vida…” se consoló con emoción para sus adentros y apresuró el paso hacia la puerta 3. Luego de rápidos y eficaces controles aeroportuarios, Van Huten se encontraba enrollando su capa con ansiedad frente al asiento 13B de un Boeing 767.


Jorge_II
Me gustó, sigo con los otros capítulos. Dale una revisión que hay un par de palabras que no existen y mas que un lenguaje propio del argumento (como el elfico) creo que es una pifiada de teclado