Aquella mañana estaba soleada y hermosa como hacía mucho que no se veía, tal vez porque Zeus llevaba días desaparecido. Se decía que había bajado a la tierra a divertirse un rato con las bellas mujeres del otro lado del monte y que estaba deleitándose en sus placeres y disfrutando del buen vino, de las caricias que éstas le ofrecían y de la buena comida. Los dioses se paseaban de un lado a otro hastiados, aburridos porque hacía tiempo que no se les ocurría nada interesante que hacer para fastidiar a los humanos, lo cual constituía su hobby favorito. Unos jugueteaban con naranjas haciendo malabarismos imposibles, otros intentaban sin éxito componer algún tema digno de dioses, como lo que eran, sin conseguirlo. Los menos simplemente descansaban. Bien es cierto que cuando Zeus andaba por allí las cosas funcionaban mejor, por ello era el jefe, y siempre había algo que hacer. Llevaban días, exactamente los mismos que hacía que había partido el boss, sin atender las peticiones de los humanos y si se dignasen a escuchar, oirían quejas, lamentos, desesperaciones, y pocos, muy pocos agradecimientos.
En un monte cercano, un joven griego, atractivo, bien formado y trabajador, se dirigía a ellos claramente enfadado ya que su tierra no estaba dando frutos. Llevaba varios días de quejas inútiles como parecía a simple vista y empezaba a blasfemar contra ellos. Alguien, por fin, por casualidad, escuchó los lamentos y le dijo a Dionisio:
-Alguien se está quejando y mucho.
Como movidos por un resorte, todos se giraron para ver y escuchar las súplicas y maldiciones que el interfecto soltaba por su boca y que no eran aptas para oídos de unos dioses como ellos. Hermes, que acababa de volver de sus ejercicios diarios, dijo algo de lo que se tendrían que arrepentir todos, para siempre:
-¿Qué tal si le damos algunos poderes? A ver si es capaz de sacar algo positivo de esa tierra seca y agrietada que tiene por huerto, y de paso nos reímos un rato.
-Te recuerdo que no está Zeus, es él quién puede conceder poderes.
-No digas tonterías, Afrodita, todos podemos.
-Es cierto -dijo Hefesto que pasaba por allí- y puedeserdivertido.
Hicieron una especie de cónclave. Los había a favor y en contra de la moción y estuvieron largo rato discutiendo. A lo lejos, ahora que prestaban atención, seguían escuchando los lamentos y quejidos del pobre hombre, también sus constantes malas palabras y sus feos gestos. Finalmente, por escaso margen, decidieron que la propuesta de Hermes fuese aceptada y fue él mismo, el encargado de descender a tierra, hablar con el hombre y proponerle el plan deserun dios por un día. No pensaban en las consecuencias que eso iba a traer.
Poco después Hermes se dirigió donde se encontraba el joven, que desconocía quién era el viajero que se le acercaba, y le dijo:
-Vengo cansado de un largo viaje, ¿me puedes ofrecer algo de fruta?
-¿Fruta? No te puedo ofrecer nada. Esos pamplinas que se creen dioses no me escuchan. Hace tiempo que no se dan las condiciones adecuadas para que crezca nada y eso es lo que hacen ellos, nada.
-¿Crees que si fueses un dios lo harías mejor?
-¿Mejor? Les iba a enseñar lo que sé hacer.
-Pues sea.
Dicho lo cual ocurrió algo extraño. Aquel viajero extendió la mano, y una extraña esfera luminosa se formó en su palma. Cuando alcanzó el tamaño de una manzana, la arrojó sobre el pobre campesino que no tuvo tiempo ni de esquivarla. De repente un resplandor cubrió todo su cuerpo y cayó al suelo. Miró al extraño hombre que había lanzado contra él aquella cosa y tras levantarse le dijo:
-¿Qué ha sido eso?
-Te he concedido la facultad deserdios por un día.
-¿Qué? ¿Quién eres tú?
-Bueno, soy uno de esos pamplinas de allí arriba, cómo tú nos llamas.
Se ruborizó ligeramente.
-Lo siento, pero os lo merecéis.
-Bueno, ahora te toca a ti demostrar que eres capaz de hacerlo mejor que nosotros.
