Dedicado con todo mi cariño a 1000Luna
Apreciado doctor: Soy Ángela.
Disculpe que me dirija a usted por carta. Es mejor así. Necesito la tranquilidad de un papel en blanco para poder ordenar y dar sentido a mi relato.
Conozco su preocupación por las últimas desapariciones de internos. Todas ellas inexplicables para la policía y para usted. Pero no para mí. Ya sabe que llevo más de diez años ingresada en este psiquiátrico. Y también conoce el motivo. Tranquilo, no le guardo rencor. Al contrario, se lo agradezco. Me ha permitido disponer del tiempo necesario para comprender los hechos que viví aquel día: cuando Amanda se fue.
Ya sé que para usted, y para el juez que ordenó mi ingreso, yo fui la responsable de su desaparición. O, de forma más propia, lo fue mi locura. Pero nunca estuve loca y, aunque no sé cómo, nunca lo he estado después. Espero que ahora comprenda lo que pasó entonces; es la única manera de que pueda entender lo que sucede en su hospital.
Aquella tarde comenzó como todas. Ya sabe lo rutinaria que puede llegar a ser la vida con una niña autista. Hoy ya sé que no padecía autismo, pero era el único diagnóstico que podían darme entonces. Sigo. Volvimos a casa después de salir del colegio. Era un chalé situado en una apartada urbanización. Mi ex marido y yo queríamos un jardín: con ventanas para ver jugar a nuestros hijos en el tobogán, en el columpio o cazando mariposas. Una vez nació Amanda sólo quedó un tobogán, que nunca se montó, guardado en el trastero. Su padre y sus reproches se marcharon dos años después.
Disculpe, me estoy apartando de los hechos. Tras entrar, lo primero que hice fue llevar a Amanda hasta su habitación, en la planta de arriba. Subimos lentamente las escaleras. Yo le hablaba del colegio y de lo contenta que estaba la profesora aunque supiera que no me iba a responder. Nunca hablaba, a lo sumo emitía gruñidos. Ya me había hecho a la idea de que nunca escucharía su voz, ni llamarme “mamá” alguna vez. Al llegar a su habitación esperé hasta que se quitó la chaqueta y la colgó en la percha. Lo hizo muy bien. Le prometí las galletas que tanto le gustaban para merendar. Ella permaneció indiferente con la cabeza ladeada, evitando mi mirada, como siempre. Bajamos al comedor. Encendí el televisor mientras ella se sentaba en su sofá de color azul. Luego le acerqué la mesita donde coloqué su vaso de leche, con las tres galletas dispuestas como la cabeza del ratón Mickey. Amanda, sin apartar la vista de la televisión, cogió una y se la llevó a la boca. Esperé un poco y, como estaba tranquila, fui a la cocina a preparar la cena. Esa noche íbamos a cenar judías con patatas hervidas.
La cocina se encontraba contigua al comedor. Era amplia, de estilo rústico. Me puse el delantal que me había regalado Amanda por el día de la madre. Lo había hecho en el colegio y tenía sus manitas impresas en distintos colores. Cogí el teléfono inalámbrico y activé el modo silencio para evitar que el timbre pudiera asustar a la niña: detestaba los ruidos altos y estridentes. Puse el agua a hervir. Saqué una bolsa de judías de la nevera. De repente el teléfono comenzó a vibrar. Lo cogí mientras me asomaba al comedor; Amanda continuaba comiendo sus galletas. Contesté, pero ninguna voz me respondió. Insistí dos veces más hasta que colgué. Dejé el teléfono sobre la mesa. ¡Cómo imaginar el vuelco que iba a dar mi vida a partir de ese instante! Al girarme, tropecé con Amanda. Me miraba a los ojos, con una sonrisa en sus labios. Grité, ¿se lo puede creer? Toda la vida suspiré por ver una emoción en su cara, una mirada… Me arrodillé y le pedí que le dijera algo a mamá. Ella continuó con sus grandes ojos negros clavados en los míos. De la olla, en la que estaba hirviendo las judías, rebosó el agua que apagó la llama del fogón. En ese momento dijo: “Venimos”. Sí, me pareció una palabra extraña para ser la primera, pero era la primera. Sonó de forma rara, la “ve” más fuerte que la “ni”, pero bastó para hacer de aquel momento, el más feliz de mi vida. La abracé, así permanecí hasta que el olor a gas me alertó del fogón apagado. Tras abrir la ventana ella volvió a ladear su cabeza, cerrar su sonrisa y dar media vuelta para volver al salón a ver los dibujos. Me quedé en la cocina saltando de alegría… ¡Qué ignorante era! Abrí el congelador y saqué las croquetas que tanto le gustaban a Amanda. ¡Se había ganado su plato favorito!: croquetas con patatas fritas separadas por un lago de kétchup.
