La noticia rica del Paititi

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    rio zona paititi

    ENSAYO - LA NOTICIA RICA DEL PAITITI

    INTRODUCCIÓN

    El Perú encierra todavía muchos misterios. Algunos son de muy corta data y producto de la moderna moda esotérica que invade los mercados del desesperanzado mundo actual en que vivimos; otros, se remontan en el tiempo
    hasta alcanzar la época de los conquistadores españoles y sus crónicas, siendo
    éstos los que revisten mayor prestigio, manteniéndose firmes, permanentes, a
    pesar del inexorable paso de los siglos. El misterio del Paititi combina las
    dos variantes nombradas de un modo por cierto revelador, puesto que en dicha
    leyenda podemos observar la mezcla de elementos nuevos y antiguos en una
    yuxtaposición que se nos antoja sumamente interesante. Ejemplo claro de la perdurabilidad
    de un imaginario de estructuras duras,
    el Paititi denota la permanencia de los mitos de frontera; ésos que abren las
    posibilidades de una manera que, sólo estando en la selva, puede uno considerar
    con un espíritu tan amplio como subjetivo.

    En el presente ensayo intentaré describir, explicar y
    entender toda la información recabada, a
    lo largo de la EXPEDICION VILCABAMBA ‘98, respecto de la legendaria ciudad perdida del Paititi, excitante realidad que
    nos acompañara a lo largo de toda la exploración practicada por la selva
    peruana (VÉASE APÉNDICEI).

    Mar del Plata, 1999

     

     

    EL IMPACTO DE UNA LEYENDA

    Dicen en el Cusco que más allá de los límites con la selva se levantan, majestuosas y olvidadas, las ruinas del Gran Paititi, una
    supuesta ciudad incaica que conserva, entre sus mohosos muros, los tesoros que
    los últimos miembros de la elite inca escondieran ante la conquista española.
    Tan evanescente como El Dorado, la leyenda del Paititi sigue poseyendo febriles
    creyentes, como también escépticos detractores que, en un debate no
    oficializado por la ciencia, mantienen viva la presencia de la mítica ciudad en
    el imaginario colectivo de todo el Perú.

    Mi primer contacto con la leyenda lo tuve hace ya varios
    años cuando, en un viaje al Perú, practicado en julio de 1985, un joven
    arqueólogo, destacado como guía turístico en el Museo de Arqueología y
    Antropología de Lima, me refirió sobre la existencia de una ciudadela incaica,
    protegida por la selva, en la que aún se conservaban, manteniendo sus más
    tradicionales y ancestrales costumbres, los últimos miembros de la dinastía
    inca, derrocada en el Cusco en 1532. Como por aquel entonces ningún libro de
    arqueología o de historia, que yo hubiera leído, explicaba con detenimiento qué
    era en realidad ese tan mentado Paititi, empecé a recabar información oral por
    todos los pueblos, caseríos y grandes ciudades por las que anduve. Fue recién
    entonces cuando entendí que su presencia, más allá del conocimiento libresco
    que había yo adquirido en mis primeros años de universidad, estaba
    profundamente arraigada y presente en todos los sectores sociales y culturales
    del país andino. Casi todo el mundo tenía algo que decir respecto de la perdida
    ciudad. Muchos “conocían” a personas que se habían adentrado en sus calles, sin
    poder conseguir las pruebas objetivas necesarias para certificar su presencia
    en ella; otros, se disponían a organizar la búsqueda, impulsados por intereses
    que excedían lo meramente arqueológico, para transformarse en simples huaqueros
    o ladrones de tumbas. Finalmente, estaban aquellos que, imbuidos de un
    espiritualismo que me resultaba extraño, mezclaban técnicas esotéricas y
    marihuana con el fin de comunicarse con los “Hermanos Superiores” que habitaban
    el Paititi.

    Debieron pasar trece largos años para que yo mismo, junto
    a mis compañeros de viaje, nos viéramos envueltos en una búsqueda que no
    exagero en definir como obsesionante. La leyenda del Paititi me acompañó
    durante casi una década y media, y a lo largo de ese tiempo pude acceder a las
    crónicas del siglo XVI que hablaban de la maravillosa ciudad, como también a
    las emocionantes descripciones de modernos exploradores peruanos, que
    invirtieran dinero y salud en pos de lo que muchos dicen es una quimera.

    Mi primera opinión sobre el tema estuvo empapada de un
    fuerte racionalismo, ateniéndome, en parte, a la hipótesis que sostuviera, años
    más tarde, el historiador peruano Víctor Angles Vargas en su libro El
    Paititi no Existe [1]
    , y en el que
    explica porqué motivo es un delirio seguir sosteniendo que la existencia
    empírica de la ciudad incaica, con su fortuna en oro y plata, es un hecho
    histórico comprobado. Debo confesar que, aunque ese libro satisfizo muchas de
    mis dudas intelectuales, sus frías y documentadas opiniones derrumbaron gran
    parte de las románticas fantasías que albergaba en mi corazón. Muy dentro de mí
    me resistía a descartar la posibilidad de que, perdidas en la selva de la Amazonía
    peruana, pudieran seguir escondidas ciudades incas sin descubrir, siendo una de
    ellas el famoso Paititi. Fue entonces cuando orienté el ángulo de mis
    investigaciones hacia el campo de la historia de las mentalidades e intenté
    analizar la leyenda como parte del imaginario peruano. A través de este
    renovado enfoque historiográfico pretendí encontrar una solución a la lucha interna
    en la que me debatía: ¿fantasía o realidad?. Mi respuesta fue contundente:
    fantasía; pero una fantasía actuante, movilizadora y tan presente como las
    piedras mismas de Machu Picchu. Armado, pues, con un arsenal teórico que
    encajaba perfectamente con los cánones académicos considerados “serios”, me
    convertí, sin saberlo, en un detractor del Paititi y negué de plano su
    existencia.

    Hoy las cosas han cambiado. Ya no niego categóricamente.
    Hoy dudo, dejando abierta la puerta a posibilidades que antes jamás hubiera
    permitido que entraran. A diferencia de hace trece años, la rendija es mayor, y
    el hecho de haber estado en plena jungla peruana ha modificado la manera de
    percibir muchos hechos del pasado que antes no me habría animado a discutir. La
    selva es tan inmensa, tan llena de magia y con tantos bolsones sin explorar
    que, ante la pregunta de si el Paititi existe o no, debo decir que no
    me parece descabellado contestar afirmativamente.

    Pero, ¿qué es el Paititi? ; ¿cuáles son las diversas
    versiones que circulan sobre él? ; ¿qué elementos de realidad y de fantasía se
    conjugan en su historia? ; ¿por qué está tan difundida su leyenda? ; ¿en dónde,
    supuestamente, se ubican sus ruinas? ; ¿quiénes las protegen y por qué?

    Estas, y otras
    preguntas, son las que intentaré responder en las páginas que siguen.


    EN LA RUTA HACIA EL PAITITI

    Cuando en setiembre de 1997 empezamos a organizar la

    expedición que nos llevara hasta las ruinas de la ciudad de Vilcabamba La
    Vieja, éramos conscientes de que íbamos a internarnos en una región en donde el
    Paititi no es leyenda, sino una realidad que muy pocos discuten. Por ese motivo
    decidimos tenerlo como un objetivo secundario y recabar, a lo largo del camino,
    toda la información posible que circulara oralmente entre los pocos colonos y
    campesinos que habitan los valles de los ríos Vilcabamba y Pampaconas. Obvio es
    que no pretendíamos encontrarlo, pero su presencia en cada fogón nocturno, en
    cada choza selvática, en cada anécdota relatada por los porteadores, nos
    obligaba a desviar nuestra atención, alejándonos del mundo concreto de la
    arqueología, para adentrarnos en una realidad tan mágica como atrayente; una
    realidad en la que los tesoros ocultos y las ciudades perdidas parecían ser
    tangibles, y el concepto de imposibilidad
    se desdibujaba abriendo un sin fin de factibilidades que, analizadas desde la
    ciudad en la que escribo estas líneas, parecerían ser sólo delirios, producto
    de la excitación emocional que acarrea la selva.

    Aún no habíamos despegado de suelo argentino cuando, en la
    sala de embarque del Aeropuerto Internacional de Ezeiza (Buenos Aires),
    entramos en contacto con un gentil caballero peruano que, a poco de iniciar la
    conversación y enterarse de nuestra expedición a las selvas de Vilcabamba, nos
    relató una historia que, escuchada una y otra vez por boca de otros
    informantes, terminó resultando arquetípica. De alguna manera, con don Felipe
    Gutiérrez Sevilla, se iniciaba una larga cadena de rumores, profundamente
    arraigados en tierras peruanas, y que definieran, desde hace más de
    cuatrocientos años, la búsqueda de sitios tan maravillosos como El Dorado, El
    Candire, el reino de Omagua y el mismísimo Paititi. La leyenda y la realidad
    empezaban a mezclarse en el principio mismo del viaje, y por más que nos
    propusiéramos sopesar críticamente las historias que escucháramos, fue casi
    imposible no dejarnos llevar por el folklore local.

    En cierta ocasión, el explorador inglés Percy Harrison
    Fawcett escribió: “no hay día, en el
    Perú, en el que uno no escuche historias sobre tesoros, oro y ciudades
    perdidas”
    ; y es una de las pocas cosas ciertas que pudo haber escrito.
    Nosotros lo hemos comprobado empíricamente, conversando con la gente; con
    personas que, como don Gutiérrez Sevilla, nos relataran sucesos como los que a
    continuación consigno:

    Tengo un amigo
    que vive en el Callao (Lima), un amigo personal, que tiene en su poder un dedo
    de oro que procede de la ciudad perdida que usted llama Paititi, y que nosotros
    denominamos Paykikin. Yo mismo lo he visto, lo tiene en su casa, y me contó que
    hace unos años, mientras se internaba en las selvas más allá de Paucartambo, se
    topó con una ciudad de grandes piedras y una amplia avenida. A lo largo de esa
    calle había estatuas, en tamaño natural, hechas íntegramente de oro. Como
    estaba solo y no podía cargar con semejante tesoro, le cortó con su machete el
    dedo pulgar a una de las estatuas. Tiempo más tarde me lo mostró. El Paykikin
    no es una leyenda, existe; pero no es la única fuente de oro que encontraran en
    el Perú. Todo el país tiene tapados escondidos en cerros y lagunas. Mi hermano
    se ha dedicado durante mucho tiempo a buscar esos tapados, y de hecho, a
    lo largo de toda su vida encontró tres; uno de ellos en el piso de una pequeña
    iglesia [los tapados son tesoros, o pertenencias personales de gran valor,
    enterradas o escondidas en las paredes y pisos de las antiguas casonas
    coloniales; según el folclore, tanto los españoles como los incas, tuvieron la
    recurrente costumbre de esconder sus tesoros para luego olvidarlos o dejarlos
    abandonados]. Hay mucha riqueza en el Perú, caballero. Mire, sin ir más lejos,
    hace unos cuatro meses tres personas (dos peruanos y un inglés) se metieron en
    la selva en búsqueda de ruinas. Uno de ellos era el prefecto de un pueblo y
    tuvo la mala suerte de morir ahogado. Bueno, eso es lo que denunciaron sus dos
    compañeros cuando regresaron, pero lo cierto es que se piensa que descubrieron
    el Paykikin y que ellos mismos mataron al funcionario para que no anunciara
    públicamente el descubrimiento y quedarse ellos solos con las riquezas”.
    [2]

    Son relatos como el precedente los que nos auguraban una
    experiencia exploratoria fascinante.[3] Las
    claras referencias a leyendas, que datan de épocas pretéritas, y la natural
    personalización que la gente hace de los mitos, nos indicaban que el Paititi
    permanecía enquistado en la cosmovisión andina contemporánea. Faltaban todavía
    varios días para que encamináramos nuestras botas por la selva; recién
    entonces, nosotros mismos, nos veríamos arrastrados por los comentarios
    referentes a la legendaria ciudad.

    Generalmente, son pocas las personas que se cuestionan
    acerca de los gustos, creencias y valores que guían y dan contenido a sus
    actos. El pensamiento sistemático no siempre está presente a la hora de
    analizar el conjunto de actitudes y aseveraciones que cotidianamente
    actualizamos en sociedad. Esto es en parte una clara evidencia de que todos
    hemos heredado (y aprendido) un pesado y complejo bagaje de prejuicios,
    temores, esperanzas y sueños que, disparados de una forma u otra, los protagonistas
    de una época determinada comparten de acuerdo al contexto o coyuntura histórica
    que les toque vivir.

    Así pues, intentar una interpretación que permita aclarar
    los extravagantes móviles que impulsaron, e impulsan, a cientos de exploradores
    en la búsqueda de fabulosas ciudades de oro y plata (quimeras siempre
    perseguidas pero nunca alcanzadas) implica analizar aquellos mitos de
    descubrimiento y conquista que aún
    siguen vigentes y que continúan recreando las sobremesas de infinidad de
    familias que, hoy como ayer, necesitan de sueños irrealizables para darle
    sentido a una vida repleta de necesidades insatisfechas. El Perú es uno de esos
    lugares.

     

    Cuando aquel 18 de julio de 1998 arribamos a Cusco,
    antigua capital del Imperio de los incas, fuimos recibidos por una ciudad que
    renacía de sus propias cenizas, para el turismo internacional. Tras una década
    de guerrilla, terrorismo y cólera, el moderno Qosqo (así se escribe siguiendo
    la original pronunciación en lengua quechua) abría sus generosos brazos a los
    “gringos” de diversas partes del mundo. No era ya la ciudad triste y preocupada
    de hacía cuatro años. El temor a las bombas se había disipado y, aunque el
    consejo de muchos era que tomáramos agua mineral, el paralizante virus del
    cólera estaba perfectamente controlado. La región Inca se despojaba así de la
    etiqueta de “zona endémica”, que tantas quiebras y problemas económicos había
    acarreado durante largo tiempo. Se respiraba un vivificante aire de esperanza,
    y no hubo hotelero, taxista o camarero que no nos hiciera llegar su mensaje de
    optimismo en el futuro. El orgullo cusqueño se tamizaba así de fuerza, buena
    atención y… dólares.

    El Cusco es una ciudad mágica, un lugar en donde el
    pasado y el presente se mezclan de una forma muy difícil de describir con palabras.
    Allí están los muros incas, con su majestuosidad e imponencia monolítica
    soportando el peso de los siglos, de las invasiones y de los terremotos. Allí
    están los restos de los palacios desde los cuales se controló gran parte de la
    América del sur, antes que los españoles pusieran sus pies en estas tierras.
    Hoy convertidos en hoteles, museos o restaurantes, esas prestigiosas obras de
    la arquitectura precolombina siguen impactando y admirando al más insensible de
    los viajeros. Cusco, el Ombligo del Mundo, fundada, según reza el mito, hacia
    el año 1200 de nuestra era por los héroes civilizadores más destacados de la
    genealogía incaica: Manco Cápac, el primer soberano, y Mama Ocllo, su hermana y
    esposa. Basta con tener un poco de imaginación, y dejarse llevar por los olores
    y claroscuros de sus calles, para poder recrear el momento mismo de aquella
    fundación trascendental, cuando Manco, tras apoyar su cetro de oro en lo que
    hoy es la gran Plaza de Armas, lo vio desaparecer, como absorbido por la Madre
    Tierra, en el fangoso suelo del valle, indicándole así el sitio exacto en donde
    levantar la ciudad que fuera la capital de su imperio. Así se lo había indicado
    el gran dios Viracocha, a orillas del lago Titicaca, y así fue.

