Colapso -2- PEM

Escrito por
| 81 1

Capítulo 1 - Un principio inesperado

PEM

Llevaban unos cuarenta y cinco minutos en vuelo. El nerviosismo inicial había menguado por el tiempo en una incómoda calma. Xalom y Temok habían platicado un poco, cuando el nerviosismo se los permitía. Ella era también una joven profesora perteneciente a la facultad de Ciencias Químicas y estaba dirigiendo una investigación sobre materiales compuestos. Isdor se sentía asombrado, y por unos minutos su charla fue algo completamente académica y poco a poco se fue amenizando. El silencio llegó cuando ella preguntó por los padres de Isdor y este tras contestar había hecho la misma pregunta, a lo que como respuesta obtuvo una considerable pausa silenciosa, custodiada por el constante pero suave rugir del rotor del helicóptero. Ella tragó saliva y unas lágrimas se asomaron por sus ojos. Vivía con su madre y no tenía idea de ella, de como estaba, no podía comunicarse y se encontraba naturalmente preocupada.
– Seguro está bien. – Intentó consolarla Isdor. – Parece que el ejército está preparado para algo así. La evacuarán y luego podrá encontrarse con ella.
– No estoy tan segura.
– ¿Porqué lo dice?, nos han tratado bien, me parece que están controlando la situación.
– Piénselo un poco, Isdor, este helicóptero tiene capacidad para unas dieciocho personas, observe bien, aquí solo vamos ocho. En la universidad hay miles de estudiantes. ¿Porqué no viene ningún estudiante con nosotros? ¿Porqué no hay más personal de nuestra universidad aquí? – Isdor sintió que aquello era una bofetada a su intelecto e ingenuidad. Se mantuvo callado, sin saber que responder. Tomó una leve bocanada de aire y se aventuró:
– Debe haber alguna explicación lógica…
– ¡Claro que la hay!. – Le atajó ella. – Pero sea cual sea, dudo mucho que nos agrade. – Isdor de nuevo quiso pensar para responder, pero su atención fue desviada a un sacudión del helicóptero y la alarma de emergencia que había comenzado a sonar.
– ¿Qué ocurre?. – Musitó Xalom mientras se asía del brazo izquierdo de Isdor. – Lo ignoro. – Contestó este, y extendió su brazo derecho para tomar un soporte de metal con el cual sostenerse mejor mientras cobraban conciencia de que el aparato perdía altitud. Apenas era notorio recién pasada la sacudida, pero en poco tiempo la intermitente sensación de ingravidez seguida de los duros golpes contra el metal confirmaba que se precipitaban contra el suelo, y que eso ocurría a considerable velocidad. Todos los pasajeros intercambiaron rápidas y fugaces miradas, el miedo a lo inevitable era patente.
– ¡Tengo miedo! – Confesó Xalom.
– Sería tonto no tenerlo. – Le respondió Isdor, mientras sentía como ella se aferraba más fuertemente a su brazo, casi restringiéndole la circulación, pero él se sentía impotente, sabía que no podía hacer nada.

