* *
Temprano —a la hora que solía ser por la mañana, aunque no hubiera firmamento— despertaron abrazados en el refugio militar. Hacía frío y estaban semidesnudos. Cuando miraron alrededor encontraron cientos de personas. Los habían cubierto con mantas térmicas, pero no había para todos. Ellos habían compartido una que era pequeña para ambos, los pies de Ramón tenían escarcha. Un cartel en la puerta les indicaba la salida por el pasillo al comedor. Se trataba de carpas del ejército acondicionadas por fuera con todo tipo de conductores metálicos: planchas de aluminio, mantas reflectoras de calor, chapas metálicas y hasta rollos extendidos papel aluminio de cocina cubrían los huecos. Según les dijeron, las radiaciones emitidas desde el espacio podían ser nocivas para el cuerpo humano y la única manera de protegerse de esas radiaciones era esa malla que teóricamente los protegía del exterior. Desayunaron un café asquerosamente necesario y unas galletas rancias que rellenaron en parte el vacío que tenían dentro.
—Creí que íbamos a morir—, dijo ella mirando su mentón y acariciándole la mejilla — pero por suerte estabas ahí, no sé qué habría hecho sin ti…
—Vivir, sobrevivir. Podrías haberlo hecho sin mí, me alegro de haber estado allí, a tu lado, pero si no hubiera estado, habrías sobrevivido igual.
—No digas esas tonterías, eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Y justo ocurre ahora, en medio de toda esta locura. No puede ser una casualidad, tiene que ser algo más. Algo que esta predestinado. No lo entiendo, ni quiero, pero sé que es lo mejor que me ha pasado y por suerte ha sido ahora.
—Yo lo único que sé es que nunca más podré dejar de mirar ese maldito cielo inmundo. ¿Cómo es posible? No puedo para de pensar en…
Se asomó a la ventana, la habían recubierto por fuera con una capa de algo, porque se veía todo distorsionado, irregular. El cielo era el mismo de la noche anterior cuando los trajeron los militares, o al menos eso parecía. Una tormenta seca y oscura que hipnotizaba con sus movimientos mínimos y sutiles. Débiles ráfagas de luz se intuían con su color violáceo oscuro. Aparecían cada cinco o diez minutos, entretenían a los pocos atrevidos que osaban mirar por la ventana, Ramón era el más abstraído. Inés se sentó junto a la mesa donde habían desayunado, perdida en sus pensamientos; en las lágrimas derramadas el día anterior, en ese beso, en el calor de Urrutia, en su olor. Ambos estaban absortos y perdidos en sus mundos, tan diferentes hasta entonces, pero que se habían encontrado de manera inesperada. El sol, gran ausente, era lo que unía sus pensamientos, pero ellos no lo sabían. Ramón lo veía, quería verlo detrás de aquellas ráfagas, centellas tímidas que podían significar tantas cosas pero que para él eran rayos perdidos del gran febo herido; Inés sólo pensaba en la muerta de la estrella. ¿Cómo sería el mundo a partir de ahora? Empezó a imaginar cosas, mundos paralelos, historias imposibles y horrorosas que había que imaginar, según ella.
—¿Hacemos algo? Me aburro— dijo y le tiró del brazo para que se despegara de la ventana.
—No me apetece hacer nada, estoy, no sé, no me apetece…
—Bueno chico, déjate ya de mirar por la ventana, no va a pasar nada. Todo lo que tenía que pasar, pasó. Quiero hacer algo lindo, no sé, vamos a preguntar si nos dejan salir…
—Lo siento Inés, no estoy de humor. No estoy bien. Lo siento de verdad. Ve tú. ¿Puedes ir sola? Ve a ver si se puede salir y si eso salimos luego, tal vez por la tarde. Lo siento.
