Yo, supervisor (cuarta parte)

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    Su extasío fue burdamente roto por el chillido de una radio de pilas que, mal sintonizada, acompañaba la jornada de un operario. Extrañamente no se ofuscó: el anciano con los cabellos colmados de mugre, el bigote entre gris y un marrón pronunciado en los extremos, con la cabeza gacha, ocupado en la reparación de un motor, arrasó de un tajo su soberbia. Era el técnico: su trabajo consistía en hacer las mismas reparaciones todas las noches. Pendía de la comisura de sus labios un cigarro sin filtro cuyo vaho azulado se bifurcaba en extrañas formas mezclándose con la pesantez de la niebla, que hería los ojos. El anciano, vistiendo un overol azul oscuro salpicado de manchas de aceite y una gorra deshilachada, lo observaba con una calma sin soslayo.

    -Publio, buenas noches.

    -Jefe, buenas noches.

    -¿La formadora otra vez?

    -Sí – respondió secamente.

    -Apresúrese, Publio. La producción no puede estar mucho tiempo paralizada…

    Vaciló. Según él, tuvo una genial idea.

    -Mejor, para no desaprovechar el tiempo, que los operarios vayan al casino y tomen su refrigerio. Mientras tanto, Publio, arréglela.

    Asintió Publio, pero en su gesto había algo. De súbito la radio se hizo más clara y delató un tango de Pepe Aguirre:

    Trabaja y trabaja

    Semanas enteras

    Tirando la fragua

    Golpeando el cincel…

    Y la tristeza de la melodía remitió a Mojica al taller de su padre en sus años de inocencia. Dominaba el tango la faena diariamente mientras se revolcaba bajo los autos desentrañándolos. El viejo –su viejo- uncido al yugo del taller hace veinte años colmado de grasa y necesidad tragando humo, malos tratos y desprecio de campesinos enriquecidos que lo empleaban para que a sus autos costosos les reparara un pistón, una correa o una manguera; esa cadena de pisotones y abajamientos que presenció su infantil conciencia cayó sobre él y de un mazazo acabó por amargarle el ánimo. La imagen de Publio reducido a arreglar un circuito en aras de una bicoca quincenal, por la cual soportaba a su empleador, le descubrió la verdad, esa verdad que todo supervisor recónditamente sabe y se empeña en velar a los demás: su necesaria inutilidad. Esa inutilidad que lo lleva a amar y odiar, porque Mojica amaba y odiaba: amaba su trabajo porque lo hacia sentir útil, así fuera por un tercio del día; lo odiaba porque se sabía inútil en él y terminado el turno la sensación lo atormentaba en los restantes dos tercios y le daba tregua una vez que repetía el ciclo, que comenzaba con una nueva jornada. Preso en su veleidad recordó la yerbabuena que aún empuñaba y buscando paliar su repudio se la llevó a la nariz, pero algo en ella había cambiado. Su fragante aroma se tornó acerbo, insípido. La arrojó lejos de sí y el hedor permanecía en su mano. Y no sólo en ella: el olor de letrina se apoderó del fatigado aire de los muros de la bodega, de la niebla plomiza que respiraban las maquinas, de Publio y su acostumbrada labor. Confundido se echó a andar por las galerías atestadas de humo sin percatarse que, sin remedio, minutos después estaría perdido.

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