Vecinos. Capitulo II

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    Me agradecieron con amplias sonrisa la sinceridad y pasé más de cuatro horas rellenando un cuestionario de personalidad, donde se interesaban por mis más recónditos deseos, fantasías y penurias. Observé al personal competidor y tiré mis esperanzas por la ventana. Dominaban el lenguaje corporal, movían los hombros antes que la lengua, se atusaban el bigote uniforme con gestos imitados a los miembros del tribunal y alardeaban de amistad con altos cargos influyentes dentro de varios limbos. Algunos hasta especulaban con los destinos que deberían rechazar. Cuando me enfrenté al test de personalidad, decidí manifestarme tal cual soy y contestar con el estómago. No sé para qué puede ser útil saber si me hago gayolas o no. Si alguna vez he pensado en matar a alguien, o en matarme o si pego cazcarrias en el fondo de la silla. En el caso de la bebida debe ser para no pagar pensión a mis familiares más directos. La afición a la bebida fue objeto de un torrente de preguntas. Dije la verdad. Me gusta beber pero no me emborracho jamás. Me gusta el vino y el güisqui, pero bebo esporádicamente. Con motivo de alguna celebración, un par de vasos después de comer. Entonces no lo entendí, pero con el tiempo he comprobado que es muy importante consumir alcohol de cualquier graduación para no desentonar de la mayor parte de los directivos o ejecutivos. Prefieren al vigilante de virtud cuanto más borracho mejor, para pasar desapercibidos y dejar en el anonimato el vicio más extendido entre los medio-jefes.

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