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Poco a poco comienzo a recuperar la conciencia. No reconozco el lugar en el que me encuentro, no recuerdo haber estado aquí en ninguna ocasión. Miro sorprendido lo que mi vista alcanza desde la almohada, porque no me atrevo a levantarme tan repentinamente. Una sala de un blanco impoluto se extiende varios metros hasta los límites de los muros. En ella hay anchas camas blancas acompañadas de incómodas sillas que rellenan en parte el amplio cubículo, pero no hay ni rastro de una ventana que me permita ver el exterior ni que deje entrar luz del día; todo se ilumina por focos fluorescentes. Miro el reloj: son las once y media de la mañana. He pasado una noche entera inconsciente en este lugar. De repente me acuerdo. Yo sé que es esto, estoy en un hospital. Cuando mis padres aún vivían, solían resguardarnos de los bombardeos de la guerra en sitios parecidos a este. A pesar de todo, esta sala no es como las otras, es más grande; me parece que es donde aíslan en cuarentena a los infectados por alguna enfermedad.
No veo a nadie y tampoco hay gente en las demás camas, así que, después de mentalizarme de donde me encuentro, intento sentarme. Al apoyar mi brazo izquierdo sobre el blando colchón para tratar de enderezarme, una fuerte corriente me recorre el brazo. El dolor es insoportable y, sin desearlo, suelto un grito de dolor, agarrándome la herida que ahora tengo cosida y vendada. Mi chillido resuena por toda la habitación y el fuerte ruido despierta a Paula, que dormía en la silla que acompaña a mi cama; no la había visto. De un salto intenta ponerme en posición mientras que yo sigo dando señales de dolor.
- ¿Dónde estamos? - pregunto sin dejar de mirar sorprendido todo lo que me rodea.
- En el hospital central de la Capital - me responde ella mientras me coloca la almohada en la espalda, para que esté más cómodo. Ella debe haberse acostumbrado ya a este ambiente, pero para mí todo sigue siendo nuevo.
- ¿Que ha ocurrido? ¿Por qué estamos aquí?
- Te desmayaste poco después de vencer a Alex por la cantidad de sangre que perdiste. Pero nos trajeron a todos a la Capital cuando terminó el evento y te curaron la herida - dice ella entre risas que yo interpreto como una burla a haberme desmayado.
Casi no recuerdo nada de aquel momento. Está todo borroso y muchos de esos datos han sido eliminados de mi mente. Supongo que lo único que me mantenía en pie era la adrenalina; cuando dejo de correrme por las venas, desfallecí.
- Bueno, pero al menos acabe con él - digo intentando no parecer más débil y sobresaltando mi acción. - ¿A qué te refieres con que nos trajeron a todos?
- Bueno, esperaba que no me lo preguntases pero… Nos han traído a los seis Elegidos de las tres Zonas que forman Imped. También están aquí los otros veinticuatro representantes de las otras ocho empresas. Vamos a pasar tres semanas en la zona de entrenamientos y luego nos trasladarán a Shat, porque este año son allí las dos últimas pruebas. Lo malo es que con nosotros también viene Alex.
Esa noticia hace que, por alguna razón, mi brazo reaccione con más dolor. A algo dentro de mí le preocupa el hecho de tener un rival más, pero ese algo también me anima porque voy a tener la oportunidad de vengarme. Pero, ¿por qué le han dejado venir a él también? ¿No se supone que infringió las normas por haberme atacado con un arma no permitida? A lo mejor lo hacen para conseguir más espectáculo.
- No estoy segura de porque han decidido romper las reglas de este modo este año, pero el caso es que seremos tres Elegidos de la Zona 3 - dice ella como si me hubiera leído el pensamiento.
Supongo que esta noche podré ver el resumen en la televisión y también que impresión produje ayer durante mi combate.
