Está ocurriendo

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Puede que nunca llegue a saberse pero en alguna parte un hombre conduce mientras el sol se pone. Esa hora en que el mundo parece del color y la textura de un melocotón que madurara y se pudriera a mil fotogramas por segundo. La estrecha carretera asciende suavemente entre laderas sembradas de pinos de color verde oscuro y polvorientos matorrales bajos. De tanto en tanto algún grupo de chopos marca el paisaje con una veta de verde brillante, allá abajo, entre los terrenos de cultivo. Debe de haber agua por aquí cerca, piensa el hombre. Y sigue conduciendo. Porque los ríos, los estanques y los lagos a los que los domingueros acuden a aburrirse no son un buen lugar. Por el retrovisor observa cómo la noche se acerca desde el este tragándose en silencio los campos que extienden en el valle. Previsoramente, enciende los faros. A veces, al tomar una curva, vislumbra en la distancia el resplandor de la ciudad. Esa nube de polución alumbrada desde abajo por la contaminación lumínica tiene algo de hipnótico. La naturaleza de un refugio. Le gustaría estar allí ahora. Al abrigo de ese caparazón flotante anaranjado bajo el que suele transcurrir la parte confesable de su vida. Y la de la mayoría de gente que conoce. Atraído por la calidez del resplandor urbano está a punto de dar medio vuelta y poner rumbo a casa. Además ha sido un día duro en la oficina. Y ya son demasiados así. Vale, la cagué con aquella operación, piensa, pero tampoco es como para que estos cabrones me hagan el vacío. Pero sabe que todavía no puede volver a casa, cerrar la puerta, echar la llave y tirarse en el sofá. O jugar un rato con el crío. O sacar a pasear al perro. Así que se esfuerza por mantener la vista clavada en la línea blanca que delimita la derecha del carril. Y también en la cuneta. Ya ha oscurecido por completo. La tierra, el polvo y los hierbajos que flanquean la carretera tienen un aspecto tétrico al ser bañados por la luz blanca, plana y aséptica de los faros. Cada metro del estrecho y mal asfaltado arcén parece la fotografía del escenario de un crimen. Un escalofrío le sacude la espina dorsal. Sus dedos se aferran al volante. Nota que le sudan las palmas de las manos. Se afloja un poco más el nudo de la corbata. Un mal presentimiento. Pero la cuneta sigue sin ofrecer un buen sitio en el que detenerse. Justo cuando corona el modesto puerto de montaña decide llamar a su casa. Pulsa la tecla 1 del móvil y a través del manos-libres escucha cómo el aparato marca automáticamente los nueve dígitos. Siempre ha pensado que la sucesión de notas asignadas a los mismos por su Sony Xperia construye una melodía que recuerda al inicio de la Pequeña Serenata Nocturna. Lo ha comentado un par de veces, y no se le ha dado la razón. Pero a él le gusta pensar que es así. Es un dato sin importancia, pero le pone de buen humor cuando tiene que llamar a casa. Esta noche, sin embargo, está demasiado preocupado como para pensar en ello. Tengo una reunión en la otra punta de la ciudad, le dice a su mujer. No me esperes despierta. Ella le responde que le dejará la lasaña en el microondas. Y por un momento el hombre se siente como el personaje de una película de sobremesa de los domingos. Esos remordimientos mundanos. Sabe que la está engañando. Y sabe que a ella le dolerá cuando se entere. Pero también sabe que la quiere, que es lo que nunca queda del todo claro en esos telefilmes. Luego piensa que por desgracia esto no es un mal guion, sino una mala realidad. Y un retortijón le patea las tripas. Tiene que encontrar un sitio ya. Le dice a su mujer que tiene que colgar y le manda un beso. Ella le responde con otro igual de previsible. Y precipitadamente le recuerda a su marido que hoy es el cumpleaños de su madre. Que no se olvide de felicitarla. Pero el hombre no va a hacer esa