    Pero junto a la escenografía quechua se yerguen,
    vigilantes y orgullosos, los campanarios y torres de capillas e iglesias,
    atiborradas de una riqueza barroca que ha sabido controlar y emocionar, durante
    los últimos cuatrocientos años, la espiritualidad y esperanza de los cusqueños.
    Ellas, junto con las señoriales casonas coloniales, son la otra cara del Cusco
    mestizo, la cara híbrida de una ciudad que mezcló piedras y culturas tan
    diferentes como la de incas y españoles. Se ha dicho que todo el Cusco es un
    símbolo urbanístico de la conquista ibérica y, de alguna manera, es cierto.
    Caminar por sus callejuelas, sorteando a los mil y un vendedores ambulantes,
    que impregnan de olores indescifrables cada rincón empedrado, es advertir la
    imposición de una cultura sobre otra, de un olor sobre otro; porque no sólo son
    los adobes pintados de blanco, las rejas y las tejas los que se sobreimprimen a
    los basamentos de fría piedra incaica, sino que son también las voces, las
    comidas y la música las que nos indican que estamos en una ciudad mitad
    española y mitad incaica. Una por encima de la otra.

    Cusco sigue siendo un centro sagrado para muchos. Nunca
    perdió su prestigio; todo lo contrario, lo ha conservado en su gente, en sus
    tradiciones y en el respeto que todavía le guardan los campesinos que llegan a
    él. Por ello, si uno es atento y para
    bien la oreja
    , todavía puede escuchar el saludo que se le brinda a la vieja
    capital imperial: “Napaykukuykim hatum
    K’osk’o” (“¡Oh, gran ciudad, yo te saludo!”)
    .

    Repetí esa frase cuando, por cuarta vez, puse mis
    pies en tierra cusqueña.

     

    A 3.394
    metros sobre el nivel del mar uno se siente extraño. El
    aire se vuelve insuficiente, las piernas pesan toneladas y a la agitación
    exagerada, de caminar sólo una cuadra, se le suma un punzante dolor de nuca.
    Poco es lo que hace el mate de coca, que cortésmente ofrecen todos los hoteles
    a los inadaptados turistas. La planta sagrada de los Andes se vuelve
    inoperante, y por más que se tomen litros de aquella infusión quechua, los
    efectos del soroche (el mal de las
    alturas) se dejarán sentir durante, por lo menos, cuarenta y ocho horas.

    Para nosotros, gringos, los inconvenientes del
    Cusco los constituyen sus calles empinadas y el aire rarificado de la gran
    altitud. Cualquier esfuerzo físico se traduce en un latir apresurado del
    corazón y en una respiración jadeante, entrecortada, que obliga a detenerse a
    cada paso. Incluso el gusto de los cigarrillos es distinto; supongo que eso se
    debe a que el tabaco se quema de diferente manera que al nivel del mar. Por
    otra parte, el fumar se vuelve una tarea que implica atención permanente, ya
    que al menor descuido la brasa se apaga, dejándole a la boca un sabor amargo,
    de consistencia pastosa y desagradable. Pero bastan dos días para que el
    organismo se adapte a ese techo de América, generando la cantidad necesaria de
    glóbulos rojos que permiten oxigenar adecuadamente cada centímetro cuadrado del
    cuerpo. Cuando el físico entra en consonancia con la naturaleza elevada de ese
    piso ecológico, recién ahí, puede uno empezar a disfrutar plenamente de la maravillosa
    ciudad.

    El Qosqo supo tener en la antigüedad la forma de un puma,
    ya que los incas no eran ajenos a la tradición del culto al felino; animal
    mítico que encuentra sus más profundas raíces en las primeras culturas del área
    andina, como lo fueron Chavín de Huantar y Tiahuanaco. Y aunque para los
    señores del Cusco el felino no fue tan importante como en las dos culturas
    nombradas, el prestigio de la ciudad se tradujo en una arquitectura, y en una
    planificación urbanística, virtual y sagrada que tuvo al puma como principal
    personaje. La capital entera adquiría así un carácter simbólico, religioso y
    mítico; una prueba más del arte monumental de la América precolombina, y un
    evidente testimonio de que nada era profano dentro de la cosmovisión incaica.
    Ni siquiera el contorno de la gran urbe, o las montañas que la rodeaban.

    Efectivamente, todo el Cusco está cercado por Dioses. Son
    los Apu, los Señores de las Montañas,
    los espíritus protectores de los cerros que no faltan en ninguna comunidad de
    la región de la Sierra. A ellos se les rinde homenaje y ceremonia; se los
    respeta y se les habla como a seres vivos. En ocasiones reciben “pagos”, es decir, ofrendas, para que,
    en actos de dadivosa reciprocidad, les restituyan al hombre devoto sus actos de
    fe sincrética, con buenas cosechas, fertilidad y generosa procreación de los
    ganados.

    Cada Apu tiene jurisdicción sobre determinados espacios
    y, como bien señala Jorge A. Flores Ochoa, “sus alcances están en relación con
    su importancia jerárquica, en cierto modo condicionadas por su elevación con
    las cumbres circunvecinas” [4]. En ellos, la
    vieja y la nueva fe (la prehispánica y la católica) entran en simbiosis, se
    mezclan, mostrando la clara resistencia y continuidad de las creencias andinas.
    El culto a las alturas, tan común entre los incas, se mantiene vivo, actuante;
    incluso en la imaginería cristiana, que no dudó en representar a la Virgen con
    el contorno piramidal de muchos cerros[5].
    Excelente táctica para trasladar la fe aborigen de la antigua a la nueva
    religión.

    Desde el Cusco es posible distinguir, por lo menos, cinco
    grandes Apu, vigías permanentes de la egregia capital.

    En primer lugar, y con dirección Norte, puede observarse
    el imponente y blanco nevado de Salcantay. En segundo término, y con
    orientación Sur, se levantan las sagradas laderas del Apu Ausangate, en las
    que, anualmente, se practica una de las peregrinaciones más caras a la fe
    andina: la procesión al santuario del Señor de Qoyllurit’i (el señor de las
    Nieves Resplandecientes). Hacia el Este, el respetado Pachatusan, “El Sostén
    del Universo”, a quien la gente de Cusco le rinde honores por tener fama de ser
    sanador y curandero. Finalmente, a su lado, las sombras del Apu Pikol y del Apu
    Anawarque terminan por darle al Qosqo la prestigiosa seguridad que, como Centro
    del Mundo, merecía y merece[6].

    A uno de estos Apu, pero de la región de Vilcabamba,
    debimos dirigirnos nosotros, antes de iniciar la marcha. Para ello era
    necesario recurrir a una persona que tuviera la capacidad técnica y espiritual,
    de poder comunicarse con esa clase de espíritus. La encontramos en la figura de
    Don Salvador Blas, un chamán cusqueño de reconocido prestigio.

     

    El chamanismo, tal como lo define Mircea Eliade, “es la técnica del éxtasis”[7] por medio de la
    cual una persona “elegida” posee la extraordinaria facultad de comunicarse con
    los muertos, los “demonios” y los “espíritus de la naturaleza”, sin convertirse
    por ello en un instrumento de los mismos. Haciendo uso del trance, el chamán
    “vuela” hacia el otro mundo con el objeto de encontrar en él las soluciones que
    sus pacientes le requieren. Ser chamán implica superar diferentes pruebas de
    iniciación, que sólo una minoría determinada logra concretizar con éxito al
    alcanzar la mística de la religión respectiva.

    Este interesante fenómeno cultural y religioso ha venido
    siendo estudiado desde hace décadas por importantes antropólogos e
    historiadores de la religión, y hoy estamos lejos de desechar las prácticas
    chamánicas como costumbres primitivas e ignorantes, puesto que las mismas encierran
    un riquísimo bagaje de información antropológica, que permite entender
    cosmovisiones tan ancestrales como vigentes[8].

    En el Perú, y especialmente en la región de la Sierra,
    los chamanes reciben el nombre de Pacos
    y a ellos se acude para buscar salida a problemas tan complejos como la cura de
    una enfermedad; un “daño”; el dolor de un amor no correspondido o la necesidad
    de pedir permiso a un Apu para practicar un acto determinado. Por todo ello, es
    común que se empleen indistintamente los términos chamán, curandero, hechicero o mago, para hacer referencia a una
    misma realidad cultural y social.

    Los Pacos
    suelen utilizar ciertos instrumentos y drogas para facilitar el trance místico;
    de ahí que el uso de tambores, sonajas y plantas alucinógenas están directamente
    asociadas a la práctica chamánica. Cada región tiene sus propias técnicas, con
    variaciones peculiares, frases y “encantamientos” que les son propios. Existen
    chamanes poderosos y otros que no lo son tanto. Los hay “buenos” y los hay
    “malos”, pero todos, en definitiva, encarnan (junto con sus acólitos y
    creyentes) una manera de ver el mundo muy diferente a la que nosotros, los
    occidentales, estamos acostumbrados. Y por ser diferente es interesante.

     

    Cuando nuestros contactos en el Cusco supieron que el
    objetivo a alcanzar por la expedición eran las ruinas de Vilcabamba “La Vieja”,
    nos recomendaron consultar al paco.
    Según ellos, era indispensable solicitar esa autorización sobrenatural y, al
    mismo tiempo, rogar la protección de los Apu
    que se levantaban a lo largo de un camino que se nos anunciaba peligroso e
    imprevisible. La idea nos resultó atractiva. Ver a un chamán auténtico
    practicar sus esotéricos rituales no había estado dentro de nuestros planes
    iniciales. Al parecer, el permiso oficial que nos diera el Instituto Nacional
    de Cultura del Cusco (INC) era insuficiente. La región de Vilcabamba, con todas
    sus ruinas, eran consideradas huaca,
    por lo tanto, era preciso ganarse la voluntad no sólo de los funcionarios del
    gobierno, sino también de las etéreas entidades que, según los cusqueños,
    protegen el valle.

    Desde la época de la conquista del Perú (siglo XVI), los
    cronistas españoles registraron la vigencia del concepto, todavía muy extendido
    y vivo, de huaca. Según el
    historiador norteamericano Burr Brundage, que es quien proporciona una de las
    mejores síntesis de este concepto:

    “Una huaca era al mismo tiempo una localización de
    poder y el poder mismo residente en un objeto, una montaña, un sepulcro, una
    momia ancestral, una ciudad ceremonial, un templo, un árbol sagrado, una cueva,
    un manantial o un lago de origen, un río o una piedra vertical, la estatua de
    una deidad o una plaza venerada o un trecho donde se llevaban a cabo
    festividades o donde vivía un gran hombre. El poder que permitía a los artesanos
    dotados producir curiosas piezas de trabajo en oro o tapicería fina, o ricas
    telas teñidas, y así sucesivamente, era también huaca. La coca, la hoja
    narcótica de la montaña, era huaca”.
    [9]

    Aunque hoy en día el término suele asociarse
    exclusivamente a las ruinas de los monumentos incas, el concepto es tan amplio
    que, siguiendo a la especialista peruana María Rostworowski, podemos darle a la
    palabra huaca el abarcativo sentido
    de lo sagrado, que contenía una
    variedad muy alta de significados, ya que en el ámbito andino lo sagrado envolvía el mundo y le
    comunicaba una dimensión y profundidad muy particular[10].

    Los valles de los ríos Vilcabamba (antes Vitcos) y
    Pampaconas poseían esas connotaciones particulares; y el hecho mismo de que Vilcabamba signifique la “Pampa Sagrada” nos obligaba, de alguna
    manera, a comulgar con esas creencias.

    Pero nuestra situación se hacía
    aún más compleja.

    El corredor, selvático y montañoso, que conduce al lugar
    en donde están emplazadas las ruinas de la última capital inca del exilio, es
    considerado como parte del camino que lleva hacia el perdido Paititi; que es,
    de todas las huacas reales e imaginarias del Perú, la más importante. Por tal
    motivo, y con el fin de no ser considerados por nuestros porteadores y amigos
    como impertinentes gringos sacrílegos, convenimos visitar a don Salvador, el
    chamán, y respetar los pasos que, obligatoriamente, debían seguirse antes de
    tratar con espacios sacros.

    Y fue uno de esos amigos del Cusco, el Ingeniero Enrique
    Palomino Díaz (conocido proyectista e historiador de la ciudad), el que, no
    sólo nos presentara al Paco, sino confirmara lo antes señalado cuando, con su
    natural tono ceremonial, nos dijo:

    Lo cierto es
    que se cree que la región de Espíritu Pampa [nombre que actualmente reciben las
    ruinas de Vilcabamba “La Vieja”] es una de las entradas hacia el Gran Paititi.
    Siguiendo el eje que va de Vitcos a Huancacalle y de San Francisco al río
    Pampaconas, hacia el fondo, en la quebrada, se piensa que, con toda seguridad,
    hay una ciudadela que todavía no está a la vista.
    Lo real es que muchos investigadores independientes, aislados, han
    estado en la zona, pero no han dado a conocer sus investigaciones, se entiende
    que por estrategia. Todavía hay mucho que rebanar por ahí”.
    [11]

    Eran cerca de las siete de la tarde cuando tomamos el
    taxi que nos condujo hasta el barrio de San Sebastián, a las afueras del Cusco.
    El dios sol se ocultaba detrás de los cerros y, para cuando llegamos a destino,
    ya era de noche. Todo el barrio estaba sumido en penumbras, siendo las luces de
    los cafés y picanterías la única claridad que permitía ver y sortear los pozos
    de la calle. Caminamos hasta el frente de una humilde casa, muy baja, y
    golpeamos la puerta.

    No sé qué es lo esperábamos encontrar, pero cuando la
    estampa menuda de Don Salvador Blas se recortó en el marco de la entrada no nos
    produjo ninguna sensación especial. Era un hombre bajo, de edad indefinida
    (aunque sospecho que rondaba entre los cincuenta y cincuenta y cinco años),
    pómulos prominentes, ojos oscuros muy chicos y una nariz aguileña que anunciaba
    a las claras sus raíces cusqueñas. Nos invitó a pasar.

    La recepción era un cuarto aún más humilde que el frente
    de la casa. Pintado de celeste claro y con dos largos bancos de madera
    colocados sobre las paredes. En uno de ellos se encontraba una “cholita”
    (mestiza) con su pequeño hijo en brazos, llorando a moco tendido. Apenas
    levantó la vista cuando ingresamos y en ningún momento posterior se animó a
    mirarnos directamente a los ojos.

    El “Maestro”, como lo llamaba Enrique, pidió que lo
    esperáramos y desapareció tras una enclenque puertecita de madera que daba a
    una reducida cabina: su consultorio. Estaba curando
    a alguien. Seguramente, ese bebé que lloraba delante de mí también estaba
    enfermo. Viendo esa situación, tan ajena a mis convicciones, confieso que me
    fue muy difícil reprimir los juicios de valor. Mi fe en la medicina clásica no
    encajaba con la fe que guiaba la esperanza de esa mujer que tenía delante de
    mí. No podía imaginarme llevando a mis hijos a un chamán, y confiándole a un
    “brujo” la salud de ellos. Pero bastaron pocos segundos para reconocer que el
    problema era esencialmente cultural. En ese cuarto del barrio de San Sebastián
    los que se enfrentaban no eran sólo bancas de madera, eran dos culturas distintas,
    y lo más interesante es que ninguna era mejor o superior que la otra.

    Pasados unos minutos, Don Salvador
    nos invitó a ingresar en la “cabina”.

    Ese reducido espacio (en el que apenas entrábamos los
    cinco) era la materialización misma del sincretismo religioso que se operó en
    el Perú desde la llegada de los conquistadores y catequistas españoles. Objetos
    de “poder” aborígenes se mezclaban con estampitas e imaginería cristiana. Lo
    pagano y lo católico convivían sin conflicto. Junto a una lámina de San Jorge
    matando al dragón se apoyaba una conopa
    (ídolo de piedra, generalmente con la forma de una llama, que permite invocar a
    las fuerzas de la fertilidad) y a los rezos cristianos se les adosaban los
    pedidos (en quechua) a los espíritus de las montañas.