Y lo sentía de verdad, aunque no podía explicar por qué estaba tan distante. Inés era hermosa, dulce, simpática y su tipo. Se habían dado un beso y estado juntos la noche. Había sido como un cohete despegando, de cero a mil en pocos segundos, intensidad infinita, pasión sin límites, el shock aún le duraba, era la primera vez que le pasaba algo así y no podía detenerse a pensar en ello, ahora mismo había algo más intenso que abarcaba todo su ser. El cielo volvía a cambiar. Las ráfagas comenzaban a crecer, eran más intentas que antes, aunque se alternaban con otras débiles. Podía decirse que eran centellas de color turquesa junto a las ráfagas verde oscuro. El movimiento no parecía estar ocurriendo, pero Ramón veía que esa imagen no era estática, como si fueran nubes no definidas, sin bordes y todas unidas, pero que sin ser un todo hacían un muro que parecía hueco. La idea de un muro de ladrillos irregulares, amorfos y pegados entre sí por el mismo material del que estaban hechos fue la que lo hizo darse cuenta de que podía que hubiera algo detrás de ese muro. Las centellas, las ráfagas eran posiblemente —según su hipótesis— grietas en ese muro ficticio. Ya no sabía si lo que veía era la realidad o lo que su corazón le decía que quería ver. Inés se había ido y se dio cuenta de que tal vez había hecho mal en dejarla ir sola. Ella podía entender cualquier cosa y eso no era bueno. Lo pensó por un momento mientras analizaba la evolución de las nubes, parecían más claras, tal vez esas líneas suaves eran indicios de lo que podía haber atrás. Ella no debería haberse ido si realmente le interesaba estar con él, pensó, las nubes estaban moviéndose, no había dudas.
El soldado le dijo a Inés que el sargento estaba por informarles la situación, pero le adelantó que probablemente después de comer se confirmaría que las radiaciones dañinas habían desaparecido. Le comentó que habían realizado mediciones desde las cuatro de la mañana y que los valores de radiación eran ahora mismo los de un día nuboso. La joven sintió una sensación extraña en su interior, no estaba alegre aunque fueran buenas noticias. El hecho de que el peligro de la radiación desapareciera la hacía ver un horizonte más positivo y no entendía por qué eso le hacía volver a tener miedo, a sentirse insegura y hasta pensar en que todo era falso, que el soldado no sabía lo que estaba diciendo y que incluso el sargento anunciaría más tarde lo contrario a las previsiones del subordinado. Volvió a sentarse, esta vez en el otro extremo de la carpa y miró de lejos a Ramón. Seguía mirando por la ventana. Tenía el pantalón doblado, con un calcetín por encima de los bajos y con la punta del cinturón colgando demasiado. La camisa estaba muy arrugada y le faltaba un botón, el segundo. Tal vez lo había perdido en el calor de la noche apretados. Su cara se reflejaba en el cristal pero veía sólo el lado izquierdo. Estaba concentrado, serio, impávido. Los reflejos de ráfagas de luz se mezclaban con su semblante en el cristal, era una imagen viva, parecía gesticular moviendo sus músculos faciales al son de las luces. Pensó en acercarse, pero se dio cuenta de que eso la haría perder la perspectiva que tenía en ese momento. Estaba feliz. Él estaba feliz y estaba disfrutando al ver esos malditos rayos de colores. Inés se sintió estúpida mirándolo de lejos, se sintió sola y decidió irse al refugio a pensar, tal vez a dormir un poco.
El cielo había evolucionado, era una trama infinita de pequeñas ráfagas fuertes y débiles que seguían formas aleatorias a través la cúpula morada. Las nubes —piezas indiscutibles de la cúpula— estaban en movimiento, se desplazaban como impulsadas por algo. Ramón intuyó una leve brisa por el movimiento de los cristales de la ventana. Seguramente sería el origen de aquel movimiento nuboso. «Por qué no ha venido aún? ¿Le habrá pasado algo? Quiero salir. ¿Habrá preguntado ya si podemos salir?» Giró bruscamente para mirar en la carpa. Ella no estaba. Pensó que seguramente le habrían dicho que ya se podía salir fuera, porque no quedaba casi nadie en el comedor improvisado. Se apresuró a ir a la entrada y preguntó al soldado si se podía salir. El sargento ya había salido de la reunión con los mandos y efectivamente estaba permitido salir fuera a todo el que quisiera, siempre que no se acercaran al vallado perimetral. Sintió por fin la brisa suave, la sintió en la cara y abrió los brazos, abrió hasta los dedos de las manos para que esas gotas de aire pasaran suavemente, para dejarse acariciar. Cerró los ojos y se olvidó de todo.
* * *
Todo el horizonte —sobretodo el este— es ahora más claro. Aparecen claros surcos, como líneas de sangre y fuego que crecen entre el negro violáceo, ese morado que comienza a separarse en líneas turquesa, cada vez más finas. Ramón despertó de su sueño momentáneo para verlo todo con una gran sonrisa. Venía del este, no podía ser otra cosa. Recordó a su familia, a Marisa, a Marcelo, a todos los de la oficina. Recordó la empresa, los despidos, la economía, el país hundido. Todo volvía a tener sentido si estaba ahí, todo volvía a importar. Todos. ¿Dónde estaba Inés? Los surcos se volvieron poco a poco intensos, de un rojo amarillento que con paciencia ganaba la guerra a los verdes azulados trazos, ya difusos. La lenta progresión parecía estar dibujada, pintada por pinceladas de un pintor invisible que se estaba riendo de él, que estaba disfrutando con la cara Ramón Urrutia, espectador inmutable en un tiempo infinito.