Oigo la puerta abrirse y veo entrar por ella a un hombre y una mujer que, por su vestimenta, deduzco es una enfermera. El hombre viste elegantemente, con traje y las manos repletas de anillos de oro y diamantes, por lo que debe ser muy rico, jefe de alguna sección o accionista de algún tipo. Debe tener problemas en la pierna derecha, porque se ayuda de un bastón para caminar. En ese mismo momento me doy cuenta, es Augusto Díaz, el presidente de Imped. ¿Qué hace aquí? Está claro que viene a verme a mí porque soy el único de esta sala que está en una cama herido pero, ¿para qué?
Los observo y veo que hablan entre ellos mientras que miran los papeles de la carpeta que sostiene la enfermera. Supongo que serán los resultados de mis análisis. Me pongo nervioso al pensar en la posibilidad de que hayan descubierto que el puñetazo que me propició Alex durante el combate me ha abierto una herida en el estomago y tengan que operarme.
- Buenos días, Guillermo – me dice el presidente, parándose en frente de mi cama. - ¿Cómo te encuentras? ¿Mejor? - pregunta fingiendo algo de interés.
La verdad es que debo de hacerle falta porque, si me operasen, mi participación en la Liga sería distinta y moriría de una forma absurda y aburrida que garantizaría poco espectáculo.
- Mejor, gracias. Ya tengo a alguien que me ayuda – respondo de manera tosca.
No necesito a nadie más que a Paula y tampoco me apetece ver a nadie más, y menos a uno de los que tuvieron la idea de crear este torneo. Ya sé que no estamos aquí por obligación, pero siento como que realmente es así. ¿Qué otra cosa le quedaba ella si realmente quería ayudar a su hermano? ¿Qué opción me quedaba a mi si realmente quería salvarla? Ninguna. Solo poner mi nombre en el contrato y firmar.
- Genial. Me preocupaba que no pudieses participar después del gran combate que nos disteis ayer – dice Augusto.
Lo sabía, solo ha venido porque quiere que todos los Elegidos estemos en plena forma para combatir. Me estoy enfadando y creo que se me nota en la cara o en la manera en la que respondo porque Paula me agarra la mano y me la aprieta cada vez que subo el tono.
- Bueno, vengo también a daros personalmente las nuevas noticias de las que ya han sido informados los otros Elegidos – continúa él. - Ahora, cuando la enfermera compruebe que estas en condiciones de abandonar el hospital, un coche os recogerá en la puerta y os llevará al Edificio Central junto con los demás. Allí alguien os acompañará a vuestra planta, donde se encuentran las que van a ser vuestras habitaciones durante las tres semanas que pasaréis en la Capital antes de dirigíos a Shat. Cuando lleguéis arreglaos y cambiaos para la fiesta inaugural – dice cambiando a un tono mucho más serio. Finalmente saca una risa forzada, da media vuelta y se marcha.
Una vez que la puerta se cierra, la enfermera comienza a revisarme. Corta la venda, dejándome ver el grado de mi herida. Es más grande de lo que esperaba, se extiende unos seis centímetros. Según me explica mientras me limpia la capa amarillenta de antiséptico que hay encima de los puntos que han tenido que darme para cerrarla y aplicándome otra, el cuchillo no dejó mucho rastro en la superficie, pero si penetró hasta el fondo en el músculo. Incluso ella está sorprendida de que pueda mover el brazo casi por completo, aunque sea con un tremendo dolor.
- Parece que todo está en orden. Puedes irte a casa cuando quieras. Tomate tu tiempo en vestirte y no hagas movimientos bruscos o se te abrirá de nuevo la herida – me dice mientras se quita los guantes de látex. Ojalá fuese tan fácil volver a casa, pero estamos atrapados aquí y la única manera de escapar es ganando la Liga.
Con la desorientación que sufrí al levantarme en un lugar desconocido, no me había dado cuenta de que amanecí casi desnudo, solo con unos calzoncillos puestos. Me levanto de la cama, cojo mis pantalones y, con la dificultad de alguna punzada en el brazo, consigo ponérmelos. Aunque puedo mover el brazo, no consigo ponerme la camisa solo, así que tengo que pedirle ayuda a Paula. Ella me mete la camisa por los brazos con mucho cuidado, rodeándome con sus manos. Puedo ver los signos de preocupación en su rostro.
