Una historia de Brujas
El público tomó asiento para la presentación de esa noche. Había escuchado rumores según los cuales la obra era insólita y ocurrían cosas inverosímiles en el escenario. Ese 30 de octubre yo debía verla. Era mi obligación. Debía comprobar que esas cosas supuestamente “extrañas”, no eran más que buenos efectos de tramoya. Quiero aclarar que no soy crítico de teatro o amante del arte de las tablas. Más tarde entenderán a que se debía mi presencia en ese lugar. Un teatro pequeño y algo tétrico, seguramente ideal para el carácter terrorífico del drama. El presentador caminó hasta el centro del sombrío escenario y dio inicio a la función con una corta alocución de apertura. “Estimado público, lo que van a presenciar esta noche es algo que les recomiendo olviden cuando salgan del lugar. No puedo adelantarles mucho, no por el deber implícito de no contarles sobre la trama, sino debido a que desconozco lo que va a acontecer aquí. Hoy es la última función de esta obra. Cada noche en el acto final, ocurre algo imprevisto y aterrador. Esta noche, noche de brujas, según el autor ya fallecido, ustedes verán por primera y última vez, una escena que no se escribió originalmente. El dramaturgo expresó antes de estrenarla hace unas semanas, tras lo cual murió, su deseo de que la misma solo se presentara por una temporada y que hoy se hiciera la actuación final. Dijo antes de morir, que hoy su obra pasaría a convertirse en el más pasmoso y escalofriante momento en la historia del teatro. Se les agradece mantener la calma cuando ocurra lo inesperado. Serán testigos de algo fantástico. No les pedimos que lo entiendan. Ustedes serán la audiencia. Ustedes serán espectadores del horror.” El personaje desapareció ante el silencio y desconcierto del público y continuó la presentación. La obra se basaba en la historia de un hombre que había dedicado su vida a perseguir brujas. Actuaciones soberbias, agudos diálogos y la producción sobresaliente, mantenían fascinados a los asistentes y yo estaba en verdad desconcertado, atrapado, afectado emocionalmente por la trama, que fue desarrollándose en una atmósfera pavorosa e inquietante, hasta que llegó el acto de cierre. Vi gente royéndose las uñas y a otros con expresiones de pánico en sus rostros medio iluminados con el sutil resplandor del escenario. Hasta ese momento, todo lo visto era explicable. Asombroso, pero perfectamente obvio a mi escepticismo. Yo era un investigador de lo paranormal. Un “cazador de brujas”. El escritor de la obra había sido mi amigo por lo que me sentía forzado a verla para tratar de atar cabos en su extraña desaparición. Acababa de darme cuenta que la obra estaba basada en mi vida. Comenzaba el acto final y empezaron a sucederse aterradores fenómenos en el tablado. Sobre el escenario y después sobre los palcos, flotando y desplazándose mientras proferían los lamentos más horripilantes que he escuchado, seres demoníacos hicieron entrada desde las sombras del anfiteatro, mirando al público siniestramente y flagelando con sus vestimentas desgarradas a los atónitos espectadores, que ya no sabían si continuar presenciando la obra o levantarse para escapar. Muchos se mantenían petrificados y espantados sobre sus asientos. Algunos se escondían debajo de las butacas. Los seres se posaron en el escenario y batiendo los brazos y dando patadas al aire, llamaban a los asistentes por sus nombres, los maldecían y les decían que habían venido a buscarlos para llevárselos al infierno. Yo estaba atónito con el realismo de la escena. Sonreía impresionado por el talento de mi amigo. Por la forma fidedigna como se había producido aquello. Se amplió un poco la luz en escena y vimos que aquellos seres eran todos brujas horrendas. Nos miraban y nos señalaban amenazantes. De en medio del escenario surgió el presentador ascendiendo lentamente de la nada. Las brujas se apartaron atemorizadas dejándole espacio al hombre. La luz se intensificó más. Con los brazos medio extendidos en actitud de presentarnos algo, el personaje levantó la cara y pudimos todos ver quién era. No sé si los demás sabían de quien se trataba. Yo de inmediato reconocí al autor de la obra. Me lució categórico el parecido del actor con mi amigo. Aguijoneado por la emoción me levanté y grité: ¡Bravo! … Hubo un silencio estúpido. Los actores voltearon a mirarme al igual que el público. Una de las brujas sentenció señalándome: “Tu no escaparás esta noche”. Reí fuerte, nerviosamente. La bruja se acercó hasta el borde del escenario y arrodillándose me enseñaba su puño: “Este es el teatro de la muerte”. Estaba aturdido al tiempo que seguía escrutando angustiado los rasgos del presentador y me iba percatando con terror