Los labios finos de Jack fabricaron un anillo de humo, y luego otro. Hasta que lanzó un suspiro, el único sonido que se oyó en la habitación fue el del viento maullando en la ventana.
Ataúdes tallados a mano. (Truman Capote)
Ataúdes de madera de bálsamo. Esa era la única obsesión de la abuela. Fabricar cajas de madera para después regalárselas a cualquiera que tuviese a mano un difunto recién salido del horno. Me refiero a viudas desamparadas, ancianos que habían decidido el día y la hora exacta en que debían de abandonar este mundo, un predicador itinerante, un recepcionista de motel, un psicoanalista; en resumen personas de todo tipo y condición, aunque la abuela sentía debilidad por los ataúdes de tamaño medio. Para mujeres, decía, porque una noche de invierno, en la cama y muy arropada bajo el edredón, había leído en el Reader’s Digest que el mundo estaba poblado por más mujeres que hombres.
¿Ves la fotografía con el marco plateado que hay sobre la mesilla? Esa no; esa. Yo soy ese chiquillo en blanco y negro, feo y chupado que lloraba la ausencia de sus padres cada noche, que mira a la cámara con los ojillos entrecerrados, cogido del brazo esponjoso de la abuela. Tendría once o doce años y estábamos demasiado abrigados para ser verano. La señora que está a mi lado es mi abuela. Se llama Emily Marshall, y no ha visto una sola película en su vida. De pequeña había asistido a un colegio de monjas, y de su cuello colgaba un crucifijo de oro. Posa delante del automóvil del abuelo, tiene los hombros estrechos y las caderas anchas, y las piernas gruesas hasta donde le permite la holgura de la falda, que borra sus rodillas. Su brazo izquierdo, el que yo agarro en la fotografía, está encogido, inerte, y de él cuelga un bolso en tela tapiz, muy grande. La abuela tiene pinta de ser miope, de no moverse del sitio. Aplasta los labios y su mirada beata se le escurre hacía los lados. Aunque ahora que me fijo, la abuela se da un aire a Harvey Keitel. Casi puedo ver a Harvey manchado de carmín, transformista, peinado con un moño rojizo que es un ovillo de lana, ordinario, inexacto, llevando unos ojos de gato de pasta gruesa que se quita para saludar a la gente, y unas medias de hilo, y unos zapatos de ante de tacón ancho, muy bajos y acabados en punta. Recuerdo esos zapatos que a mí me parecían de princesa, un domingo a la hora de la misa, en la habitación prohibida de los abuelos; unos zapatos que siempre supe que no eran de mi talla.
Blanco y negro, brillante, siempre muy brillante el automóvil del abuelo, medía casi seis metros de eslora. Un Buick Riviera convertible, del 63. Una joya. Quien no sale en la fotografía es el abuelo. El abuelo era judío, obeso, bajito, melifluo, de rostro distinguido. Seguramente estaría en algún banco de la calle Oeste. Le gustaba pasar horas interminables en las ventanillas de los bancos y en las de los edificios públicos. Le gustaba que le llamasen Mr. Marshall; le gustaba hablar con la gente, tratarles de usted; también que lo acompañásemos a la gran ciudad. A pasear por sus hermosos parques, decía, a respirar el bullicio de la calle principal. Me pregunto quién tomó la instantánea. Supongo que fue el abuelo, ya que la abuela no mira a la cámara, y su rostro denota muchísimo desapego. El abuelo era un hombre que lo fotografiaba casi todo, un hobby que le causaba a la abuela gran agitación, arcadas en los vuelos frecuentes a Canadá, y hacía que sus jaquecas fuesen casi místicas y cada vez más frecuentes.
En la fotografía la abuela tiene en la mejilla el beso olvidado de un amor de hacía demasiados años, y lleva unos guantes blancos que esconden varias pulseras de oro y unas manos aniñadas, y lleva mal puesta una bufanda de piel de topo, y un traje con chaqueta también blanco. La abuela tiene algunas manías que a mí me resultan extrañas. Por ejemplo, siempre plancha los pantalones con la raya muy marcada. Yo iba al colegio con los pantalones tan planchados que a veces me costaba doblar las rodillas al caminar, y los demás alumnos se reían porque andaba desmañadamente, como si me acabasen de enyesar las piernas.