Al terminar de preparar la cena llevé a Amanda al lavabo. Mientras dejaba correr el agua caliente le quité el suéter blanco con el escudo del colegio, luego la faldita con estampado escocés y, por último, los calcetines blancos. Canturreé mientras la bañaba, como siempre. Lavándole el pelo, escuché el timbre de la puerta. “¿Quién podría ser a estas horas?”, me pregunté. Me daba igual porque no iba a dejar a la niña sola en la bañera, pero miré al espejo del baño para ver si se pudiera distinguir, reflejada en él, la puerta. No pude observar nada porque había mucho vaho. Me inquieté; en años nadie se había presentado en casa sin previo aviso. Caí en la cuenta de que no había conectado la alarma. Al volver mi atención sobre Amanda vi su mirada clavada en mí, otra vez. Sus ojos negros resaltaban aún más por el blanco de la espuma del champú. Y otra vez su sonrisa. “¡Llegamos!”, dijo esta vez. Me estremecí. ¿Qué significaba eso de “llegamos”?. Probé a preguntar: “Mi niña, ¿quién llega?”. No me respondió y su risueña expresión fue poco a poco desapareciendo mientras volvía a ladear la cabeza.
Tras vestirla con el pijama rosa de “Hello Kitty” la tomé en brazos hasta la cocina. La senté. Encendí el DVD portátil y puse una película de Disney. Estaba nerviosa, relacioné que la extraña actitud de Amanda coincidía con la llamada del teléfono y el timbre de la puerta. “Venimos” y “Llegamos”. Era evidente que eso es lo que había dicho con un acento extraño. Pero no era el acento lo que me inquietaba, era lógico que pronunciara con dificultad. Lo que me inquietaba eran las palabras. Lo normal es que se hubiera referido a un objeto: mesa, tele, osito, mamá; pero nunca “Venimos” o “Llegamos” y menos con una sonrisa. La intranquilidad me llevó a dejarla sola y conectar la alarma. También comprobé las ventanas y las puertas de cristal que daban al jardín. Miré más allá de los muros de nuestra propiedad. En el lado que daba a la carretera no había coches aparcados. En el otro, el viento mecía las ramas de los árboles. Parecían bailar dando la bienvenida a la noche. Entonces creí distinguir, detrás de unos olmos, la figura erguida de un hombre: ¡Me estaba mirando! Me asusté mucho y bajé la persiana.
El silencio me desquiciaba. Volví a la cocina para ver si Amanda había comido algo. Su plato seguía intacto y no apartaba su mirada de la película de Disney. Tenedor a tenedor conseguí que terminara. ¿Quién podría ser ese hombre? La imagen me carcomía mientras recogía los platos y los dejaba en el fregadero. Incluso llegué a pensar en que Amanda pudiera conocerlo. “Venimos”. Los nervios me desquiciaban. Dejé los platos a medio lavar. Me decidí por acostar a Amanda. Después llamaría a mi madre y pondría el programa de cotilleos en la televisión. Apagué el DVD y tomé en brazos a Amanda: “¡Arriba mi niña!”. Subí con dificultad la escalera. De camino a su habitación miré a través de las ventanas; no se veía más que oscuridad.
Nos acostamos en su cama. Corrí el edredón azul con estrellitas amarillas y aparté los peluches. “Mañana los meteré en la lavadora”, me dije. Cogí de la mesita el cuento que tanto le gustaba. Se lo leía una y otra noche. Trataba de una abeja que se quedó sola. Pensaba que era por sus dibujos llamativos, sus distintas texturas o por rutina; pero era su contenido lo que la embelesaba. Hoy lo sé.
Permítame transcribirlo pues es de suma importancia para la comprensión de lo que intento decirle:
“En una tarde de tormenta, un rayo partió un árbol en dos. En una de sus ramas se encontraba una colmena que, al caer al suelo, se destrozó y todas las abejas se marcharon, llevándose consigo todos los huevos no eclosionado, menos uno que se quedó olvidado. Cuando la abejita nació miró al cielo y, luego, al suelo sin saber quién era ni dónde estaba. Entonces vio a una familia de gusanos arrastrándose por el suelo.