- Tranquila, sigo pudiendo combatir. Además, tu sigues estando bien, así que puedes protegerme – le digo para intentar tranquilizarla. En lugar de eso, solo empeoro las cosas.
- ¿Cómo puedes pensar en eso ahora? Casi consigo que te maten y ¿lo único que piensas es que puedes volver a pelear si fuese necesario? - grita ella sin mirarme a los ojos.
Creo que está avergonzada por haberme permitido que me ofrezca como rival y así luchar por el puesto con Alex. No soporto el silencio de esta sala, ni ver como Paula sufre. Sé que más bien teme por su vida y no porque a mí me hagan daño. Ya sabe que yo estaré con ella y que en las primeras pruebas de la Liga los dos Elegidos de la misma Zona deben colaborar para llegar a la Prueba Final, por lo que no debería preocuparse. Además, en esas dos pruebas, a pesar de que suelen morir unos diez Elegidos de media cada año, suelen ser chicos y chicas poco preparados, que no piensan antes de actuar. Es cierto que si no eres hábil no tienes nada que hacer, pero si eres más listo que ellos ganas puntos, y sé que Paula lo es.
- Al menos disfrutemos de las vacaciones que nos regala Imped. Ellos pagan, así que hagamos que gasten – digo una vez que me ha abrochado la camisa.
La cojo de la mano y corremos hacia la puerta.
Los Nueve suelen hacer que sus Elegidos se sientan cómodos y disfruten a la vez que entrenan duro, porque así creen que mejora su rendimiento. Suites lujosas, productos de la mejor calidad, modernos gimnasios, están siempre a la disposición de cualquiera que participe en el torneo. El cambio es brutal cuando uno pasa del estilo de vida de los guetos al que le ofrece Imped.
Cuando abrimos la puerta descubrimos que una limusina nos espera y, junto a ella, un hombre que dice será nuestro chófer. Nos abre la puerta y nosotros entramos. El vehículo rebosa elegancia por todas partes. Nunca habíamos visto artículos tan lujosos juntos en un mismo lugar, nunca antes habíamos montado siquiera en un coche. Nos sentamos en los largos y cómodos sillones de cuero y, con simplemente pulsar un botón, dos copas de champán salen del reposabrazos. Las luces artificiales de la calle inundan el habitáculo. Edificios que tocan el cielo, carreteras repletas de modernos coches, anuncios que brillan y se mueven, todo es distinto que en la Zona 3.
A medida que nos acercamos al Edificio Central, la publicidad de las carreteras anuncia el evento en el que vamos a participar. Desde aquí ya se puede ver como un imponente edificio sobresale entre los demás; no imaginaba que tuviese esas dimensiones. El chófer para delante de la larga escalinata de la entrada y nos ayuda a salir de la limusina.
- ¿No has traído nada? - le pregunto a Paula al ver que ni siquiera trae una mochila consigo.
- No, no nos dejaban traer nada. Según dicen, aquí no nos hará falta.
Subimos las escaleras y, cuando llegamos a la entrada, casi no nos quedan fuerzas para contemplar lo que tenemos delante. Un recibidor enorme se extiende hasta donde me alcanza la vista, mucho más lujoso que el coche que nos ha traído. A pesar de la cantidad de sofás y sillones, mesitas de café y demás, el lugar está vacío, no hay nadie, solo una mujer en el recibidor. Paula y yo nos miramos sin saber que hacer hasta que me decido acercarme a preguntar.
- Buenas tardes, chicos – nos dice la empleada.
¿Tardes? ¿A caso ha pasado tanto tiempo desde que me desperté en el hospital? Miró el reloj y veo que son las dos y media. Sara acabará de salir del colegio, si es que ha ido. Espero que esta noche se sienta orgullosa de verme en la televisión de una pieza, después de lo mal que lo habrá pasado viendo que me desmayaba.
