VIII
Tardé en coincidir de nuevo con la vecina, pero con frecuencia apareció en mis sueños. Al hablar de sueños no necesitaba acostarme ni dormirme, podían presentarse mientras miraba por la ventana, viajaba en metro, en autobús o caminando distraído por las aceras.
Cada vez que llegaba al piso recordaba que había quedado en invitarla al cine, pero a la hora de llamar a su puerta me cortaba y no me atrevía. De ahí que pasara no sé cuanto tiempo sin verla, aunque la escuchaba casi a diario regresar de su paseo. La clase media, escuché entonces a algún experto en análisis sociológicos, que se caracterizaba por ser en exceso previsible, y era cierto, la mayoría repetimos a diario, itinerarios, gestos y frases de forma absolutamente maquinal y cada mes y año, pagos, visitas y quejas. Entramos en un círculo de puertas y ventanillas que aporreamos y sufrimos sin el menor rubor.
Por las tardes, a última hora, escuchaba el motor de la silla de ruedas, el golpear del respaldo sobre la puerta del ascensor y a la muchacha pedirle a su padre que pusiese cuidado, mientras el viejo murmuraba algo que no lograba entender. Más de una vez tuve la tentación de asomarme e invitarla, pero… ahí me quedaba. Maldito sentido del ridículo, de lo correcto, de las costumbres y de tantas y tantas estupideces como nos atan a lo correcto que no ha legislado nadie y, sin embargo, cumplimos a rajatabla como una manada de borregos. Si quisiera invitar a la muchacha al cine, hoy no me pararía en averiguar si era correcto o no, me dejaría indiferente lo que pudieran opinar sus padres, el desconocido vecindario y, sobre todo, los comentarios de los viandantes al verme pasar. Cuanto más reducidos mentalmente, miserables y arrastrados somos, más tiempo de nuestra vida gastamos en dar explicaciones de nuestro proceder. Necesitamos dos vidas, una para vivirla y otra para explicarla. ¿Qué podrían pensar si invitaba a una muchacha que era un guiñapo atada a una silla? ¿Que era un enfermo sexual, un maníaco, un pinturero, un tartufo, un hipócrita o falso y ladino al que gustaba rodearse de gente que sufre, para vender imagen y dejar siempre una puerta abierta para eludir los compromisos? Recordaba a los estudiantes, niños ricos de los años sesenta, quienes animados por curas, se dedicaban los domingos a visitar asilos de ancianos y barrios obreros haciendo apostolado. ¡Qué tierno! ¡Qué encantador! ¡Qué dulce! Después, al regresar a la parroquia, presumían de haberse mezclado con los obreros de igual a igual. Ni sabían, ni querían saber que los pobres los engañaban y desconfiaban de ellos, les importaba bien poco. Se creían algo así como misioneros adentrándose en la selva y la sabana a domesticar a monstruos, salvajes y si alguno levantaba la voz, se apenaban de él, pobre ignorante incapaz de filosofar, analizar y mucho menos razonar. Su pestilencia asomaba por todos sus poros y mandaban detener a quien no se mostrara lo sumiso que su tratamiento exigía.
Los domingos se me hacían muy duros. Siempre lo han sido, entonces y ahora. Me distribuía las mañanas cocinando y repartiendo la comida en platos a los que colocaba pegatinas con mi nombre y con los días de la semana en que los comería. En cambio, las tardes o me acercaba al Auditorio Nacional a escuchar algún concierto o las pasaba degustando una sobredosis de televisión, alternada con estruendosos ronquidos en el sofá del salón sin lograr asegurar si mi querido “vecino” se encontraba en su cuarto. La verdad sea dicha, no me molestaba en averiguarlo. A lo sumo alguna vez escuchaba como lo llamaban los repartidores de pizzas y cómo arrastraba sus zapatillas por el salón hasta la puerta. Me despertaba cuando las radios atronaban la escalera con fútbol y algún entusiasta vecino de escalera lanzaba cohetes porque su equipo lograba marcar un gol. En ésta santa ciudad siempre se ha medido el éxito o el fracaso de las celebraciones en decibelios. Era imposible pensar en espectáculo sin bullicio, ruido y algarabía. Llegaba a pensar que quienes hacían ruido necesitan molestar a alguien y que en caso de encontrarse en medio del campo, guardarían silencio por no tener el aliciente de ver a alguien en pijama, con cara demacrada, legañoso y despeinado, asomado a una ventana insultando, arrojando agua o un orinal con la recolección del día y amplio vocabulario, rebosando adjetivos y antiquísimas profesiones.
