Los juguetes caían mientras los transeúntes fluctuaban de meras máquinas parlanchines caminantes, para transformarse en compradores empedernidos a punto de liquidar su mísero sueldo en la aventura invencible de las compras matutinas. Por ese entonces, me encontraba yo con la preciosa mujer, a la cual llamaré por motivos misteriosos “Karina”, intentando conquistarla en la aventura más dulce y tenebrosa de todo hombre.
Por aquel entonces, los precios del mercado, donde nos encontrábamos, estaban bastante altos, y hasta un paquete de yerba valía la mitad de mi sueldo. No tenía mucha lógica, pero no he encontrado aún algo que mantuviera las reglas básicas del raciocinio, si es que aquello existe.
Desde pequeño, mantuve la necesidad de plasmar mis sueños en finos papeles blancos que se iban manchando de pecado al rozar con mi pluma, la del cuervo perdido, sus aventuras y desventuras en millones de porvenires indisciplinados que pierden cualquier sentido letra por letra. Me resigné a, simplemente, hacerlo, sin encontrar un justificativo que pudiese aliviar mis penurias o me ayudase a comprender el motivo que me impulsaba tal acción. A pesar de todo (y de la tristeza que albergaba mis días), Karina mantenía su sonrisa patética, pero muy desconcertante. Me llevaba a tierras misteriosas, a intentar comprender qué era lo tan estúpido que hacía reflejar su sonrisa aún más estúpida y con toques absurdos y circenses macabros, como todo circo dantesco. Entonces, comprendí, al observar la puerta, qué era lo que domina la semblanza de aquella bella mujer. Ingresaba, por las puertas corredizas que mágicamente se abren al contacto, un hombre acompañado de cuatro oficiales uniformados. No recuerdo bien el físico, pero, por suerte, lo recuerdo muy bien físicamente. Si mal no recuerdo, y sé que la memoria me permitirá recordar el recuerdo, era una persona imposible de recordar, pero que no podía jamás olvidarse o escaparse de aquellos recuerdos que pululan por los recuerdos más recordados del inconsciente.
Vestido de un traje naranja (¿o era azul? No lo recuerdo, pero lo recuerdo: naranja y azul con toques negros) ingresaba maniatado un hombre totalmente calvo. Entonces, se acercó a mí y con aliento putrefacto y gélido me preguntó muy amablemente (su aliento era a canela y frutillas con crema) dónde podía conseguir, palabras textuales, “el néctar de la vida”. Lejos de poder ayudarlo, me burlé de él hablándole en inglés (un inglés masacrado y deprimente). Cabe recordar que hablo muy bien en inglés, puesto que lo estudio desde que mi razón se apoderó de mis sueños. También puedo hablar un poco de alemán y de vez en cuando, cuando lo preciso, hablo un poco de inglés, pero me siento un tanto limitado en ese aspecto, ya que aún no puedo dominarlo bien. En fin, amo el castellano.
El hombre comenzó a reír, y Karina hizo lo mismo. La observé y su risa creció tanto, que parecía salirse de su rostro, intentar devorarme y asesinarme en un manantial inexpugnable de sangre y tripas gordas.
Recuerdo que comencé a preguntarle algo en inglés, pero no puedo encontrar la imagen exacta de qué era lo que le preguntaba. No es importante, ya que lo realmente crucial es lo que pasó luego.
El hombre se desesperó y comenzó a insultar a los cuatro vientos (pobres las madres de ellos). Se soltó, sacó un rifle inmenso de su ombligo (literalmente) y empezó a disparar por doquier. Escapé dejando a Karina atrás, la cual falleció al instante luego de que un perico volador verde, con tintes naranjas, con tintes azules, con tintes negros, le arrancara el cuello de cuajo. Los tigres blancos color negro aparecían por todos lados y no sabía dónde esconderme, así que decidí despertarme de aquel sueño incomprensible para corroborar, mal de mi agrado, que el hombre había escapado del sueño, me apuntó con el rifle y me dijo suavemente al oído: “Lo encontré”.
¡Bang!

VIMON
Surrealismo total, Lumiere, que bueno que aclaras al final que todo fue un sueño, porque yo ya estaba empezando a pensar que se te había zafado un tornillo. Bueno, no se, tal vez hubiera sido mejor que lo dejaras como visión de la realidad de un cerebro perturbado, hay muchos mas de los que te imaginas. Un abrazo y mi voto.