No quiero parecer exagerado, pero la abuela jamás me ha hecho una carantoña, y casi nunca la veo sonreír. Sonreía cuando mamá la llamaba desde un pueblo remoto de Nebraska. Todo está bien, decía mamá, todo va sobre ruedas, Jack pronto reunirá el dinero para pasar unos días juntos en familia; entonces nos llevaremos a Tommy. La abuela sonreía y estrujaba el teléfono muy fuerte contra el oído, para poder sentir la respiración lejana de mamá. Después colgaba el auricular y decía que mamá acabaría sus días del peor modo posible. Por eso una noche demasiado calurosa incluso para ser verano, se levantó de la cama sin calzarse las zapatillas, se puso la bata y cogió una linterna del aparador, y vino a mi cuarto. Despierta, dijo. Necesito que me ayudes con una cosa. Me levanté de la cama frotándome los ojos con los nudillos. ¿Qué hora es, abuela? La casa estaba en silencio y su camisón olía a té de menta, a tarta de frutas; también a alcanfor. Me agarró de la muñeca y tiró de mí con fuerza. Prendió la luz de la bombilla del garaje. Allí había un clima a humedad y a aceite sintético; metálico, como de ferretería. El convertible del abuelo proyectaba en el suelo sombras umbrosas del color del petróleo. La abuela había abierto la puerta del garaje con anterioridad. Se metió en el automóvil, lo arrancó, lo aceleró varias veces, y lo sacó a trompicones, dejándolo atravesado en medio del jardín. Luego regresó y se detuvo como si estuviese al borde de un abismo, y se quedó mirándome con ojos algo alucinados. El moño se le había vencido a un lado. «Manos a la obra», dijo mientras se ataba el delantal a la cintura con sus manos casi infantiles. Se acercó a una estantería donde el abuelo guardaba herramientas y los repuestos del automóvil, y me fue dando listones de madera de diferentes medidas. Me dijo que los fuera colocando en el suelo. Yo los ordené en fila, de menor a mayor tamaño. Cogió una caja llena de clavos y un mazo. Sentí curiosidad, así que me senté en la carretilla del jardinero a observar. La abuela dispuso las tablas según su criterio y comenzó a clavarlas unas con otras. Lo hizo como buenamente pudo. Varias veces tuve que abandonar la carretilla para ayudarla. Se protegía las manos aniñadas con guantes de ebanista, aunque varios de sus dedos acabaron desfigurados a causa de los golpes que durante años se propinó con el mazo.
Casi amanecía cuando terminamos de ensamblar la caja de madera. Apretando los dientes y los labios como si se los hubieran cosido con hilo grueso de nylon, la abuela se colocó un mechón de pelo tras la oreja, y se ajustó los ojos de gato de pasta gruesa antes de decirme: «En menos tiempo del que sospechas, verás a tu madre descansar en este ataúd». Pero se equivocó. Mamá nunca regresó a buscarme, ni durmió una sola noche en la caja fabricada con tanto esfuerzo. Además, el abuelo no pudo guardar el automóvil en el garaje ya que la abuela se negó a sacar el ataúd a la calle. Así pasaron varios meses, hasta que el automóvil dejó de deslumbrar y el abuelo decidió venderlo a un vaquero de Kansas que olía a colonia inglesa, y que había llegado a hacer negocios a la gran ciudad.
Faltaba poco para que llegase la primavera, era domingo, y estaba oscureciendo demasiado para seguir trabajando. El abuelo estaba sentado en el porche, tenía en el regazo un retrato de la abuela y leía un libro manoseado. Encendió un cigarrillo y le dio una calada extraordinaria, tal vez excesiva, puesto que tosió con violencia y se le prendió el rostro. A continuación suspiró como embrujado, y sus botas acariciaron el suelo. Había dejado de respirar. El libro resbaló de sus manos, un libro que contaba historias de luciérnagas y otros seres fantásticos. Esa misma noche la abuela le ató una cuerda a la cintura, hizo tres nudos gruesos y me dio la cuerda para bajar al abuelo del butacón. Tuve que arrastrarlo por la cocina, por el salón, por los pasillos, y pesaba como si fuera un saco cargado de piedras. Estaba cansado, sin aliento, ya no podía dar un paso más, pero la abuela me acosaba como una sombra, así que hice un último esfuerzo y llegamos al garaje. Metimos al abuelo dentro de la caja de bálsamo. «Honrarás a tu padre y a tu madre», dijo la abuela antes de remachar con una docena de clavos negros algunos listones que habían perdido consistencia. La abuela contó a los vecinos que su marido había tenido que viajar a Australia a visitar a un familiar enfermo. Nadie volvió a ver al abuelo, excepto yo. Durante treinta y tres noches lo vi metido en el ataúd, con el rostro fermentado, con su bigotillo casi inexistente, con su traje tan bien planchado de los domingos. A partir de entonces la abuela se dedicó en cuerpo y alma a fabricar ataúdes. Fabricaba una docena de ataúdes a la semana; tal vez más. Un día me dijo que iba a enseñarme a fabricar ataúdes pequeños para los chiquillos que eran incapaces de superar las enfermedades que había por entonces. Yo sufría al imaginármelos metidos en las cajas, tan peinados, con el pelo negro, suave, corto, con el rostro macilento, maquillado, con los labios entonados y los mofletes cuajados de vida aparente, con los párpados cerrados a la fuerza. Por eso hacía cajas muy pequeñas; para que en ellas no cupiese siquiera un recién nacido.