Uno de esos insoportables domingos, a media tarde, mientras dormitaba en el sofá con la película del televisor como música de fondo, escuché un golpe fuerte sobre la puerta de la calle. Me alarmé y levanté dando por sentado que se trataría de testigos de Jehová o Mormones, muy preocupados por salvar mi alma de no sé qué. A medida que andaba hacia la puerta iba montando el discurso que pensaba soltarles.
-Su religión me parece perfecta… para usted. Respeto profundamente, tan profundamente como un minero de Asturias, sus creencias, manías y aberraciones. Duermo a pierna suelta con sus pecados y disfruto los míos. ¿Les doy el pelmazo con las bragas de Kim Basinguer? Pues duerman tranquilos que mi sangre va al cincuenta por ciento con güisqui y no pienso donársela. Tengo una religión a la que no hago ni puñeterito el caso, ni se lo exijo a nadie y lo más importante… ¡¡No me dedico a ir fastidiando siestas al prójimo!! ¡¡Váyanse a la mierda y déjenme dormir!! ¡¡Frailuchos de corbata y maletín!! -mi discurso estaba dispuesto para salir disparado por la boca cuando me encontré con la tetrapléjica sonriéndome.
-¿Estabas dormido? -me preguntó sin dejar de sonreír.
-No, no, sólo estiraba párpados y sombreabojos, pero… por favor pasa, pasa…
-Casi tiro la puerta y no te enteras.
-Me había enroscado como una culebra en la piltra de pobretón presuntuoso que tenemos en nuestro salón. Me tiene interesadísimo la vida de esa gente desconocida que no sé qué habla ni me importa. ¿Querías algo?
-Sí. Habíamos quedado en ir un día al cine y, si no tienes otra cosa que hacer esta tarde…
-No tengo nada que hacer. Pero aguarda un momento a que me lave y me quite las telarañas de los ojos y vamos donde quieras –lavándome me di cuenta de que tenía una blefaritis como una rana y recordé que había comprado una entrada para el Auditorio Nacional, para escuchar un coro muy bueno que años anteriores me había emocionado. Pensé que cometería un desaire con la muchacha si la llevaba a un lugar que nada más que me gustaba a mí, sin consultarle si le interesaba la música. Mientras me aplicaba agua fría sobre los ojos cerrados con la toalla la escuché.
-No quisiera que vinieras conmigo por lástima…
-No te preocupes, mi lástima, pena y conmiseración, las gasto, esquilmo en mis propias debilidades. Me doy mucha pena, yo solito –le contesté como pude.
-No, pero igual tenías planes.
-Planes no. Planos horizontales y ronquidos afinados en 440, en el “la” universal. Tengo entradas para el Auditorio Nacional pero con la modorra lo había olvidado.
-No quisiera molestarte -insistió ella.
-No te preocupes, que ni me molestas, ni me molesto en que me molestes. Es un honor… señorita. -y al salir realicé una reverencia con la que echó a reír a mandíbula batiente. Me había puesto muy nervioso su visita, lo que ratificaba mi patológica timidez- Ahora mismo me cambio… de ropa. Ya me gustaría cambiarme por un heredero de Onassis o por un galán de cine o por un banquero… esos tíos deben ligar y fornicar la leche.
-¿Siempre hablas así?
-No, es producto de la sorpresa, del asombro, que me ha descolocado las neuronas… y hasta que se pone cada una en su sitio pues no sé muy bien lo que me digo. Creí que serían los sermoneros que se dedican a ir fastidiando siestas y ya iba a soltarles una barrabasada cuando te he visto.
