Oscuridad. Densa. No consigo ver más allá de mis propios ojos, cubiertos por masivas dimensiones abstractas.
De repente, una luz, ácida, imprime en mis ojos una ceguera de no más de un parpadeo. Contemplé admirado la resplandeciente luz, y de esa luz emanaba una sonrisa que me llevó al olvido del mundo real en el que solía vivir. Mas no podía articular palabra alguna. No pude mover ningún músculo. Me sentía paralizado por tan extraordinaria belleza, radiante cual sol.
Arrodillado en la oscura inmensidad, ese rayo lumínico que abasteció a mis ojos, me habló. En ese momento sentí paz. Sentí estar flotando en un aire impregnado de una nada con sabor a menta. Oí su dulce voz instándome a salir del negror. Así su flamígera mano y salí a otra realidad, inconmensurable.
Aquel día fue el mejor de mi existencia. Anduvimos, corrimos, volamos sobre prados y cielos, irradiando ambos una luz que cegaba a cuanto nos observaba.
Noté, cierta vez, una presión en el pecho, una punzada en el corazón. Sentí ahogar mi vida, cual vórtice. En seguida supe que había tropezado y vuelto a mi oriunda oscuridad.
Caí abatido. Mis lágrimas besaron mis mejillas al pensar que nunca jamás volvería a ver
su dulce rostro, esos ojos que me transportaban a aquel onírico mundo creado para nuestras almas.
Caí en la cuenta de que pronto acabaría mi sufrimiento: pude ver su fuego en mis ojos, pues aún perduraba en mí su espíritu. Comprendí que pronto la volvería a acariciar y me salvaría para siempre de este ingrato y oscuro universo.
Llegó el día. Quebré mis cadenas y cogí su mano tendida. Escapé por segunda vez de las garras de tan vil espectro. Alcé la mirada: sólo existía para mí ella.
Me percaté de que no venía sola: arrastraba tras de sí un ejército de gigantescos nudos, cuyos cabos nadie era capaz de desatar salvo la luz que emanaba de su interior. Me di cuenta de que cada palabra que salía de sus hermosos labios era una verdad que no iba más allá de la mentira. Pude ver que la certeza de mis ojos no era equiparable a la de la realidad…
Oscuridad. Densa. No consigo oír más allá de mis propias cadenas, atadas a una opaca pared infinita.
He despertado del sueño producido por mi desbordada imaginación.



VIMON
Buen relato, Vargsson, un saludo, mi voto y bienvenido.