Extracto de La Ciudad Doliente
I
Al Señor Comisario M.·. “Holmes”:
Como respuesta al ruego que usted me encareció sobre el inmediato traslado del informe referente al homicidio de R.P.U., acontecido el pasado 21 de abril de 1919, adjunto a mi atenta la única copia existente del mismo, esperando sus instrucciones para proceder en lo sucesivo. Tengo muy presente para lo que se le tercie, ahora y siempre, mi deber sagrado de Socorro para con mis hermanos, por lo que puede estar tranquilo y seguro de mi confidencialidad. Como usted ya sabe el detective del caso también forma parte de nuestra Obediencia y sabrá ser discreto.
Al Juzgado de la Secretaría del Sr. Aguilar remitiremos un expediente sin informes concluyentes que contenga poco menos que los datos de la víctima, y que pasado un tiempo nos ocuparemos asimismo de extraviar.
Muy atentamente,
El Inspector Jefe C.·.”Dupin”
II
MUY CONFIDENCIAL
Comisaría de Buenavista. Madrid.
Expediente de homicidio sin numerar.
Víctima: R.P.U.
Informe del Detective A.·. M.·.”Poirot”
Siendo las diez horas de la noche del día 21 de abril de 1919, me persono en la calle López de Hoyos de esta ciudad donde una vecina de la casa del numero 137, ha dado aviso de haber encontrado el cuerpo sin vida de otra mujerque, según manifiesta, también es vecina del inmueble.
Al llegar al lugar de los hechos compruebo que la dirección del aviso es una casa modesta, de las denominadas de corredor, y tras proceder a entrar en su portal y vadear un pasillo, largo y estrecho, que da acceso al patio sobre el que asoman las casas, me encuentro con un enjambre de vecinos salidos de las numerosas viviendas existentes que se arremolinan sobre el cuerpo de una persona completamente inerte, mitad en el cuarto excusado que parece común de todas las casas, mitad en el pasillo.
Tras una primera inspección del cadáver, en la que necesito cubrir mi rostro con un pañuelo debido a la pestilencia del lugar, compruebo que se trata de una mujer de edad indeterminada, pues según la miro de un lado parece joven y según la miro del otro ajada, por lo que vengo a determinar que la susodicha todavía no ha entrado en los cuarenta años pero que ha debido tener una vida de penalidades que le ha castigado bastante el aspecto físico.
Preguntado a los concurrentes sobre la identidad de la fallecida, me dicen que se trata de una vecina de la casa, de nombre Raimunda Pazos Uría, una mujer sencilla y trabajadora, de las muchas que moran las casas del lugar. Al parecer en el momento actual vivía separada de su marido y solo tenía una hija mocita que varios vecinos me señalan en la distancia sentada en el suelo y llorando con la cabeza hundida entre las piernas.
Preguntado a la mujer que había encontrado el cadáver sobre lo acontecido, relata que a eso de las ocho salió de su vivienda en dirección al común, quiere decir el retrete, y que al llegar al mismo, con bastante urgencia, se tropezó con el cuerpo de la Raimunda, la pobre toda ensangrentada y en el suelo, con tal susto que a poco se lo hace encima. Refiere asimismo que no ha visto ni oído nada previamente. El resto de vecinos congregados morbosamente junto al cadáver, manifiestan de común que tampoco han visto ni oído nada.
Examinado in situ el cadáver, la mujer presenta signos de haber sido golpeada con un objeto contundente en la cabeza, lo que le causa un traumatismo severo y la pérdida de mucha sangre. Tras una inspección más minuciosa de la herida constato que tiene literalmente machacado el cráneo con salida de materia gris. Tal circunstancia parece la causa más que probable de la muerte.