Una tarde encontré un gorrión muerto. La abuela apestaba a madera de bálsamo, y me dijo que los pájaros fueron provistos de alas para volar y ser libres, por lo que antes de meterlos en las cajas yo tenía que cortarles las alas, no fuese que estuviesen dormidos, en vez de muertos, y al despertar echasen a volar. Siempre he creído a pies juntillas lo que decía la abuela, así que me dediqué a dispararles, a los pájaros, con la escopeta de balines que me había regalado el abuelo. Después les cortaba las alas con un cuchillo afilado, para asegurarme de que estaban verdaderamente muertos.
Ahora apenas puedo ir a un parque a dar un paseo. Desde hace años tengo aversión a las aves. Si un gorrión se acerca al banco donde estoy leyendo el periódico y me mira con sus ojos curiosos, si se acerca dando saltitos, se apodera de mí un pánico indómito; entonces el gorrión se convierte en una bestia que muestra sus fauces, y me falta el aire, y tengo que marcharme precipitadamente a otro sitio. Por si fuera poco acostumbro a llevar las rayas del pantalón tan planchadas que a veces me cuesta doblar las rodillas al caminar, por eso cuando por fin llego a mi apartamento, cierro la puerta con llave y bajo las persianas, y no salgo a la calle durante semanas, y juro que nunca más volveré a pisar uno de los hermosos parques que alegran la gran ciudad.


volivar
Josefa Mendoza: amiga, noté tu tristeza en tu comentario a mi narración El Estudiante, por haber perdido los puntos que habías conseguido con esta formidable narración, tan especial, tan bella.
Invito a mis amigos y compañeros de la red a seguir votando por lo que nos ha presentado Josefa… uno de los grandes talentos de esta red. Debe de estar en los primeros lugares de ranking, por su calidad, por su estilo, por tu inmenso acervo cultural, por méritos propios literarios.
Si hemos estado unidos en las buenas y en las malas, ahora nos toca empujar parejo para que una de nuestras grandes compañeras esté en los primeros lugares, la querida y bella Josefa Mendoza, la mujer de la mirada enigmática, sí, y muy hermosa.
Mi voto
volivar
Josefa Mendoza
Muchas gracias volivar por tu ánimo y por ayudarme. Entre todos habéis logrado cambiarme el gesto y por ello me siento más animada. ¡Qué bueno tener amigos que te apoyan en esta red de Falsaria! A todos os mando un gran beso.
Richard
Hola Josefa.
Antes que nada es muy gratificante ver nuevamente tu cuento expuesto en esta Red. Muchas gracias.
Y te cuento que me pareció un relato fascinante. Brillante.
El nivel de detalle que tiene permite presenciar los hechos, oler los perfumes.
Tu riqueza narrativa es notable.
No lamento no haberlo leído en la anterior ocasión.
Agradezco haber tenido la oportunidad de leerlo ahora y disfrutarlo intensamente.
Saludos y voto.
Enorme de verdad.
Josefa Mendoza
Gracias Richard por tus comentarios y por tu voto. No puedo pedir más. Un abrazo.
LUCIA UO
Querida Josefa.
No te desanimes. Tus escritos son maravillosos, quien te lee una vez, solo espera que vuelvas a publicar para tener el gran placer de degustar tus hermosas letras.
Gracias por darnos la oportunidad de leerte y aprender de ti.
Te lo dije la vez pasada que lo tuyo era simplemente espectacular, que tenía gran calidad y me alegraba genuinamente de verte en portada porque te lo merecías.
Espero que llegues otra vez. No lo dudo. La calidad se impone y lo tuyo es un sello de garantía.
