Una calle de voces, risas y ladridos

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    A la entrada de la calle un ciego con datáfono me ofrece un cupón ?la niña bonita, me dice?. No llevo monedas y además no quiero entretenerme. La calle es estrecha. Dos filas de aparcamiento en línea no impiden a los coches circular sin temor a rozar retrovisores y carrocerías, como si estuvieran participando en una gincana. Tampoco temen a los peatones que se detienen distraídamente en la calzada mientras esperan la salida de los alumnos.

    Enfrente, un rótulo con pintura negra y letras mayúsculas que dice “Kebab K Viene”, enmarca el dintel de la entrada a un bar. Apoyado en el umbral, un hombre con bigote negro y barba de 3 días se limpia las uñas con su navajilla. A estas horas parece que hay más que van y menos que vienen.

    La calle sigue siendo estrecha. Una hilera de edificios de dos plantas bordea las aceras. Por la ventana abierta del balcón del primer piso, una canción de Sabina nos recuerda los años ochenta: “…busco acaso un encuentro que ilumine el día…”, y apoyado en la barandilla un hombre maduro fuma su primer cigarrillo, el del café, ese que te abre el apetito, el apetito del placer.

    Pasan los minutos y la calle se despierta. Entre ruidos de voces, risas y ladridos se escucha el chirrido metálico de las rejas plegables de las tiendas al abrirse, el frenazo de las vespas al aparcar, el tintineo de llaves.”…el barrio donde habito no es ninguna pradera” ? continúa la canción.

    Y él sigue allí recostado en el balcón, esperando que aparezca, como todos los días, con su bolso morado y sus botas de tacón. Hace años que vive de una ilusión, de una historia de amor, de un sueño roto que nunca sucedió. Pero ha decidido terminar con este ritual que hace tiempo que no le va. Busca un lugar donde huir de esa mujer que con paso decidido y optimismo enfila la calle todos los días para abrir esa tienda de ropa interior entre sexy y cándida que un día inauguró justo enfrente de su salón.

    “quiero mudarme hace años al barrio de la alegría…”

    Aquel día no llevaba las botas de tacón. Era verano. Tan solo unas sandalias de tira naranja que dejaban ver la belleza de sus pies. Parecía algo estresada, era su primer negocio. Pero eso no le impidió ir hacia él con aquella sonrisa de gata que lo enloqueció.

    “… pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía”

    Desde dentro unas voces de niños reclaman su atención. Con parsimonia se vuelve hacia el interior. La ventana se ha cerrado, ya no se escucha a Sabina. Y yo me pregunto si no será esta calle de voces, risas y ladridos donde vive la alegría, como dice la canción.

    Comentarios

    1. Claude

      18 octubre, 2012

      Muy bonito, Madras. ¡Ah, me encanta Sabina!
      Un abrazo y mi voto,
      Claude

    2. volivar

      19 octubre, 2012

      Madras: hermosa descripción; un individuo observando el ir y venir de la gente; un hombre estático, fumando, mirando a la calle, enamorado de alguien que atiende un negocio frente a su casa; la cotidianidad tiene mucho para contarnos. Bella narración literaria.
      Mi voto
      Volivar

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