El batallón duerme bajo la tenue luz de la luna creciente. El viento del Norte agita la lona vasta de las tiendas y arranca chispas de las pequeñas hogueras que salpican el campamento. Resplandores y sombras luchan como mareas enfrentadas por instaurar su dominio sobre la hierba congelada, sobre los carros cargados de víveres y espadas y lanzas, sobre los ojos enormes y siempre abiertos de los caballos. De vez en cuando el relincho inquieto de alguno de ellos interrumpe por un momento el coro de ronquidos de la tropa. Al pie del estandarte los perros duermen apelotonados. Un amasijo de pelo y músculo en alianza contra la helada. Sus hocicos y sus lomos desprenden nubes de vapor. Corre el año de Nuestro Señor 1144. El Medievo se extiende infinito y oscuro hacia los cuatro horizontes. Y los dos centinelas encargados de patrullar el flanco Oeste del asentamiento hablan mientras recorren la línea imaginaria que se les ha encargado vigilar.
-Joder…
- …
-Joder, joder, ¡joder!
-¿Qué pasa, tío?
-Estoy hasta las pelotas de esto, macho. Ya no puedo más.
-¡Shh! Baja la voz, capullo.
-¿A quién llamas capullo, capullo?
-Que bajes la voz te digo. ¿Quieres que nos metan un paquete? El alférez sufre de insomnio, podría oírte.
-Yo al alférez me lo paso por el forro de los cojones.
-¡Sshhh! ¿Pero qué coño te pasa esta noche? ¿Estás fumao o qué?
-¿Fumao? ¡Ojalá! Si aquí no crecen ni las malas hierbas… Lo que estoy es hasta la punta de la polla. Y si viene el alférez se lo diré en su puta cara. ¡Como si viene el mismísimo capitán!
-¡Que te calles, coño! Puto loco…
-De loco nada, tío. Llevamos tres meses pateando este jodido país de barro y hielo. Este pedazo del mapa no puede interesarle a nadie, hostia puta. ¿Qué cojones hacemos aquí salvo pelarnos los huevos de frío?
-Pues lo mismo que todos esos que duermen ahí detrás: defender a nuestro señor.
-¿Nuestro señor? Supongo que te refieres a esa maricona empolvada que contempló desde lo alto de un cerro cómo nos jugábamos la vida por él en la última batalla. Hay que joderse…
-Sí, él mismo, el que nos da protección y justicia en tiempos de paz.
-¿Y para qué necesitamos protección y justicia en tiempos de paz, capullo? No te das cuentas de que somos marionetas de carne y hueso en manos de esos hijos de puta.
-Tío, se te ha ido la bola definitivamente. ¿Sabes lo que harían contigo si te oyeran decir eso? Te arrancarían la lengua con unas tenazas al rojo vivo.
-¡Me importa un cojón! Malditos cabrones…
-Pues yo quiero conservar mi lengua dentro de la boca, gilipollas. Así que cierra el pico. Paso de que me acusen de confraternizar con un traidor.
-Ah, es verdad, necesitas tu lengua. Como eres cantante…
-No lo digas con ese tonito, ¿vale? Además, no soy cantante; soy poeta.
-¿Poeta? ¡Jaja! Venga, no me jodas.
-Pues sí, pringao. ¿Qué pasa?
-No me digas que sabes escribir. Venga ya, no me lo trago. Déjame verte las manos.
-Gilipollas, no solo las uso para componer sonetos. Soy un buen chapuzas. Mi padré también lo era. Los frailes del monasterio del condado donde crecí le llamaban cuando había algo que no sabían reparar. Una vez se tiró allí casi dos meses arreglando un derrumbe del techo. Me llevó con él. El bibliotecario me enseñó a leer.
-Será posible… ¡Estoy haciendo la guardia con un jodido intelectual! No me extraña que no entiendas nada de lo que te digo. Si te deslomaras cada día para sembrar boniatos raquíticos como hago yo no serías tan buen chico. ¡Anda y que te den! Aguántame la lanza, que voy a mear. Y date la vuelta que si no no me sale.
-No puedo darme la vuelta, capullo. Tenemos que vigilar el perímetro. Bueno, va, date prisa.
-Tranquilo, tío, tiempo es lo único de lo que vamos sobrados. Joder, no me encuentro la chorra. ¡Qué frío, recojones!
-En mi tierra los inviernos son suaves. Rara vez hiela.
-Ya. Ahh, qué a gusto me he quedado. Pues me alegro, poeta. En mi pueblo en cambio hace un frío del cagarse y a mediados de otoño ya la ha palmado la mitad de los críos pero, joder, lo añoro.