El choque contra el suelo fue aparatoso, el sonido del acero retorciéndose penetraba estridente en los tímpanos, y los golpes del metal contra la carne producían un dolor punzante. El helicóptero había caído sobre su tren de aterrizaje, pero el impacto había hecho que todo el aparato volcara a la izquierda. Las palas del rotor se destrozaron al golpear la tierra y el motor se detuvo ahogado pasando el ruidoso caos a un sepulcral silencio que se sostuvo por una fracción de segundo. Los gritos y quejidos de una doctora sobreviviente eran desgarradores. Los pasajeros del lado izquierdo habían muerto por el impacto al volcar, mientras que los del lado derecho, donde Isdor y Lena estaban originalmente, habían caído sobre el costado del aparato, que ahora era el suelo. Isdor estaba sobre Lena, y esta sobre un cadáver cortado por el metal retorcido.
– ¿Estás bien? – le preguntó Isdor.
– Mi espalda, ¡me duele mucho! – Le contestó. Estaba llorando. Preguntas similares se escuchaban de los otros dos pasajeros sobrevivientes.
– ¡Te sacaré de aquí! – Aseguró isdor. Se levantó, no se sentía tan lastimado. Tenía magulladuras por todo el cuerpo, pero podía moverse. Su brazo derecho le dolía considerablemente más que el resto del cuerpo. Caminó como pudo un par de pasos entre el amasijo de acero, intentaba llegar a la compuerta derecha, en ese instante la portezuela que separaba el compartimento de la cabina de mando se abrió. El capitán Kultmo Ixtal salía con dificultad, sangraba de una herida en la frente y traía a rastra al copiloto. – ¡Ayudenme! – Apuró, Isdor y otro sobreviviente se acercaron y le ayudaron a sacar al copiloto, estaba inconsciente, pero respiraba. Kultmo se movió con agilidad, pudo abrir la compuerta y llegar afuera, entonces ayudó a los sobrevivientes a salir de aquel helicóptero destrozado.
Todos se revisaron mutuamente, pues todos estaban heridos. El capitán Kultmo les asistió con los primeros auxilios. El copiloto tenía rota la pierna derecha, y la izquierda estaba severamente lastimada. La doctora tenía ambos brazos rotos. El hombre que ayudó a a Kultmo e Isdor solo tenía magulladuras; Lena sufría una dolorosa contusión en la espalda y el capitán Kultmo tenía magulladuras y laceraciones en la cabeza.

