Abro los ojos. Reconozco el techo pintado de ese color amarillento que veo casi todas las mañanas. Mi cuarto. Estoy acostado boca arriba en la cama, vestido de traje y corbata, apestando a alcohol y cigarro. Pero estoy vivo. Sonrío. Busco el reloj en mi mesa de noche. Las seis de la mañana. Sin poder evitarlo me sale una pequeña risa que la única manera de entenderla es asumiendo que es de alivio. Desaparece de inmediato. Sábado diecinueve de febrero de 2012. Diecinueve ya. Carajo.
Las sábanas están aventadas en el piso y al parecer estaba abrazando la almohada. Me siento. Mareo. Me toma un segundo reponerme y me paro. Necesito estirar las piernas y los brazos que parecen estar completamente entumidos, sumidos en un sueño de borrachera. De repente me doy cuenta, diecinueve de febrero, maldita sea. Camino, no no camino, corro a la computadora. Tarda en prender y cada segundo los nervios me muerden los brazos, las manos, las piernas, siento piquetes de agujas por todo el cuerpo. Entro a mi correo. Enviado. Respiro. Perfecto. Por lo menos eso sí quedó hecho. Sonrío nuevamente. Sigo teniendo trabajo. Al menos esta vez. Maldita sea.
¿Cuánto voy a aguantar? No puedo volver a empezar de cero, no creo tener la fuerza pero sé que no tengo de otra. Mientras sigo viendo la pantalla de la computadora como si ahí fuera a encontrar la respuesta, me doy cuenta que la boca me sabe como si hubiera pasado toda la noche chupando centavos. Estoy casi seguro que no hay manera de que eso sea cierto. Me paso la mano por el cabello y me encuentro con toda una zona empalagada encima de la oreja. Prefiero ni intentar averiguar que es. Lo que necesito es darme un duchazo y empezar el protocolo característico para estos días.
Lo primero es conseguir algo de comer. No me acuerdo hace cuanto tiempo fue mi última comida así que este paso es básico. Abro el refrigerador y me encuentro básicamente lo mismo que me acordaba que ahí había, aunque en ese instante me doy cuenta de la cantidad de alcohol que mi cuerpo debe de haber recibido ayer ya que la mera idea de ingerir sólidos me produce arcadas. Cierro el refrigerador. Busco un pedazo de pan sin tener suerte. Me tengo que conformar con un vaso de agua, al menos por ahora. En cuanto se me quiten éstas terribles náuseas intentaré otra vez.
Oigo ladridos. Suenan desesperados, si es que se puede oír la desesperación en el ladrido de un perro. Pobre Norton. Al parecer está encerrado en el patio de lavado. Maldita sea. Lo tengo que ir a liberar de esa prisión seguramente inmerecida. Mi intento por buscar la pronta liberación del injustamente confinado perro se ve interrumpido cuando tropiezo con una silla que no debería de estar a la mitad del pasillo y que me hace volar cuan largo soy. Para alargar mi miseria, aterrizo con todos mis ochenta y tantos kilos sobre el codo derecho.
¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierda! Detesto esto, lo detesto. Estoy a punto de perder el control ahí, completamente explayado en el pasillo. Trato de respirar profundo para apaciguar el dolor. Tengo que controlarme, aire adentro, aire afuera. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, me siento. Dos, me sobo el codo. Tres, Me levanto. Cuatro, respiro. Se me escapan algunas lágrimas que atribuyo al golpazo aunque en esas gotas de agua reconozco también el amargo sabor de la desesperación de estar aquí tirado, de que sea diecinueve de febrero, de que esta maldita silla haya estado ahí donde no debería de estar. Todo es su culpa. Todo es su maldita culpa.
Que tanto más fácil era mi vida antes de que Él apareciera. Nada de estas mañanas de cruda terrible, nada de muebles apareciendo en donde no deberían de estar, nada de preocuparme por lo que pudiera hacer. Nada de este inefable descontrol a cada momento. Gracias a Él, cada paso lo tengo que tener planeado, cada detalle considerado y anotado para saber que sigue, que debo hacer, como apagar fuegos que todavía no se encienden y que no sé ni cómo ni cuándo lo van a hacer. Maldita sea.