- Llegáis justo a tiempo para la comida – continúa ella. - Pero antes de nada será mejor que os deis un baño y os cambiéis, para no causar mala impresión.
- No tenemos ropa. No nos han permitido traerla – dice Paula.
- Tranquilos, encontrareis lo que necesitáis en vuestro piso, pero daos prisa porque los Elegidos deben estar en la mesa dentro de una hora.
De inmediato, la recepcionista aprieta el botón que tiene encima del mostrador. Al parecer es una alarma, porque un botones sale de una puerta cercana y nos pide que le acompañemos hasta nuestras habitaciones.
Cuando las puertas del ascensor se abren en la planta tres, dejan ver lo que va a ser nuestro hogar durante estas tres semanas de entrenamientos. Un ambiente parecido al de la recepción inunda el piso. Suelos cubiertos totalmente por moqueta, paredes con elegantes cuadros colgados y, lo mejor de todo: un ventanal enorme al final de la habitación que permite ver desde las alturas casi toda la Capital. Miles de aparatos electrónicos para que tengamos que molestarnos lo menos posible inundan el piso y hacen que para nosotros encender una simple luz sea complicado.
A pesar de que tengamos que compartir el piso entre los dos, tenemos dos camas en habitaciones separadas y abiertas, con cuartos de baño individuales. Supongo que los dormitorios están abiertos porque hay cámaras por toda la habitación; ya que suelen comenzar a retransmitir desde el mismo día de las inscripciones las veinticuatro horas del día.
- Me pido esa cama – grita Paula mientras que se tumba de un salto en ella, más contenta de ver el lujo del que va a poder disfrutar al menos unos días.
- No es justo, yo quería la cama que tiene las vistas – digo yo para seguirle la corriente.
- Mala suerte – dice ella riendo a carcajadas y sacándome la lengua. De repente se da cuenta de algo y para de reír. - Oye. ¿Qué pasará si llegamos los dos a la Prueba Final? ¿Tendríamos que…matarnos entre nosotros?
No había pensado en ello, ni si quiera se me había pasado por la cabeza el hecho de que, aunque haya llegado aquí, no significa que pueda volver a casa junto a Paula. Es más, no puedo. En la Prueba Final todos los finalistas debemos enfrentarnos entre nosotros, seamos de la Zona que seamos, y eso significa que si ella y yo nos encontramos, deberemos luchar a muerte.
- Dejaría que me mataras. Tú tienes más que perder que yo – digo echándome en la cama y mirando al techo blanco de la habitación, como si no me importase que realmente lo hiciera.
- ¿Y qué pasa con Sara?
- Te tendría a ti. Te quiere y seguro que estaría mejor contigo.
- Eso no. Yo ya tengo a mis hermanos y con ellos tengo suficiente. Si nos tuviésemos que enfrentar yo me rendiría y tú también. No nos pueden obligar a luchar – dice en un tono muy seguro. - No quiero pensar en ello. Me voy a duchar y a prepararme para la comida.
Yo sé que aunque no quisiésemos tendríamos que luchar, siempre encuentran maneras de chantajear a los Elegidos que se niegan a hacerlo. Incluso recuerdo un año en el que amenazaron con matar uno a uno a los miembros de la familia de un finalista.
Yo también tengo que ducharme y cambiarme, así que me meto en el baño de mi habitación, me desnudo y enciendo la complicada ducha de hidromasaje. El lavarme por fin con jabón como una persona normal me da una comodidad que nunca antes había experimentado. En nuestra Zona el jabón es muy caro y no merece la pena comprarlo, y menos cuando al día siguiente vas a estar revolcándote en el barro para acabar con tus presas. Cuando me limpio el pelo con el champú que me han dejado en la cestita de la ducha los nudos del pelo se me van, pequeños trozos de hojas secas caen por el drenaje y noto mi pelo liso. Cuando he terminado de quitarme la capa de porquería que llevaba encima desde hace años, cojo una toalla limpia, me seco y me la ato alrededor de la cintura para evitar salir desnudo por las televisiones de todo el mundo. Sé que hay cámaras en todos los rincones del piso menos en el baño, y el hecho de que los dormitorios sean abiertos hace que al salir mire dos veces para ver si Paula sigue en el baño y que así no pueda verme.