—¿Puedo ir con vosotros? —pidió la abeja.
—Como tú quieras —respondió papá gusano.
La abeja se puso detrás del último gusanito y comenzó a arrastrarse con ellos. Pero pronto se cansó de andar. Tampoco le gustaban las hojas que aquellos gusanos le daban para comer. Además había descubierto que tenía alas y que al moverlas volaba. Sin embargo cada vez que lo hacía, mamá gusano le recriminaba que no lo hiciera, que eso no lo hacían los gusanos. La abeja se sintió infeliz, no quería ser gusano y se marchó.
Al poco tiempo volvió a sentirse perdida y sola. Entonces observó a unas hormigas que formaban dos fila: una que entraba en un agujero del suelo, llevando trocitos de comida a cuestas, y otra que salía de otro agujero con las patas vacías. Le encantó ver como trabajaban juntas y lo felices que parecían ser. Cogió un trocito de comida y se colocó al final de la fila que entraba en el hormiguero. Se sentía útil y era feliz por formar parte de una familia tan grande. Las hormigas la acogieron muy bien dado que traía mucha comida. Pero al poco tiempo la abeja se cansó de cargar comida y además los túneles del hormiguero eran demasiado estrechos y le costaba moverse. Así que un día se marchó.
Triste, por no poder encontrar un hogar, se acercó a un rio donde se encontró a unos renacuajos que, al verla en ese estado, le propusieron que se quedara con ellos:
—¡Sé un renacuajo!, podemos movernos en el agua como queramos… ¡Es fantástico!
La abeja se lanzó al agua, pero al mojarse sus alas, casi se ahogó. A duras penas logró salir a la orilla y marcharse volando una vez se le secaron.
Desconsolada, vagó errante y solitaria, huyendo de todos los animales que se encontraba por miedo a que le hicieran daño. Pero un día un zumbido llamó su atención. Cuando llegó al origen del mismo se encontró a un montón de abejas revoloteando alrededor de un panal tirado en el suelo. La abeja se acercó al reconocer que esos seres tenían su misma forma.
—¿Qué os pasa? —preguntó la abeja.
—Un oso le propinó un zarpazo a nuestra colmena arrancándola del árbol —explicaron las demás abejas— ¡Nuestra reina no ha podido salir a tiempo y ha muerto!…Ahora no sabemos qué hacer y por eso damos vueltas.
La abeja sintió el dolor de las otras, y comprendió que había llegado a su casa y que era su familia.
—¡Hagamos otro panal! —Les arengó.
Y así fue como todas las abejas se pusieron a trabajar, a cooperar entre ellas y, en muy poco tiempo, construyeron otro panal y proclamaron a la pequeña abeja como su reina.”
Cuando terminé, Amanda ya dormía abrazada a su osito de peluche. Salí de puntillas de su habitación, dejando entreabierta la puerta. Ya en el comedor miré a través de una ventana. Todo estaba oscuro y el estado de ansiedad en el que me encontraba me hacía ver sombras moviéndose por entre los árboles. Encendí la televisión y puse un programa de cotilleos; sus debates acalorados me tranquilizaron. Busqué el teléfono inalámbrico en la cocina. No estaba encima de la mesa ni al lado del microondas. Salí al comedor y escudriñé el sofá. No lo encontré. Entonces decidí llamar a mi madre a través del teléfono móvil. Debía estar en el bolso, pero al abrirlo comprobé que no. ¡Pero, sin duda, debía estar allí! Otra vez volvió la ansiedad. Ahora ya convertida en miedo. Observé el televisor pero era incapaz de entender lo que decía. Me dirigí otra vez a la ventana y apoyé mi nariz contra ella. Sentí el frio del cristal. El paisaje estaba igual de oscuro que antes. Y otra vez me pareció distinguir unas sombras moviéndose entre la arboleda. Bajé la persiana. Inspiré hondo. Necesitaba compañía, pero sólo tenía a Amanda. Apagué la televisión y las luces. Subí con paso ligero las escaleras. Entré en su habitación. Seguía dormida. Respiraba profundamente. Me recosté con cuidado a los pies de su cama, abrazada a una rana de peluche. Cerré los ojos deseando que al abrirlos fuera ya de día y el sol espantara mis absurdos miedos. Me dormí.