Dejó de ser divertido. Bueno, divertido como tal nunca lo fue. Más bien ya se terminó el efecto narcótico de lo desconocido, esa extraña liberación que me produjo al principio su presencia, el darme cuenta que aunque no entendía, aunque no sabía bien a bien lo que sucedía, todo me estaba ocurriendo a mí. Ya no. Ya no quiero seguir así.
Vuelvo al refrigerador, tomo un pedazo de jamón y camino hacia el patio de lavado. Los ladridos se vuelven cada vez más fuertes, pobre amigo. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? Abro la puerta y el Norton da unos pasos para atrás gruñendo. Le muestro el jamón y tímidamente se acerca, me huele la mano, mueve la cola y se come de una zampada el jamón. Ahora me sube las patitas delanteras y me lame la mano, el brazo, lo que alcanza. Querido Norton. Discúlpame. De verdad discúlpame por todo lo que ha pasado. Lo que te ha pasado.
Luego de rescatar al amable perro, mi mente vuelve a mi “amigo”. Necesito deshacerme de Él. Necesito poder vivir sin miedo a lo que Él hace, eliminarlo de mi vida. Como si fuera tan fácil, como si no lo hubiera intentado ya. Llegó un día de la nada y está perfectamente cómodo aquí. No tiene el mínimo interés en irse. El problema es que cada vez acapara más mi vida, cada momento ocupa más instantes y más espacio. Básicamente hace lo que quiere. Quedaron completamente olvidadas las reglas de comportamiento y convivencia que redacté y pegué en el refrigerador hace ya mucho tiempo. Hace lo que quiere, como quiere y cuando quiere y siempre acabo yo así, oliendo a colillas, vino barato y lo que parece ser vomitada.
-¡Hola!- Estoy a punto de gritar por el susto que esta inesperada voz me acaba de provocar. Volteo. Pelo castaño, ojos negros, no muy alta y con un espantoso tatuaje de una hadita en pleno vuelo en el brazo derecho. No tengo la menor idea de quién es pero está en mi cocina saludándome como si nada y me he quedado mudo como idiota. Oliendo a vomitada.
-Eh, hola, ¿Qué tal?- No muy elocuente, pero justo lo necesario dadas las circunstancias.
-¿De verdad ni siquiera te acuerdas de mí?- Se ríe. Una risa metálica y espantosa. –Eso si no me había pasado nunca, mi nombre voy de acuerdo, pero ¿nada? Me largo. A la próxima no tomes tanto, te divertirías más.-
No le aviento el vaso porque ahora no me puedo dar el lujo de descalabrar a nadie, sólo eso me falta, una demanda por asalto. Me pone furioso la aparición de la hadita y su soez desparpajo. Lo que parece un cuchillo atraviesa de lado a lado mi cráneo con el ruido del portazo que da al irse para siempre. No puedo enojarme. Respiro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, toma el vaso. Dos, dale un buen trago. Tres, deja el vaso. Cuatro, respira. Idiota. Me río levemente. Se me olvidó una de las reglas más importantes para estos días, revisar que no haya gente extraña en el departamento.
Rápidamente echo un vistazo a mi cuarto, la cocina, y la sala. Nadie más. Sólo falta el otro cuarto. El cuarto que era mi estudio y que Él ha convertido en su cueva de sexo, drogas y mujeres. Sospecho que no hay nadie más, que la hadita es la única aparición que voy a tener en esta mañana. Aún así me acerco con sigilo y algo de temor a la puerta de “su” cuarto. La empujo y me hago un paso hacia atrás mientras escucho el lento chirriar al abrirse. Nadie. Qué bueno, al menos no hay nadie más aquí.
El cuarto es un desastre, hay botellas en el piso y en los muebles así como en el colchón que está pegado a una pared. ¿Cuándo metió ese colchón? Por un segundo me pregunto dónde estará y no puedo evitar soltar una carcajada. Se me quita lo graciosito casi inmediatamente. No puedo más con esta vida, necesito que termine esto. Necesito deshacerme de Él a como de lugar. Ésta no es manera de vivir, constantemente atemorizado de que el vacío de alcohol, fiesta, drogas y quien sabe que más me pueda arrastrar y no pueda hacer nada al respecto.
Es hora de tomar acción de una vez por todas, esto no puede continuar. No puedo dejar que mi vida sea invadida por semejante imbécil. Ya no. Ni una vez más. Necesito encontrar algo con lo que me pueda deshacer de Él, algo que me permita desenmascararlo, expulsarlo para siempre. Busco entre el desastre que tiene en el piso algo que me ayude, una pista sobre qué es lo que tengo que hacer. Nada. Botellas de cerveza, cajetillas de cigarro, condones, algunas cajas de pizza todavía con algunos pedazos. Nada que me sirva. Hasta que de pronto la veo.