Un gran placer coincidir contigo.
Sigue escribiendo, no desistas, tienes el talento. la inspiración, el don, entonces solo déjalo fluir, estoy segura que el éxito está esperando ansioso por ti.
Un gran abrazo
LUCIA UO
Por supuesto mi voto, quisiera darte todos, pero solo tengo uno.
Josefa Mendoza
Gracias Lucia. Qué bien sentirse querida en Falsaria. Te agradezco el voto. Un abrazo.
Irma
No habia tenido el placer de leer sus escritos, son notoriamente fascinantes… Descriptivos con un toque especial que permite a la imaginación desarrollar las imagenes. Dejo mi voto esperando que mas gente conozca su escritura! Saludos desde México!
Josefa Mendoza
Hola Irma. Gracias por tu apoyo desde Madrid. Espero que sigamos en contacto. Un abrazo.
VIMON
Excelente relato, Josefa. El ambiente y los personajes están tan bien desarrollados que bien pudiera ser parte de una novela o de un relato largo. Aun así, el texto vale por si mismo y merece mi felicitación y mi voto. Un fuerte abrazo.
Josefa Mendoza
Hola Vimon. Seguro que algún día será un relato largo. De momento me conformo con lo que he escrito. Mil gracias por tu inestimable apoyo. Te mando un gran abrazo. Gracias.
Fanathur
Magnífico relato. Leyéndo tu descripción de la abuela he sentido que continuaba leyendo Ataudes de madera; solo faltaba ver aparecer al viejo Truman saludando por la puerta del garaje. Ahora, que si no llega a ser por Volivar, no me hubiera enterado del relato. Así que gracias Volivar y, por supuesto, mi voto.
Josefa Mendoza
Hola Fanathur. Truman sigue vivo entre nosotros, a pesar de todo. Gracias por tu apoyo y también gracias a volivar por presentarme a un amigo. Un abrazo a los dos.
halize
Josefa, anteriormente te había dado mi voto y te lo vuelvo a dar.
Un saludo.
Josefa Mendoza
Gracias halize, nuevamente. Un abrazo.
María del Mar
Excelente relato, querida amiga, Josefa; no se equivocaba nuestro común amigo, Volivar al recomendarme su lectura.
Escribes con tanta pulcritud, que es un deleite leerte. Mi voto, y un beso, amiga.
Josefa Mendoza
Hola Cenicienta. Magnífico saber de ti. Me reconforta sentir apoyada por tantos escritores de Falsaria. Gracias por el voto, y a volivar por su esfuerzo.
bearui
Decirte que tus relatos son inmejorables es una repetición pero es cierto. Leyéndote se aprende mucho. MI voto de ánimo. Yo sigo luchando por llegar a Portada. Besos
Josefa Mendoza
Gracias bearui, todo un halago por tu parte. Seguro que seguiré mejorando, todos lo haremos. Saludos y gracias por el voto.
Escribidor
Estimada amiga:
Volivar me recomendó que te leyera, y debo agradecérselo. Me gustó, y sé que me seguirá gustando leerte, ya que sos un soplo de verdadera calidad literaria: cuidás la ortografía, el largo de las frases, las metáforas, el desarrollo, en fin, todo.
Me gustó tu relato sobre el “fueye”; soy nacido en Buenos Aires, y me atraparon tus lunfardismos.
Voto y abrazo, van unidos.
Escribidor (novato en Falsaria)
Josefa Mendoza
Gracias Escribidor por tu voto y gracias de nuevo a volivar por su apoyo. Resulta motivador y me alegra que te guste el relato del “fueye”. También que te guste lo que escribo. Ya me gustaría a mí darme un paseo por las calles y por los barrios de un Buenos Aires que no conozco. Un abrazo.
Martha Molina
Dos palabras: Escribes bello.
Mi voto.
Josefa Mendoza
Gracias Martha. Breve, pero me gusta. Un beso
CHARIS.CAVERA
Hola Josefa.
Ha sido un fastidio lo de la caida del servidor, pero no por ello debes dejar de escribir pués lo haces con mucha calidad.
El otro día cuando leí tu relato me gustó muchisimo, narrado de una manera admirable consigues relatar un hecho oscuro sin que el relato sea tal.
Con tu forma de escribir consigues que el lector vea con total nitidez como es esa familia y el lugar donde se desarrollan los hechos.
Animo, enhorabuena y te repito el voto que ya te había dado.
Un saludo.