Abro el enorme armario que hay al lado de mi cama. En su interior solo encuentro una camisa, unos pantalones y ropa interior limpia. Cojo todo y vuelvo al baño, suponiendo que los organizadores la han dejado para mí. Cuando me pongo los pantalones compruebo que me quedan como un guante, supongo que por la tele habrán sacado mis medidas. No puedo ponerme la camisa y, además, tengo que atarme otra venda sobre la herida, porque la que llevaba se me ha mojado al ducharme, pero necesito ayuda. Del botiquín que hay en la pared del baño, cojo una venda nueva y a duras penas consigo ponérmela en el brazo izquierdo. Cojo la camisa y me dirijo al baño de Paula, toco la puerta con los nudillos y puedo oír como un secador de pelo se apaga.
- Pasa, está abierto – me grita desde dentro volviendo a encender el secador.
- ¿Me puedes volver a ayudar a ponerme la camisa? Es que me han puesto una un poco ajustada y no consigo meter el brazo.
En ese momento levanto la mirada y me fijo en ella. Está preciosa. Nunca la había visto con el pelo limpio y suelto y con ropa nueva. Ya está vestida y se está arreglando con polvos y demás cosas que desconozco. Me quedo totalmente boquiabierto.
- ¿Qué te parece? - me pregunta.
- Estás…estás muy guapa – respondo yo a duras penas con una sonrisa.
Me doy cuenta entonces de que la ropa que llevamos es la misma, una especie de uniforme con solo unas pequeñas diferencias entre uno y otro.
- Ven – me dice cogiendo mi camisa. - Hay que arrancar un trozo de esta manga porque si no va a ser imposible. Además, si apareces ante los otros Elegidos mostrando tu herida pensarán que eres peligroso y que sigues aquí a pesar de todo.
Con un fuerte tirón arranca la mitad de la manga izquierda y la tira a la basura. Después, con un poco de sufrimiento por mi parte, consigue ponérmela. Me quita la venda y me la vuelve a poner, pero esta vez queda mucho más uniforme y apretada.
- Ya está. Ahora todo el mundo te mirará la herida en vez de esa cara de tonto que se te ha quedado – dice sonriendo.
Yo le devuelvo otra sonrisa. Es increíble el cambio tan radical que ha sufrido desde que salimos del hospital. Creo que se le ha olvidado que hacemos aquí, pero al menos hoy le dejaré disfrutar de la comida y de la fiesta de esta noche, porque mañana empezará lo duro.
Cuando terminamos de arreglarnos, cogemos el ascensor y bajamos a la recepción. Cuando la puerta se abre el mismo botones que nos acompañó cuando llegamos entra y nos indica que la comida se servirá una planta más abajo. Me extraña mucho, porque pensé que nos pondrían en una de esas increíbles habitaciones de cristal que tiene este edificio, que te permiten ver la Capital desde lo alto, y en vez de eso nos llevan al sótano, donde no hay ventanas. Pero al llegar veo que estaba equivocado. Lógicamente estos sótanos no son como los de las casas de nuestra Zona, estos tienen la suave luz de bombillas que imitan la luz solar y modernos muebles, en vez de simples velas y unas cuantas cajas. Seguimos caminando por el largo pasillo hasta llegar a un tramo con puertas numeradas a los lados. Cuando llegamos a la puerta número tres, el botones se detiene y nos indica que la comida está servida dentro y que nos esperan.
Abro la puerta sorprendido, sin saber que está ocurriendo. ¿Tampoco vamos a comer todos los Elegidos juntos o qué? Aunque, pensándolo mejor, la verdad es que lo prefiero. Al entrar en la sala puedo ver una mesa redonda, cuidadosamente puesta y repleta de manjares que nos esperan para que, poco a poco, empecemos a acabar con ellos. Encima de la mesa, una lámpara y detrás una chimenea encendida que le da al lugar un toque más hospitalario. Sentado a la mesa hay un hombre de espaldas a nosotros, comiendo.