No sé como no me había dado cuenta de su existencia antes. Debajo de lo que era mi escritorio, junto al aparatejo que me recomendaron comprar para evitar las descargas eléctricas hay una cajita negra volteada hacia la pared. Supongo que es nueva. Una caja fuerte. Maldito cabrón, ¿Qué escondes?
Volteo la caja y la saco de su lugar, pesa, pero es de esas cajitas que metes a un clóset y que sirven para guardar joyitas o los pasaportes o algo así, no una caja fuerte inamovible. Tiene un tablero con números, y según las instrucciones pegadas en la parte superior, la clave debe de ser de cuatro dígitos seguidos de un asterisco. Cuatro dígitos. Mi cumpleaños. Lo más rápido que puedo presiono 1805*. Luz roja. Nada. 0518*. Luz roja. ¿Qué clave habrá usado? ¿Cuáles son las posibilidades de atinarle? Piensa, piensa, piensa.
1234*. Luz roja. 0123*. Luz roja. ¿Qué número usaste grandísimo falsario? ¿Qué clave pensaste que nunca iba a llegar a mí? El día que llegaste. Cabrón. Sonrío mientras nerviosamente hago cuentas y con dedos temblorosos oprimo 0327*. Luz roja. ¡Maldita sea! 2703*. Luz roja. Trato de aventar la caja fuerte y únicamente consigo dejarla caer por muy poco encima de mi pie. Es “portátil” pero al parecer no es aventable. ¿Qué escondes? ¿Qué puedes tener o haber hecho que requiera de una caja fuerte a la que no pueda entrar?
Me levanto súbitamente. Mi cuerpo no aguanta más y tengo que correr al baño a expulsar los restos de la noche anterior. Por segundos no llego a tiempo y la ola multicolor me hace doblarme de dolor. Empiezo a llorar. Primero algunas lágrimas tímidas, de esas que ni cuenta te das cuando ya están rodando en tus mejillas, pero sólo es el principio. En pocos segundos estoy en el piso, con las manos en puño llorando como si tuviera dos años, con los ojos, con la boca, con toda la cara, todo el cuerpo. No puedo más tengo que acabar con esto, digan lo que me digan este maldito hijo de puta se tiene que ir de mi vida. No puedo más. Hijo de puta. Hijo de…
Es como si un rayo me golpeara en la cabeza. Las lágrimas paran, me enderezo. Hijo de puta. Inteligente sí que eres enorme invasor. Sonrío. Me río. ¿Será posible? En seis o siete zancadas estoy en “su” cuarto. Tomo la caja, volteo el panel con los números hacia mí. Respiro hondo y marco una combinación de fecha que nunca se me va a olvidar. 0107*. Ese instante entre que oprimo el asterisco y prende la luz verde se me hace eterno. Suena el candado abriendo. Siento electricidad recorrerme todo el cuerpo. Estoy adentro. Primero de Julio. Grandísimo cabrón. La muerte de mamá ¿eh? En ese segundo y sintiendo lava subirme por el esófago, sé que esta vez no hay vuelta atrás. Me voy a deshacer de Él cueste lo que cueste.
No hay nada más que un cuaderno terriblemente parecido a los míos dentro de la caja fuerte. Lo saco, notas fechadas desde hace algunos meses. Su diario supongo. Siento algo de miedo y lo que reconozco como vergüenza al abrir su libreta privada para leerla. Me río. ¿Vergüenza? A veces me desespero hasta a mí mismo.
Si es su diario. Páginas y páginas de sus despertares y de la vida de excesos que ha llevado desde que llegó. En algún momento y marcado en rojo viene una lista de números que reconozco como mi número de cuenta del banco, mi clave personal, mi contraseña para la computadora y algunas otras que debe de haber tomado de mis cuadernos. No me toma por sorpresa, ya sabía que tenía esa información y no hice nada para evitar que la usara.