Isdor estaba terminando de aplicarle una crema desinflamatoria a Lena cuando la sombra del capitán Kultmo le opacó el sol matutino.
– Profesor Isdor, estamos cerca de la ciudad de Nakeotán. Solo un par de kilómetros, si vamos caminando quizá podamos conseguir un vehículo y… – Pero Isdor no le dejó terminar, se volteó vociferando:
– ¿Qué krayos pasa? Al menos trate de explicar un poco.
– Profesor, por favor contrólese. Tenemos heridos graves, hemos de atenderles primero y luego contestaré a sus preguntas.
– No me agrada… – Intervino suavemente Lena – pero el capitán tiene razón. Yo también quiero respuestas, pero necesitamos ayuda, Isdor.
– El profesor Zumát cuidará de los heridos en nuestra ausencia. – Sacó su pistola reglamentaria y se le ofreció a Lena. – Profesora Xalom, puede que llegue a necesitar esto. – Lena lo miraba perpleja. El capitán Kultmo siguió hablando:
– Volveremos tan pronto como podamos. – entonces el capitán acercó sus labios a la oreja de Lena y le dijo en voz baja:
– No es agradable, pero si es necesario, corra y ocúltese, aunque deba abandonar a los heridos. No podemos morir todos el mismo día.
– Lo qué me pide, no… – intentó protestar ella, pero el capitán le atajó – Entre más rápido volvamos, más oportunidades tendremos todos de sobrevivir. Luego tendrá sus respuestas. – Tomó un fusil de asalto y se lo entregó a Isdor.
– ¡No sé usar esta cosa! – Protestó el joven matemático.
– Y espero que no sea necesario que lo use. ¡Mueva su académico trasero, profesor! – El capitán e Isdor partieron trotando dejando atrás al grupo. Isdor tenía un nudo en la garganta. Pronto se hizo evidente la diferencia de la resistencia física de un docente y un militar, Isdor apenas podía mantener el paso de Kultmo.
Llegaban a la carretera, Isdor se detuvo apoyando sus manos en sus rodillas.
– ¡Maldición, profesor! Solo un par de kilómetros más. Nakeotán está cerca.
– ¡No estoy en forma! – replicó Isdor. Y siguieron la marcha un poco más despacio. Isdor iba cansado, pero el dolor de los golpes había disminuido hasta casi volverse imperceptible. Se aventuró a hablar:
– Explíqueme aunque sea un poco lo que pasa, capitán. ¿Cómo acabé en esta situación?
– Si habla mientras trota se cansará más rápido.
– ¡Quiero que hable usted, krayos! ¿Cómo es qué un helicóptero moderno se estrella de la nada?
– ¿No miraron la luz?
– ¿De qué habla, explique?
– Nos derribó un PEM. Nuestro helicóptero era exclusivo para transporte y no estaba preparado para uno.
– ¿Un PEM?
– ¿Es usted un profesor de universidad? Un PEM, un pulso electromagnético. Eso frió la computadora de abordo. ¡Krayos!
– ¿Intentan evacuar con equipo no preparado?
– Profesor, un PEM como ese solo puede ser generado por una bomba termonuclear. O solo debería, porque como ve, no ha caído ninguna bomba.
– No entiendo nada. – Isdor iba a hacer otra pregunta, pero entonces divisó el primer establecimiento de la ciudad y sintió un gran alivio – ¡Mire, una gasolinera! – exclamo con buen ánimo. Llegaron a la gasolinera, pero no había nadie, no obstante la tienda estaba abierta.
– ¡Maldición! Ya llegaron hasta aquí. – exclamó el capitán Kultmo. Levantó su voz:
– ¡Isdor, tome todo lo que nos sea útil! Debemos volver con los demás, pronto.
– ¿Y cómo pagamos? No ando tanto dinero y no hay quien nos atienda…
– ¡No sea estúpido, hombre! Estamos en una crisis, solo tómelo. Agarre agua y alimentos.
– Eso sería delinquir… no puedo…
– Maldición Isdor, ¿no ve que lleva un arma? Haga lo que le digo.
– ¿Y como volveremos?
– Estoy seguro que vi un par de carros afuera, usaremos uno. ¿No los vio?
– Claro que los vi, pero eso no es…
– ¡Solo hágalo! Quienes dejamos atrás corren grave peligro. – Isdor estaba totalmente confundido, pero decidió que era mejor dejar de discutir y hacer lo que el capitán le indicaba. Agarró una canasta y metió agua y golosinas. Se percató de que Kultmo no estaba dentro de la tienda, cogió otra canasta y también la llenó. Salió con ambas canastas en las manos. Pero no miraba a Kultmo por ninguna parte, caminó un poco y entonces el capitán le sorprendió. Estaba subido en una motocicleta que hacía mucho ruido.
– Los carros están fritos, Isdor. El PEM destruyó sus computadoras. Debemos regresar. Atrás hay una mototaxi. Suba las cosas y volvamos.
– Nunca he andado en motocicleta… – Kultmo le miró con una expresión severa. Se bajó de la moto y fue a encender la mototaxi.
– Maldición, Isdor, comienzo a creer que Zumát me hubiese sido más útil. ¿Será que sobrevaloré su juventud? – Había encendido el motor, Isdor se acercó subió las canastas y puso mucha atención a las rápidas explicaciones de Kultmo. No le costó habituarse al manejo de la moto y pudo seguir a Kultmo sin problemas hasta el lugar donde habían caído. Al llegar fueron recibidos por una cara de perplejidad por parte de Lena, pues se sentía decepcionada al verles solos en un par de ridículas motocicletas.
– Lo siento profesora, es toda la ayuda que obtendremos. – Confesó el capitán.
– ¿Cómo haremos con los heridos?… No pueden ir en moto.
– Y tampoco podemos quedarnos aquí. – La voz del capitán comenzaba a dar señales de irritación.
– ¿Sugiere que los abandonemos a su suerte?
– Capitán… – Era la voz débil del copiloto. Todos voltearon a verle. – Soy un soldado, tengo una misión que cumplir. Déjeme un arma, y lleve a estos civiles a un lugar seguro.
– ¡No podemos hacer eso! – Fue la automática respuesta de Lena.
– Isdor, Zumát, suban a la doctora a la mototaxi. Háganlo ya, con cuidado, necesitamos que pueda volver a usar esos brazos.
– Debe estar bromeando, capitán. No puede abandonar así a este hombre.
– Es un soldado, está cumpliendo con su deber, y yo con el mío. Ya les dije que estamos bajo ley marcial. – Se acercó a Lena y su mirada fue penetrante. Ella escuchó con temor. – Si quiere sobrevivir, hará lo que le diga, sin cuestionar. Mi paciencia tiene límites. – Se volvió hacia la mototaxi, y entonces ordenó:
– Isdor, deje agua y comida junto al soldado, y dele su fusil. Zumát, usted viene conmigo, quiero que cuide bien de la doctora. Isdor, tome mi motocicleta, usted llevará a Lena. Iremos al centro de salud más cercano que haya en Nakeotán.

Comentarios

Add a comment