    Los chamanes quechuas, como Don Salvador, son los
    herederos de una dilatada tradición en la que se sostiene que ellos son capaces
    de efectuar magia blanca y magia negra indistintamente, y son también adivinos
    y curanderos. Los quechuas distinguen entre chamanes superiores, llamados alto mesayoc (o altomesa), y chamanes
    inferiores, llamados pampa mesayoc (o
    pampamesa).
    La diferencia esencial entre ellos reside en su relación con
    los espíritus. El altomesa puede
    conversar con los Apu, que son su medio principal de adivinación; mientras que
    el pampamesa sólo es guiado, por
    tener un poder menor. El término Paco
    (o paqo) es un título genérico que no toma en cuenta su poder y especialidad[12].

    Don Salvador era, técnicamente
    hablando, un poderoso altomesa.

    Una vez sentados frente a la mesa, y hechas las
    presentaciones formales, nos preguntó qué buscábamos allí. Le comunicamos
    brevemente nuestros objetivos exploratorios y, tras moler una serie de
    productos en una vasija de cerámica e invocar a la Virgen María, apagó todas
    las luces. Era la boca de un lobo. No se podía ver absolutamente nada. La
    situación se empezaba a poner interesante.

    En eso, un repentino fogonazo iluminó todo el lugar.
    Recuerdo que alcancé a ver al Paco
    manipular la vasija antes nombrada. Pero fue sólo una décima de segundo; sólo
    una silueta desdibujada en medio de la total oscuridad. “Pólvora”, pensé, “era
    pólvora lo que molía”. No me equivoqué, al rato, el inconfundible olor a esa
    materia inflamable impregnó la cabina. Fue recién entonces cuando nos obligó a
    que lo siguiéramos con unos rezos (el Ave María y parte del Padre Nuestro).
    Nuestras voces retumbaban contra las débiles paredes de madera, y de pronto,
    sin preverlo, se escuchó un prolongado silbido, agudo y penetrante. Sin darnos
    tiempo a analizar ese sonido, sentimos sobre nuestras cabezas (muy cerca de
    ellas) el furioso aletear de lo que parecía ser un pájaro. El sobresalto fue
    mayúsculo y todos nos agachamos temiendo que ese “algo” nos lastimara. Recuerdo
    que pensé: ”Se nos metió una paloma en el consultorio”. Pero no había, ni hubo
    nunca un ave de ese tipo (al menos que nosotros hayamos visto). Inmediatamente
    después del “aleteo” el chamán habló.

    Su voz no sonaba como la que tenía normalmente. Era más
    fina y entrecortada (como si muchas palabras las dijera tosiendo). Cuando nos
    dio la bienvenida advertimos que ya
    no hablábamos con don Salvador, sino con el
    Apu Espíritu Pampa.

    Según los estudiosos del chamanismo andino, estábamos
    presenciando (mejor dicho, escuchando, porque no se podía ver nada) uno de los
    momentos más relevantes del ritual: el del “vuelo
    mágico”
    . En él, el altomesa,
    liberado de la materia, asciende hasta reinos de conocimiento y de visión que
    están fuera del alcance de la persona no iniciada. Ese viaje en espíritu es lo
    que generalmente se denomina vuelo y
    lo que permite que el chamán se vuelva igual que los Apu, o que el espíritu de
    un muerto, que también tiene la capacidad de convocar[13]. Son
    estas transformaciones las que le dan a un chamán su más alta reputación; son
    las que marcan su calidad.

    Por lo tanto, para esa ajena cosmovisión, quien estaba
    delante de nosotros no era Don Salvador. Él se encontraba muy lejos del Cusco,
    en la cordillera de Vilcabamba, contactándose con el Apu que, en pocos días
    más, nosotros conoceríamos. Pero esta subjetiva experiencia que estábamos
    viviendo no era nueva; ya había sido advertida a mediados del siglo XVI por
    funcionarios del Cusco colonial, como por ejemplo el corregidor y licenciado
    Juan Polo de Ondegardo, quien escribió:

    “Entre los indios había otra clase de brujos,
    tolerados por los incas hasta cierto punto, que son como hechiceros. Ellos
    toman la forma que quieren y viajan a una gran distancia por el aire en poco
    tiempo; y ven lo que está pasando, hablan con el diablo, que les contesta en
    ciertas rocas, o en otras cosas que ellos veneran muchísimo. Sirven como
    adivinos y dicen lo que sucede en lugares remotos antes de que las noticias
    lleguen o puedan llegar”.
    [14]

    El “mensaje” que Don Salvador nos trasmitiera fue más
    bien breve; y como tuve la impertinencia de grabarlo subrepticiamente, lo
    transcribo a continuación:

    “Bienvenidos, bienvenidos. ¿Para qué me han hecho
    llamar? Si, para el viaje, lo sé…sean bienvenidos. Yo los voy a recibir con
    todo cariño y amor. Muy bien, todo va a ir bien. Yo los protegeré, tanto de ida
    como de vuelta por pedir permiso. Pero es posible que hagan otro viaje al Perú
    para llegar a la zona del Paititi. Sí, es posible, pero tienen que llevar
    bastante pago, no es por así llegar allá. Tienen que llevar bastante pago. Sí
    pueden ir, yo los estaré aguardando allá.

    (Pregunta:
    ¿Usted conoce la puerta hacia el Gran Paititi?).

    ¡Claro! Es una zona a la que hay que entrar por
    quebrada. Sí, es por la puerta de la salida del sol, por Paucartambo. Yo he
    entrado. Hay cosas muy buenas, pero hay que tener mucho coraje para ir allí,
    porque ahí los nativos no dejan entrar; ni tampoco te pueden contar cómo es ni
    a dónde es.

    (Pregunta: ¿Qué
    nativos?).

    Los chunchos, pues. Pero también hay otra entrada
    por Quillabamba, por donde ustedes van a ir. Pero también hay guardianes. Allí
    los guardianes son víboras. Ahí no dejan pasar las víboras. Hay una catarata y
    por ahí hay que pasar, pero están las víboras. Se necesita un gran pago. Sí, de
    ahí salen cáscaras de plátanos, cáscaras de naranja y demás desperdicios. ¿Por
    qué? Porque ahí existen los incas. Más adentro, en la selva, del otro lado, hay
    gente y son incas”[15].

    Una vez más, la leyenda del Paititi impactaba en nuestros
    oídos y en el sitio menos pensado. La voz de chamán se unía, así, a las voces
    del imaginario colectivo arrastrándonos hacia una selva que, desde hacía
    siglos, escondía mucho más que animales y sociedades extrañas.

    Dejamos la casa del altomesa
    con más dudas y suspicacias que respuestas ciertas. No pertenecíamos a ese
    mundo; y el corto abordaje hecho en él nos revelaba mucho acerca de la
    importancia de la creencia. Habíamos
    intentado abrir un poco nuestras mentes a experiencias fuera de lo común, pero
    sólo conseguimos crear una angosta rendija, aunque lo suficientemente profunda
    como para permitir que nos introdujéramos en una realidad mágica de leyendas y
    mitos.


    EL PAITITI

    Cuando Francisco Pizarro y sus socios tomaron prisionero

    al Inca Atahualpa en la ciudad de Cajamarca, en noviembre de 1532, dieron por
    iniciado el fin de un ciclo político cultural de casi noventa y cinco años de
    duración conocido como el Tahuantinsuyu o Imperio de los Incas[16].

    A la sorpresa y admiración, experimentada por los
    aventureros españoles, le siguió el despojo y el botín. Cusco fue repartido; el
    Qoricancha (Templo del Sol), desmantelado; las productivas y bien labradas
    tierras, expropiadas; la religión aborigen, perseguida; y toda una sociedad,
    obligada a trabajos forzosos sin recibir a cambio absolutamente nada. La vieja
    reciprocidad andina dejó de funcionar. Todo el mundo se desestructuró y cambió.
    Nada era igual a lo que fuera antes. Se empezaba a escribir una nueva historia:
    la de los europeos.

    A escasos años de haber conquistado y controlado aquel
    inmenso universo aborigen, y cuando los tesoros esperados no alcanzaron para
    todos, el ideal de la riqueza fácil empezó a ser lanzado más allá de las tierras
    efectivamente controladas (que eran muchas). La ambición y la fantasía se
    conjugaron, y las tramas leídas en los libros de caballería empezaron a ser
    protagonizadas por sus propios lectores: los conquistadores españoles. No pasó
    mucho tiempo para que se divulgaran antiguos mitos, readaptándose a la realidad
    americana, y empujando, a cientos de soldados de fortuna y aventureros, en pos
    de tesoros ocultos, ciudades maravillosamente ricas, fuentes de la juventud o
    comarcas productoras de especias de gran valor.
    Incluso, eran los propios españoles afortunados, aquellos que habían
    recibido los honores, tierras e indios esperados, los que fomentaron esos
    cuentos con el fin de “descargar la tierra”, es decir, quitarse de encima a sus
    antiguos compañeros caídos en desgracia (pero que seguían armados,
    constituyendo una fuente constante de alteración al orden público colonial),
    incitándolos a encarar “jornadas” tan fantásticas como demenciales.

    Y eran muchos los desengañados. El grupo de
    conquistadores o sus descendientes que acaparaban las encomiendas (mano de obra
    india), cargos en los cabildos, tierras, ganados, obrajes, etc., representaban
    tan sólo menos del 10 por 100 de los vecinos de una ciudad. Por otra parte, el
    comercio interior y exterior a gran escala, pasados los años iniciales de la
    conquista, estaban controlados desde Lima, Panamá y Sevilla por fuertes,
    expertos y prepotentes grupos y casas comerciales. Las actividades mineras
    también fueron rápidamente manejadas por selectos grupos y el comercio en el
    ámbito local quedó en manos de los propios encomenderos. Los cargos más
    importantes de la administración pública eran digitados desde España y los
    rangos de segundo o tercer nivel copados por los grandes conquistadores. La
    rígida estratificación social española se había acomodado perfectamente en
    suelo americano, y aquellos vecinos o moradores europeos que no habían tenido
    la suerte esperada debieron dedicarse a un sinfín de actividades y oficios poco
    redituables y sin status alguno[17].

    Muchos pasaron sus vidas esperando la oportunidad de
    nuevos repartos, en caso de producirse vacantes de algún tipo. Otros, viendo
    cerradas las vías de ascenso, prefirieron enrolarse en las nuevas expediciones
    de descubrimiento y conquista, con la esperanza de poder convertirse, en el
    futuro, en un nuevo Pizarro o en un nuevo Cortés. Fue en ellos en quienes los
    mitos de frontera ejercieron mayor influencia.

     

    Según explica el historiador argentino Enrique de Gandía,
    “el imán de los conquistadores fue el
    oro”
    [18] y América supo exaltar sus fantasías y hacer
    girar gran parte de su historia alrededor del precioso metal. Desde los
    primeros años del descubrimiento las vagas referencias que los indios daban de
    México y del Perú dejaron entrever fabulosas posibilidades que llevaron al
    delirio áureo, encegueciendo a muchos pobres diablos que, siguiendo rumores y noticias, se perdieron en las selvas
    tras tesoros muchas veces inexistentes. De todas estas noticias la que mayor impacto produjo en el imaginario
    hispanoamericano fue, sin duda, la de El Dorado (o Eldorado). En ella, “mito, utopía y colonización espiritual y
    material coexistieron paralelas, tangenciales y superpuestas [...]
    [19].

    La mayoría de los autores concuerdan en que la primer
    referencia que se tuvo del El Dorado fue en el año 1534, poco después de la
    fundación de San Francisco de Quito (hoy Ecuador). En aquella oportunidad, el
    español Luis de Daza se topó con un indio llamado Muequeta que, por orden del
    gran cacique Bogotá (rey de los muyscas), le venía a pedir ayuda a los ibéricos
    para enfrentarse con los chibchas. El indio, entre las muchas cosas que contó
    de su país, dijo que en él había mucho oro y refirió acerca de una ceremonia,
    extraña para los europeos, que terminaría por generar numerosos emprendimientos
    de descubrimiento y conquista por el interior del continente. El relato hacía
    referencia a un “[...] hombre dorado y su séquito que entraba en
    unas balsas de juncos y en medio de la laguna arrojaban sus ofrendas con
    ridículas y vanas supersticiones. La gente ordinaria llegaba a las orillas y
    bueltas (sic) las espaldas hazían (sic) su ofrecimiento porque tenían por
    desacato el que mirara aquellas aguas persona que no fuese principal y
    calificada. También es tradición muy antigua que arrojaran en ella el oro y las
    esmeraldas [...]”.
    [20]

    Pero eso no era todo. Según se consigna en otras fuentes,
    los señores de esa laguna (que no es otra que la de Guatavita, en Colombia),
    cuando recibían el cacicazgo, practicaban el ritual que terminaría por darle el
    nombre definitivo al sueño doradista. Al respecto, relata Rodríguez de Fresle
    en su
    Conquista y Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada de las Indias
    Occidentales y del Mar Océano
    :

    “De acuerdo con las declaraciones del cacique Don
    Juan, los que heredaban el señorío de Guatavita [...] debían ayunar,
    previamente, seis años metidos en una cueva, sin conocer mujeres, sin comer
    carne, ni sal, ni ají y otras cosas que les vedaban, y sin ver el sol, saliendo
    sólo de noche. Cuando los metían en posesión del señorío, la primera jornada
    que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita y sacrificar al
    demonio, que tenían por su dios y señor. Todo alrededor de la laguna los indios
    encendían muchos fuegos. Entretanto, desnudaban al heredero en carnes vivas y
    lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo molido.
    Subía en una gran balsa de juncos, adornada con todo lo más vistoso que tenían,
    y llevando a los pies un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a
    su dios, y un buen brasero encendido que producía mucho zahumerio(sic), lo
    acompañaban hasta el centro de la laguna cuatro caciques, cada cual con su
    ofrecimiento, y en un gran silencio, en que callaban todos los músicos y los
    cantos, hacia el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a
    los pies en el medio de la laguna. Los demás caciques hacían lo propio y con
    esto terminaba la ceremonia”.[21]

    Estos rituales (que con el tiempo supimos que
    efectivamente tuvieron lugar[22])
    fueron los que determinaron el nacimiento de la famosa Provincia de El Dorado, que tanto atrajo a los españoles y que
    también fuera utilizada inteligentemente por los propios indios para alejar de
    sus tierras a los insaciables buscadores de riquezas venidos de Europa[23]. Y
    como señalara el Padre Juan de Castellanos, en Elegías de Varones Ilustres de
    Indias
    : “Los soldados alegres y contentos / entonces le
    pusieron El Dorado / Por infinitas vías derramado”.

    La noticia se desparramó como reguero de pólvora por toda
    América del Sur, y a medida que el tiempo fue pasando cambió varias veces de
    nombre, adquiriendo caracteres diferentes a los del relato original. De ser un
    indio dorado pasó a convertirse en una aldea, región o ciudad de oro y plata,
    con sus calles y paredes revestidas de tales metales; cambió de escenario, se
    hizo ubicuo, fue releído y reinterpretado. Como una enorme bola de nieve,
    imposible de parar, El Dorado arrastró a cientos de soñadores y aventureros por
    senderos nunca recorridos; por regiones inexploradas que, de no haber sido por
    el atractivo de sus rayos áureos, hubieran permanecido intocadas por el hombre
    blanco durante muchos siglos.