que en realidad se trataba de mi amigo, que no era un actor, que mi amigo había vuelto de la muerte en su propia obra de teatro y estaba allí fantasmalmente, frente a todos, presentándola y escribiendo el final. Mi amigo avanzó unos pasos y con los brazos aún extendidos nos dijo: “Esta es la escena que aún no había escrito. Y en realidad no sé cómo será. Por supuesto están ustedes, mis invitados para este desenlace en el que todos bajaremos a las profundidades de nuestras oscuras conciencias. Por supuesto están las brujas, los seres que abren las puertas del infierno cuando no se deben abrir y que creyendo que vinieron a castigar, serán castigadas y confinadas para siempre en el lugar que tanto reverenciaron y que terminará por convertírseles en sepultura eterna”. Las brujas se espantaron más con la afirmación. Mi amigo continuó: “Están los actores, que aunque no lo crean, no son actores. Son proyecciones de la audiencia, es decir, de ustedes los presentes, los convidados a mi función post mortem. Eran ustedes los que llevaban a escena los pormenores de sus tragicomedias. Ustedes los pecadores, los que saben que lo son y los que prefieren no enfrentarlo. Vean bien este teatro. Es diferente, no hay en el mundo otro igual. Están en el teatro de la expiación. Creían que la impunidad había echado tierra sobre sus pecados, pero no es así. Yo descubrí que no es así. Lo morí en carne propia en mi vida que era una muerte actuada. Yo fui castigado porque solo quería escribir en lo que creía. Yo no sabía que no se puede escribir sobre lo que se cree y que se debe escribir sobre las historias por las que vamos a morir. Fui condenado a escribir mi obra inconclusa por toda la eternidad, porque no tuve el valor de terminarla en vida. Tuve miedo de morir si terminaba mi obra porque mi obra era mi vida. Fui un cobarde. Y aún no sé por qué estoy muerto, si no pude escribir el final. No sé si he vuelto para escribir el final de mi vida o para emprender el inicio de mi muerte. Estoy escribiendo en este cadalso donde expiaremos nuestras culpas. ¿No se han dado cuenta? Cada historia que se contó esta noche, era la historia de cada uno de ustedes.” El presentador fue apuntándonos uno a uno: “ Tú eras el pecador que perseguía pecadores. Un hombre sin vida porque se dedicó a perseguir a los muertos.” Las brujas iban hablando entre ellas y asintiendo mientras mi amigo seguía acusándonos: “tú eras el traidor”, “tú el pederasta”, “el violador”, “el vendedor de mentiras”, “tú el hereje” … y así continuó hasta que decidió callar y dejar que nos despedazaran nuestras tormentas interiores. Volvió a mostrar las caras de sus manos y mirándome por primera vez en toda la noche me dijo: “Sube aquí, necesito que me ayudes”. Subí y saludé a mi amigo, aún en la ingenuidad de creer que todo era parte de la obra. Me dijo: “Empieza a rezar”. Volteó hacia los seres diabólicos e inició una oración cantada la cual en seguida produjo la huida de las brujas que corrían y volaban despavoridas por el escenario. Yo rezaba lo poco que recordaba en tanto que mi amigo seguía entonando su cántico de purificación en latín, que yo entendía a la perfección sin saber nada de esa lengua antigua. “En el nombre de JESUS, me cubro yo y las personas aquí presentes con su sangre y les pido a los ángeles guerreros por protección …“. Las brujas se golpeaban contra las paneles del teatro y algunas en su desesperación se desplomaban sobre los espectadores y se abrazaban a ellos en actos lascivos y macabros aullando: “ocúltame pecador, ven conmigo a la oscuridad!”. El presentador seguía¨: “ … rompo el poder de toda maldición y hostigamiento, cenizo, pócima, ardiente de velas de bruja y lo devuelvo hacia los demonios que lo enviaron siete veces y los uno a ellos por la sangre de JESUS y corto y quemo cordones impíos … “. Mi amigo me gritaba: “Más alto, más alto …”. Yo rezaba el Padrenuestro tan fuerte como podía, repitiendo una y otra vez la oración poderosa. Estaba a punto de desmayarme porque me sentía fuera de mí en una enajenación que me ahogaba. “¡Así está bien, no te detengas!”, me repetía una y otra vez. Las brujas contestaban con canciones infantiles que sonaban grotescas y aterradoras en ese momento. El salmo de purga literalmente les producía un nudo en sus lenguas dislocadas y gruñían de dolor. Se iban juntando en un extremo del escenario acorralas por la fuerza del rezo hasta que se quedaron calladas y agazapadas. Una de ellas pregunto: “¿Por qué nos castigas ungido? … somos brujas por un don de Dios … ”. A lo que mi amigo contestó: “No es un don de Dios si te aleja de Dios. Toda bruja es consorte de Satanás … “. Las brujas se enojaron y escupieron sangre. “Pues no podrás contra nosotras hombrecillo! … las brujas somos todas una!”