- Por fin habéis llegado – dice soltando la cuchara de la sopa en el plato. - Sentaos, no seáis tímidos. Sentaos y comed lo que queráis antes de que se enfríe.
Paula y yo nos miramos inseguros, pero el botones ya ha cerrado la puerta tras nosotros, así que no podemos darnos la vuelta y salir sigilosamente. Finalmente nos decidimos a sentarnos en las otras dos sillas libres. El hombre sigue sorbiendo la sopa y, cuando termina de rebañar el plato, por fin nos mira. Nos examina de arriba a abajo y, por sus gestos, parece sorprendido. Finalmente se pone de pie y enciende un puro con el fuego de la chimenea.
- Os estaréis preguntando quién soy yo y por qué estoy aquí – dice pasándose la mano por su pelo corto y repeinado. -Pues bien, estoy aquí porque necesito dinero. Y para ganar dinero os necesito a vosotros. Necesito que ganéis la Liga.
Cuando termina su estúpido discursito me doy cuenta de quién es. Estuvo ayer en nuestra Zona. Es uno de los ricos que vino ayer a ver mi combate en directo. De repente caigo en la cuenta: este tipo vestido con ropa buena y con barba de tres días va a ser nuestro Consejero. No todo el mundo puede permitirse uno y los que pueden muchas veces no tienen ni que pagarlo porque ellos se ofrecen debido a la gran suma de dinero que hay para el equipo del ganador. Pero para que un Consejero se ofrezca a ayudarte tienes que ser conocido o haber pasado largos años entrenando duro para este momento, así que, ¿por qué pretende ayudarnos?
- Vi tu pelea y me gusta cómo te mueves, chaval. Creo que los dos tenéis posibilidades de ganar este año, pero necesitáis mi ayuda – dice él muy seguro de todo.
- No nos haces falta – le respondo yo en un tono muy duro.
- ¡Guille! – me grita Paula. - Toda ayuda nos vendrá bien para volver a casa de nuevo.
- Haz caso a tu novia. Sin mí no durareis ni medio minuto en la Prueba Final.
No estoy seguro de él. Hay algo en su cara que no me llega a convencer. ¿Y si alguno de los Elegidos más ricos le ha pagado para que nos tenga bien vigilados y tener siempre ventaja sobre nosotros ahí fuera? Pero no puedo decir que no, porque Paula se preocuparía. Además, esto es como una especie de escudo moral para ella.
- Necesito hablarlo con ella a solas – le digo
- Vale, no hay problema. Saldré al pasillo y en cinco minutos volveré a entrar para que me digáis lo que sea. Pensároslo bien. Además, no os preocupéis por gritar, porque las salas están insonorizadas y son de los pocos sitios que no tienen micrófonos ni cámaras en todo el edificio.
El hombre deja el puro en el cenicero del centro de la mesa y sale por la puerta, echándonos una última mirada.
- ¿Qué estás haciendo? No podemos dejar que alguien controle todo lo que hacemos, y menos alguien que no conocemos ni nos conoce – grito yo en cuanto oigo la puerta cerrarse.
- Necesitamos su ayuda. Seguramente ya habrá ayudado a otros Elegidos otros años. Él puede contarnos las maneras de sobrevivir a la naturaleza. Ya sé que tú sabes defenderte de los demás, pero no del frío de la noche y los peligros del campo.
- Soy cazador ¿recuerdas? No me hace falta la ayuda de un tipo como este.
- Hazlo por mí al menos. No te pido que le hagas caso, pero déjale que me ayude a mí.
Sus palabras me convencen, al menos en parte. Yo podría enseñarle, pero no estoy acostumbrado a ello y no tiene mucho tiempo para aprender, así que finalmente acepto.
- Está bien. Pero solo lo quiero con nosotros dos semanas. La otra restante no lo quiero ni ver. Te enseñaré yo lo que haga falta.