    En el Perú recibió el nombre de Paititi (o Paykikin, o Paitití) y, como era natural, su factura
    dejó de ser muysca (tribu originaria de la actual Colombia) para convertirse en
    incaica. Se lo ubicó en la región oriental del Imperio Inca, en el Antisuyu, la
    vertiente amazónica del dominio quechua a la que se le otorgaba cualidades de
    zona inculta, caótica y primigenia. En ella el orden civilizatorio impuesto por
    el gran dios Viracocha, a través de su hijo y primer soberano, Manco Inca, no
    era total y absoluto; pero ello no
    implicó que los incas realizaran, con diversa fortuna, una sorprendente
    penetración en la selva, mucho mayor que lo admitido ordinariamente por
    historiadores y arqueólogos. Los trabajos de investigación de los últimos años,
    y las numerosas expediciones que se encolumnan hacia la foresta amazónica, así
    parecen probarlo. Por otra parte, los documentos coloniales de los siglos XVI y
    XVII (algunos inéditos) confirman que la gente del Cusco levantó, en la porción
    Este del Imperio, fortificaciones y guarniciones militares, puestos de avanzada
    que, hoy, descansan debajo de enredaderas, musgos y lianas.

    Los restos arqueológicos de Machu Picchu, Choquequirao,
    Vilcabamba “La Vieja”, Vitcos, los caseríos de Inkawuarakana, el Pajatén y
    tantos otros, son claras señales de las intensas relaciones que la sierra
    guardó con la selva. Además, muchos topónimos modernos mantienen el origen
    quechua (lengua de los incas), convirtiéndose en una prueba más de tal
    penetración. Sólo para dar un ejemplo citaremos: Maranniyoc, Concebidayoc,
    Rosaspata, Pampaconas, Yurak Rumi, Ñusta Hispana, Koriwayrachina, Wayna Pucara, Puquiura o Pucyura, etcétera[24].

    Según se colige de las fuentes escritas españolas, los
    incas hicieron uso de dos procedimientos de internación. El primero, la
    penetración pacífica, fundando pueblos, levantando caminos y residencias; el
    segundo, la conquista militar lisa y llana, por medio de la cual, haciendo uso
    de la fuerza, lograron sujetar a las variadas naciones selváticas que habitaban
    la región del Antisuyu.

    Dejemos, entonces, que sean los propios cronistas de
    Indias los que nos relaten los éxitos y fracasos que los incas tuvieron por
    aquellos difíciles lugares; y siguiendo sus interesantes “noticias”, intentemos
    advertir cómo la realidad y la fantasía empezaban a mezclarse generando el
    imperecedero mito del Paititi.

     

    El Oriente era para los incas la tierra de los Antis, tribus selváticas entre las que
    distinguieron diferentes comunidades: Manaríes, Opataríes, Chiponayas,
    Monobambas, Chunchos, Mojos, Ruparupas, Chachapoyas, Bracamoros, Paltas, etc.
    Éstas, y otras etnias, eran las que constituían la frontera Este del gran
    Tahuantinsuyu y a las que tanto le costó dominar al Inca. Porque más allá del
    grado de autonomía que estos pueblos reclamaban para sí, estaban los
    inconvenientes del clima y del terreno: los ríos torrentosos, los pantanos
    infectados por miasmas, los animales salvajes y los insectos[25].

    En 1653, el Padre Bernabé Cobo expuso claramente
    los inconvenientes que existieron para anexionar a los “Antis”:

    “[...]Fragosidad y aspereza, más que la multitud y
    esfuerzo de los moradores, habían refrenado la ambición y codicia de los incas,
    para que no dilatasen su reino por aquella parte, como deseaban y varias veces
    lo intentaron. Porque, dado que los
    habitadores (sic) de aquellas montañas y sierras son pocos en número, y
    éstos muy bárbaros, de naciones diferentes, divididos en cortas behetrías y sin
    la industria y disciplina que los vasallos de los incas, con todo eso, ayudados
    de la espesura y fragosidad de sus arcabucos y montañas y de los muchos ríos y
    ciénagas que en ellas hay, eran bastantes a resistir a los poderosos ejércitos
    de los incas, a cuya causa ganaron muy poca tierra por aquella parte.”[26]

    Estas mismas “asperezas” serían las que se interpondrían
    entre los españoles y el Paititi durante los siglos venideros. Pero estas
    vallas difícilmente agotaban el entusiasmo; por el contrario, agigantaban los
    ensueños y empujaban aún más lejos a los codiciosos. Aunque tuvieran que
    readaptar sus tácticas y, muchas veces, modificar su estrategia. Esto ocurrió
    con los peninsulares, pero antes que a ellos a los incas les ocurrió algo
    parecido.

    Hacia el año 1572, el cronista español Pedro Sarmiento de
    Gamboa, recibió el encargo del virrey Francisco de Toledo para que escribiera
    una historia sobre el pueblo que acababan de conquistar. Obedeciendo las
    órdenes del impetuoso virrey del Perú, Sarmiento recogió informaciones de gran
    valor testimonial, por haber provenido de familiares directos de estirpe
    incaica. En ellas se hacen claras referencias a los intentos practicados por el
    inca Túpac Yupanqui (que reinara desde 1471 a 1493) de ingresar en la selva, para
    alcanzar el denominado Reino de los Mojos.

    Cuenta Sarmiento de Gamboa:

    “Mas como la montaña de arboleda era espesísima y
    llena de maleza, no podían romperla, ni sabían por dónde habían de caminar para
    dar en las poblaciones que abscondidas (sic) muchas estaban en el monte. Y para
    descubrillas (sic) subíanse los exploradores a los árboles más altos, y adonde
    vían (sic) humos, señalaban hacia aquella parte. Y así íban (sic) abriendo el camino
    hasta que perdían aquella señal y tomaban otra[...]. Entró pues Topa Inga
    (Tupac Yupanqui) y los capitanes dichos en los Andes, que son unas terribles y
    espantables montañas de muchos ríos, adonde padeció grandísimos trabajos, y la
    gente que llevaba del Pirú (sic), con la mudanza de temple de tierra, porquel
    (sic) Pirú es tierra fría y seca y las montañas de los Andes son calientes y
    húmedas, enfermó la gente de guerra de Topa Inga y murió mucha. Y el mesmo
    (sic) Topa Inga con el tercio de la gente quél (sic) tomó para con ella
    conquistar, anduvieron mucho tiempo perdidos en las montañas sin acertar a
    salir á un cabo ni á otro, hasta que Otorongo Achachi (uno de los capitanes del
    Inca) se encontró con él y lo encaminó. Conquistó Topa Inga y sus capitanes
    desta vez cuatro grandes naciones. La primera fue la de los indios llamados
    Opataries y la otra llamada Manosuyo y la tercera se dice de los Mañaries ó
    Yanaximes, que quiere decir los de las bocas negras, y la provincia del Río y
    la provincia de los Chunchos. Y por el río de Tono abajo anduvo mucha tierra y
    llegó hasta los Chiponauas. Y por el camino, que ahora llaman de Camata, embió
    (sic) otro grande capitán suyo llamado Apo Curimache, el cual fue la vuelta del
    nacimiento del sol y caminó hasta el río, de que agora (sic) nuevamente se ha
    tenido noticia, llamado el Paytite, adonde puso los mojones del Inga Topa.”[27]

    Esta es una de las primeras descripciones del camino
    seguido por los incas en la selva paralela al río Madre de Dios, para arribar
    hasta el Paititi. Pero no es la única.

    El cronista Vaca de Castro, en el año 1544
    sostuvo (sin indicar la ruta) que

    “El Inca no pudo dominar a los bárbaros por la
    fuerza, por eso los trajo a sí con halagos y dádivas, hasta tener sus
    fortalezas junto al río Paititi y gente de guarnición en ellas.”[28]

    Finalmente, quisiera citar a uno de los cronistas más
    famoso y controvertido de la época colonial, el “Inca” Garcilaso de la Vega,
    quién en sus Comentarios Reales, apuntala las noticias referidas a las
    incursiones en la selva.

    Garcilaso señala que no fue Túpac Yupanqui el primero en
    intentar conquistar el Antisuyu. Según él, Inca Roca (uno de los denominados
    “soberanos legendarios” del Cuzco, que habría gobernado hacia el año 1350 d.
    C.) determinó enviar a su hijo Yaguar Huaca (o Yawar-wakak), con quince mil
    hombre, hacia el oriente. Éste llegó con buen suceso hasta el río Paucartambo y
    siguió adelante, reduciendo a los pocos indios que encontró en el camino.
    Cuando llegó al río Pilcopata, escribe Garcilaso: “ [...] mandó poblar cuatro pueblos
    de gente advenediza, [...] que son las primeras chacras de coca que los incas
    tuvieron
    .”[29]

    Más adelante el cronista hace referencia a la
    expedición de Túpac Yupanqui, y escribe:

    “Tuvo el Inka Yupanqui por cierta relación que sus
    antepasados i él habían tenido, deseo de conquistar aquellas anchas y largas
    regiones de los Antis, donde había muchas tierras, de ellas pobladas [...] i
    otras inhabitables por las grandes montañas, lagos, ciénagas i pantanos [...].
    Tuvo así mismo noticias que entre aquellas provincias de chunchos, una había
    muy poblada i de las mejores i más ricas, que llamábase Musu, a la cual se podía entrar por un gran río [...]. Pensó valerse el Inka de este gran río para hacer bajar su
    ejército de diez mil hombres a la conquista de la decantada provincia Musu, que
    por tierra era imposible entrar en ella, por las bravísimas montañas, lagunas i
    ciénagas que había de transitar. Cortada una grandísima cantidad de madera
    [...]hicieran tantas i tan grandes balsas para que cupiesen los diez mil hombre
    de guerra. Casi dos años tardaron en estos aprestos. Finalmente, [...] se
    embarcaron en sus balsas y se hecharon río abajo, donde tuvieron grandes
    batallas con los chunchos, que vivían en las riberas a una y otra mano del río
    Amarumayo. [...] Al fin de muchos trances en armas i de muchas pláticas, se
    redujeron a la obediencia y servicio del Inca todas las naciones de la una i
    otra ribera de aquel gran río i enviaron en reconocimiento de vasallaje muchos
    presente al Inca Yupanqui[...]. Reducidas las naciones de las riberas, [...]
    pasaron adelante i sujetaron muchas naciones más, hasta llegar a la provincia
    que llaman Musu [...] que está a 200
    leguas del Cusco
    .

    Dicen los incas, que cuando llegaron a los Musu
    los suyos por las muchas guerras que atrás habían tenido, llegaron a esta
    tierra poco más de mil hombres, porque a causa de las muchas acciones de
    guerras i largos caminos, se habían muerto o gastado los demás. Los Musus no
    pudieron ser avasallados por esta expedición, i por tanto los incas tomaron el
    partido de la persuasión para que
    aquellos fueran sus amigos y confederados, en cuya virtud convinieron en
    dejarlos poblar en sus tierras [...]. Los Musus eligieron también embajadores que fuesen al Cusco [...].[30]

    Es a partir de testimonios como los arriba citados que
    podemos datar, con cierto grado de aproximación, la efectiva y definitiva
    presencia de los incas en la región del Paititi. Si tenemos en cuenta que fue
    Túpac Yupanqui el emperador que terminó por imponerse sobre los Antis, la fecha
    de las operaciones militares y diplomáticas de las que hablan Sarmiento, Vaca
    de Castro y Garcilaso, deben rondar en una fecha cercana a 1476-1479. Aunque,
    sólo después de la conquista española se darían los lazos más firmes entre
    cusqueños y chunchos.

    Toda la región ganó fama de inexpugnable, fascinando y
    atrayendo al conquistador. Con el paso del tiempo la fantasía creció; siendo
    aderezada con distintos condimentos, muchos de ellos de origen mediterráneo. La
    presencia de los incas en la selva desencadenó el sueño de poder encontrar en
    ella los tesoros transportados (ocultados) tras la conquista, o la ansiada
    posibilidad de descubrir un nuevo Qosqo, con mayores riquezas que las halladas
    en el viejo. Así, durante gran parte del siglo XVII, se fueron acumulando
    relaciones e informes que hablaban de la Noticia
    Rica del Paititi
    . Relaciones que, curiosamente, aún hoy en día son posibles
    escuchar.

    Con fecha 31 de julio de 1570 (aún cuando los incas de
    Vilcabamba resistían desde su ciudad refugio), Juan Álvarez Maldonado,
    un intrépido vecino del Cusco, escribió
    que

    “Pasado el río Paitite [...]se dan noticias de una
    sierra muy rica de metales, y en ella hay grandísimo poder de gente al modo de
    los del Pirú (sic) y de las mismas ceremonias y del mismo ganado y traje. Los
    indios de estas provincias son gente alzada, vestida de algodón y todos con
    ritos y ceremonias que son como los Yngas del Pirú y es tierra de minas de
    oro.”[31]

    Si nos guiamos por este testimonio debemos llegar a la
    conclusión de que existían grupos de incas escondidos no sólo al noroeste de
    Cusco (Vilcabamba), sino también “adentro”, en la selva oriental. Los dichos
    del Padre Diego Felipe de Alcaya
    reconfirman esto cuando sostiene que, después de las campañas de Túpac
    Yupanqui, un sobrino del Inca Huayna Cápac (cuyo gobierno se extendió de 1493 a 1525) ejerció el
    poder de los territorios selváticos ocupados, desde antes de la llegada de los
    españoles al Perú.

    Escribe el Padre Alcaya:

    “Una vez que el sobrino del inca sujetó el
    territorio despachó a su hijo a que diese al Inca cuenta de lo conquistado,
    pero le encargó el secreto de la Tierra Rica, para que no se la quitase; y que
    sólo le dijese que había encontrado plomo (Titi en su lengua significa plomo y
    Pay ‘aquel’). Y lo mismo encargó a los 500 indios que le dio para que lo fueran
    sirviendo hasta el Cuzco. Y le mandó que trajesen sus mujeres e hijos, y las
    tías y madres de sus hijos; y que le dijesen al Inca que por ser aquella tierra
    buena para la labranza la había poblado y que le enviara carneros y semillas.
    [...] Llegado Guaynaapoc (‘Rey Chico’) a la ciudad de Cuzco alló la tierra
    controlada por Francisco Pizarro y a su tío (el Inca reinante) preso, y al otro Inca retirado en Vilcabamba. En
    esta ocasión, combocó (sic) Guaynaapoc a los indios a que lo siguieran a la
    nueva tierra que ahora llamamos Mojos. Siguieron a Guaynaapoc 20 mil indios (muchos más de los que pasaron a Vilcabamba
    con su rey
    ), llevando consigo gran suma de ganado de la tierra y oficiales
    de platería. Y pasó al Paititi, donde fue recibido por su padre y soldados muy
    alegremente.” [32]

    Y es otra información de 1635 la que termina
    diciendo:

    “Con su vuelta (la de Guaynaapoc) se perdió
    noticia de esta gente, aunque siempre he oído decir que se trata de gente del
    Cuzco. Y cuando S. M. mandó a Don Melchor Inca a España en 1602, se vio en Cuzco mucha
    gente nueva
    , y se dijo que habían venido a despedirse de él.” [33]

    Decenas de testimonios, como los precedentes, refieren la
    existencia efectiva de incas en las selvas del Antisuyu manteniendo un
    aislamiento voluntario que, aparentemente, sólo era roto en determinados
    momentos. Los lazos con el Cusco no estaban perdidos y, de tanto en tanto,
    comitivas secretas se mezclaban entre la multitud citadina ya sea para
    reverenciar a un descendiente de sangre real, rendir homenaje al sagrado
    “Ombligo del Mundo” o extraer información valiosa de los españoles.