. Los seres maléficos se juntaron aún más y marchando sin dejar de vernos iban fusionándose sobre la bruja Algonquian. Ahora sobre el proscenio estaba solo la hechicera reina, jadeando de odio, amenazante y poderosa, surgida de la yuxtaposición de todas las otras brujas. “Qué harás entonces tonto? Ahora somos dos. Yo, Mugwump Suprema … y él, mi señor de la oscuridad. Estás en desventaja! … ”. Rió con el carcajeo punzante y aterrador de las brujas. El presentador caminó muy cerca de ella. Volteó y me dijo: “Ven”. Me acerqué y me detuve a unos centímetros. La hechicera volvió a reír: “¡Ahora son dos tontos!”. Seguía riendo. “Te equivocas”, contestó el presentador. Una figura resplandeciente se materializó en ese momento entre el presentador y yo. El espíritu majestuoso exclamó a viva voz: “Póstrate ante el trimurti que siempre te venció … te lo ordena quien preside Kether! arrodíllate ante mí ! … ”. La bruja se desencajó en un gesto de sorpresa y temor pero no obedecía. Mirándome me increpó: “Todo es tu culpa … ¿qué vienes a hacer aquí? no perteneces a este mundo … no sabes con lo que te estás metiendo …”. El presentador iba a responder algo, pero lo interrumpí con una voz que no era la mía: “¡Obedece demonio!”. El guerrero levantó su espadón de fuego y permaneció así repitiendo: “sométete ánima de los abismos, arrodíllate!”. La bruja se acercó con lentitud y cayó abatida. La espada fue bajando gradualmente durante un periodo que parecía no terminar nunca. En el aire seguía viéndose segundo a segundo la imagen congelada del arcángel, aunque la hoja continuaba bajando. El golpe se descargó en la boca de la bruja. Un agujero desgarrado ocupaba toda la parte inferior de la cara. Las brujas fueron desacoplándose rápidamente y quedaron esparcidas por el escenario. Muchas lloraban arrepentidas y suplicaban que se las perdonara. Por un minuto interminable el arcángel las miró sin perturbarse y señaló: “esta vez no voy a poner la otra mejilla”. Las alas del bienaventurado se batieron formando una fuerte racha de viento que arrastraba a las brujas por el aire y las arrojaba contra las paredes donde se desvanecían hasta desaparecer por completo. El escenario quedó en penumbras. El ángel caminó hacia el fondo y desapareció. Mi amigo me dijo: “Yo también debo irme”. Lo tomé por un brazo: “Espera. Necesito que me expliques … “. Volteó y me miró casi con lástima: “No hay nada que explicar. Ya viste todo … eres parte de esto y vas a volver en cada función final. Puedo hacer que olvides para que no tengas que vivir conociendo tu infausto destino … ”. No supe que contestar. Se fue hacia la oscuridad de las candilejas y se evaporó tras un rápido fulgor. Los asientos del público estaban vacíos. No me cabía duda que todos habían huido de aquel siniestro lugar. Salí apresuradamente del recinto hacia el vestíbulo. Aún con la respiración entrecortada, logré responderle con un gesto equívoco al portero que me saludaba sonriente. Me senté en la barra y pregunté si podían servirme un trago. “Para usted lo que desee” Contestó el empleado. Apuré la copa y me sentí más tranquilo. Me levanté para salir de allí cuando el portero me dijo: “Va a empezar la función”. “Ya la vi … creo … ”. “Imposible, porque acaba de llegar”. Lo miré desconcertado esperando que me aclarara sus palabras. “Cada noche es la función final para los espectadores. Para usted no hay función final … “. Sin contestar la sandez que acababa de escuchar, me fui por donde creí que era la salida pero absurdamente me encontré dentro del teatro donde debía ir a ver la obra de mi amigo fallecido. Tomé el programa de un asiento de primera fila, me senté y leí: La obra que se presentaba era: El Teatro de la Muerte. Más abajo decía: Presentadores; aparecía el nombre de mi amigo y más abajo, mi nombre.
01/11/2010

volivar
Postman Cartero: amigo, eres un gran escritor… sabes llevar al lector por donde te da la gana… nos haces como quieres… nos atrapas en una narración muy bien realizada.
Siempre uno está a la espera de qué seguira en el siguiente renglón.
En verdad que sabes mucho de este bello arte. Te felicito.
Mi voto
volivar (Jorge Martínez. sahuayo, Michoacán, México)
Postman
Gracias por tu comentario Volivar, en verdad lo valoro mucho. He leído tu escritos por lo que considero importantes tus críticas viniendo de alguien que sabe de escritura. Gracias.
volivar
Postman Cartero: si me proporcionas tu correo personal, deseo hacerte algunos comentartarios relacionados a tus publicaciones. Te lo agradeceria, amigo.
Volivar (MI CORReo: laverdadsahuayo@yahoo.com.mx
Me llamo Jorge Martínez. son del estado de Michoacán, en México
un saludo afectuoso