«Malditos Mayas, malditos Mayas» pensaba Inés mientras lloraba recostada en a litera. Era veintiuno de diciembre, era la mañana del veintiuno de diciembre de dos mil doce y nada de lo que ella había soñado estaba sucediendo. ¿Por qué no había ido a buscarla allí? ¿Por qué no estaba ahora mismo a su lado? ¿Había sido todo tan corto, tan estúpidamente corto? ¿No era acaso el fin del mundo? ¿No habían visto desaparecer el sol, dejar de funcionar todas las comunicaciones? ¿No estaban encerrados en una base militar acaso? Tenía que decirle todo esto, estaba llorando como una tonta y él, seguramente estaría allí como un tonto mirando la ventana atento a un cielo que no era más cielo, a una luz que venía de fuera y a unos rayos… Se levantó despacio al ver los rayos que entraban por debajo de la puerta y la abrió, vio más luz en la carpa y el acceso al exterior abierto de par en par. Todos estaban afuera. Ramón no estaba en la ventana, nadie estaba dentro mirando fuera, por ninguna ventana.
Los trazos horizontales son simples nubes violáceas y comienzan a desaparecer. Todo es rojo y amarillo. No hay nada en lo que no se refleje el cielo, que vuelve a ser cielo. Ramón está conectado con ese cielo y no es el único. Todos sienten algo muy adentro que no pueden explicar, aunque se ve en sus caras. Inés lo ve. La luz bicolor es la que llena sus almas de nuevo y les hace sentir otra vez vivos. Es lo que ella siente en ese momento al unirse al grupo. Pierde la noción del tiempo hasta que una sirena suena a lo lejos y todos se miran. Son las diez de la mañana el cielo es rojo y amarillo. Ramón recuerda unas cuantas horas atrás y piensa «otra vez la señera catalana, otra vez es como una explosión muy lejos». Marcelo y Marisa se miran y comentan las elucubraciones de Ramón, los extraterrestres… se ríen como locos y se sientan en el suelo. Todo el mundo está enamorado de ese cielo. Todos están adorando al que no ven, pensando en sus familias, en sus amores de siempre. No se ha perdido nada y que aquel al que todos quieren ver, debe estar allí, porque ya sienten su calor. Inés distingue una voz conocida que se acerca desde un lado, quiere ver el sol, y aparece Ramón.
—Lo siento
—¿Qué sientes?
—Lo siento muy adentro, pero no puedo engañarte. Quiero ir a mi ritmo.
—¿Por qué? Te parece que…
—Sí, aunque no lo creas, sí. Estábamos por morir, todos. Me gustas mucho y no me arrepiento de nada, per no era yo el que estaba en mi cuerpo. No me entiendas mal, quiero que sea más natural.
—¿Te parece que no lo ha sido?, porque yo…— se quedó pensando en sus palabras sin terminar de hablar, ella tampoco había sido la de siempre. Ella necesitaba un refugio y se había dado cuenta de que su refugio ahora le estaba pidiendo una segunda oportunidad para volver a empezar. —Puede que tengas razón, a mi esto también me ha hecho pensar mucho. ¿Qué hacemos entonces?
—Volver a empezar, aunque no sea de cero. Quiero quererte a mi manera. ¿Te parece bien? Estás hermosa.
Como si el pintor áureo se hubiera vuelto loco, las nubes se esfuman y el gran febo se muestra ante sus ojos. Una horrible pesadilla nubló sus vidas durante unas horas. Son las doce del mediodía, el mediodía del fatídico veintiuno de diciembre. Inés abraza a Ramón dulcemente, esperando que todo vuelva a ser como antes, como antes de ver el fin.
Pernando Gaztelu

Fanathur
Extraño, largo y metereologico relato, Pernando. Creo que aquí hay germen para un buen relato o una novela corta de amor en el transfondo del fin del mundo. Dale un par de vueltas y verás como poco a poco, va cogiendo cuerpo. En mi opinión, de aprendiz, creo que sobran algunas frases. No obstante, mi voto.