    Podríamos citar mucho testimonios más, pero para no
    cansar al lector, me limitaré a transcribir un último informe español del año
    1623, titulado Descripción del Paititi y provincias de Tipuani y Chunchos, de Juan
    Recio de León.

    “[...] Me trajeron tres o cuatro indios
    principales, muy vaqueanos, y haciéndoles preguntas respondieron que por tierra
    o por agua llegaban en cuatro días a una gran cocha (laguna) y que hay en ella
    muchas islas, muy pobladas de infinitas gentes, y que al señor de todas ellas
    le llaman Gran Paytiti. Diéronme también noticia estos indios de mucha cantidad
    de gente [...] que son muy riquísimos de plata y ganado de carga de los que se
    crían en el Pirú (sic). Contaron también que [...] todos estos indios visten de
    algodón. Usan ritos y ceremonias iguales que los del Perú, por ser indios
    procedidos de los que el Inca entró aquí de guarnición. Están retirados en el
    dicho descubrimiento del Paititi la mayor parte de los indios que faltan del
    Perú.” [34]

    Río, provincia, reino o ciudad. El Paititi parece no
    definirse de manera acabada cuando las crónicas y comentarios se cruzan entre
    sí.

    Para unos, sólo constituyó un mojón geográfico (fluvial)
    desde el cual era factible ingresar en un territorio poco conocido, selvático y
    agreste. Para otros, su nombre encarna únicamente el título jerárquico de un
    rey, cacique o Señor de una nación ubicada en la cuenca amazónica, y que
    tuviera regulares contactos con los incas. Finalmente, algunos afirman que el
    Paititi es una ciudad de singular importancia que todavía permanece perdida en
    la selva (en algún lugar del departamento peruano de Madre de Dios o en
    territorios colindantes de los actuales Brasil y Bolivia).

    Pero sea cual fuera la explicación que se acepte, en
    todas ellas el elemento oro se hace presente, directa o indirectamente. El oro
    y el Paititi se entremezclan de forma constante y es ahí cuando la realidad se
    transforma en mito. El oro es el filtro que desdibuja muchos de los
    acontecimientos relatados, haciendo del Paititi algo que, seguramente, nunca
    fue: el repositorio áureo de los últimos incas del Cusco.

    Como indica el historiador
    argentino Roberto Levillier:

    “[...]la caída de Cajamarca es la hora en que se
    desploma el Imperio [...], sin embargo se notó que habían desaparecido en poco
    tiempo millares de indígenas. Después de la muerte de Atahualpa y Huáscar, los
    “orejones” (elite inca) buscaron refugio con sus familias entre los mojos del Paititi,
    a más de 200 leguas de Vilcabamba. Lugar protegido por cordilleras, selvas y
    ríos. [...] La dificultad de ver siquiera a los incas, los rodeaba de misterio,
    y como era natural la leyenda de que poseían riquezas inmensas de oro y plata
    encendieron la ilusión. Ése fue el verdadero mito. Nunca estuvo el Rey Dorado
    en el Paititi de los Mojos, no poseían minas ni había más que topacios y
    ópalos.” [35]

    Una opinión semejante sostiene el investigador cusqueño
    Víctor Angles Vargas, quién manifiesta de manera tajante que todos los
    comentarios relacionados con el oro, los tesoros ocultos, las estatuas doradas
    y los discos áureos son productos de la afiebrada imaginación de la gente.
    Según este autor, “Cuando decimos que el Paititi no existe, nos
    referimos a ese Paititi”;
    y
    agrega: “El oro, la plata, el bronce, las
    llamas, los tejidos, las tierras y otros bienes, tuvieron un significado y un
    valor totalmente diferente en la sociedad inca, en comparación con los
    criterios europeos. Los objetos hechos de metales preciosos y otros de factura
    artística, tuvieron entre los incas, claro está, un contenido económico, pero
    el valor de uso y el valor de cambio, difería parangonado con la consideración
    europea; aquí (en Perú) carecieron de pleno valor de cambio, no fueron hechos
    para el mercadeo, no tuvieron carácter monetario, tuvieron valor
    estético-religioso tuvieron un relativo valor de uso; esos bienes no eran
    manejados por la población, sino por la nobleza con utilidad ritual y estética”.
    [36]

    Si bien ambos historiadores concuerdan en considerar que
    los tesoros del Paititi son fábulas románticas de gran arraigo, existe un punto
    en el que no coinciden. A diferencia de Levillier, Angles Vargas niega el hecho
    de que la elite inca haya huido a la selva a la llegada de los españoles. Para
    él la “colonización mental[37] fue
    tan rápida, y los lazos que muchos españoles entablaron con miembros de las
    altas jerarquías cusqueñas, tan fuertes, que “De haberse producido alguna
    migración del ámbito tahuantinsuyano hacia el Paititi, los nobles
    cristianizados [...] hubieran denunciado tales hechos, directamente o bajo la
    penumbra de los confesionarios. De idéntica manera, las concubinas de los
    peninsulares, ganadas por la catequización y sentimientos íntimos, habrían
    denunciado tales traslados humanos y de tesoros, ante sus amos
    ”. [38]

    Compartimos en parte la argumentación de Angles Vargas, y
    estamos de acuerdo en considerar leyenda todo lo relacionado con una ciudad
    repleta de oro y plata; pero no negamos la fuerte posibilidad de que los incas
    se internaran en las selvas orientales.

    Como ya hemos visto, muchísimos documentos de los siglos
    XVI y XVII, incluso del XVIII, afirman sobre la existencia de incas
    “escondidos” en la vertiente Este de la cordillera de los Andes. Además, son
    numerosos los restos arqueológicos de factura incaica que se han encontrado en
    pleno corazón de la selva (tambos, caminos, puentes, templos y guarniciones
    militares); como así también, un importante glosario de palabras quechuas para
    nombrar sitios, que hasta hoy día siguen conservando esos nombres originales.
    Por último, variadas comunidades selváticas de la actualidad tienen
    incorporadas en sus vocabularios términos quechuas, que parecerían indicar
    relaciones muy antiguas con los señores del Cusco[39].

    La inmensidad del territorio, que sólo es posible
    advertir estando allí mismo, nos autoriza a mantener abierta una bien fundada
    duda. Si Manco Inca pudo resistir la conquista ibérica durante cuarenta años
    desde la ciudad de Vilcabamba (de la cual se tenían referencias ciertas sobre
    su ubicación casi desde el momento mismo en que este inca se refugió en ella,
    en 1536), ¿Por qué desechar la existencia de otros centros de resistencia en
    terrenos que eran - y son - mucho más duros y “fragosos?” ¿Por qué no
    considerar la posibilidad de que el Paititi, o como quiera se lo llame, designe, de manera generalizada y
    desdibujada, uno o varios complejos arquitectónicos aún no encontrados, y en
    los que algunos miembros de la nobleza cusqueña hallaran refugio por más tiempo
    que el comúnmente admitido?

    Se dice que la historia inca terminó en 1572 cuando las
    huestes españolas ocuparon la ciudad de Vilcabamba la Vieja y capturaron al
    Inca Túpac Amaru. No estamos tan convencidos de seguir sosteniendo esa
    hipótesis. Nuestra experiencia en el escenario selvático del drama nos ha dado
    otra óptica, que es la quisiera explicar brevemente en las líneas que siguen.

     

    Nadie sabe, a ciencia cierta, qué es o en dónde se
    encuentra el legendario Paititi. Como hemos visto en el apartado anterior,
    desde el siglo XVI se han acumulado diversas opiniones, superponiéndose unas
    sobre otras, y generando mas desconcierto y misterio que certezas. Cuando
    hablamos del Paititi estamos en el territorio del rumor, y en él es posible (y
    natural) la indefinición, los agregados personales, la fábula y el equívoco. Es
    la vigencia que el tema tiene, desde hace más de cuatrocientos años, lo que nos
    sorprende e interesa; porque además de su increíble capacidad de atracción,
    generada por sus supuestos tesoros, el Paititi denota algo poderoso y duradero
    que, tal como lo sostiene Arturo Uslar Pietri, “no puede verse como el fruto de una
    fantasía pasajera o de una fiebre de oro inagotable; revela mucho más y es necesario entenderlo para comprender
    mejor el oscuro y fecundo proceso de la creación del Nuevo Mundo.
    [40]

    Durante la Expedición Vilcabamba he descubierto que si
    todos los que rodean a uno creen algo en particular, muy pronto uno mismo se
    sentirá tentado en compartir la misma creencia. Eso fue lo que nos ocurrió como
    grupo. De descreídos racionalistas y fríos universitarios pasamos a
    convertirnos en románticos buscadores de ciudades perdidas, aunque más no sea
    en los relatos que nos contaban a lo largo de nuestra ruta.

    Las expediciones que intentan encontrar al Paititi no han
    terminado. Todos los años, cuando el mes de Junio inaugura la temporada alta de
    turismo, el Cusco se ve invadido de exploradores y aventureros de diversas
    partes del mundo que, aprovechando la estación seca, intentan organizar
    “entradas” en la selva buscando algo que sólo en el ámbito de la oralidad es
    claro y concreto. Se lo denomina con diferentes nombres. Unos buscan Plateriayuc,
    una supuesta ciudad hecha de plata que se encontraría en las inmediaciones de
    la ciudadela de Machu Picchu. Otros, van tras las huellas del misterioso Pantiacolla,
    sitio que designa con el mismo nombre tanto una meseta (que existe realmente)
    como una ciudad extraviada en la foresta de la Amazonia peruana. También están
    los pretenden ubicar la fabulosa Wilkapampa “La Grande”, que no
    sería otra que la auténtica capital del exilio y que, tapada por la selva, aún
    espera ser desenterrada. Finalmente, aparecen los tenaces buscadores del Paititi
    propiamente dicho.

    Todos estos modernos “conquistadores” vienen empapados de
    teorías muy personales. Cada uno de ellos supone tener la clave para arribar al
    destino deseado. Cada uno testimonia poseer el documento, el mapa o el guía
    local adecuado para tener éxito. Pero, indefectiblemente, todos fracasan. El
    Paititi no aparece, al menos con las características que da la leyenda; lo cual
    no implica que siguiendo su elusiva ubicación no se hayan realizando
    descubrimientos arqueológicos notables. Las ruinas de Mamería, en la zona de la
    Meseta del Pantiacolla (halladas en 1979), o importantes segmentos de viejos
    caminos incas, son prueba acabada de todo ello.

    El problema radica, entonces, en responder, con la mayor
    exactitud que nos sea posible, tres preguntas claves: ¿qué significa el término
    Paititi?, ¿De qué cultura fue, efectivamente, parte? y ¿En dónde se levantarían
    sus supuestas ruinas?

    Para cada una de estas cuestiones existen respuestas
    variadas. Empecemos, pues, por la primera.

    Ninguna de las crónicas españolas que yo haya leído dan
    una definición etimológica de Paititi.
    Toman el nombre de la tradición oral y simplemente lo utilizan sin excavar
    demasiado en el asunto[41]. Lo
    describen, lo elogian y adornan con mil maravillas, pero ningún español del
    siglo XVI pretendió dar con el sentido exacto del término. Recién en nuestros
    días, investigadores y fanáticos creyentes, han sostenido que la palabra es de
    origen quechua y que deviene de una alteración del término Paykikin, que en castellano significaría “como él o igual a ese”, e incluso “igual al otro[42]. Pero, ¿qué otro?. Según este criterio,
    el “otro”, “ese”, “él”, no sería sino
    el Cusco mismo. Es decir, que una traducción literal del término al castellano
    sería “como el Cusco”, pretendiendo
    con ello hacer suponer que la ciudad del Paititi (como se ve, ya se
    sobreentiende que es una ciudad) fue una réplica exacta de la antigua capital
    imperial.

    Experimentados lingüistas manifiestan que el argumento
    anterior es falso.

    En quechua,
    decir ‘como el Cusco’, se expresa así: Qosqo Jina o también Qosqo Kikillan.
    Decir ‘como él’, se expresa pay kikillan , o también pay kikin, jamás Paititi.
    Pero la expresión ‘como él’, así suelta es incompleta y ambigua, vacía. Por lo
    tanto no hay ni hubo argumento para pensar que ‘él’ correspondiera precisamente
    a la ciudad del Cusco
    ”. [43]

    Otras traducciones sostienen que Paititi significa “dos
    colinas”, “dos pumas”, “dos metales”, “segundo imperio”, “así”, etc.

    Lo cierto es que el significado literal de este nombre
    aún no ha sido encontrado. Como argumenta el profesor Daniel Heredia, “probablemente pertenezca a un idioma de la
    región selvática y que tenga una raíz tupí-guaranítica”
    [44].

    Esto nos conduce, pues, a la segunda cuestión: ¿A qué
    cultura perteneció el Paititi?

    Para el escritor peruano Ruben Iwaki Ordoñez, autor de un
    “clásico” en el tema[45], no
    cabe la menor duda de que el Paititi es una ciudad incaica, protegida por
    indios salvajes y contenedora de estatuas de oro de inmenso valor. Según
    Ordoñez, en ella se escondieron los tesoros cusqueños cuando los españoles
    invadieron el Perú. Esta hipótesis es la que más ha calado en el imaginario
    cusqueño de la actualidad[46] y
    es, como puede advertirse, la que posee raíces más coloniales. Misma opinión
    defienden el Padre Juan Carlos Polentini Wester en su obra Por las Rutas del Paititi y Fernando Aparicio Bueno[47].

    Pero existe otra teoría que, a
    mi modesto entender, puede que sea la que se acerca más a la realidad, y que
    sostiene que el Paititi fue un reino amazónico, “una avanzada cultura de la selva, superior a las
    demás y con una vasta influencia, que los incas conquistaron culturalmente (no
    militarmente) haciéndoles adoptar leyes, costumbres, vestidos e idolatrías”. [48]

    Al respecto, el célebre
    explorador arequipeño Carlos Neuenschwander Landa, escribió:

    “[...] El Paititi habría existido, en realidad,
    como un vasto reyno (sic) que agrupaba a los pueblos que habitaban las grandes
    cuencas del Amaru Mayo o Madre de Dios y del Beni. [...] Según Garcilaso, los
    incas trataron de conquistar al Paititi o Reyno de los Musus (o Mojos). [...]
    El Antisuyu habría sido, pues, una región de fronteras de expansión y
    retracción variables donde se aglutinaban [...]los pueblos y las culturas del
    Imperio de los Incas y del Reyno del Paititi. En la vertiente oriental de la
    cordillera de Paucartambo, el proceso de colonización mezclada había dejado
    como huella, numerosas poblaciones, caminos y otros vestigios, ubicados en las
    cumbres, narigadas y laderas de los contrafuertes que descienden a la selva y
    que la tradición conservó en nombres como Apu-Catinti, Callanga, Mameria,
    Yungary, Pantiacolla y Huchuy Catinti. Erróneamente, en la actualidad, a todas
    ellas se les denomina genéricamente como Paititi, queriendo significar con
    ello, no una concentración determinada de ruinas, sino más bien restos
    arqueológicos (de una ciudad) ocultos por la selva que cubre esa intrincada
    franja territorial”.[49]

    Por su parte, el escéptico Víctor Angles deja
    abierta la posibilidad de que efectivamente el Paititi haya podido ser una
    cultura amazónica[50].

    Pero también están los otros, aquellos que arrastrados
    por un excesivo espíritu de resistencia, siguen afirmando que el Paititi no es
    una ciudad muerta, sino un centro urbano que todavía congrega a una importante
    comunidad de incas vivientes que, protegidos por la selva, han podido
    resguardar sus costumbres, rituales y creencias de un modo intacto. Un Mundo
    Perdido. Tal como nos lo describiera Don Salvador, el chamán.