Sigo hojeando este compendio de borracheras y estupideces. Leo algunas notas sobre lo que pensaba hacer cierto día en la noche, que bar iba a visitar y que tan ahogado quería quedar. Abundan en estas páginas las burlas hacia mí y las cosas que me gustan hacer, por ejemplo, al parecer la bicicleta estática le parece “una burla a los deportistas de todo el mundo” y que yo haría mejor en “vender esa cosa para no seguir insultando el nombre del ciclismo”. Que simpático. Nada de consecuencia, pura idiotez. Como siempre debo añadir. Se mete en problemas y ahora encontró una manera de dejar constancia de ellos supongo para regodearse en un día aburrido. Con algo de apremio y vergüenza me descubro leyendo con sumo interés las anotaciones con detalle de lo que hizo con una mujer que nombra Sybil, un cuadro por cuadro de su encuentro sexual.
Es increíble. Vuelvo a sentir furia. Él sin ningún problema consigue traer mujeres al departamento cuando quiere y yo nada más no consigo quitarme esa maldita vergüenza que me da al intentar hablar con mujeres extrañas. Empiezo a sudar, la mano derecha me tiembla un poco. Tranquilo. Tranquilo. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, cierra el cuaderno. Dos, cierra los ojos. Tres, respira. Cuatro, abre los ojos. Listo. Continúo leyendo. Las siguientes páginas siguen siendo lo mismo, se tomo quien sabe qué tanto, no durmió durante dos días, conoció a esta o a aquella. Pura tontería. Hasta que llego a unos párrafos que parecen el resultado de un momento de enojo. Están escritos con diferente letra, un poco más desordenada, temblorosa. No tardo en leer mucho cuando siento una espada helada cruzándome la espalda. Tiemblo.
La purificación sólo la voy a alcanzar mediante un objetivo superior. Erigirme, como es mi destino, en un dador de vida. Tener el control sobre la existencia. Tengo que conseguir no dormir, me llama ésta labor trascendental. Mi destino. Lo que tengo que hacer y para lo que estoy en este mundo. Necesito mostrarle a la humanidad el camino correcto mediante la destrucción de sus desvíos…
Un ruido me hace saltar. Hay alguien en el departamento. ¿Qué hago? Lo más rápido que puedo guardo el cuaderno en la caja y tras un momento de duda entre salir del cuarto o quedarme parapetado en “su” cueva, decido tomar acción e ir a defender mi vida. En el pasillo y consciente de mi fragilidad, tomo el florero que me regalaron mis papás hace años como arma. Al menos si algo me ha de suceder, el perpetrador se va a llevar un florero estrellado de regalo. Llego casi al final del pasillo y lentamente me asomo hacia la sala.
No hay nadie. Me encuentro únicamente al Norton con cara de culpable junto a lo que era una pila de libros y que ahora es una mescolanza de libros. La torre en su caída derribo la mesita con la lámpara. Me río. Soy un idiota. ¿Qué esperaba encontrarme? ¿A Él? Suelto una carcajada que me asusta. Definitivamente yo no me río así. Me recargo en la pared. Uno, dos, tres y cuatro. Uno, abre los brazos. Dos, cierra los ojos. Tres, inhala. Cuatro, exhala. Me tomo la frente y recuerdo lo que estaba haciendo. Regreso a “su” cuarto y en un mismo movimiento tomo el cuaderno y cierro la cajita fuerte. Mejor me voy a leer a la sala, a mi territorio, donde no me sienta intimidado. Qué tristeza. Amedrentado en mi propio departamento. Continúo la lectura.
Necesito mostrarle a la humanidad el camino correcto mediante la destrucción de sus desvíos, darles una muestra del camino a seguir y de las consecuencias de seguir viviendo una existencia decadente y superficial.
Pero para todo eso necesito primero dominar. Ser fuerte y ser YO. Dejar que éste magnífico ser surja de entre las sombras pusilánimes y errantes que lo tienen subyugado. Terminar con las ataduras que tengo y con las restricciones que Él me impone. Dominarlo hasta que lo destruya. Poco a poco. Cada vez consigo más y más tiempo, cada vez estoy más presente. Tres días consecutivos…
Tengo que dejar de leer, las ganas de vomitar vuelven. Tengo dificultad para respirar, ¿Qué está pasando? Se volvió contra mí. No sólo se burla de mí, no sólo le parezco ridículo como yo pensaba. Al parecer me odia con la misma intensidad que yo a Él. “…hasta que lo destruya”. Siento miedo. Vuelvo a empezar a llorar aunque ahora mucho más recatado. Tengo que seguir leyendo y me da pánico. ¿Qué es eso de “mostrarle a la humanidad el camino correcto”? ¿En qué momento pasó de ser un divertido idiota con gustos simplones y autodestructivos a alguien que va a acabar con la “existencia decadente y superficial” de la humanidad? Me tiemblan las manos, me duelen las sienes.