Me despertó el ruido de unas pisadas acompañadas de un trajín de personas. Provenían del salón. Me quería morir. Acerqué el oído y me pellizqué el brazo. Estaba despierta y había gente extraña en mi comedor. ¡De madrugada y en mi comedor! Regresé a la cama, quería desaparecer en ella. La alarma estaba conectada. ¿Por qué no saltó? Extendí el brazo buscando a Amanda. Pero ella no estaba. ¡No estaba en la cama! Di un brinco. El miedo se convirtió en desesperación y me lancé al pasillo dispuesta a todo por mi niña.
Jamás hubiera podido estar preparada para lo que vi. Había diez personas: hombres, mujeres e incluso niños postrados frente a mi Amanda. Ella parecía una reina dirigiéndose a sus súbditos. Al detectar mi presencia, todos, incluida Amanda, clavaron sus ojos en mí. Me quedé helada, petrificada, por esas miradas de indiferencia. Tras unos interminables segundos me dieron la espalda. Un hombre tomó a Amanda en brazos y salió por la puerta. Grité: “¡¿A dónde vais?!” Fui corriendo hacia ellos pero una de las mujeres y un niño se interpusieron en mi camino. Me dijeron: “Somos Ella y Ella Nosotros”. Conseguí zafarme pero otra mujer me agarró del pelo. Caí al suelo y me retuvieron allí hasta que Amanda marchó. La vi indicando al grupo el camino a tomar hasta que desapareció en la oscuridad. Rompí a llorar: ella se marchó sin despedirse, sin dirigirme ni una última mirada. Al poco tiempo, los que se quedaron sujetándome, se marcharon; pausadamente, cerrando la puerta tras salir.
Cuando me quedé sola no supe qué hacer. Me decidí por avisar a la policía pero no tenía ningún teléfono. Así que cogí el coche y fui a la comisaría del pueblo. A la mañana siguiente los agentes no vieron forzada la puerta ni signos de violencia en los muebles. Me preguntaron por qué no estaba conectada la alarma. También me cuestionaron por qué estaban los teléfonos escondidos en el armario ropero de Amanda.
¿Ve ahora la verdad, doctor? Aquellos visitantes, como sus internos son Todo cuando están juntos y nada cuando están solos. Sus pacientes jamás estuvieron locos. Desde el primer momento reconocí en ellos la misma conducta de Amanda. Eran abejas perdidas hasta que la colmena las ha encontrado y, al sentir su cercanía, se han fugado para unirse a ella.
Por fin he comprendido que Amanda nunca fue mi hija. Es cierto que la concebí y crie, pero nunca fui su madre. Al verla actuar con ellos, he visto que, como la abeja del cuento, es su reina, la que completa el funcionamiento de toda la colmena.
Espero que ahora comprenda su naturaleza y lo que está sucediendo. Porque esta carta no es una confesión sino una advertencia para usted y el resto de la humanidad.
Cada día son más y el panal donde se esconden se les está quedando pequeño.
Y necesitan uno más grande; mucho, mucho, más grande.


1000Luna
Vaya, una historia genial y escrita perfectamente. Me encantó. Me has tenido enganchada hasta el final. Ahora no puedo pero mañana y con tu permiso, vuelvo para compartirla en facebook, Twitter y Google+… Aquí te dejo mi voto.
Saludos, David.
DavidRubio
Gracias 1000lunas, por supuesto que te doy permiso. ¿Acaso no escribimos para ser leídos?. Un abrazo
1000Luna
Hola, David. Gracias. Ya compartí en face y demás…
Saludos.
DavidRubio
De nuevo gracias, Un abrazo muy grande
rosa elena franco
como te gusta este cuento
DavidRubio
Vaya espero que te haya gustado a tí también Rosa y gracias Lobo por tus palabras
Eduardo
mi voto, me cautivó desde principio a fin
DavidRubio
Gracias. Te agradezco la lectura. Me salen relatos largos para este formato y nunca tendré palabras para agradecer su lectura y comentarios
volivar
Davidrubio: un cuento donde expones todas tus cualidades de escritor, que se resumen en una: No dejar respirar al lector hasta que termine de leer.
Mi voto
Volivar
DavidRubio
Volivar tus comentarios son una inyección de adrenalina. Te lo agradezco muchísimo
Lu.Hoyos
Excelente, David. Mi voto.