Preguntado a la hija de la víctima por lo sucedido, la misma, que refiere tener doce años, casi trece, apenas puede contestar. Está asustada y en aparente estado de excitación nerviosa. Entre balbuceos que se van sosegando poco a poco, relata que no ha visto nada ni oído nada. Que estando ella acostada porque le dolía mucho la cabeza, su madre se debió levantar para ir a hacer sus cosas, pero que ella no lo oyó. Se sobresalto poco después, con los gritos de los vecinos que descubrieron el cadáver de su madre camino del retrete. No sabe quién puede haber golpeado a su madre porque ellas son tan pobres que no tienen ni enemigos. Que no puede ser que quien la golpeó quisiera robar sus pertenencias porque su madre no llevaba nada de valor encima. Que por lo que ella tiene entendido, su madre solo posee unas joyitas guardadas en una cajita en casa y que allí siguen. Que no sabe de disputas de su madre con los vecinos, recientes o pasadas, que allí en la casa todos son más o menos de pobres, y que nadie se metía con ellas. Que lo único extraño que les había sucedido recientemente es que su madre recibió una carta muy larga que leía y releía a todas horas y que tras de leerla siempre le decía a ella, a la niña, que a partir de entonces les iba a cambiar la suerte y que iban a recuperar la casa de muñecas, pero que no sabía a qué se refería ni donde guardaba la susodicha carta aunque no le extrañaría que la llevase encima porque no se desprendía de ella así la quemasen. Dice que la carta se la dejó a su madre un hombre alto, delgado y con los ojos rasgados hacia las sienes, pero que no lo vio muy bien, ni escuchó lo que hablaron, aunque estaba segura que era la primera vez que iba por su casa.
Inspeccionada la ropa de la víctima no le hallo encima la carta referida por su hija, tampoco constato otros signos de violencia en la mujer fuera del golpe en la cabeza, por lo que le solicito a la niña entrar en la vivienda para buscar la carta u otras evidencias.
La vivienda es pobre y muy pequeña, unos veinticinco metros cuadrados por lo alto, con una habitación, un salón y una cocinita. Me dice la niña, con vergüenza, que el único baño es el común del pasillo. Luego me enseña la caja donde su madre guardaba las joyas que refirió, que sigue intacta a decir de la niña y que contiene principalmente unos pendientes de brillantes y un reloj de colgar que la niña denomina saboneta. Otras fruslerías sin valor que encuentro no me merece la pena mencionarlas. Buscamos la carta por toda la vivienda sin éxito, hasta que, accidentalmente, piso sobre una baldosa que me parece un poco suelta y sospechosa; con la ayuda de un cuchillo que me proporciona la hija consigo levantar la baldosa y debajo, albricias, aparece la voluminosa carta envuelta en un sobre con un lacre roto. La carta y el sobre están manuscritos con una caligrafía poco afortunada, como de persona de edad y pulso tembloroso, por lo que decido abandonar el lugar de los hechos y el cadáver, del que ya se están haciendo cargo otros compañeros que quedan a la espera de su levantamiento por el Juez. Antes de marcharme me intereso por la suerte de la niña que me refiere que esa noche se quedará en casa de una vecina que se lo ha ofrecido y que en lo sucesivo cree que su padre se hará cargo de ella. Ciertamente se trata de una jovencita muy corajuda.
De vuelta a mi oficina me dispongo a leer y mecanografiar con mi Victoria la misteriosa carta, para su mejor instrucción y estudio, fuera de que el original acompaña el presente informe para su posterior análisis cuando se estime necesario.
III
En el sobre exterior, se dice (transcribo lo manuscrito):
A quien lo encuentre para que lo abra y lo lea y tras de leerlo ruegue mucho a Dios por mi alma que me perdone por lo que hice, si es que fuera posible, y para que luego lo conserve en su poder para su gobierno conforme estime más cristiano y conveniente.
Y en la carta de su interior se lee:
Yo, José Antonio Benigno de Murga y Reolid Michelena y Gómez, primer Marqués de Linares y primer Vizconde de Llanteno por la gracia de su Majestad Amadeo I, el de Saboya, que Dios tenga en su gloria eterna; marido amantísimo de Raimunda de Osorio y Ortega, que ya reposa en brazos del Altísimo; y Senador electo que fui del Reino, me dispongo a dar testimonio de mi terrible pecado en las presentes hojas antes de poner fin a mi tortuosa vida, del todo insoportable desde que mi queridísima Munda murió.
Comienzo a escribir la presente a los pocos días tras de su muerte para dejar constancia de los horribles sucesos de los que fui participe junto con mi esposa, dios nos perdone, y que me martirizan el alma, y que por ello necesito sacarlos a la luz en estos últimos instantes de aliento, siquiera por aliviar mi conciencia de la culpa que desde entonces me constriñe y con la esperanza de que se pueda, tras su lectura por la persona adecuada, reparar en la medida de lo posible. Al terminar mi relato firmare y fecharé la presente carta y luego simplemente me moriré.