Sigo leyendo y mi desesperanza y miedo se transforman en terror. Uno, dos ,tres, cuatro. Uno, cierra los ojos. Dos, toma el vaso. Tres, toma un trago de agua. Cuatro, respira. Necesito fuerza. El diario continúa algunos párrafos en los cuales explica las razones para irme aplastando hasta que desaparezca. ¡Maldita sea! El terrible suplantador además es convincente. Espeluznante sin duda, pero convincente. Entonces llego a las dos páginas más aterradoras que he leído en mi vida.
Empieza con una descripción con lujo de detalle de la mesera del café de la esquina. Luego viene un calendario, con la rutina de esta pobre señorita casi minuto a minuto. Luego enlista las placas, color, marca y modelo de su auto, la dirección de su departamento, su número de seguridad social, clave de identificación personal, en fin toda la información posible que se puede tener de una persona. La ha estado estudiando durante mucho tiempo. Al final y de manera muy ordenada redacta una cronología día a día de la relación que la pobre muchacha al parecer mantiene con un tipo que está casado.
Pensé que mi cuerpo podía, a fuerza de leer cada oración, haber desarrollado ya cierta inmunidad al enfermizo diario de mi enemigo, pero nada me hubiera preparado para la última entrada.
El cambio ha iniciado. La purificación inicia con una sola gota. El día de ayer diecisiete de febrero de 2012 empezó la transformación de la humanidad. El creador del orden perpetuo ha iniciado su marcha. El entregarle la salvación mediante cuerpo y metal, semen y sangre, puño y fuego me ha liberado y me ha mostrado el camino. La absolución está cerca y no hay manera de evitarla.
Empiezo a llorar. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, cierra los ojos. Dos. Dos. Dos. No puedo más y vomito ahí mismo en el tapete de mi sala.
-
Son las siete de la noche. No puedo ni quiero dormir. Me aterra pensar que voy a despertar dentro de algunos días o quizá ya nunca. Me paraliza la idea de que el haberle permitido existir, que el no haber terminado con Él haya provocado lo que he leído ya mil veces. Puede ser o no ser cierto. Mi mente, que pretende consolarme, me quiere convencer que no hay manera de que haya en efecto hecho lo que presume, el resto de mi sabe que en algún lugar, cortados, quemados o enterrados, que sé yo, están los restos de una niña de veinte años que trabajaba de mesera y que se había enamorado de un tipo que estaba casado.
Tengo muy claro que debo hacer pero eso también me aterra. Cobardemente decidí que la única forma de enfrentar esto era estar algo adormecido, anestesiado, por lo que compré una botella de vodka que poco a poco me he ido tomando. Estoy borracho. Mejor así.
He unido su diario a todo el expediente con el que cuento, para que cuando nos encuentren puedan contar con alguna explicación. No sé si muy clara, pero al menos una explicación. Tomo mis cuadernos y antes de unirlos a la pila de “evidencia”, arranco dos hojas para escribir en ellas la carta que llevo rumiando todo el día.
A quién me lea,
Sueño con escapar. Eso no me hace ni más interesante ni más simpático. Caramba, no me hace ni siquiera diferente. Todos estamos tratando de escapar de algo. De los padres, de la escuela, del trabajo, de la esposa, del esposo, de la realidad, de los hijos, del banco, de la vida. Lo que me hace extraño es que yo sueño con escaparme de mi mismo. Bueno al menos de una parte de mí.
Los días tienen veinticuatro horas. Normalmente dormimos entre seis y ocho. Soñamos. En los sueños podemos ser otras personas, con otras vidas y otras realidades, aunque siempre permanecemos siendo nosotros los dormidos. Pueden ser sueños buenos o malos, sueños en los que te ganas la lotería o te encuentras al amor perdido y de los que es triste despertarse, pero también sueños en los que todo va mal y se es un ladrón a punto de ser atrapado o un asesino buscando víctimas. Lo importante y básico de los sueños es que se despierta de ellos. Salvo aquellas personas que en su sueño encuentran a la muerte, siempre despertamos. Entonces esa persona que soñamos ser deja de existir, no fue real, bueno o malo, no afectaste ni al mundo ni a ti.
Ahí radica el tema de esta carta, el tema de mi vida supongo. Yo no tengo ese privilegio de despertar. No, más bien si despierto, pero con consecuencias que asumir. Para empezar para llegar a mi “sueño” no necesito dormirme. Los doctores me indicaron que hay ciertos “disparadores”. Enojo extremo, el sentirme acorralado (no puede ser muy cierto, la espada y la pared han sido mis mejores amigos desde hace algunos años), tristeza profunda, un cambio de estado de ánimo muy fuerte. Eso lo inicia y no puedo saber qué es lo que lo termina. Ese diagnóstico me lo hicieron hace casi cinco años en otra ciudad, en otro mundo (Todo está en el expediente que dejo). Pude haber controlado lo que en su momento eran simplemente episodios aislados con medicinas, pero significaba asumir que el resto de mi vida lo iba a vivir con las emociones apagadas, sin sentir alegría o tristeza o enojo. Sin poder conmoverme o llorar, sin poder tener empatía ni amor. Un muerto emocional. Me dio miedo. No me pude imaginar la vida sin volver a sentir. Me equivoqué y escogí huir, sabiendo que si pasaba más tiempo y dejaba que esa otra persona se desarrollara entonces ya no habría vuelta atrás.
Al principio y durante mucho tiempo, casi no sucedía y cuando Él aparecía (y por lo tanto yo me “guardaba”) sólo era para tomar todo el alcohol que podía e irse de fiesta sin control. Aunque me daba miedo que me fuera a suceder algo, también (que idiota, carajo, que idiota) en cierta forma lo envidiaba. Poder hacer lo que quisiera, como quisiera sin pensar en las consecuencias. Libertad total sin miedo a nada. Lo envidiaba y empecé a vivir a través de Él. Aunque no recordaba nada de lo que había hecho al menos sabía que a veces tenía momentos de locura que normalmente no me podía permitir. Sólo le di fuerza, sólo dejé crecer.
Los “episodios” cada vez duraban más y más y no podía hacer nada para controlarlos. He cambiado tres veces de trabajo, siendo despedido por no aparecerme o por insultar a mis jefes o compañeros. Tuve que alejarme de la poca familia que me queda (quedaba supongo. No sé) por miedo a no saber explicarles mi situación. Mi vida empezó a desfragmentarse y no supe como componerla. Hasta el día de hoy. Desperté después de varios días de no existir y me encontré sus “planes” (que anexo, el cuaderno verde con la letra manuscrita). Esto tiene que terminar. El daño que poco a poco me ha ido haciendo a mí (nada tonto no ha querido eliminarme, el terminar conmigo significaría terminar consigo mismo) no tiene nada que ver con lo que ha hecho y con lo que piensa hacer. No lo puedo permitir, tengo que tener el valor de enfrentar al monstruo que he alimentado y terminar con Él.
No quiero hacerme la víctima ni ser noticia, aunque tengo la impresión de que inevitablemente lo seré. Lo único que pido es que no se me juzgue por lo que Él hizo, que se sepa que siento mucho el no haber hecho nada y que me avergüenza y entristece lo que mi cuerpo perpetró.
Eso es todo.
Me tomé media botella de Clonazepam para evitar cambios en mi estado de ánimo, evitar que pueda volver a aparecer. Al final el vencedor voy a ser yo. El vencedor menos ganador de la historia supongo, la idea de victoria pírrica es una estupidez comparándola con mi situación. Ni modo. Esto se acaba. Cada segundo retumba en mi cabeza. Me empiezo a enojar, es Él tratando de salir a la superficie. No puedo permitirlo por ningún motivo.
Uno, dos, tres, cuatro. Uno, saco la cajetilla. Dos, saco un cigarro. Tres, prendo el cigarro. Cuatro, inhalo. Un, dos, tres, cuatro. Uno, expulso humo por la nariz. Dos, soplo para dejarlo ir por la boca. Tres, combino nariz y boca. Cuatro, inhalo.
Toda mi existencia se mide ahora en estos cuatro tiempos. Uno, dos, tres y cuatro. En esos compases cabe el mundo. Mi mundo.
Uno, dos, tres, cuatro. Uno, apago el cigarro. Dos, tomo la escopeta. Tres, abro la boca. Cuatro, muerdo la redención.

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