Josefa Mendoza
Gracias Charis. Me alegro que hayas disfrutado el relato. Ese era el objetivo, escribir un buen texto. Si crees que lo he logrado, me doy por satisfecha. Un abrazo.
Julieta.Vigo
Un cuento hermoso, bien narrado.Me llama mucho la atención el vocabulario empleado, rico y variado, así como el punto de vista del niño. También, lo bien hiladas que están las escenas que permiten al lector transitar de unas a otras, sin esfuerzo. Buen ritmo.
Mi más sincera enhorabuena, Josefa, y mi voto.
Josefa Mendoza
Hola Julieta. Gracias por tus comentarios. No creas que lo he escrito de una sentada. He necesitado varias horas para corregirlo y limpiarlo y tal vez el esfuerzo haya merecido la pena. Te mando un abrazo.
Pernando.Gaztelu
Fascinante, estoy con Vimon en lo de que bien podría valer para novela o noveletta, pero el mérito de esta historia no esta en lo que puede dar sino en lo que da. Tu forma de describir, decpintar los personajes es realmente atractiva. Mi voto y tosa mi atención para aprender de una grande.
Josefa Mendoza
Hola Pernando. En la vida real soy una persona más que jamás pensó escribir una línea hasta hace un par de años, y que ahora se atreve a dar sus primeros pasos en el mundo de los escritores aficionados. Me alegra que te guste el relato de la familia Marshall, que es verdad puede ser algo más, y por ello agradezco tus comentarios. Te mando un abrazo.
volivar
Josefa mendoza: qué alegría… estás en los primeros lugares de Ranking, y seguramente estarás en la próxima edición en papel de Falsaria…. es una inmensa felicidad para tus amigos, que te admiramos, como lo has notado.
Qué felicidad, enhorabuena, escritora.
volivar
Josefa Mendoza
Volivar. Estos días he descubierto que hay algo más en Falsaria aparte de un pantalla cargada de textos. Hay calor, escritores y mucha ternura. El otro día estaba triste, hoy estoy feliz, y todo os lo debo a vodotros. Por eso te mando un abrazo.
T. Ricardo Frago
“Mamá nunca regresó a buscarme, ni durmió una sola noche en la caja fabricada con tanto esfuerzo”… Metes en ésta frase, como sin querer, el trasfondo de toda historia: la madre ausente. Me gusta mucho la imagen de la abuela sacando el coche del garaje y construyendo el ataúd; también la metáfora de las alas de los pájaros. Tienes un estilo muy personal y una riqueza léxica envidiable, que da vida a la historia. ¡Enhorabuena y mi voto!
Josefa Mendoza
Hola Ricardo. Me alegra que haya gustado el relato. Ya ando dándole vueltas a cómo hacerlo algo más extenso. Si lo consigo te lo haré saber. Gracias por el voto y un abrazo.
manolo
me encanto es usted una gran escritora la felicito¡¡¡¡
Josefa Mendoza
Hola Manolo. Me alegra que le haya gustado el relato. Un abrazo.
Manolo.123
Misterioso!….Me ha gustado mucho! gran cuento!
Josefa Mendoza
Misteriosa, así debe de ser la vida. Gracias por leer el relato. Un abrazo.
Paul Devouge
Josefa, excelente narración que acompaña a este misterioso relato no menos excelente!!!
Un saludo y mi voto
Josefa Mendoza
Hola Paul. Me alegra muchísimo que te haya gustado el relato. He puesto todo mi cariño en su escritura; además lo he pasado fenomenal. Gracias por el comentario y el voto.
cesar25casa
Excelente narracion. Mi voto seguro.
Josefa Mendoza
Hola Cesar. Muy amable por el voto y por la lectura. Un abrazo.
suarez25
Hermoso relato, felicidades y mi voto.
Josefa Mendoza
Hola Suarez. Muchas gracias por leer el relato y por tu voto. Un abrazo.
sanflarsua
Hermoso relato, misterio!. Mi voto.
Josefa Mendoza
Hola sanflarsua. Muchas gracias por leer el texto y por tu voto. un abrazo.
jaimin12
Un relato con un misterio interesante. Tiene mi voto.
Josefa Mendoza
Hola jaimin. Gracias por leer el texto y por el voto. Aunque no se haya contabilizado en el total de votos. No sé qué pasa pero no es la primera vez. Ayer con el relato “Chitón” pasó al menos dos veces. Aún así agradezco mucho tu comentario y que te haya parecido misterioso. Un abrazo desde Madrid.