Para que todo se comprenda tendré que dar cuenta, primero, de mi padre, don Francisco Mateo de Murga y Michelena, hombre de comercio, de redaños y de fortuna, que hizo la suya, como muchos otros, viajando muy joven junto con su hermano Manuel a las Américas, a la isla de Cuba, y regresándose de allí en un santiamén con un millón de veces lo que se llevaron gracias al mercadeo con las labores del tabaco y con el cacao, de manera muy principal. Luego ya más tarde, de vuelta en España, prosperó mucho con sus preclaras inversiones en la compra de propiedades y tierras de las que Mendizábal le birló a los obispillos y frailes. 6
Fue mi padre a lo primero, por tanto, un indiano tal como se ha convenido en llamar a los que hicieron fortuna en las Américas con cierto regusto despectivo, que muy poco le importaba a mi progenitor pues apenas tuvo tiempo de mancharse las botas con aquellas tierras. Su hermano y él, tras los primeros negocios ultramarinos, decidieron que para comerciar entre continentes antes bien era preferible tener un pie en cada puerto. En el reparto de tareas a Manuel, por ser mayor, le tocó quedarse allá, al frente de los negocios de exportación, y a mi padre volverse acá donde prosperó no solo con el comercio transoceánico, sino también como industrial de ferrocarriles, como prestamista ocasional y, sobre todo, con las inversiones clericales de la desamortización y otras muchas que no vienen al caso.
En lo que concierne al tema de las propiedades de los frailes y monjas debo reconocer que en aquello le convino mucho su estrecha amistad con el insigne Salustiano Olózaga, y con el propio Mendizábal, a la sazón gobernador y ministro respectivamente, que le nombraron cargo principal de la Junta de Arbitrios de Amortización que era la institución encargada de la adjudicación de los bienes, cargo que le dio evidente ventaja para sus inversiones. Todo ello me lleva a preguntarme hoy sobre los verdaderos ideales políticos de padre, que luego hablaré; quiero decir que quizá sus motivaciones tuvieran más que ver con sus intereses particulares que con un verdadero impulso liberal. En cualquier caso, todo aquello de la desamortización hizo bien al país e importaría mucho de ver su conclusión para la definitiva modernización de España aun a costa en ocasiones de la belleza de nuestras ciudades.
Padre, que era vascongado de cuna, no quiso regresarse a su tierra natal al volver de Cuba, por ser él hombre de talante liberal, como ya he dicho, poco común por aquellos parajes tradicionalistas y conservadores, que enseguida se buscaban la excusa sucesoria para armar una gresca carlista tras de otra. De tal modo, decidió mi padre instalarse aquí en la Corte de Madrid, lugar más propicio para sus negocios mercantiles y dispuso el traslado a esta ciudad también de algunos de sus numerosos hermanos menores. Bien es cierto que en aquella época la capital estaba poco más o menos de anquilosada que su tierra natal, y que en la Villa y Corte tampoco se desaprovechaba la ocasión para despachar casi a diario Riegos liberales en las horcas de la plaza de la Cebada.
En cierto modo Madrid no dejaba de ser entonces un constreñido, mugriento e inmundo poblachón, con mucha distancia en cuanto a modernidad de otras capitales europeas, como París o Londres. Aun así, las camarillas y grupos liberales y las logias de masones proliferaban por doquier y si uno tenía manejo y moderación, podía frecuentarlos evitando fácilmente el peligro de la soga de Tadeo Calomarde, el cruel ministro justiciero del rey Fernando. Padre fue asiduo del Parnasillo, la tertulia de literatos instaurada en el destartalado café del príncipe; de aquella manera y junto con otras correrías de taberna y una pizca de conciliábulos ocasionales, llenaba de aliciente su vida en la compleja época de juventud que le tocó vivir. Fuera de otros muchos cargos y privilegios que ostentó, como el de caballero de la orden de Carlos III, merece destacarse que mi padre también fue diputado a Cortes por muchos años en los que supo morigerar sus veleidades liberales una buena medida, según me dijo él mismo, por evitar el mayor peligro que presentía de un horizonte cargado de diputados socialistas y que, en definitiva, ponía de relieve su carácter moderado. Recuerdo de entonces sus constantes quejas sobre otro diputado a cortes de lengua afilada y aviesas intenciones, don Alejandro Mon, a la sazón ministro de Hacienda, que con su verbo fácil y desembarazado le ponía en constantes aprietos a él y a otros muchos senadores.
