Cádiz

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    Lo recuerdo todo como si hubiera sido ayer y eso que han pasado muchos años. Demasiados. Recuerdo perfectamente el olor a salitre. El Atlántico, oscuro y frío como la mortaja de los sueños, engullía con gula al sol y, tú y yo, sentados y enterrando nuestros pies en la arena de la playa de Santa María del Mar, nos mirábamos a los ojos y desafiábamos al mundo sin importarnos una mierda que no llegáramos a final de mes. El viento de levante jugaba a desordenarte el pelo y tu tratabas, una y otra vez, sin éxito, de acomodarte el flequillo detrás de la oreja. Cuando decidiste recogerte el pelo, aproveché para morderte el cuello y besé tus lunares: esos lunares que se derramaban desde tu cuello hasta la espalda formando una constelación secreta que sólo yo conocía. Tus lunares, un ejército implacable de golondrinas.

    Recuerdo que echamos a andar. Cruzamos las Puertas de Tierra y llegamos hasta la plaza de San Juan de Dios. Como dos niños hambrientos fuimos devorando estrellas. La noche gaditana invitaba a pasear sin prisa. Y eso fue lo que hicimos. Caminábamos agarrados de la mano, riéndonos de todo, riéndonos por nada, ebrios de felicidad, como dos imbéciles que no le temen al futuro. Un rumor de pasodobles en cada esquina nos hacía detenernos de vez en cuando. Así, llegamos hasta la plaza de San Antonio, donde revoloteaba un tango de carnaval, insurgente y libertario, y el barullo casi logra separarnos. Yo apretaba fuerte tu mano, con miedo a perderte, y te miraba. Tenías los ojos muy abiertos, parecías disfrutar. Fue una noche de esas que uno espera que no se acabe nunca.

    Decidimos alejarnos del bullicio. Pasamos cerca de la Catedral y al pie de su corona de oro decidimos volver a besarnos. Los tacones empezaban a molestarte y tus pies pidieron una tregua, por eso nos sentamos a descansar frente al Campo del Sur. Sus casas de colores azules, rosas y amarillas jugaban a mezclar sus colores con los de la mar. Es fácil comprender porque a Cádiz le llaman Relicario como cantaba el Chano, el gran Chano de Cádiz. También lo cantó La Perla y El Pericón. En la garganta de todos ellos es realmente donde reside el auténtico Cádiz. En la garganta de ellos y en la caliche de las casas de Santa María y en los puntales de andamio que sujetan el techo que amenaza ruina en algunas casas de La Viña. El Cádiz de verdad, el que los turistas no ven, el que vive casi oculto bajo la guasa y el carnaval, es el Cádiz de las barcas varadas en la arena por el temporal, el de las mujeres mayores barriendo su trocito de calle, el de los parados pescando, con el tedio y la desesperanza como anzuelo, en el Puente Carranza.

    Seguimos nuestra ruta y fuimos en dirección a la Alameda, dejando a nuestras espaldas el Campo del Sur. Llegamos a la playa de La Caleta, donde el árbol del Mora hace de centinela junto al balneario de la Palma. Un grupo de hippies okupaban los soportales del balneario con sus perros, sus timbales, su anarquismo y, todo hay que decirlo, su poca higiene. Uno de ellos, rubio, con largas rastas y pinta de politoxicómano, se nos acercó y nos pidió, con un marcado acento alemán, una moneda y un cigarro. Al decirle que no, nos increpó. Nos gritó capitalistas y algo más que no llegamos a entender. Esta noche no la voy a liar, pensé. Nada ni nadie, ningún hippie, ningún gilipollas, hubiera conseguido que esa noche tuviera algún borrón. Ni siquiera me emborraché. Caminaba por Cádiz, rozando la madrugada, con una mujer que se abrazaba a mí y que a cada cinco pasos me hacía detenerme para besarla y ningún yonki alemán puesto de caballo hasta el culo, me habría hecho cagarla aquella noche.

    En la Alameda, nos asomamos por la balustrada y vi que el negro brillo del mar de la bahía se te metía de lleno en los ojos. Reconozco que ahí tuve miedo. ¡Pobre de aquel que al asomarse al oscuro abismo de unos ojos de mujer no tenga miedo! Pensé en encomendarme a la Virgen de la Palma. Si ella fue capaz de detener el maremoto que estuvo a punto de tragarse esta ciudad, quizás pudiera echarme un cable a mi, que tantas veces me había jurado nunca enamorarme de una mujer que se hubiera enamorado de mi. Aunque ya era tarde para oraciones y para encomendarse a cualquier virgen. Y, qué coño, si yo no soy creyente.

    Cansados y felices, bajamos al parking subterráneo de San Juan de Dios. El empleado del parking dormitaba en el control. Buscamos nuestro coche y, aprovechando que no había nadie, jugamos a meternos mano entre los coches y las columnas. Me diste las llaves para que condujera yo. Tú reclinaste el asiento, estabas muy cansada y eso te hacía parecer más hermosa aún. Salimos del parking, subimos la Cuesta de las Calesas, dejamos a nuestras espaldas las Puertas de Tierra y el Cádiz antiguo y enfilamos la Avenida. Tardamos quince minutos en llegar a nuestro hotel en Puerto Real. Durante el trayecto nos hizo compañía desde la radio Martínez Ares que nos contaba que todo eres gris, un desconsolado camino gris. Ya en el hotel, con la intención de poder descansar, nos dimos cuenta de que aún no habíamos hecho el amor. Así que te desnudaste muy despacio, a oscuras, envuelta en sombras, únicamente iluminada con la poca luz de las farolas que lograba, a duras penas, colarse por la ventana. Me agarraste de la mano y tiraste hacia ti. Abriste la boca y la pegaste a la mia. Bailaron nuestras lenguas y nuestras manos buscaron lo prohibido de nuestros cuerpos y las ganas nos encendieron cada vez más y la cama rechinaba tanto que parecía que pudiera romperse y el día murió y el sol salió al compás de tu respiración y todo terminó mientras fumábamos medio desnudos, exhaustos y felices en el balcón.

    Lo recuerdo todo como si hubiera sido ayer y han pasado demasiado años. Doce para ser exactos. Doce años como doce puñaladas en mi memoria. Hace también demasiado tiempo que no sé nada de ti. Pero hoy, buscando unas fotografías para enseñárselas a mi hijo, apareció, inoportuna como la lluvia de abril, una en la que salimos los dos abrazados en la Plaza de las Flores. Sonreímos mientras miramos a la cámara desafiando al porvenir. Éramos más jóvenes —también más ilusos— y pensábamos, como era nuestra obligación, que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos.

    Comentarios

    1. Claudia (Diadenes)

      4 diciembre, 2012

      Gracias por el paseo que me ha llevado de vuelta a esas calles estrechas, cuantas veces habré pisado esos mismos pasos que aquí describes y cuanto tiempo también sin poder volver a perderme por allí hasta ver anochecer en la caleta. La historia preciosa, contada de forma cercana y sencilla, como ese Cádiz que describes y no muchos conocen.
      Un abrazo

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