DavidRubio
Gracias Lu, Tengo pendientes un par de relatos tuyos por leer. Un abrazo muy grande
RafaSastre
Muy bueno, David. Enhorabuna.
DavidRubio
Gracias Rafa. Gracias por tu lectura y comentario.
VIMON
Muy buen relato, David. Felicitaciones y mi voto.
DavidRubio
Gracias Vimon. Como principiante nunca podré agradecerte bastante tus lecturas
lourdes lasheras
Un cuento dentro de otro cuento y ambos magistrales, el ritmo, el estilo, el lenguaje, etc.
Mi voto y un abrazo.
DavidRubio
Magistral es una palabra muy grande pero te la agradezco muchísimo. Gracias por leer mis relatos que son un poco largos para este formato. Un gran abrazo para tí también.
Maria Enriqueta
David, tienes una forma especial de escribir que note deja apartar los ojos y la imaginación no alcanza , siempre hay algo que te hace seguir tratando de avizora el final,Un voto más que te llega desde muy lejos pero ” no hay distancia si miras el cielo que unos une”
Desde Argentina, en Mar del Plata,una ciudad hermosa junto al mar
Cariños..
María Enriqueta ( hija de sevillana y olé)
DavidRubio
Muchas gracias Maria. Ya me gustaría escribir como tú (Nota: acabo de leer tu poema). Si me gusta escribir historias y que sean los personajes los que hablen o hagan. Creo que así es más entretenido.
PD. ¿Ya te he dicho que tu poema me ha encantado?
Un beso muy fuerte nos leemos
EstaNoche
Hola! me ha encantado. Es una preciosa historia.
Te mando mi voto
DavidRubio
Gracias Estanoche. Me alegra tu comentario dado que tus textos me gustan especialmente. Te agradezco la lectura y tu comentario.
amatista2304
Me uno a Volivar, no paré hasta terminar de leer. Buena historia, la narración me permitió visualizarla por completo. Abrazo
DavidRubio
Gracias Amatista. Me alegro de que te hayas fijado en eso. En este relato traté de ser muy minucioso en cada uno de los movimientos de los personajes para conseguir mayor empatía con la madre fundamentalmente. Valoro en mucho tu comentario. Un abrazo
Fanathur
Fantástico relato. No solo por su temática, sino por la manera de contarla. Mi enhorabuena.
DavidRubio
Gracias por tu atención y lectura Fanathur, Un abrazo
Gödel
Amén.
DavidRubio
Gracias por tu comentario. El otro día estuve curioseando por tu blog. Me pareció muy interesante, me lo he agregado a favoritos para ir pasándome por él. Saludos y muy agradecido de que hayas pasado por el relato.
nanky
David, excelente, te recomiento escuches y leas la letra de un tema de Luis A. Spinetta, se llama ” La aventura de la Abeja reina”( aparece en You Tube), tu cuento evocó en mi las mismas imágenes que cuando escuché por primera vez esa maravillosa canción. Un gran saludo desde la oscuridad.
DavidRubio
Gracias Nanky por leer y comentar. Pero sobre todo por tu recomendación. No la conocía. Acabo de escucharla y me ha impactado. Un abrazo
Manger
Imaginación al poder, amigo David. Muy entrenido, muy bien tejido desde el principio y un final de fantasía. Un abrazo.
DavidRubio
Hola Manger, Estoy revisando estos textos antiguos pero el sistema los da como nuevos. Creo que es bueno hacer ese ejercicio. Fíjate a este relato le he quitado más de 500 palabras inútiles en esta revisión. Un abrazo y muy bueno tu micro publicado hoy.
Manger
Es cierto, estimado David, muchas veces se escribe de más por el loable intento de explicarnos lo máximo posible, pero es lo más natural del mundo. Lo cierto es que no nos viene mal hacer también labores de edición y regalarnos un poco de tiempo con autorevisiones; pero sin pasarse, no vaya a ser que troquemos la idea original en algo muy distinto.
Yo, por el momento, y siendo nuevo en esto, tengo que conformarme con revisar bien las tonterías de lo voy escribiendo para evitar los muchos erores que se cometen; y, aún así, se yerra. Espero algún día coleccionar los suficientes como parta plantearme autorevisiones. Un abrazo, amigo.
… Y gracias por leer el micro.
DavidRubio
Creo que nunca podemos dar por terminado un cuento. Siempre se le puede sacar más partido. Un abrazo
¿Qué tendrá la abogacía que nos despierta esta pasión por escribir?