Al pronunciar dichas palabras, arrojó al suelo otra esfera luminosa y desapareció entre un montón de humo. Cuando éste se disipó, el campesino se encontró solo y ya no tenía ese extraño resplandor. Casi al mismo tiempo que Hermes desaparecía de su presencia, aparecía en el monte. Todos aplaudían su truco. Sí, no era necesario el humo ni las luces, pero es que a Hermes siempre le habían gustado esos efectos especiales. Se reunieron en la amplia terraza y miradero, se acomodaron y se dispusieron a disfrutar de las proezas que aquel hombrecillo con poderes prestados por un día, sería capaz de hacer.
Cuando comprobó que estaba solo, y que el humo se había disipado, se agachó y cogió un puñado de tierra. No sabía ni siquiera para qué podían servir los poderes que le habían dado y tampoco sabía cuáles eran, ni como activarlos por así decirlo. Así que apretó fuertemente la arena con la mano, la miró fijamente, pensó en agua… ¡y se convirtió en un cubito de hielo! Aquello era magnífico, ahora podía hacer que la tierra se convirtiera en agua y de esta manera regar sus campos. Levantó las manos, cerró los ojos, pensó en lo que quería y luego apuntó hacia su huerto con los índices extendidos. Sí, había conseguido agua, bien es cierto, pero todo el terreno que conseguía vislumbrar, estaba congelado: había convertido toda la tierra en hielo.
Desde la cima de su monte, los dioses reían a carcajadas. Primer intento, primer fracaso. Si la cosa seguía así prometía.
-Al final nos lo pasaremos bien- dijo Afrodita, una de las más reacias en principio a compartir poderes con los humanos.
-Has tenido una buena idea Hermes- dijo Ares.
Aquel pobre hombre miraba sus manos y su tierra alternativamente y no daba crédito a lo que veía: dónde antes había una zona marrón y reseca, ahora aparecía un manto blanco, frío y que lo llenaba todo. Maldijo a los dioses, otra vez, se maldijo a sí mismo por su torpeza y maldijo todo cuanto le rodeaba. Gesticulaba, se agitaba, vomitaba injurias por su boca, y cada movimiento de aquel infeliz, era seguido con animación y risas por los dioses.
-¡Hace tiempo que no me reía tanto!- afirmó Atenea.
-¡Lo mismo digo!- dijo Poseidón que finalmente decidió unirse a la fiesta.
-¡Es que soy un genio!- dijo Hermes.
No tardaría en arrepentirse de sus palabras.
Aquel hombre seguía haciendo aspavientos y no parecía tranquilizarse. Entonces se detuvo y sonrió. El primer intento había sido un fracaso, era cierto, pero solo tenía que probar de nuevo. Uno no puede tener poderes y saber utilizarlos a la primera, tenía que ir probando hasta dar con la tecla adecuada. Volvió a levantar las manos al aire, cerró de nuevo los ojos… y al abrirlos nuevo fracaso. El hielo se había derretido y todo su huerto estaba completamente inundado.
Más carcajadas en el Olimpo, pero aquel hombrecillo ya no hacía gestos ostentosos. Ahora volvía a cerrar los ojos y alzó las manos y un grito de admiración se escapó de los labios de aquellos dioses juguetones: desde la distancia en la que se encontraban pudieron constatar que había conseguido hacer crecer una buena variedad de hortalizas, de frutas, y de verduras. El hombrecillo levantó la vista hacia dónde ellos se encontraban, elevó el dedo corazón de su mano izquierda y rió. Los dioses pasaron de la admiración a la sorpresa: ignoraban que significaba aquel gesto. Al parecer estaba empezando a controlar sus poderes, y si era así, la diversión estaba próxima a su fin.
-Aprende rápido- dijo Hera, que hasta el momento había permanecido en silencio.
-¿Se nos va a acabar el entretenimiento?- preguntó con signos de tristeza Artemisa.
-Esperemos que no- afirmó Hermes, aunque su tono mostraba cierto disgusto.
