La dignidad de un bolígrafo

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Los últimos días como voluntario en la fundación fueron muy entrañables. Muchos de los padres nos invitaron a comer a sus casas para que conociéramos su hogar o nos regalaron recuerdos de Ecuador, dentro de lo que sus modestas economías les permitían. Por una parte, me llenaba el agradecimiento por tales regalos, pero por la otra me sentía incómodo. No me gustaba que gastasen parte de su dinero en regalos para mí cuando sus situaciones eran tan complicadas.

Uno de los chicos que más me llegó al corazón durante los dos meses que pasé allí fue Adolfo, un adolescente con síndrome de down. Con él compartí muy buenos momentos. Cuando conoces un grupo numeroso de personas, siempre hay alguien hacia el que sientes una predilección especial, y en mi caso ese fue Adolfo.

Algunas tardes que teníamos libres íbamos al cine a ver alguna película. La casa de Adolfo quedaba a medio camino entre la Fundación y el centro comercial, asi que algun dia parábamos a charlar con sus padres y dependiendo de la película que proyectasen nos llevábamos a Adolfo al cine y a comer algo. A él le encantaba pasar un rato con nosotros a solas y nosotros disfrutábamos mucho con él.

Sus padres eran una pareja también entrañable. Su padre le traía y llevaba todos los días al centro y trabajaba como vigilante en una urbanización de la zona. Su madre se quedaba en casa haciendo las tareas del hogar y cuidando de los niños. La pobreza en aquel hogar, como en tantos otros de Ecuador, se mostraba desnuda, sin caretas.

El padre de Adolfo me contó un día que le permitían dos semanas de vacaciones al año en su trabajo (sin cobrar por supuesto), pero que nunca las aceptaba porque no podía permitirse estar dos semanas sin sueldo. Trabajaba más de 12 horas al día, los 365 días del año, para poder alimentar a los suyos.

Otro día recuerdo que me preguntó por Quito. En los tres meses que yo llevaba en Ecuador había estado ya en dos ocasiones en la capital del país. Comencé a describirle lo que me había parecido la ciudad y le pregunté que si había ido mucho a Quito. Me respondió que una vez, cuando era joven, pasó a unos quince kilómetros de la capital pero que no pudo acercarse a conocerla. Me sentí ridículo. Me avergoncé en cierto modo. ¿Cómo es posible que a mis veintitantos estuviera allí en Ecuador, recorriendo todas sus ciudades, mientras aquel hombre que debía rondar los sesenta y llevaba toda su vida trabajando sin parar, ni tan siquiera se había podido permitir una visita a la capital de su país?

El último día poco antes de despedirnos, probablemente para siempre, se acercó hasta mí y me dijo con una voz suave y tímida que tenía un regalo para mí, que no era mucho lo que podía darme, pero que querían tener un detalle conmigo. Adolfo revoloteaba por allí cerca, jugando con sus compañeros y mirándonos de reojo. Su padre sacó una pequeña bolsa de plástico en cuyo interior había un bolígrafo azul y blanco. Es un humilde presente – me dijo – y gracias por todo - añadió.

Y yo no supe que decir. Cogí su regalo y le di las gracias. Un bolígrafo.

Su mirada cansada se clavó en mis ojos y yo no supe que decir. Un bolígrafo.

“Jesús cree en ti” se podía leer en el lateral. Yo nunca he sido religioso y aquella inscripción no era evidentemente de mi agrado pero eso daba lo mismo. Ellos sí eran religiosos, muy religiosos, y sabía que para ellos sí tenía un significado especial.

En aquel momento, no habría cambiado ese bolígrafo por ningún otro regalo del mundo. Quizá no fuera físicamente el mejor regalo que alguien podía haberme hecho, pero sin duda todo lo que aquel bolígrafo escondía sí que le convertían en uno de los mejores regalos que uno puede recibir.

Aquella familia no tenía nada – materialmente hablando -, no les sobraba nada, nada podían regalarme. Pero ellos querían hacerme un regalo, como un símbolo, como un recuerdo de la relación tan especial que me unió a su hijo durante aquellos meses.

Aquel bolígrafo parecía querer decirme que la pobreza quizá no sea una situación económica, un estado material. Quizá pueda ser más bien un estado mental, un sentimiento, una mirada… o quizá no.

Sea como sea, aquel bolígrafo probablemente es el regalo con más dignidad que me han hecho nunca.

Cuando alguien con la mirada como la del padre de Adolfo extiende su mano hacia ti y te ofrece un bolígrafo como regalo de despedida mientras sus ojos se clavan en los tuyos, es imposible rehuir esa mirada.

Un bolígrafo, objeto inanimado, insulso, que a nadie llamaría la atención más que para su uso práctico. Un bolígrafo.

Creo que hoy, seis años después de que el padre de Adolfo me regalara aquel bolígrafo, puedo afirmar que es el regalo más especial que nadie me ha hecho jamás, y que probablemente nadie me hará.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Julieta Vigo

    Julieta Vigo

    12 diciembre, 2012

    Atrapas porque consigues transmitir plenamente la emoción de aquel momento.
    Emocionas, porque nos haces sentir lo mismo que tú sentiste.
    Me ha gustado mucho, Álex.

  2. Imagen de perfil de

    volivar

    12 diciembre, 2012

    Alex, sencillamente excelente narración; expresar las sensaciones propias es lo más hermoso en este arte de las bellas letras.
    Mi voto
    Volivar

  3. Imagen de perfil de LUIS_GONZALEZ

    LUIS_GONZALEZ

    12 diciembre, 2012

    Al valor sentimental no hay billete, oro, diamante o lo que quieras imaginar, que iguale o pueda ponerle un precio, el valor monetario se lleva en el bolsillo el sentimental en el alma y eso no tiene vencimiento, te mando mi humilde voto…

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    halize

    12 diciembre, 2012

    Un relato muy entrañable, me ha gustado.
    Te doy mi voto.Saludos.

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    Jon.Igual

    12 diciembre, 2012

    Muy emotivo Álex, consigues transmitir esa emoción. Saludos y mi voto.

  6. Imagen de perfil de antoniosib

    antoniosib

    12 diciembre, 2012

    Yo también he vivido experiencias semejantes y creo que es cierto todo lo que dices. Te doy mi enhorabuena y mi voto.

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    VIMON

    13 diciembre, 2012

    Excelente relato, Alex, mis felicitaciones y mi voto.

  8. Imagen de perfil de MAFALDA

    MAFALDA

    13 diciembre, 2012

    Emocionado y emocionate relato, Alex. Hace más el qué puede, que el que quiere. ¿O es la revés?. ¡Jesús cómo tengo la cabeza yo!.

  9. Imagen de perfil de LUCIA UO

    LUCIA UO

    13 diciembre, 2012

    Es sin lugar a dudas el regalo más valioso que tienes y tendrás. Es un tesoro.
    Hay cosas que el dinero no puede comprar, entre ellas, ese afecto sincero. Los que no tienen nada son los que a veces lo dan todo.
    Un gran relato lleno de sensibilidad, dulzura, de reflexiones y bellas conclusiones.
    Un gran abrazo y mi voto.

  10. Imagen de perfil de María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

    María.del.Mar.(Cenicienta-literaria)

    16 diciembre, 2012

    Precioso relato, una vez más podemos comprobar que la verdadera felicidad no tiene nada que ver con la abundancia material. Un detalle, aparentemente tan insignificante, puede tener tanto valor…
    Un beso, amigo; mi voto y Felices Fiestas.

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