    Además, en la zona de Chinchero y Urubamba (muy cercanas
    al Cusco), o la región del valle San Miguel-Kiteni (al norte de Quillabamba, en
    plena selva tropical), los aborígenes creen que el Paititi es el verdadero
    refugio de los últimos incas y que aún están escondidos en la selva. Incluso,
    sostienen que algunos de ellos se han podido comunicar con las gentes del
    Paititi, aunque no conocen el sitio donde está.

    Mientras nosotros encaminábamos nuestras botas hacia las
    ruinas Vilcabamba “La Vieja” pudimos colectar variadas versiones sobre el tema,
    y en todas ellas advertimos dos denominadores comunes: uno, es el temor que el
    Paititi despierta; y dos, el respeto y admiración que se siente por algo que,
    hasta ahora, es sólo un nombre.

    En cierta oportunidad nuestro guía, Francisco “Pancho”
    Cobos Umeres (natural del valle del Vilcabamba y gran conocedor de la zona) nos
    relató:

    “Según la narración de muchos moradores del valle,
    el Paititi es una ciudad perdida bajo tierra [nueva versión] que está
    encantada, en las altas montañas del Kiteni-San Miguel; y mucha gente cuenta
    que han llegado, pero apenas están arribando empieza a cambiar el clima, se
    nubla, comienza a llover… Y también hay muchas víboras en el camino. Pero,
    así todo, hay personas que han entrado, que lograron traspasar la primer
    puerta, que es muy linda, hermosa, de piedras finísimas. Adentro es todo un
    edificio como un palacio, una vivienda inca. Y es muy difícil penetrar porque
    está lleno de serpientes y víboras venenosas. La gente que ha retornado de ese
    lugar ha sido picada. Esta es la historia que cuentan muchas personas sobre el
    Paititi, la ciudad perdida. Yo todo esto lo sé a través de hechos verbales, de
    historias contadas por mis familiares, abuelos y tatarabuelos que han conocido
    este lugar (Vilcabamba) y son moradores desde el 1700. Mi abuelo era de los
    1800. Ellos me contaron todas estas historias.” [51]

    Los elementos y las alimañas parecen proteger al
    Paititi. Al respecto quisiera transcribir la charla mantenida en Lucma con un
    abnegado profesor rural (Samuel), en la que se condensan muchas de las
    creencias populares que guardan relación con la legendaria ciudad.

    “Los hombres y mujeres del lugar no se acercan a
    las ruinas que están en la selva. Les temen a los aukis [espíritus]. Les pueden
    agarrar una enfermedad si el auki se enoja. Y si van a las montañas, comienza a
    llover; y esto sí es un problema porque sus ganados empiezan a desbarrancarse y
    mueren.

    (Pregunta: ¿No
    se puede solucionar el tema con “pagos”?).

    Claro, con “pagos” sí. Pero hay que “pagar” a la
    tierra delante de ellos [se refiere a los campesinos], sino no le creen.

    (Pregunta: Es decir, que temen
    meterse en esos lugares…).

    Sí, mucho.
    Difícil se atreven.

    (Pregunta: En lo que respecta a
    religión, son católicos, ¿verdad?).

    Sí, la religión es católica, Con poca “mezcla”,
    muy poca… bueno, quizás en estos últimos años… pero no tanto. Todos son
    católicos. Aquí se vienen haciendo las fiestas patronales, el culto a los
    santos, los cargos, etc…

    (Pregunta: ¿Se
    han encontrado momias por la zona?).

    No, por aquí no. Pero, justamente, yo mismo estoy
    inquieto sobre dónde han podido enterrar los incas sus restos en Vilcabamba [se
    refiere al valle y no a las ruinas de Espíritu Pampa]. No creo que los hayan
    tirado a una laguna o al río, debe haber una zona donde han podido enterrar, y
    debe existir aquí en Vilcabamba… ¡Pero tan oculta!…

    (Pregunta: Y
    sobre Wilkapampa La Grande o el Paititi, ¿nunca hablaste con los hombres
    mayores sobre ellas?).

    Si hablamos, pero ellos desvían el tema, Dicen que
    si vas a esas tierras mueres. Por eso no se entra, casi. Yo tuve la oportunidad
    de hablar con dos personas sobre eso. Me contaron que sus tíos, o abuelos, iban
    a buscar ruinas. Tenían que pasar por montañas y pantanos. Y fue ahí donde uno
    de ellos murió, se ahogó. Del miedo se rehusaron a volver, y hoy día no se
    atreven a buscar la Wilkapampa La Grande o el Paititi. Es zona prohibida.

    (Pregunta:
    ¿Prohibida?, ¿Por quién?…).

    Los protectores serían los pantanos, las víboras,
    el rayo, el trueno, la granizada y la lluvia. Ésos son los protectores.

    (Pregunta: ¿Y
    vos que opinás de todo eso?).

    Yo creo que si hubo esto. Si, hubo… hay. Es que
    nuestros conquistadores no quisieron avisarlo, y los abuelos nos han dicho:
    “Nunca avisen a nadie”. Y eso quedó para siempre: no contar a nadie.

    (Pregunta:
    ¿Crees que la gente de la zona [Lucma, valle del río Vilcabamba] sostenga que
    haya incas escondidos por aquí?).

    ¿Incas?…No. Sólo ruinas, restos. Esos si que han
    quedado ocultos. Hay mucha riqueza oculta…

    (Pregunta: ¿Qué
    podés decirme acerca de los “tapados” [tesoros] en la región?).

    Eso existe aquí. ¡Claro!…Aquí existe en
    cantidad. Si tu te quedas unos días verás que hay llamas que arden en la montaña.
    Cuando arde una llama, hay riqueza oculta debajo. Si no es riqueza de la
    conquista, que han ocultado los mismos españoles, son los incas los que la
    ocultaron para no dársela.

    (Pregunta:
    ¿Conocés a alguien que haya descubierto un “tapado”?).

    No han descubierto… ¡Han sacado! ¡Han sacado
    pequeñas riquezas! Por eso muchos se fueron. En algunos casos porque los
    vecinos los han amonestado diciéndoles: “Si otra vez sacas, ¡mueres!”…Pero,
    ¡si han dejado tantos tapados los españoles!…Contaminados, claro… Los han
    dejado siempre con algo. El Inca ha sido inteligente: “Quien saca, muere”,
    dicen. “Quien toque eso va a morir”. Y eso sucede con muchos. Muchos aquí
    mueren… los que sacan. Se dice: “Sacó el tapado, por eso se murió sin
    disfrutar las riquezas”. Todo esto, aquí, es natural. Quien tiene suerte saca.
    Quien no tiene suerte muere.

    (Pregunta: Esos
    fuegos que se ven arder, ¿se observan sólo en las montañas? ¿Se relacionan sólo
    con el Paititi?).

    No. Podemos tenerlos en cualquier lugar; en las
    montañas también o aquí en esta zona [señalo un amplio llano]. Hay bastante
    riqueza aquí. El Paititi, o Espíritu Pampa deben estar llenos de oro.”[52]

    Este interesante fragmento de la conversación corrobora
    la vigencia de una larga tradición, seguramente venida de Europa y mezclada con
    elementos propios del mundo prehispánico. En el Viejo Mundo los tesoros
    escondidos eran custodiados por dragones o serpientes con garras y alas, grifos
    (mitad águila y mitad león), monstruos varios, espíritus o demonios. Común en
    España, estas creencias tenían también en el fuego, la llamas y llamaradas de
    los lugares altos, a verdaderos faros que revelaban la existencia de tesoros
    enterrados. En América del Sur, especialmente en las regiones andinas, las
    riquezas ocultas tienen centinelas de
    fuego
    , que son los que constantemente señalan el sitio de tesoros
    escondidos y encantados[53].

    Como escribió Daniel Granada:

    “Todo lugar que ofrezca alguna particularidad
    extraña o sorprendente, que infunda pavor o recelo, todo lugar donde en forma
    alguna se manifieste el movimiento de la vida de la naturaleza y que sea poco
    frecuentado o menos accesible [...], despierta en el alma del hombre [...] la
    idea de misterio. De ahí nace el encanto del que, juntamente con la
    imaginación, nacen los diversos fantasmas que pueblan y acompañan a cerros,
    cavernas, ruinas, selvas, montes y lagunas.”[54]

    Pero en el caso del Paititi , sus protectores no sólo son serpientes venenosas, truenos o rayos. Como
    ya hemos mencionado anteriormente, se
    dice
    que tribus salvajes impiden el ingreso al perímetros de la ciudad (?).
    Algunas de ellas tienen una existencia comprobada, otras son de carácter tal
    elusivo como las ruinas que protegen. En este último rubro se ubican los
    Paco-pacoris.

    Nos comentaron en el Cusco:

    “Cuando los incas se internaron a todas esas
    zonas llevaron a sus mejores guerreros y
    la selva los ha ido mestizando con las comunidades nativas, y al final se han
    transformado en chunchos. Ellos son ahora los celosos guardianes de las
    ciudadelas. Hoy se habla de los machiguengas, de los huachipaires, de los
    paco-pacoris, de los piros y otras tribus más de la zona de la meseta de
    Pantiacolla. Los Paco-pacoris son los directos (hasta donde la tradición
    informa) guardianes de las principales ciudadelas incas que han quedado en la
    selva. Ellos han sido escogidos por ser los más leales guardianes de los incas.

    Los incas eran hombres corpulentos. Se habla de
    soldados de 2,20 metros,
    de 2,10 metros…
    y esos eran los paco-pacoris. Eran los “comandos del inca”, y han sido los que
    estuvieron en primera fila en la ida a la selva. Y ellos serían los encargados,
    los celosos guardianes, de las entradas a las ciudadelas.

    (Pregunta: ¿Y se los ve seguido?).

    Se tiene unas tres o cuatro referencias de
    personas de todo crédito, en las que han hecho alusión a la crueldad y también
    a la severidad de estos Paco-pacoris. Los testigos son gente que están ligada a
    la ceja de selva cercana al Cusco, pero hay otra versión aislada, casi segura,
    que los ubican por la zona de Riberalta (Bolivia).No aceptan intrusos. No
    aceptan exploradores.” [55]

    Debo confesar que el comentario nos dejó un tanto
    intranquilos, máxime si tenemos en consideración que otra versión sostenía que
    los Paco-pacoris eran los “fieros
    cuidantes de las ruinas de Vilcabamba
    [56].

    En síntesis, se podría decir que, con o sin oro, alimañas
    o indios protectores, la tradición oral le da al Paititi dos posibilidades: la
    primera (más lógica y posible), que sea uno o varios yacimientos arqueológicos
    (ruinas) perdidos en la selva; y la segunda (más imaginaria, pero con una
    fuerte dosis inconsciente de resistencia), que sea una ciudad en la se
    conservan los auténticos incas descendientes del viejo Tahuantinsuyu, esperando
    el momento adecuado para reeditar el perdido esplendor.

    Pero eso no es todo. En los últimos años se ha empezado a
    imponer una tercera posibilidad que, de todas las planteadas, es la más
    delirante. Sus raíces no son nuevas, podemos rastrearlas bien entrado el siglo
    XIX y encontrar claramente las influencias de la escuela Teosófica, del
    Espiritismo y de un esoterismo mal entendido. Pero a este legado decimonónico,
    la moderna New Age le ha incorporado “maestros”, “energías” y “poderes
    espirituales” de origen extraterrestre (¡?). Así, pues, algunos autores (sic!)
    manifiestan que el Paititi revela la existencia de una antigua civilización
    venida del espacio exterior (creadora, a su vez, de la mítica Atlántida) y
    portadora, como era de esperar en los tiempos actuales, de un mensaje de buenas
    ondas de amor y paz
    . Creo que sobre este tema no vale la pena seguir
    explayándonos.[57]

    Nos queda por intentar contestar la tercera y última
    cuestión: ¿En dónde se levantan los supuestos cimientos del perdido reino o
    ciudad del Paititi?

    Si bien todos coinciden en ubicarlo hacia el oriente del
    Cusco, existen discrepancias muy marcadas entre los investigadores. El
    “oriente” es muy extenso; por lo tanto, sindicar esa dirección sin especificar
    (justificadamente) un sitio concreto, de poco sirve. Generalizaciones de este
    tipo lo único que promueven es la catalogación de cualquier resto arqueológico
    con la atractiva etiqueta de “Paititi”. Cosa que ya ha ocurrido en el pasado, y
    sigue ocurriendo.

    Tras comparar las hipótesis más conocidas, y de gran
    circulación en la actualidad (tanto de forma escrita como oral), hemos podido
    detectar que dos sectores son los que se disputan la posesión de la tan mentada
    “ciudadela” incaica.

    El primero es el que corresponde a la denominada Meseta
    del Pantiacolla. Ésta se levanta en territorio peruano, en el actual
    Departamento de Madre de Dios, y generalmente es la preferida por los cusqueños[58]. Los
    autores que se encolumnan detrás de esta hipótesis son: Ruben Iwaki Ordoñez[59]; el
    anónimo, esotérico y delirante “Brother Philip”[60]; el
    Padre Juan Carlos Polentini Wester[61]; el
    explorador arequipeño Carlos Neuenschwander[62];
    Fernando Aparicio Bueno[63] y el
    historiador y restaurador cusqueño Enrique Palomino Díaz[64].
    Todos ellos afirman que habría que circunscribir el área de búsqueda en la zona
    determinada por los 13º - 12º Latitud Sur y los 72º -71º Longitud Oeste
    (territorio enmarcado por los ríos Manú, al norte; Madre de Dios al oeste; y
    Paucartambo al sur).

    Esta región es muy rica desde el punto de vista
    arqueológico y, tenemos que admitirlo, con muchos misterios por resolver. Uno
    de ellos lo constituyen los Petroglifos de Pusharo: una pared rocosa de 30 metros de largo por 3
    de altura en la que se han grabado extraños signos de los que poco se sabe y
    mucho se especula[65].
    También quedan por estudiar muchos tramos de caminos desenterrados y puestos de
    avanzada incas. Con toda seguridad, en el futuro la región del Pantiacolla
    arrojará nuevos materiales de investigación. Queda muchísimo por hacer allí.

    Así todo, nosotros creemos que si del Paititi queda algo,
    debemos buscarlo mucho más hacia el Este. La región de la famosa meseta no fue
    sino un corredor, un lugar de paso, que condujera a los incas hacia lo que hoy
    día serían territorios del norte de Bolivia y oeste de Brasil. Arribamos,
    entonces, al segundo sector en cuestión.

    Todos los documentos coloniales, o al menos los que hacen
    referencia de manera más específica al Paititi, dicen ubicarlo a unas 200
    leguas[66] de
    Cusco (aprox. 1.100 Km.
    al Este); y esto nos lleva mucho más allá de Pantiacolla. Los historiadores que
    apoyan esta hipótesis fundan sus dichos amparados en estas fuentes escritas de
    los siglos XVI y XVII (que dan distancias aproximadas, nombran ríos y señalan
    accidentes geográficos), y no tanto en la tradición oral que circula hoy en la
    sierra. Por eso les asignamos un mayor crédito.

    Dos de los más reconocidos investigadores que defienden
    esta posición son: el historiador argentino Roberto Levillier y el cusqueño
    Daniel Heredia.