Se desposó joven con mi madre, Margarita Reolid y Gómez, y al poco ésta le dio tres hijos varones como descendencia: Joaquín su primogénito, quien esto suscribe el segundo, y por último el pobre Eduardito con su lisiadura. También tuvieron una hija, mi hermana Carmen, que murió siendo muy niña ella y poco más o menos yo, y de la que casi no me acuerdo.
Padre siempre nos educo a sus hijos en las doctrinas liberales que propugnaba, fuera de los convencionalismos y ataduras que imperaban en las altas esferas, y para ello trataba de inculcarnos su máxima vital de que el hombre se hace a si mismo desde que nace hasta que muere. Con esta prerrogativa nos compelía a mi hermano Joaquín y a mí a conocer mundo viajando y estudiando en países extranjeros, y asimismo nos animaba con vehemencia a tratar gentes fuera de la esfera social en la que por posición nos correspondía estar, previniéndonos muy especialmente contra los matrimonios concertados o de conveniencia que solo buscaban consolidar la posición social de los cónyuges y que, aunque no lo decía, tanta tristeza le había traído a él mismo por casarse desapasionadamente con la hija y con la dote de uno de sus primeros socios, adinerado y de buenos contactos.
-José, es menester el amor conyugal para la felicidad del hombre –me repetía una y otra vez-; no importa la posición económica de la esposa que elijas, lo único que ha de contar es el cariño sincero que os tengáis.
Y luego se quedaba absorto pensando en cosas del pasado que nunca contaba y que yo barruntaba tendrían que ver con sus correrías de juventud. Por desgracia tales barruntes que le frecuentaban el caletre, lo llevaron a honrar más de la cuenta las tabernas de Madrid y a visitar con exceso sus barrios humildes en busca de señoritas de tres al cuarto con las que fulanear. La consecuencia de sus constantes desavenencias matrimoniales, fue que madre terminó por hartarse y se marcho a vivir a Valencia con el tío Santos, un hermano suyo, pero sin formar escándalo con la separación. También fue fatal consecuencia de sus devaneos su vergonzosa enfermedad, la que acabó por matarlo.
Así las cosas, sobre mi niñez se abrió paso la juventud y conforme los deseos de mi padre los dos hermanos mayores prodigamos nuestras estancias de formación en el extranjero, principalmente en la Inglaterra, Alemania y Francia, hasta el punto que en España solo pasábamos los veranos, y a veces, en lo que a mi tocaba, ni eso.
Nuestro regreso definitivo a España, una vez acabados los estudios, se precipitó por la constante preocupación de padre hacia los excesivos gastos de nuestros viajes. Una vez reaposentados en Madrid mi hermano Joaquín comenzó el ejercicio de la abogacía, aunque al poco tiempo se sintió mermado por la enfermedad de los pulmones que comenzaba a minarle el físico; yo por mi parte, me sentí vivamente interesado en adquirir el trato de las gentes de otras capas sociales que tanto propugnaba mi padre, de manera que comencé a frecuentar, como él, las tabernas bulliciosas de Madrid y sus pintorescos mesones.
Daba a la sazón largos paseos que siempre partían de nuestra bonita casa en el número 4 de la recoleta calle de Las Torres; de allí me dirigía hacia la de Caballero de Gracia con su gentil oratorio remedo de basílica romana; luego me llegaba hasta la Montera, siempre bulliciosa y llena de tiendas, y visitaba su coqueto pasaje de Murga que abrió mi padre a la calle de las Tres Cruces para solaz de Mesonero Romanos. Desde la cabecera de la calle Montera pasando muy rápido por delante del edificio de gobernación, desandaba el camino por Preciados por el gusto de ver en su número 6, la antigua tienda de productos coloniales que fundó mi padre con su fachada beis de filigranas. También por gusto me llegaba casi siempre hasta el final de la calle Preciados, tan animosa y concurrida, para revolverme luego por la estrechura del Postigo de San Martín caminando junto al muro escaso de vanos de las Descalzas Reales, que quedó a salvo de Mendizábal por su pasado regio seguramente. Luego, a la altura de Arenal, mudaba Postigo por Bordadores, sin necesidad de desviar mi rumbo, justo cuando llegaba al pie de la torre de San Ginés y hasta que desembocaba en la espléndida calle Mayor, donde luego viviría de casado muchos años.