Pernando.Gaztelu
Muchas gracias Fanathur, le daré las vueltas, que seguramente le hacen falta. Es extraño, porque surgió como un corto, Falsaria people pidió un bis y otro más. Es verdad que el cuerpo se lo he terminado de dar ahora, pero por momentos las tres partes tienen que ser pulidas para volver a ser uno solo… tal vez sea demasiado pedir que me comentes las frases que más descolocadas veas. Prometo editar y sacer de esta idea un producto homogeneo, germen, como bien dices, tiene. Gracias por el comentario, el voto y la lectura.
LUCIA UO
Querido Pernando.
Gracias por continuar con la tercera parte. Sé que era un poco por darme gusto como te lo pedí.
Me ha encantado, y el final también.
Aquí son ñas 9:45 de la noche del 21 de diciembre y no hay novedad en el frente. Fue un día nublado, con lluvias intermitentes, con más frió de lo habitual, pero sin ningún contratiempo en particular.
Habrá que esperar la noche… porque nunca se sabe.
Feliz inicio de esta nueva época dorada de luz y entendimiento entre los hombres.
Feliz Navidad y venturoso 2013.
Un gran abrazo y mi voto.
Salieri
Felicidades para vos y me alegro que el “punto de inflexión” haya sido no sintomático allá, acá son las 14:07 y es más o menos lo mismo. Mucho trabajo, pero nada más fuera de lo normal… espero poder leer lo que has publicado hoy en breve… un abrazo, muy felices fiestas y nos estamos escribiendo!
Salieri
¿A que puedo escribir algo mejor que él? Veréis en 2013… Me gusta comentar por otros… pero creo que me van a echar de aquí si lo hago, ¿no?
Pernando.Gaztelu
Salieri: esa broma no me ha gustado nada, que lo sepas. Si vuelves a hacerlo, lo comentaré a la organización de esta página.
Lucía: Me alegro que estés bien. Yo también te leeré en breve, un abrazo muy fuerte y te escribo comentando tu texto.
SALAMANDRA
Un Poco largo pero supiste mantener el suspenso hasta el final Felicidades Pernando y por supuesto mi voto
Lidyfeliz
Hoy ya es 21 por la tarde, Penando y nada extraño pasó. Tampoco pasará. Lamentablemente todo seguirá siendo igual. Digo lamentablemente porque seguirán las guerras, las violencias. Afortunadamente también seguirán los buenos, los honestos, los pacíficos.
Y una de mis mejores amigas me dejó hoy. Ella creía firmemente que toda su enfermedad desaparecería este día. Creo que se cumplió. Ya no sufre.
Mi voto
Pernando.Gaztelu
Lo siento por la familia de tu amiga, por ella no, seguramente ya está mejo, como dices. Es mi visión de la muerte… Somos egoistas los seres humanos. Lloramos por el hueco que nos deja el que se va, y no no alegramos por él. Pasó el 21, Inés esperaba lo peor y Ramón, como todos nosotros sea alegra de quecestemos tan mal como un día antes, por lo menos estamos…
María del Mar
Interesante relato sobre el hipotético final del mundo, que afortunadamente no ha acontecido. Un beso y mi voto.
El Moli
A la portada amigo, largo tu relato , lo leeré cuando el tiempo me lo permita.
Te dejo un fuerte abrazo y muchas felicidades.
LUIS_GONZALEZ
Me gustó, quizás un poco largo pero muy bueno, te mando mi humilde voto…
VIMON
Dicen los expertos, Per, que un relato, a diferencia de una novela, debe contener tan solo lo estrictamente necesario para ser entendido al leerse. ¿Que es lo indispensable y que lo superfluo? Es una pregunta que solo el escritor puede contestar…Un abrazo y mi voto.
El Moli
Lo he leído y me gustó, es verdad que tu y yo tenemos falencias como escritores, a veces nos sobran palabras o faltan tildes, pero eso se corrige con el tiempo y la rutina.
Imagino que cuando te canses de leer irás encontrando nueva frases y/o maneras de darle más calidad, la base está.
Un gran abrazo amigo y un feliz año.
Luis
volivar
Pernando: a mí me ha gustado mucho tu narración; un gran maestro de literatura dijo que la belleza en prosa, no depende de las muchas o pocas palabras, sino de los sentimientos o pensamientos que con ellas expresemos. Una felicitación porque has sabido hacer eso, precisamente.
(Mi voto no te lo había dado porque no había tenido la oportunidad de leerte, pero ahora, libre un poco, al fin, me estoy deleitando con esto que tan bien has publicado.
Te deseo un año lleno de felicidad.
Volivar