Cae lentamente, se enfría poco a poco, y moja mis dedos al frotar mi cara. Deja un rastro salino en mi rostro, al contacto con mis ojos provoca un leve escozor, diría que agradable al frotárselos con los puños. Miro al suelo y veo la húmeda tierra marrón, en multitud de ocasiones pintada en los blocs de dibujo infantiles, marrón homogéneo, evocador. Huele a tierra, puro olor, y pese a que hace frío, un afilado y generoso hilo de sol idealiza el momento. Estoy sentado en el suelo, y acabo de recorrer una distancia considerable, o lo que cualquier persona sensata consideraría excesiva en una práctica deportiva . No estoy cansado, pero no quiero moverme, la tierra, la aterciopelada caricia de las hierbas silvestres en la palma de la mano, me retienen, adormecen. Arcillosas colinas fragmentadas en cárcavas mágicas, retamas escuálidas agitándose al viento, a mis pies, el esqueleto del tomillo resistiendo el duro invierno, pequeñas y lacerantes encinas se reparten de forma caótica. Al fondo, humo de fábricas y en el cielo, caravanas de aviones, lejanos susurros continuados del caminar por el asfalto de multitud de coches.
No sé por qué, pero soy todo esto. Tierra, retama, tomillo, encina . Huyo de los artificios sociales, y siempre me lo recuerdo en semejantes parajes. Tengo casi cuarenta años, y creo que nunca he sabido muy bien hacia dónde voy, la vida laboral es una losa, me siento inadaptado, y me pesan mis errores como pareja y padre, mis fantasmas del pasado, un pusilánime océano de debilidades, pero soy increíblemente fuerte y auténtico cuándo aprieto un terrón de tierra y lo llevo a mi rostro y siento su frescor.
La fuerza interior, esa verdad, es la misma que siento cuándo sostengo la trémula mano de mi abuela, que en contra de su aspecto, es una mano suave, la misma mano de siempre, pese a su declive físico. Ancianos aparcados en sillas de ruedas con la mirada perdida en una televisión insonora, edulcoradas salas de espera a la muerte. Los ojos de mi abuela, aparentemente perdidos, se iluminan siempre al verme, y yo debo hacer el mayor de los esfuerzos para sofocar mis lágrimas. Ella ha sido la persona que ha forjado realmente mis raíces. Nunca me dio un consejo o me modificó la conducta, me aceptaba, me justificaba todo, simplemente actuaba bajo su forma de ser, bondad, cotidianidad, sólo tenía que metabolizar y observar su forma honesta y sencilla de vivir.
Me levanto del suelo abatido, pero con una sensación de plenitud absoluta, tengo que seguir corriendo, y seguir en contacto con la tierra, que de forma ejemplar, veo como brota en fuentes de vida dónde la yerma modernidad la aprieta. Vías de tren cuyos márgenes son tapizados de verde, olmos solitarios y orgullosos, esqueletos desérticos, se yerguen en páramos cercanos a zonas industriales. Existe una sincera belleza entre el cemento. Nuestros grises y enladrillados valores están soterrados, así como las personas que nos han dado la vida. Corro hacia la puerta del geriátrico, sabiendo que gracias a mi abuela, y un puñado de tierra, algo puro puedo encontrar en mi espíritu. Trataré de no olvidarlo.

consuelo alonso
Pasamos por la vida demasiado deprisa, por eso de vez en cuando, pararse y disfrutar de momentos especiales, como lo hace jberrioc, merece la pena.
Es un relato bonito y con mucho sentimiento.
spanjaard
Hay mucho amor en estos párrafos. Jberrio tiene material emocional dentro así que solo queda esperar y animarle a que lo saque.
Lidyfeliz
Qué confesiones profundas, densas, sinceras. Un relato pleno de significado y sentimientos, Jberrio. Te felicito porque llegaste a mi y rompiste mi calma. Mi voto
jberrioc
Gracias, la verdad es que es un relato bastante personal. Saludos.
metropolis_vii
profundo y liberador… sin duda que hace falta dejar salir esos sentimientos y plasmarlos en frases como las que escribes. mi voto !!!!
jberrioc
Muchas gracias metropolis_vii, a veces teemos que frenar un poco y buscal algo en esencia, el paso del tiempo nos tiene que decir quiénes somos, a simplemente a saber estar. Saludos.