-Y yo, qué te crees…
-Jamás pensé que diría esto pero, entre tú y yo: echo de menos hasta a mi parienta.
-Sí. Yo también.
-Ah, ¿pero tienes mujer? Yo pensaba que a los poetas les iba lo de mamar pollas.
-Tú sí que eres un mamón, jodido mono prejuicioso. Pues sí, gilipollas, tengo mujer. ¿Quieres verla? Le hice un retrato antes de venir al frente. Lo llevo siempre en el pecho.
-Poeta y pintor… Recuérdame que me mantenga lejos de ti en la próxima batalla. Venga, a ver ese dibujo.
-Mira. Se llama Agustina.
-No veo un pijo. Levántalo un poco hacia la luz.
-¿A que es guapa?
-¿Agustina dices? Pues, con todos mis respetos, parece un tabernero calvo.
-Que te jodan, cabrón.
-Oye, no te ofendas. No digo que sea un callo. Quizá simplemente es que tú dibujas como el culo. Tal vez deberías centrarte en lo de los poemitas. Quien mucho abarca poco aprieta, ya sabes.
-Habría que ver a tu mujer… Apuesto a que es una vaca bigotuda procreadora.
-Pues sí, tío, lo has clavado. Cinco cabroncetes me ha dado ya. Tres aún respiran. En fin, que no ganaría ni el concurso de belleza del cementerio, vale, pero no me importa. La quiero y punto. Y la echo de menos, joder. Daría lo que fuera por volver a casa y dar sentido a estos tres meses en el infierno pasando otros tres haciéndole el amor, aspirando el olor del heno limpio del colchón, amodorrándome después de comer al calor de la leña, recogiendo setas con los críos, bebiendo birra de alambique en casa del vecino. Todo eso, ya sabes, hasta morir de muy viejo a los cuarenta, como mi difunto padre.
-Qué bonito, campesino. A ver si el poeta vas a ser tú. Y oye, perdona; me he pasado con lo de vaca bigotuda.
-Tranquilo, y perdóname tú también. Tu Agustina no parece un tabernero calvo. Ella tiene algo más de pelo.
-¡Jaja! Mamonazo… Al final me vas a caer bien, campesino.
-¡Jaja! Lo mismo digo, poeta.
-En fin, ¿qué hora será? Este frío me está rompiendo los huesos. ¿Cuánta guardia nos queda?
-Demasiada, amigo. Oye, ¿nos piramos a casa o qué?

Luna de lobos
Me ha dejado con la boca abierta cómo empiezas con esa retórica que introduce el ambiente tan sutilmente, y de pronto, comienza ese diálogo de lo más vulgar. Me gusta mucho.
Y finalmente, termina el relato y releer el título no puedes evitar una sonrisa: ¿Medievo?
Muy bien, Iván. Fantástico relato.
Un abrazo,
Luna
Iván.Rojo
Muchas gracias, Luna. Digo yo que en la Edad Media la gente normal hablaría (salvando las distancias) como nosotros, ¿no? Y no creo que sus preocupaciones fueran muy diferentes. Un abrazo.
VIMON
Muy buen relato, Ivan, felicitaciones y mi voto.
Iván.Rojo
Gracias de nuevo, Vimon. De verdad que me alegra que te tomes la molestia de leer. Un abrazo.
SALAMANDRA
DEBERÍAS FIRMARTE IVAN EL ROJO AMIGO SE TE DA ESO DEL MEDIEVO JAJAJAJA Y EL FRÍO TAMBIÉN LO SENTÍ EN LOS COJONES JODER QUE REFRESCANTE LEER A ALGUIEN QUE NO SE LAVA LOS DIENTES CON AGUA BENDITA
Iván.Rojo
¡JAJAJA! El agua bendita para los benditos, Salamadra. Muchas gracias por tu comentario.
Claudia (Diadenes)
Que bueno Ivan, mientras leia me veia mandado callar a esos dos para que dejaran dormir
Un abrazo
Iván.Rojo
A qué sí. Qué pesados, joder.
volivar
Iván, el inicio lleva al lector a los terribles tiempos de la edad media, para seguir con un agradable diálogo, llegando a un final,y qué final,amigo. ¿Piramos, significa que estaban pensando irse a su casa, así, a escondidas?
Tengo el honor de enviarte a portada, amigo, felicidades.
Volivar
Iván.Rojo
Sí, eso significa. Y el honor es mío, Volivar. No lo dudes.