En su huerto aquel hombre reía. Estaba disfrutando del momento. Aquellos ingenuos e ineptos dioses le habían dado poderes porque pensaban que sería un inútil y no los iba a saber aprovechar y ahora resultaba que había conseguido dominarlos. Bien es cierto que por pura suerte, pero eso no lo sabían. Levantó la vista, miró hacia el Olimpo, y sonrió. Aquel juego al que le estaban haciendo jugar, y del que ni siquiera había pedido participar, estaba resultando bastante entretenido. Ahora que estaba dominando sus nuevas cualidades, se alejó de su huerto, y se dirigió hacia el pueblo más cercano. Tenía que demostrarse a sí mismo que era capaz de controlar sus nuevos poderes. Sólo había una pega: no tenía ni idea de cómo funcionaban, lo que había conseguido hasta ahora era fruto de la casualidad, ni más ni menos.
Desde la privilegiada posición en la que se encontraban, aquellos dioses contemplaban con resignación como todo el asunto se les escapaba de las manos. Su única preocupación ahora era que Zeus no apareciese, para reprenderles por su alocada acción. De repente y cuando menos se lo esperaban, cuando todos estaban absortos viendo a aquel pobre hombrecillo conseguir sus primeros éxitos, una voz atronadora a sus espaldas exclamaba:
-¿Qué hacéis todos en la terraza?
Era Zeus que volvía. Se quedaron blancos al verle aparecer, por varias razones : por lo inesperado de su retorno, por el susto que les había dado y por la bronca que les iba a caer. Tardaron un buen rato en girarse, y al hacerlo sus rostros les delataban.
-¿Qué ocurre?- bramó Zeus.
Fue Artemisa quién finalmente, balbuceante, habló.
-Verás… nos aburríamos… y Hermes… en fin… que le dio poderes a un humano y nos estábamos divirtiendo viendo como aprendía a utilizarlos…
Al principio Zeus pensó que se reían de él, que todo era una broma, pero en cuanto vio el rostro de los demás dioses la cólera le invadió.
-¿Cómo habéis osado hacer algo parecido? ¿En qué estabas pensando Hermes?
Nadie dijo nada. Todos se sentían avergonzados por lo que habían hecho y aunque desde el primer momento sabían que podían enfrentarse a la ira de Zeus, no se opusieron de manera tajante a la loca idea de Hermes. Zeus paseaba de un lado a otro del Olimpo, con el enfado por compañía, profiriendo palabras indignas de la boca de un dios.
-Esto acabará mal- susurró Hermes a oídos de Ares.
-¿Te sorprende?- le contestó.
Finalmente harto de dar voces y de pasear sin sentido, Zeus dijo:
-Tenemos que acabar con esto enseguida.
De repente ante los ojos atónitos de todos ellos, un hombrecillo que hasta hacía un rato simplemente era un agricultor y ahora se había convertido en un dios, aparecía en medio de todos ellos. Tambaleante y con la sorpresa en el rostro por haber conseguido semejante proeza, también por pura casualidad, dijo:
-Bonito chiringuito tenéis montado.
-¿Chiringuito? ¿Osas llamar así a nuestro santuario?- bramó Zeus.
-Bueno, no está mal…
Los presentes contemplaron como el rostro del jefe, pasaba del blanco, al amarillo, al naranja y al rojo más intenso, mientras sus puños se cerraban y por su boca de dios surgía un torrente de blasfemias indignas de semejante cargo, de tal magnitud, que todos se taparon los oídos escandalizados.
-Tendré que lavarte esa boca con jabón- dijo el hombrecillo convertido en dios.
-¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Sabes quién soy?
-Por la pinta que tienes y visto como reaccionan los demás, debesserel que manda…
-¿El que manda? ¿Así es como tratas al gran Zeus, señor de todos los dioses?
-Lo que yo decía, el que manda…
Hermes no pudo por menos que reírse, lo cierto es que le estaba empezando a gustar la situación y ver como alguien era capaz de sacar de sus casillas a Zeus de aquella manera. Su risa, contagiosa, poco a poco fue apoderándose de todos los dioses, y eso provocó que la ira de Zeus fuese aún mayor. No sabían si pedir perdón, o apartarse de la vista del jefe para noserblanco de su cólera, y fue esto último lo que optaron por hacer la mayoría de ellos. Ahora solo quedaban Zeus, Hermes y aquel insolente agricultor.
-Ya te daré el castigo que te mereces Hermes, ahora retírate…
-Pero…
-He dicho que te retires- bramó Zeus.
-Cobardes- dijo el agricultor.
-¿Cómo te atreves a hablar así?