llamada. Cuando llegue el momento se inventará cualquier excusa. Ya de pequeño tenía la sensación de que su madre podía leerle la mente. Incluso lo llevaron al psicólogo por ello. No recuerda muy bien todo aquello. Al final, claro, le dijeron que todo estaba arreglado, pero obviamente no es así. Y él lo sabe. Así que no va a felicitar a su madre. Lo que va a hacer es seguir conduciendo y acabar con esto de una vez. Mira el cuentakilómetros. Se da cinco más para dar con un buen lugar. Si no, parará exactamente en el metro cinco mil a partir de ahora. No resulta necesario apurar la distancia. Al poco un claro se entreabre a su derecha. Detiene el coche de morro ante él y escruta a través del parabrisas. Es una pequeña explanada pedregosa parcialmente cercada por una masa compacta de zarzas altas. Un árbol ennegrecido por el impacto de un rayo se alza en mitad del claro impidiendo que un vehículo pueda acceder a su interior. Así que da marcha atrás y maniobra para arrimar el coche lo más a la derecha posible de la carretera. Apaga las luces y sale del vehículo. El aire es frío allí arriba. Le reseca las fosas nasales y hace que los ojos se le entornen. Aprovecha para mirar a ambos lados de la carretera. Todo sigue igual que durante los últimos kilómetros. Ningún coche se acerca. No se ve ninguna luz, no se escucha nada más que el viento en las hojas y algún aleteo en las alturas. El hombre se adentra entonces en la explanada. Inspecciona su perímetro y, tras un par de vueltas, concluye lo que era previsible. El mejor lugar será el zarzal que se halla en la parte más lejana a la carretera. Con la tranquilidad que da saberse no incluido en ningún archivo policial, se baja la bragueta y mea larga y placenteramente sobre el terreno escogido. La inquietud del escalofrío de hace un rato se transforma ahora en alivio. Puro alivio fisiológico. Un derecho humano de cualquiera, incluso de los hombres como él. Mientras orina levanta la cabeza. Siente el crac-crac de sus cervicales al liberar la tensión. Sobre él las ramas de los árboles oscilan rítmicamente, como en una danza ancestral. Y más arriba todavía las balizas centelleantes de un avión surcan el cielo azul marino a gran velocidad según la lógica pero como a cámara lenta según el ojo. Por encima de todo eso, tres estrellas tempraneras asoman en el cielo desde las oscuras entrañas del cosmos. Su brillo es neutro, inclasificable. Ni blanco ni azulado ni rojizo. Es del color del fuego de las estrellas, sin más. Incomprensible para la especie humana. No tiene sentido pensar sobre ello. Entonces se sacude las últimas gotas, se sube la bragueta y camina hacia el coche. Abre el maletero. Echa un largo vistazo a su interior. Esas preciosas bolsas de plástico azul. Siempre le da pena desprenderse de ellas. Pero no tiene más remedio. Vamos allá, se dice al fin, y coge una de ellas. Sus manos palpan el plástico durante un par de segundos. Juraría que es una pierna. Resiste el impulso de abrir el precinto y echar un último vistazo. No es momento de arriesgarse tontamente, se dice mientras se pone la bolsa bajo el brazo y alarga la otra mano para coger un par más. Y además sí, seguro: es una pequeña pierna.

Comentarios

  1. VIMON

    11 diciembre, 2012

    Muy buen relato, Ivan, con un final inesperado y tétrico. Van mi saludo y mi voto.

  2. Claudia (Diadenes)

    13 diciembre, 2012

    Me gusta el uso de metáforas y comparaciones y conocer esa parte oscura y retorcida de algunas mentes humanas.
    Un abrazo

    • Iván.Rojo

      28 diciembre, 2012

      Sí. A veces me pongo siniestro. Gracias por lo de las metáforas.

  3. Gödel

    27 diciembre, 2012

    Bien hecho. Como siempre en los cuentos. Saludos.

    • Iván.Rojo

      28 diciembre, 2012

      Estoy de acuerdo. En los cuentos todo vale. Por suerte.

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