    Partiendo del supuesto de que el Paititi no fue una
    creación de la mente, Roberto Levillier, reitera en más de una oportunidad que
    sólo el oro en masa era fábula, y que todos los informes escritos, dejados por
    conquistadores, misioneros, soldados y aventureros durante el proceso de
    conquista y colonización, señalan a las Sierras
    de Parecis
    (hoy territorio de Rondonia, en el Matto Grosso brasileño) como
    el sitio en el que se ocultaron los últimos incas. Incluso ubica con exactitud
    su posible emplazamiento cuando escribe:

    “Las Provincias del
    Paititi se extendían desde la proximidad del río Madeira, por 11º de Latitud
    Sur y 64º de Longitud Oeste, con inflexión Sudeste hasta las cabeceras del río
    Paraguay, en 13º Latitud Sur y 57º Longitud Oeste.”
    [67]

    Por su parte, Daniel Heredia, tras un concienzudo manejo
    de fuentes documentales, concluye que el
    suelo boliviano es el escenario histórico buscado, ya que

    “Si bien la ubicación
    del Paititi o reino de los Musus puede que esté a una distancia probablemente
    exagerada o deficiente, un promedio prudencial lo situaría entre los 10º y 11º
    de Latitud Sur, y los 67º y 65º de Longitud Oeste; en la zona de la confluencia
    de los ríos Beni, Amarumayo (Madre de Dios) y Mamoré, sobre el arco que forma
    éste último en la zona, al norte de la ciudad de Riberalta.” [68]

    ¿Perú, Brasil o Bolivia?

    Todo parecería
    indicar que la última postura analizada es la que se acerca más a la verdad;
    pero, aún así, no puede darse el veredicto definitivo. Hasta que la historia y
    la arqueología no encuentran datos más concretos nos veremos obligados a seguir
    tratando de separar la fantasía de la realidad; reconociendo la vigencia de un
    antiguo dicho peruano que sostiene que “Todos
    los reinos limitan con el Paititi, pero él no limita con ninguno
    ”. (VÉASE APÉNDICE II)

     

    PALABRAS FINALES

    Cuando regresamos al Cusco, tras doce largos días de

    caminata y exploración, algo había cambiado dentro de mí. Ya no era el
    escéptico de antes. La selva y su imponente majestuosidad me habían hecho ver
    la realidad histórica de una manera diferente. El romántico sueño de las ciudades perdidas era aún posible y las
    espesas selvas de la región “tampú” podían albergar todavía restos de
    ciudadelas no catalogadas. Toda la zona explorada, esa a la que se llega
    remontando el cauce los ríos Vilcabamba y Pampaconas, es una verdadera mina sin
    explotar. Son pocos los yacimientos arqueológicos debidamente clasificados,
    deforestados o convenientemente conservados, y muchas las referencias que los
    lugareños hacen respecto de muros, palacios y templos que ocasionalmente
    encuentran tapados por la espesura, pero a los que luego pocos se animan a ir,
    y menos aún denunciar. Como de manera
    muy acertada me dijera un especialista norteamericano, destacado por la
    Universidad de California en Cusco:

    “Si los historiadores y arqueólogos europeos, que
    mueren por un simple jarrón o plato de origen griego, supieran lo que se puede
    encontrar en estos valles, cambiarían de especialidad.
    ¡Estamos
    hablando de ciudades enteras, y pocos saben o creen en ello
    !”.

    Pero este provincialismo mental es entendible en muchos
    intelectuales de escritorio; especialmente en aquellos que jamás han
    transpirado debajo del húmedo manto de la selva, ni han conocido la inmensidad
    el escenario en el que se desarrolló el capítulo final del drama precolombino.
    Para muchos de ellos, que sólo han sido entrenados para mantener sus narices
    pegadas al suelo (de preferencia, bajo el suelo) o a la tinta oscura de los
    documentos de una biblioteca, el árbol les impide ver el bosque. Sentados en
    sus mullidos sillones de burócratas y “académicos”, raras veces gastan energías
    en encontrar ciudades perdidas. No sería científico, aducen. Y, por lo tanto,
    raras veces son ellos quienes las encuentran. Aquellos que lo intentan, o sólo
    piensan que es posible encontrarlas, son tildados de “herejes”, y reciben como
    respuesta a esas inquietudes sarcásticas sonrisas de desaprobación. Lo que no
    advierten es que el problema no son los herejes, sino los mediocres.

     

    Muchas ciudades perdidas esperan todavía ser
    descubiertas, y el renovado ímpetu que la selva ha despertado en muchos
    exploradores e investigadores nos darán la razón en el futuro. Casi todos los
    meses nuevos restos arqueológicos, antes no tenidos en cuenta, nos obligan a
    re-escribir parte de la historia de este continente. Quizás las ruinas del
    Paititi estén aguardando a su Hiram Bingham para salir de las brumas en las que
    ha estado durante tanto tiempo. Y es probable que nos decepcionemos al verlas,
    ya que advertiremos cuántas fantasías se han depositado en ellas.

    Lo cierto es que hoy ya no negamos la
    existencia de lazos entre la sierra y la selva (incluso la costa) en el Perú
    prehispánico. El hallazgo de cerámica costera en pleno corazón del Amazonas nos
    induce a pensar que esos contactos no fueron mitos, sino una palpable realidad.
    También sabemos que los incas se internaron
    mucho más “adentro” de lo que suponíamos, y que es lógico pensar que
    levantaran en esos territorios fortalezas y puestos de avanzada. La ciudad de
    Vilcabamba “La Vieja”, y las decenas de construcciones incas erigidas en la
    selva tropical, constituyen una prueba objetiva del alto grado de adaptabilidad
    que tuvieron los cusqueños. Por otra parte, las enormes dificultades que
    nosotros mismos experimentamos al ingresar en esa zona de resistencia
    (precipicios, ríos impetuosos, calor insoportable, insectos, denso follaje) nos
    han hecho dudar que la última dinastía quechua rebelde haya terminado
    efectivamente en 1572, al caer Vilcabamba en poder de los españoles. Es muy
    probable que los incas residuales (aquellos que lograron sobrevivir a la
    captura de Túpac Amaru I) hayan podido huir
    y conservar hasta mediados del siglo XVIII su aislado predominio de
    invictos, protegidos por la selva y los desbordes de los ríos[69].
    Probablemente sus descendientes se dispersaran entre las tribus selváticas,
    tras siglos de convivencia.

     

    Mar del Plata, 1999

    FSJR

    sotopaikikin@hotmail.com

     

    APÉNDICE I

    13 AÑOS DESPUÉS

    JULIO 2012

    Al
    C.A.P.A.C.

    (Confederación de los Amigos del Paititi y de los
    Antiguos Caminos)

    Por
    haber resucitado esta pasión de siempre.

     

     

    La crisis económica de
    principios del siglo XXI, especialmente dura en mi país (Argentina), me
    sorprendió transitando uno de los momentos personales más difíciles de toda mi
    vida. Los efectos de las políticas neoliberales aplicados a lo largo de una
    década impactaron negativamente en el mundo del empleo, generando una
    desocupación monstruosa que, en poco tiempo, trepó hasta un alarmante 25%,
    produciendo desconsuelo, desesperación y pesimismo. La sociedad se polarizó y
    esa gran clase media, que había sido el “orgullo
    argentino desde mediados de la década de 1940, se contrajo. Perdió base. Se
    volvió cada vez más reaccionaria y conservadora. Agónica y temerosa. En ese
    contexto de desesperanza generalizada, cuando ningún horizonte podía
    vislumbrarse y la gente salía a la calle reclamando un cambio que nadie se
    animaba a especificar claramente, sobrevino mi primer divorcio; y al caos
    externo (el público) se le sumó el
    caos interno (el privado). Entonces,
    mis proyectos personales pasaron a mejor vida, iniciando un período de
    hibernación de casi 13 años.

    En aquel contexto, volver
    al Perú se hizo un sueño imposible. Imposible siquiera imaginarlo. Sin trabajo,
    con deudas, psicológicamente asediado por mil culpas y problemas, ¿a quién podía ocurrírsele pensar en viajar
    en pos de ruinas perdidas en plena amazonía peruana
    ?

    De esa manera, el Paititi
    se volvió más inalcanzable que nunca.

    No moría el mito. Moría
    un sueño. Mi sueño. El más
    importante, privado y movilizante que jamás haya tenido. Un sueño personal,
    intransferible, único. Por eso, ante la tragedia de ver apagado el “motor fuera de borda” que me acompañara
    desde 1985[70] y le había dado sentido a
    casi todas mis lecturas, decidí, de un modo no del todo conciente, relegarlo al
    arcón de los recuerdos. Y me sentí viejo a mis 40 años de edad.

    Hoy, diez años después,
    paradójicamente me siento mucho más joven.

    Tras la reconstrucción y
    mejoría de la situación general y personal, los antiguos duendes del pasado
    resucitan y vuelven a susurrarme cosas al oído. Otra vez el grito del guacamayo
    acelera mi flujo de adrenalina y de todos esos fantasmas antiguos el del
    Paititi es el que más y mejor se empieza a corporizar.

    Seguía vivo. Tan fuerte
    como hace más de 25 años.

    Renovado. Mucho mejor
    aceptado y analizado que cuando lo dejé voluntariamente, hace más de un lustro.

    En esos años orienté mis
    intereses en otras direcciones que, aunque relacionados con el Paititi, no
    aludían directamente a él.

    Quise borrármelo de la
    mente. Tal vez para no desesperanzarme más. Para no sufrir y olvidar aquel
    momento del 2006 en el que el reconocido explorador Greg Deyermenjian me invitó
    a participar en su expedición, financiada por la National Geographic, y tuve (por cuestiones estrictamente
    económicas) que rechazar el generoso ofrecimiento. Fue duro decir “no” al sueño de casi toda una vida. Pero
    la realidad se imponía y debí convivir con esa negativa hasta hoy.

    Creo que fue aquel día
    cuando, lentamente, casi sin darme cuenta, mí búsqueda del Paititi empezó a
    languidecer.

    Guardé los apuntes.
    Reordené la biblioteca. Abandoné los delirantes
    proyectos de buscar ciudades perdidas y me embarqué en “trabajos menores”. Orienté el tiempo libre en tratar de entender y
    desentrañar la historia y significado de los lugares abandonados que tenía
    cerca; muy especialmente un hotel cordobés (el Gran Hotel Viena), al que le
    dediqué cuatro apasionados años de investigación.

    De ese modo, del Paititi
    sólo fueron quedando los rasgos generales de la historia. Olvidé (o creí
    olvidar, esto es como andar en bicicleta)
    los detalles jugosos, los testimonios coloniales y modernos, las historias que
    había oído en el Perú, incluso la toponimia y el nombre de los ríos en el que
    se enmarca la leyenda. Me alejé de la búsqueda. Sólo los email que mi amigo
    Greg me mandaba desde el Perú o EE.UU. me retrotraían por minutos al tema. Y
    así, distanciado de los debates de los especialistas, me desactualicé.

    Sin darme cuenta, la
    obsesión de décadas empezó a ser conjugada en tiempo pasado y traté de
    inventarme otras obsesiones que, sin tanta fuerza pero más a mano, colmaron la
    necesidad de emociones intelectuales. Algunas más satisfactoriamente que otras.

    Pero el Paititi seguía
    estando. Su sombra se mantenía detrás de cualquier variación. Su melodía se
    colaba una y otra vez, especialmente cuando fueron los “lugares abandonados” los que reclamaron mi atención, y dirigí los
    pasos no hacia llactas incaicas
    escondidas en la selva, sino hacia hoteles, mansiones, cementerios y hospitales
    abandonados y en ruinas. Inadvertidamente había construido una nueva pasión
    que, a la postre, resultó ser un efectivo placebo.

    Pero de a ratos,
    nostalgioso, volvía a las viejas fotos de la expedición de 1998 y me veía más
    flaco, más joven, menos canoso; y cuando un extraño fuego interno parecía
    atizar mi alma, lo apagaba. Lo domaba como quien doma un caballo encabritado.
    Me decía: “ya no estás grande para esos
    trotes
    ”. Y mi padre me repetía lo mismo, convencido de ello.

    Lo peor de todo es que me
    lo creí.

    La memoria selectiva
    rescataba sólo las circunstancias difíciles de aquel viaje de fines del siglo
    XX: el calor de la selva, el apunamiento, el cansancio, las jornadas
    desgastantes subiendo y bajando cerros, los puentes de palos.

    Pasó tu tiempo”.

    Pero de a ratos, la “atracción de la selva” se asomaba por
    las hendijas que yo mismo permitía que aparecieran, ya sea en mis clases
    (cuando trataba el tema de las culturas precolombinas), ya sea en las
    películas/documentales que veía o en las anécdotas nacidas de la experiencia
    peruana y que (dado el tiempo transcurrido) ni yo mismo me las creía del todo.
    Era en esos instantes cuando notaba que reverdecía por dentro y aquel pasado
    aventurero pasaba a primer plano, ganándome así la atenta mirada de mis
    oyentes.

    No era para menos: el
    Paititi es una rico condimento de romanticismo, de ciencia y aventura.

    Y entonces…, la
    revelación mundial de Machu Picchu “cumplió
    100 años.

     

    En julio de 2011,
    inesperadamente, recibí un email. El remitente era un funcionario del
    Ministerio de Cultura del Perú y me solicitaba autorización para usar un texto
    que había escrito hacía unos cuantos años. El trabajo versaba sobre la famosa
    ciudadela inca de Machu Picchu y lo habíamos pergeñado con el reconocido
    arqueólogo peruano, doctor Manuel Chávez Ballón, en enero de 1994.

    Diecisiete años más tarde
    alguien había reparado en él. Y dado que el Perú recibía, tras un siglo de
    espera, las colecciones arqueológicas que Hiram Bingham se “llevara” a la universidad de Yale en 1911, me sentí feliz de poder
    contribuir modestamente en tremenda ceremonia. Por otro lado, quedar
    relacionado con el complejo arqueológico más famoso del Perú, y con un país al
    que tanto amo, superó todas mis expectativas. Estar ínfimamente conectado con
    la historia de Machu Picchu y la recuperación de su patrimonio arqueológico,
    despertó una señal de alarma interna,
    y la antigua obsesión por los incas y el Paititi empezó a emerger.

    Pocos días después de ese
    email, la Embajada del Perú en Argentina, por intermedio de uno de sus
    cónsules, el señor Carlos Amézaga Rodríguez, me invitó a dar una charla
    conmemorativa en la sede diplomática, a la que acudí con mucho agrado. Para
    ello tuve que desempolvar parte de mi biblioteca andina y volver a revisar
    apuntes y notas pasadas. Sin proponérmelo, pero condicionado por las
    circunstancias, viejos nombres y lugares se asomaron por entre los amarillentos
    papeles y, cual un adicto no recuperado, empecé a consumir, gradualmente,
    Paititi de nuevo. Fue cuando advertí que nuevas investigaciones, publicadas
    desde hacía un par de años, venían a
    fortalecer las hipótesis que defendíamos en 1999.

    Son trabajos serios.
    Escritos por historiadores y exploradores profesionales. Alejados de todo
    delirio esotérico o conspiraciones extraterrestres. Trabajos apoyados en
    crónicas de los siglos XVI y XVII (muchas de ellas inéditas hasta hace muy
    poco), y en investigaciones de campo, explorando zonas asociadas a la “leyenda” en territorios de la hermana
    República de Bolivia. Son éstos los dignos herederos del trabajo iniciado por
    el historiador argentino Roberto Levillier en la década de los ’70; y es bueno
    que esto ocurra porque de esta forma el Paititi adquiere carta de ciudadanía en
    los ámbitos de la Academia.

    Desde hace años, los
    seguidores de esta temática, venimos sosteniendo que los incas se internaron en
    el Antisuyu mucho más de lo que tradicionalmente se sostiene. Ahora parece ser
    que esas sospechas, racionalmente fundadas, son ciertas y un nuevo universo de
    investigaciones y debates se abre por delante nuestro.

    Más allá de si fue el
    producto del imaginario de la conquista, del ansia de aventura de exploradores
    contemporáneos, una ciudad perdida o un reino amazónico en lo profundo de la
    selva, no podía quedar ajeno a lo que se viene.

    Por todo esto regresé al
    Paititi.