Continué hablando desde la habitación mientras me vestía con algo más decente. La verdad es que nunca he atesorado gran ropero. Los vaqueros son como mi segunda piel y ponerme una corbata ha sido un ritual reducido a necesidades estrictamente laborales y a la búsqueda de alojamiento. Mientras bajaba en el ascensor me peiné mirándome en el acero inoxidable bajo la atenta mirada de la muchacha. Pretendí llamar a un taxi y se negó, prefería llevarme a paso ligero tras ella. Me cansé de correr y le pedí que desconectara la batería para poder empujarla. Hablé, como siempre que me pongo nervioso, estupideces a granel, pero creo recordar que reía con mis ocurrencias.
Había escuchado muchas veces la frase hecha de “las barreras arquitectónicas” y pensaba que no era más que un logotipo de los muchos que un buen día se ponían de moda y los repetía cualquier cínico tratando de mostrar su cara más humanitaria, pero que en realidad, importa bien poco a todo el mundo. Cualquiera que quisiera andar por la calle en silla de ruedas necesitaba antes que nada un seguro de vida, un casco y un bate de béisbol para ir apartando a puro mamporro, a criminales, asesinos y dandis sobre ruedas, preocupados por no perder un minuto de espera en la fila de entrada al aparcamiento o en la caravana en la que llevan una tarde y peatones incapaces de interesarse por quien pasa a su lado. Me pidió varias veces que le diera tabaco del que llevaba en un bolso. Me dolía su vulnerabilidad e indefensión. Cada dos por tres repetía las palabras “dame”, “ayúdame” y me hería. Nunca he podido decir con facilidad lo que siento y con la joven mirándome sonriente, no era capaz ni de poner en orden mis ideas. Tardé mucho en darme cuenta de que gota a gota de vino, vaso a vaso, paso a paso, sonrisa a sonrisa y si se quiere palabra tras palabra, fue llenando mi soledad de ternura, aunque me parecía una canallada decírselo.
Llegamos a la Plaza Mayor y la invité a una caña de cerveza que se tomó con una pajilla. No sé cuantos vinos me tomé, el caso es que me atreví a preguntarle qué la había llevado a la silla de ruedas. Sin dejar de sonreír me contestó que las cañas de cerveza y algún que otro güisqui, adornado con coche de potente cilindrada una noche de sábado. Me contó que al principio lo había pasado muy mal; cayó en una depresión que la tuvo al borde de la muerte. No quería vivir. Se negó a comer con la esperanza de morir de hambre. Sufrió alucinaciones en las que se veía volar y correr sin tocar el suelo. Sus pies se habían deformado con el paso de los años, pero conservaba la coquetería de ponerse zapatos de tacón. Habían fracasado en su tratamiento, psicólogos y psiquiatras, tratando de darle ganas de vivir. Su punto de máxima desesperación y el inicio de la recuperación, lo halló en un escupitajo que vio sobre los adoquines que formaban la acera de una calle. Permaneció largo rato observando como la gente trataba de no pisarlo y aquella escena, repetida a cada viandante que pasaba, la hizo pensar que el esputo había encontrado unos labios que lo besaran y rozaran, que posiblemente su expulsión se debía a una mejoría de la enfermedad que lo había engordado. Fue entonces cuando se dijo que si un escupitajo había encontrado unos besos y el temor de la gente, ella era mucho más importante, tenía unos padres y un hermano que la querían de forma incondicional, que la ayudarían a vivir y a valerse por si sola, que complementarían las mutilaciones de su cuerpo. Atrás quedaban los proyectos inconclusos, los sueños esbozados y las esperanzas rotas; delante la vida y quizás nada más que la vida. El accidente había actuado como una criba que había dejado caer lo menos importante, lo prescindible y había conservado lo mejor de las amistades, de los amores y de las aficiones. Fue la lupa que le permitió diferenciar lo auténtico de lo falso.


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