Desde la calle Mayor me dirigía a la plaza de Puerta Cerrada para, desde allí, acometer la entrada en el bullicioso barrio de Lavapiés. Lo hacía casi siempre por la calle de Toledo, santiguándome al pasar por delante de la colegiata de San Isidro con sus dos torres inconclusas que no arañaban todavía el cielo de Madrid. No seguía mucho rato por esta calle de aceras estrechas y a menudo repugnantes por la aglomeración de vecinos al fresco cuando el calor, de manera que me desviaba de ella en cuanto que alcanzaba la plaza de la cebada inundada por aquel entonces de los desperdicios de las verduleras, que lo eran por oficio y por lenguaje, y de los despojos de los carniceros, casi siempre de marranos pero a veces también de hombres, y es que todavía no se había levantado el precioso mercado de hierro a lo francés que hoy recata sus miserias e impide los frecuentes patíbulos de entonces.
Me dirigía luego a la plaza que llaman del rastro, nombre que toma prestado del populoso mercado que abarca su espacio y el de toda la zona colindante y cuyo nombre rememora el rastro de sangre que dejaban las reses sacrificadas en el matadero viejo que había en este cerro cuando su transporte, y que fue abono suficiente para crecerle a la sombra y con la disculpa del trajín un mercado de baratillo, es decir, más de cosas que de vísceras. Hoy día la plaza del rastro, que en verdad se llama de Nicolás Salmerón, está de enhorabuena porque va a inaugurarle el rey Alfonso XIII una estatua en honor de Eloy Gonzalo, el héroe del Cascorro cubano.
Me adentraba después en lo más bajo del barrio, deslizándome por la cuesta de la Ribera de Curtidores, entre las malolientes tenerías instaladas en los bajos de las casas, y las concurridas corralas convertidas en bazar ocasional de nombres siempre rimbombantes. Por allí me cruzaba con muchas manolas que llevaban paquetes muy envueltos de asaduras y despojos para el puchero. Por curtidores nunca me aventuraba a ir más allá de su intersección con la calle Rodas, que me parecía fea y sucia hasta que la recorría y alcanzaba Embajadores que por contraste la convertía en bonita y limpia pues en cuanto llegaba a la altura del paseo se adivinaba de inmediato, con la vista y con el olfato, un insalubre vertedero sobre cuyo fango niños desnudos y más sucios que la propia mugre corrían y jugueteaban. Más allá de la cerca que en aquel entonces constreñía la ciudad y que desde ese punto también se divisaba, supe del nacimiento de un peligroso arrabal que llamaban de Las Injurias, pero nada se me había perdido en él y nunca fui.
Procuraba escapar cuanto antes de aquella inmundicia poniendo rumbo hacia la 10
calle de Mesón de Paredes, donde rebuscaba entre sus casas la acogedora fachada de madera de la Taberna del torero Antonio Sánchez para solazarme un tanto en su interior y beber religiosamente del vino de consagrar que allí ofrecen. También gustaba de ir al mesón de Simón Miguel de Paredes, que bautizó la calle, o a cualquiera de los otros muchos tugurios del lugar, que aquí más que en ningún otro sitio se canta aquello de que es Madrid ciudad bravía que entre antiguas y modernas tiene trescientas tabernas y una sola librería.
Cuando en mi tránsito entre las tabernas y los mesones de la calle atravesaba la de Tribulete siempre echaba un momento en la contemplación de las casas de corrala que allí se elevan muchas plantas sobre el suelo y que muestran a las claras sus corredores repletos de zaleas y de esteras a orear. Tampoco me entretenía demasiado allí por evitar que el efluvio de sus retretes comunales me llegara a la nariz.
Buscaba luego, tras refrescarme en la fuentecilla de cabestreros, regresar mi camino por la calle de Lavapiés abundante de cigarreras por la cercanía de la fábrica de tabacos. Aquellas zagalonas descaradas siempre me regalaban desplantes insolentes de faldas al aire y groserías sobre sus bajos que solo recataban en las inmediaciones de la iglesia que dicen de las pulgas por estrecha y que se llama en verdad de San Lorenzo, y que ellas consideran como suya a fuerza de bautizos y desposorios.
Al llegar al cruce de Lavapiés con la tenebrosa calle de la cabeza, me topaba con la antigua cárcel de la inquisición, vacía ya de sus reos por ventura, que le hacía de esquina, y giraba por ella aun a sabiendas de que todo en esta calleja era feo y desagradable como la historia de su cura don Gil que descabezado por su sirviente, convertía y desconvertía la mocha en cabeza de carnero, digo yo que por obra del demonio, para descubrimiento y castigo del homicida.