     

     

    Buenos Aires, Julio 2012

     

     

     


    ã Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la
    Universidad nacional de Mar del Plata (Argentina)

    [1] Angles Vargas, Víctor, El Paititi no Existe, Imprenta
    Amauta SRL. , Cusco, 1992.

    [2] Testimonio oral recogido el día 17 de julio de 1998, en el
    aeropuerto Internacional de Ezeiza, Buenos Aires, Argentina, de boca del señor
    Felipe Gutiérrez Sevilla. Archivo personal del autor.

    [3] Nota: El
    relato de ese circunstancial contertulio es una copia, casi exacta, del escrito
    por José Iwaki Ordóñez en su libro Operación
    Paititi
    ; y que le ocurriera a un padre jesuita llamado Juan Gómez Sánchez
    en una expedición realizada hacia 1925.

    [4] Flores Ochoa, Jorge A., “Taytacha
    Qoylluriti. El Cristo de la Nieve resplandeciente”,
    en El
    Cuzco. Resistencia y continuidad
    , Editorial Andina SRL. , Cusco, Perú,
    1990, pág. 74.

    [5] Caunedo Madrigal, Silvia, “De
    las Hijas del Sol a las Vírgenes Criollas”,
    en Las Entrañas mágicas de América,
    Editorial Plural, Barcelona, España, 1992, pp. 93-105.

    [6] Palomino Díaz, Enrique, Qosqo, Centro del Mundo, Imprenta
    Yáñez, Cusco, Perú, 1993, pág. 19.

    [7] Eliade, Mircea, El Chamanismo y las Técnicas Arcaicas del
    Éxtasis
    , Fondo de Cultura Económica, México, edición 1982, pág. 22.

    [8] Véase: Sharon, Douglas, El Chamán de los Cuatro Vientos,
    Editorial Siglo XXI, México, 1978.

    [9] Brundage, Burr C.,
    Empire of the Inca, Norman
    , Ok. , Oklahoma University Press, 1963, pág.
    47.

    [10] Rostworowski, María, Estructuras Andinas del Poder. Ideología
    religiosa y Política
    , IEP, Instituto de estudios Peruanos, Lima, Perú,
    3º edición 1983, pp. 9-10.

    [11] Testimonio oral recogido en la ciudad de Cusco de boca del
    ingeniero Enrique Palomino Díaz. Archivo personal del autor.

    [12] Véase: Núñez del Prado, Juan Víctor, “El Mundo Sobrenatural de los quechuas del sur del Perú a través
    de la comunidad de Qotobamaba”
    , Allpanchis Phuturinqa, 2, 1970,pp.
    57-119. - Véase también: Gow, Rosalind y Bernabé Condori, 1975, Kay
    Pacha
    , Editorial de Cultura Andina, Cusco.

    [13] Véase: Eliade, M., op.cit. pp.101-102.

    [14] Polo de Ondegardo, Juan, 1916, “Los Cerros y supersticiones
    de los indios sacados del tratado y averiguaciones que hizo el licenciado
    Polo”, Colección de libros y documentos referentes a la historia del Perú,
    editado por Horacio H. Urteaga y Carlos A. Romero, primera serie, vol.3,
    pp3-43, Lima, Perú.

    [15] Testimonio oral recogido en una sesión chamánica en la ciudad de
    Cusco de boca del Altomesa Don Salvador Blas. Julio de 1998. Archivo del autor.

    [16] Véase: Stern, Steve, Los Pueblos Indígenas del Perú y el Desafío
    de la Conquista Española
    , Editorial Alianza América, Madrid, 1982.
    Espinoza Soriano, Waldemar, La Destrucción del Imperio de los Incas,
    Amaru Editores, Perú, edición 1990. Duviols, Pierre, La Destrucción de la Religiones
    Andinas (Durante la Conquista y la Colonia)
    , Universidad Nacional
    Autónoma de México, México, 1977.
    Simpson, Lesley Byrd, Los Conquistadores y el Indio Americano,
    Ediciones Península, Barcelona, 1970.
    Vega, Juan José, Los Incas Frente a España. Las Guerras de la
    Resistencia 1531 - 1544
    , Peisa, Perú, 1992. Todorov, Tzvetan, La Conquista de América. El Problema del Otro,
    Editorial Siglo XXI, México, 1992.

    [17] Véase: Vázquez, Francisco, El Dorado, Crónica de la Expedición de Pedro
    de Ursua y Lope de Aguirre
    , Editorial Alianza, Madrid, 1989, pp. 7-46.

    [18] De Gandía, Enrique, Historia Crítica de los Mitos y Leyendas de
    la Conquista Americana
    , Centro Difusor del Libro, Buenos Aires, 1946,
    pág. 109.

    [19] Ainsa, Fernando, Historia, Utopía y Ficción de la Ciudad de
    los Césares
    , Editorial Alianza, Madrid, 1992, pág. 12.

    [20] Fray Alonso de Zamora, Historia de la Provincia de san Antonio del
    Nuevo reino de Granada
    , Lib. III. Cap. XVI. (Documento citado por
    Enrique de Gandía. Citas).

    [21] Véase: Enrique de Gandía, documentos, op.cit., pág. 118.

    [22] NOTA: En 1856 un grupo de investigadores desaguó parcialmente la
    laguna de Guatavita y hallaron, entre otras joyas, la reproducción de una balsa
    de oro, de forma circular y de 9,5
    cm de diámetro. Sobre ella había diez figurillas
    humanas, la principal, de pie, con el doble de alto que las demás. No era otro
    que el cacique Dorado de los testimonios recogidos por los españoles.

    [23] Véase: Navarro Lamarca, Compendio de Historia general de América,
    T. II, pág. 182.

    [24] Véase: Valcarcel, Luis E., Machu Picchu, editorial
    Universitaria de Buenos Aires, Argentina, 1978.

    [25]
    NOTA: A la zona denominada “montaña” corresponde la región húmeda y
    boscosa que se extiende desde los 3.700 a 1.000 metros sobre el
    nivel del mar. Por sus testimonios arqueológicos corresponde a la Región
    Andina. Le sigue la zona de la “selva baja” o Llanura Amazónica, que
    fuera (y es) escenario de diversas culturas andinas, menos complejas que los
    incas. Las mismas constituyen distintos grupos lingüísticos y, en la
    actualidad, existen más de treinta idiomas vigentes (muchos de ellos
    emparentados). La gente de ciudad se refiere a estas comunidades con el nombre
    genérico de “chunchos” (tal como lo hacían los incas). Estas tribus
    viven, por lo general, cerca de los ríos, que utilizan como medio de vida y de
    comunicación; son cazadores, pescadores y su base alimenticia es la yuca y el
    plátano. También cultivan camote y algodón, tabaco y coca. Si bien el
    cristianismo está difundido casi en todas estas tribus, se conservan rituales
    antiguos en lo que el uso de plantas narcóticas es un hecho habitual (por
    ejemplo la ayaguasca).

    [26] Cobo, Bernabé, Historia del Nuevo Mundo, Editorial
    Marcos Jiménez de la Espada, 4 Tomos, Sevilla, 1895.

    [27] Sarmiento de Gamboa, Historia Indica, ed. R. Levillier,
    Buenos Aires, 1942.

    [28] Vaca de Castro, Cristóbal, Declaración de los quipucamayos, en
    Colección Urtega Romero, Lima, 1921.

    [29] Garcilazo de la Vega, Comentarios Reales, Tomo I, libro 4,
    cap. 16, Buenos Aires, 1943.

    [30] Ibíd, Libro 7, Capítulos 13 y 14.

    [31] Alvarez Maldonado, Juan, Relación de la Jornada y Descubrimiento del
    río Manú en 1567
    , Edición de Luis Ulloa, Sevilla, 1899.

    [32] Alcaya, D. Diego Felipe de, en Informaciones de Lizarazu, 1635, Maurtua, IX, 24-144.

    [33] Sánchez, Gregorio Francisco, Relación en Informaciones de Lizarazu,
    1635, Maurtua, IX, 189-197.

    [34] Recio de León, Breve relación de la descripción y calidad
    de las tierras y ríos de las provincias de Tipuani, Chunchos y otras muchas que
    a ellas se siguen, del gran reino del Paytiti
    , en Maurtua, VI, 272-290.

    [35] Levillier, Roberto, El Paititi, El Dorado y Las Amazonas,
    Emecé, Buenos Aires, 1976, pp.91-93.

    [36] Angles Vargas, V., op.cit. pág. 81.

    [37] Angles Vargas, V., op.cit., pág. 89.

    [38] Angles Vargas, V., op.cit, pág. 91-92.

    [39] NOTA: Según nos informaron
    en Cusco, hace algunos años el Instituto de Lingüística de Verano estuvo
    trabajando en la selva, estudiando los idiomas de todas las comunidades nativas
    de aquella zona, y encontraron que las raíces de la lengua machiguenga (tribu
    ubicada en la región del río Madre de Dios) son muy parecidas a las quechuas.
    Archivo del autor.

    [40] Uslar Pietri, Arturo, “Nada
    más real que El Dorado”,
    en Fábulas y Leyendas de El Dorado,
    Editorial Tusquest, 1987, pág. 10.

    [41] NOTA: Véase el testimonio del Padre Diego Felipe de Alcaya, en el
    que traduce la palabra Paititi como “Aquel Plomo”(de Pay,
    “aquel”; y Titi “plomo”).

    [42]Véase: Bueno, Fernando Aparicio, En Busca del Misterio del Paititi,
    Editorial Andina, Cusco, Perú, 1985, pág.19.

    [43] Angles Vargas, Víctor, op.cit. pág. 71.

    [44] Heredia, Daniel, El Paititi. Su Posible Existencia y su
    Probable Ubicación,
    Separata de “Revista del Museo e Instituto
    Arqueológico”, Nº 13-14, Cusco, 1951, pág. 4.

    [45] Ordoñez, Ruben Iwaki, Operación Paititi, Editorial de
    Cultura Andina, Cuzco, 1975.

    [46] NOTA: Advertir que el testimonio del señor Gutiérrez Sevilla
    concuerda, casi literalmente, con lo que Ordoñez sostiene en su libro.

    [47] Polentini Wester, Juan Carlos, Por las Rutas del Paititi,
    Editorial salesiana, Lima, 1979. - Bueno, Fernando Aparicio, opa., cit. Pág.
    168

    [48] Heredia, D., op.cit. pág. 28-30.

    [49] Neuenschwander Landa, Carlos, Paititi en las Brumas de la
    Historia
    , Cuzzi y CIA S.A., Arequipa, Perú, pág. 140.

    [50] Angles Vargas, V., op.cit. pág.57.

    [51] Testimonio oral recogido de boca del guía y baquiano local
    Francisco Cobos Umeres. Archivo del autor.

    [52] Testimonio oral recogido en el poblado de Lucma de boca del
    profesor a cargo de la pequeña escuelita rural del sitio. Archivo del autor.

    NOTA:
    Como hemos dicho en un párrafo anterior, la obsesión por los tesoros perdidos
    es un hecho cotidiano en varias regiones del Perú. Nuestro guía, Pancho Cobos,
    nos explicó bien cómo se destapan los tapados: “La gente, especialmente en la montaña y en la selva, todavía
    vive con la aspiración de querer encontrar un tesoro, porque estamos en lugares
    incaicos, y los incas dejaron todas las riquezas en estos sitios. Entonces, si
    se quiere oro, hay que salir a medianoche e intentar ver, en algún lugar, como
    se encienden llamas de fuego, que no son otra cosa que el antimonio del oro,
    del tesoro. Entonces hay que tratar de ubicar el lugar exacto en donde se ve la
    luz, y al día siguiente se va a excavar, a huaquear. Y si tienen suerte y lo
    encuentran, para que todo salga bien, se debe
    hacer un “pago” a esa tierra: bien se agarra un animalito, un
    perrito, un gatito y lo sacrifican. Pero, y esto es verídico mi Jefe, algunos
    se llevan un peón, al campesino más cholo y, después de que éste los ayuda a
    sacar el tesoro, para que la fortuna sea bien recibida, el “pago” lo
    hacen con el peón. Lo entierran vivo”. (
    Estos relatos los he podido
    escuchar tanto en la costa como en la sierra peruana). Archivo del autor.

    [53] Granada, Daniel, Supersticiones del Río de la Plata,
    Editorial Guillermo Kraft Ltd., Buenos Aires, primera edición de 1896, pp.
    97-99.

    [54] Granada, D. Op.cit., pág. 139.

    [55] Testimonio recogido de boca del ingeniero Enrique Palomino Díaz
    en Cusco. Julio de 1998. Archivo del autor.

    [56] Neuenschwander Landa, C., op.cit. pág. 40.

    [57]
    Véase (¿O debo decir “No se vea”?): González, Ricardo, Los
    Maestros del Paititi. Testimonio de una Civilización Oculta
    , Editorial
    Sol en la Tierra, Perú, marzo de 1998.

    [58]
    NOTA: Al Paititi ubicado en la meseta de Pantiacolla se podría ingresar
    siguiendo tres rutas alternativas: La primera, siguiendo el valle del río
    Lacco; la segunda, por Paucartambo y, la tercera, aunque menos común, partiendo
    de las ruinas de Espíritu Pampa (Vilcabamba “La Vieja”) tras
    atravesar el Pongo de Mainique. Archivo del autor,

    [59] Ordoñez, Ruben Iwaki, Operación Paititi, op.cit.

    [60] Brother Philip, El Secreto de los Andes, Editorial
    Kier S.A., Buenos Aires, 1976.

    [61] Polentini Wester, Juan Carlos, Por las Rutas del Paititi,
    op.cit.

    [62] Neuenschwander Landa, Carlos, El Paititi en las brumas de la
    Historia
    , op.cit.

    [63] Bueno, Fernando Aparicio, En Busca del misterio del Paititi,
    op.cit.

    [64] Palomino Díaz, Enrique, Qosqo, Centro del Mundo, op.cit.

    [65]
    NOTA: Según se sabe los petroglifos fueron
    avistados por primera vez en el año 1921, por el dominico Vicente de
    Cenitagoya; los visitaron, posteriormente Carlos Neuenschwander (1970) y el
    arqueólogo Federico Kauffmann Doig (1980). Desde entonces se los ha estado
    “redescubriendo” periódicamente. Se supone que fueron hechos por
    alguna cultura amazónica de la que no se sabe nada. Y es, justamente, esta
    falta de información fidedigna la que permite que la imaginación vuele
    indicando que los petroglifos no son otra cosa que el “mapa indescifrado”
    que conduce al Paititi.

    [66] Garcilazo de la Vega, op.cit.

    [67] Levillier, Roberto, op.cit. pág. 93.

    [68] Heredia, Daniel, op.cit. pág. 29.

    [69] NOTA:
    El 4 de noviembre de 1780 el cacique de Tungasuca, Pampamarca y
    Surimana, José Gabriel Túpac Amaru, descendiente de los incas, se levantó
    contra la opresión hispana. El 18 de marzo de 1781, Túpac Amaru II emitió un
    edicto en el que comenzaba así: “Don
    José Primero, por la gracia de Dios Ynga rey del Perú, Santa fe, Quito, Chile,
    Buenos Aires, y continente de los mares de Sur, Duque de la Superlativa, señor
    de los Césares y Amazonas, con dominio
    en el Gran Paititi
    ; comisario distribuidor de la piedad divina…”.

    Este párrafo trascripto nos lleva al convencimiento de que en aquella segunda
    mitad del siglo XVIII, la creencia popular señalaba al Paititi como una rica e
    importante región sudamericana.

    [70] Véase en
    sitio Web: http://www.viamedius.com/relatos-de-viaje/sudamerica/peru/lima/peru-el-guia-personal-hacia-el-paititi

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