Desaliento y un gatito gris muy adentro en tu estómago

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    Todavía no sabes que es demasiado tarde para cambiar las cosas, así que mantienes la rutina y desayunas el mismo plato de cereales con sabor ausente, bebes el mismo zumo de naranjas recién exprimidas, entras al baño y te lavas la cara cuidadosamente con agua fría. Te secas la cara con la misma toalla de todos los días y te restriegas el bote de desodorante por la piel antes de colocarte el sujetador. Mientras tanto, desde hace un rato, un rumor como de olas azota tu estómago; al abrocharte la falda evitas el espejo del armario. Le das la espalda, al espejo, como si fueses a batirte en un duelo de honor, y te alejas todo lo que puedes de él. Te cepillas los dientes, el tiempo se echa encima, vomitas espumarajos en el lavabo. Te cardas la melena con el cepillo, espolvoreas los rizos con spray fijador y los corriges. Te imaginas tu peinado arruinado por la lluvia mientras amoldas el flequillo con los dedos para darle la forma final.

    Entonces, cuando te has puesto la chaqueta, y ya estás lista para salir a la calle, decides echar un vistazo al bolso; quieres comprobar que has metido en él todo lo que consideras imprescindible y descubres que te has dejado el lápiz de labios encima del lavabo. Entras al baño tan aprisa que tu rostro, tu piel cenicienta, tu aliento con posos de penumbra, se convierten en una mueca cínica, en un fulgor tan breve como el destello de un relámpago. Definitivamente llueve afuera y no eres capaz de aprisionar tu mirada en el espejo. Tu piel grisácea presenta magulladuras y esa visión te conmociona. Al mismo tiempo una bola de fuego te abrasa el estómago, y sientes tu cuerpo vacío. Adónde iría si pudiera irme. Piensas en lugares inmemoriales, en el calor húmedo frente a una fortificación de hielo; desnuda quisieras regresar a las sábanas que has abandonado hace una hora y que ya están frías.

    Pero vuelves a la cama, enferma, alucinada, y te tumbas en el colchón que ahora parece un viejo colchón chamuscado. Desabrochas los botones de la chaqueta y aflojas el foulard que te oprime el cuello como si fuera la soga de un ahorcado. En la pantalla del despertador parpadean dígitos que son pequeños caracteres chinos. Oyes maullidos, silbidos, y eres incapaz de apartar la mirada de las moscas que revolotean el cielo raso. Tus órganos vitales están siendo atosigados por una bilis negra. Quieres entender la importancia del momento, el misterio pequeño y breve, lo que al principio parecía obedecer a una causa sencilla. Aunque ahora ya lo sabes. Aflojas aún más el lazo del pañuelo alrededor de tu cuello. Imagínate que te sumerges en un océano de mercurio tan profundo que es una cárcel; la última bocanada de un futuro que no existe.

    Es cierto que algunas veces cuesta organizar las ideas, así, lo mejor que puedes hacer es darles tregua. Imagínate que sacas un cigarrillo de la chaqueta, lo enciendes y expulsas su humo. No es fácil contener el humo. Se expande por la habitación, despacísimo, y se diluye en volutas como si fuese un ejército que ha tomado las cuatro esquinas de la cama y que cuchichea antes de lanzarse a la conquista de tu tranquilidad. Imagínate que se escucha la lluvia afuera y que traes a la memoria el sueño de la noche anterior. Imágenes que se sumergen en tu retina. Tubos amarillos de goma, misteriosos y pequeños, sobre una superficie indefinida; tuberías de cobre con alguna falla en sus extremos; piezas arrancadas al microondas que alguien te regaló el día de tu cumpleaños y que nunca has usado; una porción de la maquinaria del reloj que ha punteado el tiempo durante tantos años en la pared más lúgubre del comedor.

    En un pequeño cuaderno de espirales, dibujas un boceto del artilugio que te dispones a fabricar. Porque vas a fabricar una máquina capaz de extirpar la melancolía a las personas. Por eso has llenado la página del cuaderno de anotaciones exactas. Terminado el boceto, en la máquina despunta una hélice del tamaño de un plato sopero. En realidad, fabricar el artilugio es muy sencillo. Agarras un destornillador, unos alicates y unas tenazas, junto con varios rollos de cinta adhesiva y un mazo de tamaño mediano. Eso es todo lo que necesitas para la fabricación del artefacto. Para estar más cómoda, antes te has quitado la chaqueta, la falda, la camisa, has mudado las medias y has vuelvo a colocarte el camisón. Esparces el material por la alfombra y te entregas a la preparación y puesta a punto de las piezas amputadas al microondas. Doblas una cucharilla con los alicates, la curvas hasta ensamblarla a la carcasa del microondas, enchufas a ella varios circuitos eléctricos. Cortas el tubo de goma en trozos de unos veinte centímetros de longitud. Servirán para hacer llegar la energía al corazón del ingenio. Sellas las juntas de los tubos reforzando cada unión con cinta aislante, y llega el momento más delicado. Con la precisión de un maestro conectas el mecanismo del reloj al motor del microondas, remachas los tubos en las toberas, lo sellas todo con cinta aislante. Observas el artilugio detenidamente y presionas con los dedos una tira de cinta que se ha soltado en la junta de uno de los tubos. Finalmente atas la cuerda, que pondrá en funcionamiento el motor, a una argolla muy pequeña.

