A Eduardo Casas Gruñeiro (Vigo 1932) la vida lo trató, como a la mayoría de nosotros, unas veces bien y otras muchas, mal. Ayer fue encontrado muerto en su casa de Madrid a los ochenta años de edad a causa de un cáncer de próstata que venía arrastrando desde su jubilación. Hijo de José (pescador) y de Paula (ama de casa), creció acompañado del mar y de sus dos hermanas, María y Lucía. Contando él con tan solo trece años quedaron huérfanos debido a un accidente de coche. Al año siguiente, animado por el sacerdote que ofició el entierro de sus padres, se trasladó a Burgos donde cursaría el bachillerato en el recién inaugurado Colegio de los Salesianos “Padre Aramburu”. Mientras, sus dos hermanas, quedarían en Vigo bajo la cautela de la única hermana de su madre, la tía Remedios.
A Eduardo siempre le apasionó el estudio de las ciencias. A los dieciocho años se trasladó a Madrid para comenzar la carrera de Ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica. Allí fue donde acumuló grandes conocimientos sobre álgebra, mecánica, electrónica y todo aquello que le inquietaba y que más tarde, con el tiempo, olvidaría. Debido a la dificultad que presentaban algunas asignaturas, se vio obligado a prolongar sus estudios dos años más de los que pretendía y por tanto, a conseguir más dinero del que había reservado, lo que le llevó a trabajar como camarero en salones de boda y en épocas de vendimia, a recorrer las tierras de la Mancha y la Rioja como temporero.
Acabó la carrera con veintiséis años y se casó a los treinta con Margarita, como él confesaría más tarde, la única mujer capaz de soportarlo. No tardaría en encontrar un trabajo en una multinacional dedicada a la fabricación de automóviles. Sus retribuciones fueron suficientes para mantener a su mujer y mandar de vez en cuando alguna ayuda económica a sus hermanas. María, la mayor, fue llamada a ser monja de clausura en el convento Amor de Dios, por lo que nunca salió de Vigo. Lucía, más rebelde e insumisa, se aventuró como actriz en teatros y telenovelas locales, aunque también le fueron atribuidos varios cameos en el mundo de la prostitución.
Afincado en Madrid, y con un apartamento en Santa Pola, Eduardo vivió una etapa feliz en su matrimonio, hasta que una terrible noticia aplastó su momento más idílico, volviendo a quedar patas arriba la vida del gallego. Su único hijo, Eduardo José, desoyendo el aliento paterno de cursar una ingeniería, había decidido estudiar… Filosofía y Letras.
Poco a poco padre e hijo se fueron alejando, hasta que su relación se convirtió en una llamada por Navidad y otra en el día de su cumpleaños. Margarita, obediente y buena hasta decir basta, cargó en sus espaldas con todo el peso de la nueva situación familiar. Eduardo se aficionó al juego, al alcohol, y no serían pocas las amantes que se le contaron y que por otra parte, tampoco se esforzaba en ocultar.
Se prejubiló a los sesenta y tres años aquejado por un cáncer de próstata. Desde entonces, apenas saldría a la calle y su carácter se marchitaría, pasando sus últimos años encerrado en su casa, dolorido por la enfermedad, pero arropado por su mujer a la cual pidió perdón por sus desmanes, reconociéndole, más vale tarde, los esfuerzos realizados por aparentar normalidad.
La asistenta, que fue la primera en ver al fallecido, tuvo que avisar a su mujer, encontrada de rodillas en misa de doce; su hijo recibirá la noticia cuando llame por Navidad; su hermana María, que murió el año pasado, siempre lo tuvo en sus oraciones; y su hermana Lucía, que nunca fue muy dada al rezo, aun no ha sido localizada.
Que descanse en paz.


LUCIA UO
Me gustó.
Sé que ese hijo y ese padre aunque aparentemente han estado separados, en su corazón no ha sido así. No existe mayor amor que el de un padre y una madre por sus hijos, ese amor es incondicional, como lo es, el del hijo por sus padres. Nadie es perfecto, es en ese amar y aceptar al otro, sin pretender cambiarlo donde se expresa el amor incondicional.
Que descanse en paz Eduardo. Su hijo debe saber que su padre siempre lo amó y estuvo orgulloso de saber que fue capaz de seguir los dictados de su corazón, aún en contra de sus propios deseos.
Un gran abrazo y mi voto.
Saludos a Vigo.
Diego.Rinoski
Hola, Lucia. Te agradezco tu comentario y tu voto. Me acabas de desvirgar en esta página…jejeje… y estoy contento. Solo hay verdad en tus palabras, el amor paternal siempre está, pero si no se demuestra es como si no estuviera.
un abrazo
VIMON
Bella elegía para un tipo común y corriente, es decir, como todos…Saludos y voto.
Diego.Rinoski
Gracias, Vimon. Parece que morirse y salir en los periódicos se reserva a un tipo de gente, aunque la muerte no hace distinciones.
saludos
Pernando.Gaztelu
Buen relato, queremos más! Interesante estilo y forma de contar las cosas, queremos más acción, conflicto e historias, graciad, voto!
Diego.Rinoski
Gracias por el voto, Pernando, y no te preocupes, tendrás todos los géneros que quieras…jajja… un cordial saludo.
volivar
Diego Rinoski: excelente presentación la tuya en esta red, en donde eres bienvenido; como dice Pernando, esperamos más, mucho más de tus bellas letras, tan humanas, es decir,sublimes, porque la vida es eso, sublime, linda, a pesar de todos los pesares.
Mi voto
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Diego.Rinoski
Gracias, volivar, por la calurosa acogida. Espero seguir por aquí y contaos muchas historias.
saludos cordiales
RafaSastre
Diego, con mucho retraso leo esta historia que me ha gustado mucho. Trazas con maestría la biografía perfectamente creíble de un ciudadano normal y corriente, de cualquier hijo de vecino. Enhorabuena, voy a seguir leyendo tus obras.
Diego.Rinoski
Gracias, Rafa, con retraso también leo tu comentario… Jajaaa… Será un placer dejar más relatos por estos lares…
Un gran saludo…!!!