Anunciando la hostilidad de la noche venidera, el frio azota con violencia tu gesto desencajado. Punzantes cristales de llovizna se sienten libres de herir tu enmarañada cabellera y colarse por los poros de tu piel hasta congelarte las entrañas. Sin poder reprimir un escalofrío, pegas la espalda a la firme pared contra la que estás recostado, y, sentado sobre tu cartón, te abrazas las rodillas en un intento vano por darte calor. El bote de cristal permanece fiel, inundándose de agua y pena a un ritmo vago.
Te duele la cabeza y cada uno de tus latidos te ruge con vigorosa fuerza en las sienes, como la insoportable marcha fúnebre del enterrado en vida. El vacio de tu estómago añora una sopa caliente y tus tobillos desnudos unos calcetines de algodón suave. Te presionas el cuerpo para dejar de temblar y callar al hambre. Apestas a calle, desolación y miseria.
Los viandantes caminan con paso decidido y ausente, sin devolverte la mirada, como si formases parte del gris mobiliario urbano. Por un momento te preguntas si no es así. Sus abrigos opulentos y sus deseables vidas no empatizan con el frio que se asienta en tu alma. En las engalanadas cabezas no anida la idea de un sentimiento en cualquiera que les sea ajeno.
Se acerca una señora que pasea a su perro. Éste te olisquea los pies, la señora le da un tirón brusco a la correa y el can obediente avanza. Pocos metros más allá, un hombre y una mujer, mantienen una animada disputa por algún asunto relacionado con la conducción. Agarrada al abrigo de la mujer, una chiquilla de rosadas mejillas que apenas si le llega a la cintura, juega a balancear su bolsa de dulces. La niña advierte que la observas y, vergonzosa, se esconde tras las piernas de su madre, que intenta hacerle a entender a gritos al hombre que no puede aparcar ahí. Curiosa, asoma la cabeza despacito, para comprobar si aún la miras. Le sonríes. Ella tira del abrigo de su madre, que la riñe para que calle. Disgustada, la niña hunde la mirada en sus zapatos.
Te apoyas la frente en las rodillas, tratando de entrar en calor, una vez más, sin éxito. Escuchas el motor de un coche próximo, la mujer debe haber solucionado el problema. Levantas la cabeza para comprobarlo y descubres, en la esquina humedecida del cartón sobre el que te sientas, una bolsa de dulces. Buscas con la mirada hasta dar con una sonrisa tímida que saluda desde la ventanilla trasera de un coche que se aleja para perderse en la fría selva de asfalto. Te lleva el viento el aroma de la eterna flor que, hermosa, crece entre los hierbajos. Y, bajo el manto de la Humanidad, compruebas agradecido que el temblor al fin amaina.

DavidRubio
Felicidades, has narrado un tierno relato. Con el punto justo para no resultar ñoño y si interesante y emotivo. Gracias por compartir tus textos.
Lualla
DavidRubio, te agradezco mucho tu comentario y que te hayas pasado por mi texto. Me alegra que hayas dicho eso porque en un principio temí como tu dices que pudiese resultar algo “ñoño”, pero me decidí a escribirlo como el atisbo de Humanidad en la que creo, debemos confiar. Muchas gracias, un abrazo.
bearui
Hola Lualla,
La indigencia que nos rodea y no queremos ver porque podríamos ser uno de ellos. Unos dulces no quitan el frío, aunque sea metafórico, mejor una buena manta. Es un relato interesante. Mi voto. Besos. Bea
Lualla
Gracias por tu opinión Bea, que sabes que la agradezco mucho. No, no lo quitan pero hacen amainar el frio de la soledad… Un fuerte abrazo!
volivar
Lualla: muy buen relato; es cierto que para el frío es mejor una buena manta, pero la niña dio lo que tenía, su bolsa de dulces. Y así, el relato termina con redobles de tambor.
Felicidades
Mi voto
Volivar
Lualla
Muchas gracias amigo por tu opinión y por tus incesantes comentarios que animan a uno a seguir siempre con esto, un abrazo!
Lu Hoyos
Muy tierno, Lualla. Mi voto.
Lualla
Muchas gracias Lu!
T.H.Merino
Muy bueno este relato corto escrito en segunda persona. Felicitación y voto. T.H.Merino
Lualla
Gracias T.H.Merino, usé este recurso a fin de que el lector empatice más con el personaje, así que si funcionó, ya me doy por satisfecha. Un gran abrazo!
LUCIA UO
Mi voto ya te lo había puesto, pero aunque te había leído no tuve oportunidad de dejarte comentario, vuelvo a leerte nuevamente con mucho placer.
Una historia desgarradora. Muy bellamente contada.
Que triste que seamos tan insensibles al dolor y sufrimiento de los demás. Me encantó la ternura de la niña que supo ver lo que otros no.
¡¡Felicidades!!. Escribes bellísimo.
Un gran abrazo
Lualla
Lucía, hacía ya tiempo que no nos leíamos!
Muchas gracias por tu comentario, así es, “la eterna flor que, hermosa, crece entre los hierbajos”.
Gracias de nuevo por estar siempre dispuesta a leer, un fuerte abrazo amiga!
Gödel
Excelente y muy sobresaliente tu texto, por la grandiosa descripción que realizas sobre «el manto de la Humanidad». Saludos.
Lualla
Gracias por tu generoso comentario Gödel, y por haberte pasado a leer, un abrazo
J.Stark
No sé qué me gusta más…si tu extraordinaria manera de escribir (si, he dicho extraordinaria, no me protestes
) o tu gran calidad humana. Hace falta más amor, más niñas “olvidando” bolsas de chuches que endulcen otra vida. Hacen falta muchas cosas…pero lo que hace falta es tener ganas de cambiar el mundo…comprometerse a ello. Gracias por regalarnos textos tan bellos…gracias por pensar como piensas. