Yo, supervisor (Tercera parte)

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    El altercado pasó desapercibido. En la fábrica, como en cualquier parte, las gentes se suceden unas a otras sin que haya mayores complicaciones. Estaba seguro Mojica de llenar la vacante dejada por el hornero en la mañana: en su escritorio había miles de hojas de vida esperando una llamada. Tan solo una. Además, tenía problemas de mayor peso en qué ocuparse. ¿Cómo sobrevivir a la jornada laboral? Era el principal y el más apremiante. Como lo hacía a diario, ingresaba a la colosal bodega habitada por miles de máquinas (Y entre ellas La formadora: una armazón de aceros engarzados por grandes tornillos donde los operarios arrojaban la materia prima y que en sus pesadillas lo tragaba por la fosa de los materiales) y se entregaba a la larga marcha cotidiana buscando acompasar las horas con algún pensamiento intempestivo y perderse en él mientras trabajaba. Paseaba por los zaguanes de la edificación luciendo un gesto duro, severo, lo suficientemente temerario para que sus subalternos no contravinieran sus órdenes. Por meses había fatigado la esperanza de su matrimonio. ¿En que pensar?… La infaltable niebla que despiden los hornos a la medianoche, que acapara todo viso de tranquilidad, que inunda y apesta el aire, le dijo que una noche así había conocido a Katrina sin el ornato púdico de las ropas. El se hallaba relevando a otro supervisor anterior a Duarte y la niña traviesa, con el deseo a flor de piel, se escondió en la bodega. Mojica, como era usual a su dignidad de supervisor, se obligaba a mostrar un porte regio con la espalda recta, la mirada alta, el brazo izquierdo cruzado a la espalda mientras la mano derecha blandía unas veces la antena de un radio de comunicaciones y otras un bolígrafo o una vara; marchaba con gravedad marcial, como los cadetes de la Guardia Presidencial en sus exhibiciones. Mojica, ridículo y zafio, inspeccionaba una de las rupestres habitaciones cúbicas cuando súbitamente fue arrebatado por la doncella. Recién se habían conocido: para compensar los inútiles convencionalismos que la decencia demanda, la mocetona apagó sus palabras con el flamígero acto del beso y lo apaciguó con las sensuales, irresistibles, vencedoras y todopoderosas caricias que toda mujer por ser mujer naturalmente sabe ejecutar sobre el desvalido cuerpo de un hombre y lo rinde a su absoluto albedrío. Esa noche Katrina sólo quería su carne; provocar su deseo para regocijarse plácida sobre él. Estudiadamente lo desnudó; él, sin voluntad para resistir, se abandonó al ímpetu lascivo de su novia. Recreaba la escena con morbidez, inundado su rostro del calor asfixiante de las máquinas de producción, del horrísono estruendo de las operaciones fabriles. Mojica vibraba en su visión púrpura y sentía que la amaba; que su cuerpo, sus voluptuosas formas y sus ademanes provocadores le eran tan esenciales como el aire o el agua. Después de esa noche comenzó a desearla. Como los adolescentes que se han iniciado en los afanes del himeneo, Mojica dio en llamar amor al torbellino de sus pasiones confusas, a la fiebre lasciva que nos provoca la mujer ardiente cuyas formas las destinan los inmortales a saciar la lujuria masculina, al desaliento que nos acude cuando ella, la virgen propiciatoria de nuestras fantasías eróticas, aviva la llama que nos devora con un gesto, un sutil y pronunciado movimiento de sus labios o una mirada cargada de seducción. A toda esa maraña de sensaciones que nos condenan al infierno telúrico que habitamos, Mojica dio en llamar amor. Estaba enamorado: esa era su verdad. Katrina era dueña de su corazón: esa era su pena y su más intima alegría. Insistente, apresuró la fecha de la boda con la bienhechora anuencia de sus suegros y su padrino. Sus recuerdos lo llevaron hasta ese día, cuando en fervorosa plegaría le rendía sus sentimientos a la niña con tanto ardimiento que se sintió sublime, algo sobrehumano y cercano a los olímpicos.

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