Quebraba a continuación por la calle de la espada, igual de fea que la anterior aunque una pizca menos lúgubre, para luego llegarme hasta la de Barrionuevo donde paraba un pedazo a deleitarme con los vinos de la bodega que hay a las espaldas del convento barroco de Santo Tomás, que mas tarde se quemó y se derruyó, con gran pesar mío, pues creo que era, si no el mejor, sí de los más lustrosos de la capital.
Antes de volverme a casa, entraba a la Plaza Mayor por la puerta que está cercana al palacio de Santa Cruz, tan herreriano, que fue cárcel primero, luego juzgados y en lo reciente ministerio de asuntos de ultramar. Me metía en la plaza por ver lo que en sus soportales se cocía que siempre era mucho y de interés, de hornada más liberal cuando la plaza trocaba el nombre de Mayor a Constitución y más tradicional cuando se le devolvía su popular denominación. Contaba a la sazón veintitrés años y todos los excesos de mi juventud.
IV
Aconteció por aquel entonces, llegado ya el año de 1856, que en uno de mis largos paseos, lo que yo pensé azar me llevó a las puertas de un estanco de la misma calle de Lavapiés que, como dije, gustaba de transitar por pintoresca y arrabalera como fuente de muchos sucedidos que comentar luego en mis tertulias. Acababa de tener una trifulca con un golfillo de la calle que me había costado el estropicio de los cigarros que portaba en el bolsillo de mi levita azul, de manera que tras de recoger mi sombrero del suelo y sacudirlo del polvo que había atrapado, me decidí a entrar en el estanco junto al que me encontraba, para reponerme de mis cigarros y mientras despotricaba contra la suciedad de aquel arrabal.
Entonces, tras de abrir la puerta de la expenduría, sucedió lo inaudito, se apareció ante mis ojos la estampa de una bellísima joven de piel blanca y uniforme, que vuelta de espaldas giraba graciosamente su torso hacia mí, ligeramente apoyada sobre el mostrador pero desde el lado de la clientela, que me parece aun hoy como si la estuviera viendo. Recuerdo que vestía una chaqueta de color rojo frambuesa, de cuello redondo, ceñida en el busto y en la cintura, y una falda ancha y larga hasta la media pierna. Sobre su cabello entre moreno y castaño, sin recoger del todo, llevaba una galera de felpa, tipo inglés, de las que dicen de chimenea; era de color azul oscuro y estaba adornada con una cinta del mismo rojo frambuesa que su chaqueta. En el hermoso perfil que me mostraba su cara, amplio y con la oreja desnuda, dibujó una sonrisa abierta con labios finos pero extensos de color rubí perlado, que pusieron al descubierto todo su marfil perfectamente alineado. Los hermosos ojos pardos con que me alumbró encajaban con delicadeza en sus medidas cuencas, justo debajo de los arcos que le dibujaban las cejas y sobre unos pómulos suavemente resaltados que se acompasaban con su nariz clásica, casi romana, y que la hacían, a mi parecer, la criatura más bella que hubiera contemplado jamás.
-Enseguida saldrá la estanquera, caballero, ha entrado al almacén para guardar un género, sírvase usted esperar un momento si le es menester –me dijo y me parece estar oyéndola ahora con su voz dulce y aterciopelada, de modales y dicción extrañamente cultos para el ambiente, que desde aquel mismo instante, me supe irremisiblemente enamorado de ella. Nunca más volvería a contemplar con regusto a ninguna de esas señoritingas pomposas y acartonadas, de mirada añeja y voz afectada que escondían sus sentimientos y sus formas bajo las crinolinas de los faldamentos, y que tanto proliferaban en mi esfera con sus perendengues y requilorios.
-Yo solo quiero acompañarla a su casa de usted, si es que me lo permite –le respondí lleno del atrevimiento con el que acostumbraba de comportarme con muchas de las manolas de Lavapiés desde mi reciente llegada.
-Arroyo claro, fuente serena, si te vas con el duque ¡pobre Almudena! –me recitó de corrido la coplilla popular.
-Yo no soy duque, señorita Almudena -le respondí con sorna.