-Ahora soy uno de los vuestros… vosotros me distéis este don… así que puedo hablar como me dé la gana…
-Ni siquiera ellos que son eternos, osan faltarme al respeto.
-Bueno… yo no te lo he faltado… jefe.
-¿Jefe? Yo no soy tu jefe, soy tu dios todopoderoso.
-Ah sí es verdad, se me olvidaba que eres el que manda aquí…
Aquello estaba empezando a pasar de castaño a oscuro y la paciencia de Zeus, empezaba a escasear. Los demás dioses viendo el cariz que estaba tomando todo, decidieron dar la cara y salir de los lugares en los que se habían refugiado de la ira de Zeus. Éste, que seguía de espaldas, notando la presencia de todos ellos, dijo:
-Bueno, ¿hasta cuándo va a durar esto, Hermes?
-Sólo hoy.
-Tú y tus ideas.
El hombre recorría todas las estancias y aposentos ante la mirada encolerizada de Zeus que nada hacía por evitarlo. Estaba esperando que aquel intruso dejase de cotillear para decirle bien clarito quién mandaba allí. Pero parecía no tener ni prisa ni interés en escuchar al gran Zeus porque seguía recorriendo aquel lugar una y otra vez.
-Sigo pensando que es una bonita choza.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
-Ahora verás…
-Espera un momento…
Todos se quedaron parados, nadie osaba hablarle así al gran Zeus, hasta él mismo se quedó petrificado ante la osadía de aquel mortal. Pero lo que el agricultor iba a hacer a continuación les dejó sin habla. Se situó en medio de ellos, extendió los brazos hacia adelante, luego los levantó, primero el izquierdo, a continuación el derecho. Luego levantó una pierna, la bajó, levantó la otra… aquello parecía un baile o algo por estilo… ¿estaba loco? De repente juntó los dos brazos, cerró los ojos y… ¡zás! Lo último que se oyó fue un gran NO pronunciado por las gargantas de aquellos dioses que desaparecieron a una.
El hombrecillo sonrió, ahora estaba solo, tenía todo el Olimpo para él… aunque solo fuera durante 24 horas. Desde ese día todo cambió. Los hombres ya no tenían a quien culpar de sus desgracias… pero tampoco a quién agradecer cuando las cosas les iban bien.




Musa peregrina
Escribes genial,me encantó descubrir en tus letras un río intenso, que en sus aguas arrastra belleza, profundidad poética abismal.Felicitaciones,saludos y mi voto. Bonito día.
Pepe.Ramos
Muchas gracias, es un placer leer semejante alabanza…hasta me he ruborizado…
LUCIA UO
Me encantó.
Un abrazo y mi voto
Pepe.Ramos
Muchas gracias…no se qué decir 🙂
VIMON
Muy buen relato, Pepe, como veo que es tu primero te quiero dar la bienvenida a esta Red. Saludos y mi voto.
Pepe.Ramos
gracias, espero que no sea el último…
volivar
Pepe Ramos; te felicito por este relato tan bien estructurado; sabes del oficio, amigo. Y mereces muchos votos de nuestros compañeros. Mientras tanto, aquí está el mío.
A propósito de escribir bien, ¿ya viste el cuento “Yo, Caperucita Roja”, de Halize, tu paisana? Es genial. Te lo recomiendo.
Bienvenido a esta preciosa red de amigos, en donde nos impulsamos mutuamente para lograr dominar este difícil oficio de las bellas letras,en donde tú tienes ya un gran recorrido.
volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Pepe.Ramos
Gracias por tus palabras y tus ánimos… aún no he tenido tiempo de leer muchos relatos ya que llevo poco tiempo por aquí,pero lo haré gustosamente. un abrazo.
Lot Alkef
Tambien a mí me encantó.
Pepe.Ramos
Gracias!!!!
Juan
Esta bien la historia pero esta muy mal redactado, el final fue nefasto, esperaba algo mejor
marco
no me gusto. 1: un dios nunca va a dar un poder a un humano mas fuerte que el suyo propio
2: resien enpieza a usar esos poderes y pudo desaparecer a todo los dioces hasta el gran zeus creo que viste mucho dibujitos
3: ya que el hombre tiene ese poder hasta para derrotar y desaparecer a los demas dioces por que no uso eso a su favor y darce siglos de poder el mismo