Me hace un gesto con intención de darme las gracias y más tranquila empieza a comer. Yo también tengo hambre, así que me sirvo todo lo que puedo en el plato y comienzo a tragar la comida sin llegar a saborearla. Nunca he tenido la oportunidad de llenarme el estomago y pienso aprovechar el momento, quién sabe lo que puede ocurrir mañana. En ese instante, el hombre vuelve a entrar en la habitación, asomando la cabeza por la puerta.
- ¿Se puede? Espero que os hayáis decidido ya, no tenemos mucho más tiempo – dice mientras que entra y cierra la puerta, a pesar de que no le hemos dicho que sí.
- Aceptamos si nosotros ponemos las condiciones - digo yo a pesar de que no termina de convencerme la idea.
- Genial – dice frotándose las manos. - Como ya creo que suponéis, yo solo os daré consejo, el resto es cosa vuestra, no nos dejan intervenir en el entrenamiento físico y es obvio que yo no valgo para eso.
Ya lo creo que lo suponía. No pensaba dejar que este tipo nos entrenase, cuando está claro que las pocas veces que ha corrido son para llegar el primero a la fila de la comida. De todas formas, Paula sigue pensando que nos puede hacer falta por el hecho de que él ha vivido la Liga desde dentro varios años.
- Por cierto, me llamo Kale. No hace falta que os presentéis, se quienes sois – continua él.
- ¿Donde están el resto de Elegidos? - pregunta Paula sin dejar de comer.
- ¿No habéis notado algo extraño cuando habéis venido hacia aquí? Cada pareja de Elegidos está en la sala con el número de su Zona, comiendo y reuniéndose con distintos Consejeros que quieren ayudarles. Eso si tienen suerte y alguien quiere quedarse con ellos – responde él. - No os tenéis que preocupar, os reuniréis todos esta noche, en la fiesta inaugural. Supongo que tú, Guillermo, estarás deseando conocer a tus futuros rivales.
Es verdad, con mi desmayo me perdí toda la ceremonia de presentación, así que solo conozco a Alex, si no nos cuento a nosotros dos también. Me queda por saber quien representa a las otras ocho empresas y al resto de Imped. Por suerte, pudimos seguir la comida sin muchas preguntas por parte de Kale.
- Bueno, a ver si me ha quedado claro: tú formas parte de La Revolución y sobreviviste a las dos guerras – me dice señalándome. - Y tú trabajas en una botica y cuidas de su hermana a cambio de que él te deje acompañarle al bosque de vez en cuando para recoger plantas – le dice a Paula. - Tengo los dos extremos: un superviviente a las guerras que cambiaron el mundo, entrenado por los mejores en técnicas de matar, y una dulce princesita que lo máximo que ha hecho es sujetar un cuchillo.
- Aprendo rápido – contesta ella sin ningún tipo de preocupación.
- Aquí aprender rápido no sirve de nada. En el momento en el que te enfrentas a las pruebas estas sola y, si no sabes nada, nadie te va a enseñar. Así que más vale que tu novio te enseñe a defenderte porque si no te garantizo que vas a morir. Siento ser tan pesimista, pero aquí nadie va a ser piadoso contigo, nadie te va a dar un respiro. Aquí la gente viene a sobrevivir y, si para eso necesitan quitaros del medio, no se lo van a pensar dos veces.
¿Novio? Ya lo ha dicho varias veces, así que me empiezo a plantear que en serio cree que es mi novia, pero no me apetece discutir de ello, y menos ahora. Veo a Kale levantarse de la mesa, coger su abrigo y su sombrero y dirigirse a la puerta para salir.
- Un último consejo, chicos: comed más y entrenaros fuerte a partir de mañana en el gimnasio, porque necesitáis ganar masa muscular. Os veré esta noche en la fiesta – dice. - ¡Ah, por cierto! No se os ocurra entrar ni hablar con nadie hasta que yo llegue, ¿entendido?
Después de mirarnos a los ojos para ver si realmente le hemos escuchado se marcha.


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