-Sepa usted, don José, que mi nombre es Raimunda de Osorio y Ortega –me corrigió recalcándome muy recalcado el de y el y.
No me causó excesiva extrañeza que supiera mi nombre, porque la familia de mi padre, los Murga, éramos muy reconocidos y entre las gentes humildes de aquellos barrios destacábamos como faroles de gas en la noche.
-Mirosté, Raimundita que habrá de esperar a mañana por los monises que ahora no tengo –irrumpió de repente en la estancia la grosera estanquera que volvía de la trastienda sin percatarse de mi presencia y enfrascada en el escrutinio de su monedero -. Pa chasco que me he llevao- dijo al levantar la cabeza y descubrirme, y luego de mirarnos descaradamente a los dos, como si de repente comprendiera la situación, añadió con retintín-: Tie gracia que aparezca servidora pa chafarle a Usía el romance.
-No chafa usted na, doña Lupe y no se me venga ahora a escamar –le respondió en su mismo lenguaje Raimunda-. Mañana vendré de nuevo por el parné. Buenas tardes –y se salió de allí muy dignamente y yo tras ella como perro faldero.
-Mire, don José –me dijo en la calle vuelta de nuevo a la compostura-, es evidente que nuestra condición social es muy alejada y no creo que sea lícito ni decente que mantengamos relaciones -y me lo repitió varias veces mientras yo caminaba a su lado, sin que me importasen un pimiento sus palabras de desdén, hasta que llegamos, tras un largo trecho, a su casa en el número cinco de la calle Juan de Herrera, algo mas allá de la calle Mayor. Reconocí enseguida la vivienda porque era una de las de propiedad de mi padre y de repente se me comenzó a dar en el magín que aquel encuentro no era del todo obra del azar.
-Esta es mi casa, caballero, vivo en un humilde piso de la tercera planta junto con mi tía Paz -me relató ella con cierta vergüenza por la confidencia recién hecha de vivir en el piso más alto del edificio al que solo desagraviaban en pobreza las buhardillas-. Pero no se crea, que hasta hace bien poco vivíamos en otro piso más bonito, o eso pienso yo; seguro que usted lo conoce porque está muy cerca de la casa de su familia, en el numero tres de la calle Libertad, pero mi señora tía decidió que nos mudásemos aquí no sé bien por qué motivos. Por cierto -añadió timorata y descubriendo el enredo- que creo yo que usted conoce a mi señora tía.
-Y ¿de qué iba a conocer yo a su tía de usted?
-Es que ella resulta ser pariente, en concreto cuñada, de un cierto matrimonio al que su familia trata y estima: los señores de Aguado. Su señor padre tuvo la merced de apadrinar a una de sus hijas, la que se llama como yo Raimundita Aguado, seguro que la ha visto por su casa de Las Torres alguna vez, yo misma he estado allí con ella y con mi tía en alguna ocasión, pero cuando estaba usted de viaje con su hermano por esos mundos de Dios.
A pesar de que la encerrona estaba bastante clara yo no podía sino dejarme llevar al patíbulo cada vez que Munda me miraba de soslayo con sus profundos ojos. No sabía ni quienes era la tal tocaya suya, Raimundita Aguado, ni la tía Paz, pero ciertamente poco me maliciaba del desconocimiento porque mi padre acostumbraba apadrinar muchas criaturas como favor de viudas o pago de empleados pedigüeños que de tanto en vez le hacían favorcillos escabrosos que era preciso callar.
-Si quiere usted subir, ella le explicará un asunto que nos tiene a vueltas y por el que nos hemos permitido intrigar una pizca para traerle a usted hasta aquí. Pero ya verá que es un asunto ingenuo y que solo nos mueve la buena fe y el no querer hacerle daño a quien no lo merece -y me miró con sus ojos de gatita que conseguían borrar de mi todo recelo.
El número cinco de Juan de Herrera era casa decente aunque modesta, de las de balconcillo madrileño y asegurada de incendios con placa en fachada. Me alivió que no se tratase de una de esas de corredor, más frecuentes en la zona baja de Lavapiés, en las que vadear el portal de entrada, de común largo y estrecho, suponía un suplicio para los sentidos por los efluvios del Jordán hecho con las aguas de todo jaez allí evacuadas por los vecinos, que se hacinaban luego como hormigas en hormiguero por los corredores que daban al patio interior común y a su inmundicia.

Pitagoras
Cómo sigue?
Raimunda
Qué pasa luego?