Los portadores (IV)

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    No le hice mucho caso al abuelo Antonio y aunque en las semanas siguientes recordé a mamá en innumerables ocasiones, en ninguna de ellas volví a pensar en la historia del mulato. Ni siquiera lo hice la mañana en que tuve más motivos. Jugaba en el jardín cuando me di cuenta de que Aire, el cocker spaniel del vecino, había cogido a Jenny, la muñeca que ella me había regalado. Lo perseguí para que me la devolviera y el animal, dispuesto a retener a su prisionera, se metió en la casa. Como había visto que hacia en estas ocasiones la abuela Rose para convencerlo de que soltara algo, cogí la escoba que guardaba detrás de la puerta de la cocina y lo busqué por el interior de la vivienda. Lo encontré junto a la biblioteca de mi madre, mascando una de las largas piernas de plástico de la pobre Jenny. Apunté a la cabeza y le descargué sobre ella un escobazo con la pretensión de hacerle soltar su presa. El golpe fue efectivo porque logré recuperar a la ya tullida Jenny, pero también conseguí que Aire, asustado, al intentar escapar, chocara contra la estantería e hiciera caer parte de los libros. Me quedé asustada por un momento pensando en el castigo que este desaguisado me podía acarrear. El espanto se transformó pronto en fascinación al intentar arreglar las cosas. Uno de los libros reposaba abierto en el suelo y descubrí que alguien había aprovechado el lateral de una página para dibujar el rostro sonriente de una niña con una larga melena. Era yo. Repasé aquel volumen y otros y puede ver que no sólo contenían letras, sino que estaban repletas de pequeños dibujos, comentarios y subrayados. Emocionada más por los dibujos que por otra cosa, intuí que algo de mi madre estaba allí. Ella era la autora de todos aquellos garabatos. En alguna parte de ese mar de letras redondas y diminutas que me costaba descifrar se ocultaban historias que la habían emocionado, que le habían hecho reír y llorar. Allí, y no en las estrellas, resplandecía mamá.

    Mi familia se sorprendió cuando advirtió que antes de los siete años ya leía con fluidez y que la única letra que no me gustaba era la que encontraba en el fondo de los platos de sopa. A los once años ya no hacían caso a mi voracidad lectora pese a que ésta había crecido más rápido que yo. Lo consideraban parte de mi personalidad y aquella pasión les era útil cada vez que tenían que resolver el dilema de qué regalarme. Un día me di cuenta que había agotado el legado de libros de mi madre y que ya no me bastaba con los que me obsequiaban mi padre o a los abuelos. Afortunadamente, aquel problema pasajero se resolvió al descubrir un lugar increíble en que la letra impresa no se acababa nunca. Desde el día en que entré en la biblioteca pública Santa Rosa de Pensacola esta se convirtió en mi lugar favorito en el mundo. Las bibliotecarias me adoraban por que hablaba con ellas y me interesaba por títulos y autores a los que la mayoría de usuarios no prestaban atención. Incluso hubo una, Anne Apen, que acabó por pensar que tenía un problema en casa y que lo que buscaba pasando tantas horas entre libros era evadirme de él. Un día, mientras me encontraba en mi mesa preferida de lectura, junto a una vidriera policromada, me hizo evidente su preocupación y me puso en un aprieto. Se acercó y tras interesarse por lo que estaba leyendo en aquellos momentos, me expuso lo que pensaba y me pidió el teléfono de mi padre. No me apetecía en absoluto que le contara que pasaba mis horas de ocio en la biblioteca rememorando las palabras de novelistas fallecidos en lugar de estar en casa como el pensaba. Y menos que lo hiciera una mujer atractiva. Anne Apen, tenía unos cuarenta años, pero aparentaba bastantes menos. Las infinitas horas pasadas entre aquellas paredes custodiando su tesoro, le habían forjado un carácter de una serenidad fascinante. Tenía la impresión que ello le dotaba de una gran credibilidad y que papá no pondría en duda cualquier cosa que le contara. Si hablaba con él, pensé atemorizada, acabaría por restringir mis visitas a la biblioteca.

    Intenté disuadirla explicándole que mi padre era un hombre muy importante y extremadamente ocupado y que no podría atenderla a causa de sus jornadas laborales interminables. Me contestó que no le importaba y que buscaría un hueco, por pequeño que fuera, para poder hablar con él. Ante su resolución opté por cambiar de estrategia y le expliqué, exagerando un poco, que mi padre, el coronel Edward Valiente era un hombre práctico al cual la lectura le parecía una pérdida de tiempo siempre que no fuera para adquirir algún conocimiento útil. En todos los años que había seguido al coronel, de destino en destino hasta llegar a Pensacola, no lo había visto leer nunca algo que no tuviera relación con su trabajo: revistas militares, manuales y, de vez en cuando, algún periódico. El amor por la ficción literaria era una herencia indiscutible de mi madre.

    Pese a mis mentiras, Anne Apen no se desanimó e insistió en su petición de conocer al coronel. Tuve que emplearme a fondo:

    - No quería decírselo porque me da mucha vergüenza, pero verá… - hice una pausa y seguí con un tono aún más apenado que con el que había empezado a hablar-. Le he estado mintiendo todo el tiempo. Mi padre no es un oficial de la base como le he dicho. En realidad es solo un empleado de banca que se fugó hace un año con una bailarina muy joven del Club Follies, en la interestatal 10, y me dejó con unos tíos…Creo que ahora vive en Baltimore con ella y una docena de gatos… Siento haberla engañado, pero…

    No me dejó acabar la patraña. Acongojada se disculpó por haberse inmiscuido en mi vida y me dijo que entendía por lo que estaba pasando. Al parecer un tío suyo, el muy cretino, según lo definió, también había abandonado a su preciosa familia para seguir a una de esas chicas ligeras de cascos y de ropa. Anne Apen se ofreció para lo que la necesitara.

    - Por supuesto puedes pasar aquí todo el tiempo que quieras – añadió.

    Se lo agradecí y seguí con mi lectura de Madame Bovary como si no hubiera pasado nada. La mejor mentira, pensé, es la que la gente quiere oír.

     

     

     

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