    Has concluido el trabajo, de manera que te das por satisfecha. Sientes una euforia desmedida, un cosquilleo recorre tu cuerpo de la cabeza a los pies. Te secas el sudor de la frente con la mano y calculas que el aparato debe de pesar poco más de un kilo. Ahora necesitas probar que funciona. El procedimiento puede parecerte engorroso y cruel, pero no lo es. Siempre has sospechado que el vecino del piso de arriba, el joven musculoso que te saluda como si nunca te hubiera visto cuando os cruzáis en el portal o coincidís en el ascensor, sufre la enfermedad de la melancolía, de manera que colocas las manecillas del reloj marcando las tres y cuarto, y las separas todo lo que puedes del armazón. Cuando la aguja más larga roce su piel, sabrás la nostalgia que padece, y podrás arrancársela de cuajo.

     

    Embozada en el batín dorado que compraste el verano pasado en París, y que has descolgado de la puerta del baño, ardiendo de ansiedad sales al descansillo con la máquina en la mano, decente, minúscula arboladura de un navío que abandona puerto. Enciendes la luz temerosa y un tanto tibia del descansillo, caminas indefensa hacía la aventura que vas vivir, compruebas la posición de la aguja más larga del reloj, tensas la cuerda, y pones en marcha el motor de la máquina, al ralentí, susurrante, la máquina, y subes a toda prisa los últimos escalones. Bajo tus pies hierve el montacargas, silencioso en las profundidades. Oyes cuchicheos de roedores que recorren sus guaridas y que transitan los huecos de los ladrillos. Ratas que aúllan y que copulan en pequeñas cavidades horadadas en las entrañas de los muros.

    A punto estás de tocar el timbre cuando el hombre musculoso abre la puerta de su apartamento y asoma al rellano fumándose un cigarrillo. Alto, brioso, huele a sangre y lleva un traje verde, distinguido, y tiene metido en el cuerpo y en su perfil romano una prisa gatuna. Sacude la cabeza hacía atrás y su cabello fabrica reflejos irisados. Su mentón, suavísimo, apunta al techo. Das una zancada para cerrarle el paso, te lanzas hacia delante con toda tu fuerza sin pensar en las consecuencias, has calculado mal la dirección, y fallas y ni siquiera llegas a rozarlo. Contemplas la horma de sus zapatos con hebillas de plata, admiras sus venas azul oscuro que se bifurcan en sus manos que son de un blanco desapacible. Fascinada por un miedo casi infantil, vacilas, pierdes el equilibrio, te balanceas y te precipitas hacía adelante como si alguien te hubiese dado un empujón al final del trampolín. Agarras la máquina sin que puedas evitar el brillo antipático de sus ojos, sin que puedas escapar al veneno de su boca un poco entreabierta. A pesar de todo, ¡touché!, la afilada aguja del reloj termina por aguijonearle la piel, y el joven musculoso se revuelve en la baldosa, con la agilidad de un novillero lastimado, para darte un guantazo en mitad del rostro que resuena como una explosión de dinamita en el descansillo; también en el hueco de la escalera. El manotazo te empuja hacía atrás, ásperamente te aparta de su lado.

    Acurrucada en el suelo de baldosas (las baldosas huelen a desinfectante), despreciada y sumisa, y con el rostro aplastado intentas adecentarte el batín abierto a la altura de la pelvis. No eres el tipo de mujer que se apresura a pedir ayuda, así que estiras el brazo en un intento por recuperar la máquina que está fuera de tu alcance; además, algunas piezas se han desprendido del mecanismo y uno de los tubos ha perdido fijeza: una fisura exhala un fluido con sabor acre y un olor muy fuerte, como a retrete. Mientras, el joven musculoso dobla su cadera hacía un costado para evitarte, y la fría tela del pantalón te roza la mejilla y te besa como si fuera una mujer. El joven musculoso le da un puntapié a la máquina que se precipita por el hueco de la escalera sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo. Levantas la cabeza todo lo que puedes para escrutar el vacío. El joven musculoso no se detiene en el rellano a esperar el montacargas, sino que aparta la sandalia que has perdido y baja la escalera para zambullirse en la mañana pantanosa, para dar vueltas por ahí, para buscar tesoros entre los adoquines de la ciudad.

    Y tú estás en el suelo, descalabrada, deseando estar otra vez en un lugar cerrado, vacío, caliente y escasamente iluminado. Se te llenan los ojos de lágrimas y te das cuenta de que ha vuelto la nausea que nunca te ha abandonado, el ronroneo tristísimo de un gatito gris que se ha introducido, no sabes muy bien cómo, muy adentro en tu estómago. Un cachorro que se mueve, que se despereza en busca de espacio, un animal que pronto tendrá un hambre felina.

