Tras atar un edredón, una sábana, una manta y una colcha vieja, me escapé, por la ventana del segundo piso del manicomio. Me escapé porque había oído que, en cierto lugar que yo conocía, una mafia china había escondido dinero. Yo quería dárselo a la gente pobre, porque se acerca la Navidad y la situación económica para muchas familias es muy chunga, con este rollo de la crisis, los despidos y los desahucios.
Pasé la noche en un cuartucho de aperos, en mitad de la falda de una montaña solitaria. Muy temprano me despertó el ruido de un todoterreno que ascendía por un camino de tierra y pasaba a cincuenta metros de donde yo me encontraba.
La luz del amanecer que se colaba por la rendija de la destartalada puerta metálica, me dio en plena cara. Creí que venían por mí los del siquiátrico. Permanecí tumbado en el suelo bajo unos tablones y trozos de planchas de uralita. Con el ojo pegado a la tierra vi cómo el coche se detenía a unos quinientos metros, junto a una vieja casa medio oculta entre matorrales. ¡Aquel era el escondite!
Descendieron tres hombres jóvenes y sacaron una caja de cartón del maletero del coche. Con ella se dirigieron a la casa y desaparecieron. Una lagartija me hizo cosquillas al pasar por encima de la nariz. Aguanté el estornudo. Pasó un tiempo interminable antes de volverlos a ver. Habían dejado la caja. Se metieron en el coche y se alejaron pendiente abajo.
Dejé pasar un buen rato después de que el ruido del jeep dejara de escucharse. Entonces, con la mayor cautela, me acerqué a la casa. No tenía techo, puertas ni ventanas. Encontré restos de una moto y piezas inservibles que cubrían una trampilla metálica, cerrada con un enorme candado, demasiado nuevo y brillante. Era del tipo de doble cerradura cilíndrica.
En la escuela de ladrones me habían enseñado cómo abrirlo sin llave. Fue muy fácil. Levanté la trampilla del suelo y bajé los cuatro peldaños que daban a un sótano de reducidas dimensiones. Aparté un plástico negro que había en un rincón, y lo que encontré allí me dejó boquiabierto.
¡Había seis cajas repletas de billetes de 500, 200, 100 y 50 euros! Era el escondrijo secreto del que me había hablado El Chino. Calculé que podría haber diez o doce millones de euros, por lo menos.
Me restregué los ojos, incrédulo.
-Muchos pobres van a pasar unas felices navidades…
Ya había trazado un plan para cuando descubriera el dinero, y me puse manos a la obra. Cogí un fajo de 50 euros, y volví a dejar todo tal como estaba. Alquilé un 4×4. Cargué las seis cajas en el techo, las até con elásticos y bajé a la ciudad.
Aparqué en una calle poco concurrida. Subí a la baca del coche, y abrí las tapas de las cajas de cartón. Arranqué, y el aire producido por la velocidad, hizo volar los billetes como si fuera un enjambre de mariposas.
- ¡Feliz Navidad! -grité feliz, dando golpecitos al volante.
La calle se llenó de gente que corría tras la inesperada lluvia de billetes. Luego, por el retrovisor observé, asustado, cómo la carretera se colapsaba. Los coches chocaban entre sí y los hombres se peleaban. Arremetían unos contra otros con inusitada violencia. Ancianos, mujeres y niños eran empujados y pisoteados. Muchos billetes quedaban partidos en dos, inservibles. Era el caos. Los billetes danzaban en el aire y caían sobre una masa enfervorizada y loca que se arrastraba por el asfalto o levantaba los brazos al cielo intentando atraparlos, en medio de codazos. La sangre bañaba los rostros y teñía las camisas. Hasta los policías que llegaban en coches patrullas, corrían tras el dinero, en vez de poner orden. Era un desastre. Cuantos más billetes cogían, más querían, más empujaban, más mordían, más mataban…
Salté del coche y eché a correr. La culpa era mía por pretender hacer feliz a la gente a base de dinero. La felicidad se consigue dando amor. Los del centro siquiátrico me encontraron llorando de pena, en estado de shock:
-Yo sólo quería ayudar a la gente y desearles feliz navidad.
LUCIA UO
Que bellos sentimientos.
Me ha fascinado tu relato, tiene tanta dulzura. Motivado por los más altruistas deseos ha robado a los ladrones, y a causado un caos.
Sin querer queriendo nos muestras como reaccionamos los humanos ante tales circunstancias, luego el personaje que nos describes hace unas muy profundas y acertadas reflexiones.
Tu relato es muy ameno y entretenido, me reí y lo disfruté muchísimo. Mil gracias por ello.
Me encanta tu chico del siquiátrico.
por supuesto mi voto y un gran abrazo
Marciano
Gracias Lucía. Un placer que te haya gustado. Saludos cordiales
Richard
Hola Marciano.
Es un muy buen relato.
Un protagonista evidentemente con severos trastornos pero con un enorme sentimiento altruista y generoso.
Bien narrado, prolijo.
Saludos y voto
Marciano
Agradecido Richard. El dinero nos vuelve locos. Saludos cordiales
VIMON
Muy buen relato, Marciano, felicitaciones y mi voto.
Marciano
Gracias Vimon por pasarte por estas humildes letras. Saludos
El Moli
Excelente relato, muy bien narrado y entretenido. Pero me dejó una duda, ¿Quienes estaban enfermos? lo de dentro, o los de afuera del psiquiátrico?
Un abrazo amigo.
Marciano
GRacias El Moli. Poderoso caballero es don dinero, que decía Quevedo. Es capaz de volver loco al más cuerdo. Saludos cordiales.
CHARIS CAVERA
Simplemente me encantó. Saludos y mi voto.
Marciano
Gracias Charis Cavera. Es un placer que lo que uno escribe por puro placer llegue a gustar a otras personas. Saludos cordiales.
volivar
Marciano: algo de lo más lindo que has escrito, querido amigo, y te felicito.
Mi voto
Volivar
Marciano
Gracias Volivar. Viniendo de un maestro como tú, hasta me sonrojo. Saludos cordiales
Claudia (Diadenes)
Que bonito mensaje y que cierto lo que dices.
Un a brazo