     

    Comentarios

    1. Julieta.Vigo

      28 noviembre, 2012

      Se lee de tirón, porque mantienes la tensión. Buen ritmo, bellas frases y un mensaje para la reflexión.
      ¡Enhorabuena, Josefa!

      • Josefa Mendoza

        29 noviembre, 2012

        Hola Julieta. ¡Qué bien que te haya gustado el relato! Gracias por tu apoyo. Un abrazo.

    2. volivar

      29 noviembre, 2012

      Josefa: ese estilo tuyo, que llama la atención; logras que el lector se interese en lo que narras con elegancia. Me gusta lo que escribes, porque detallas, expresas todo lo que ocurre y no te limitas a una simple descripción, lo que hace la diferencia entre un escritor mediocre y uno con gran éxito.
      Felicidades
      Mi voto
      Volivar

    3. volivar

      29 noviembre, 2012

      Josefa: y ahora me doy cuenta que con mi voto tengo el honor de que tu hermosa narración pase a portada, en donde seguramente será muy leída y comentada.
      Volivar

      • Josefa Mendoza

        29 noviembre, 2012

        Hola Volivar. De nuevo tengo que darte las gracias por tus comentarios y por tu voto. ¡Qué bien que me hayas subido a portada! Desde Madrid te mando un abrazo.

    4. VIMON

      29 noviembre, 2012

      Excelente Josefa, escribir en segunda persona no es fácil y tu lo has logrado de una forma casi perfecta. Mi único “pero” en este punto se refiere al cambio del tiempo verbal a imperativo, a partir de la última frase del tercer párrafo, cambio que se mantiene durante todo el cuarto párrafo, para regresar al tiempo original en el siguiente. Este cambio descontrola un poco, aunque podría justificarse si la idea es romper un poco la monotonía de un solo tiempo verbal. Por otra parte, si me permites, el relato contiene un exceso de detalles que resultan innecesarios. Dicen los expertos que el cuento corto debe contener solamente los detalles que son indispensables para la narración. En cuanto al fondo, le referencia al sueño de la noche anterior, por ejemplo, hace dudar al lector de si está ante un evento “real” o ante un sueño del personaje.El estilo me recuerda a los surrealistas, pero también podría ser un relato fantástico y que todo este sucediendo en la mente de la protagonista. Surgen dudas. Me atrevo a comentarte lo anterior porque lo considero un relato excelente que podría convertirse en un relato extraordinario. Todo lo cual no quita que te felicite, te mande un abrazo y te deje mi voto.

      • Josefa Mendoza

        29 noviembre, 2012

        Hola Vimon. Gracias por leer atentamente el relato. Necesitaré algo de tranquilidad para analizar tus reflexiones profundas y que intuyo certeras, cosa que te agradezco. Todo sea por mejorar la escritura. Tienes todas la razón en asegurar lo limpio que debe de ser un relato corto. Lo dicho, lo reviso y lo discutimos. Mil gracias de nuevo por el voto.

    5. Alejandro.Romera

      29 noviembre, 2012

      Enhorabuena Josefa. Me parece un gran relato. Como dice Vimon, escribir en segunda persona es complicado y tu has conseguido escribir un relato que mantiene la tensión y muy bien narrado.
      Respecto al exceso de detalles, quizá Vimon tenga razón, no se. Habría que revisarlo muy detalladamente para ver que se podria quitar en caso de tener que quitar algo no?
      Bueno que me enrollo al final jeje, que me ha gustado mucho

      Un abrazo y un voto

      Alex
      http://kichays.blogspot.com.es/

      • Josefa Mendoza

        29 noviembre, 2012

        Hola Alex. Es muy difícil dar con un buen título, y este me pareció super gracioso. Cómo bien dice Vimon, tal vez haya que pulirlo un poquito (uf, qué esfuerzo.) aunque prometo hacerlo. Un abrazo y mil gracias. Por tu voto y por tus comentarios.

        • Alejandro.Romera

          30 noviembre, 2012

          jeje entiendo perfectamente tu comentario de “que esfuerzo uff”. A mi tambien me da mucha pereza pulir y corregir los textos, pero jo me he dado cuenta que por lo menos para mi cuando escribo, es casi mas importante las correcciones que la primera vez que lo escribo.
          No recuerdo quien fue pero hubo un escritor que dijo “No es el mejor escritor el que mejor escribe sino el que mejor tacha” jejeje, yo no sé si la cosa es tan radical pero si que tiene parte de razon yo creo.

          Un abrazo y te sigo. Me ha gustado mucho este texto

          Alex
          http://kichays.blogspot.com.es/

          • Josefa Mendoza

            1 diciembre, 2012

            Alex. En realidad me encanta corregir. Es como darle forma a un trozo arcilla hasta sacar de ella una escultura. Decía Borges que él mandaba sus relatos a su editor para dejar de corregirlos. En realdad si eres un genio, poco importa lo que hagas; será diferente a todo lo anterior, y ese, es el reto de cualquier artista. Un abrazo.

    6. Mariav

      29 noviembre, 2012

      Una forma de escribir la tuya impresionante. Saludos y mi voto.

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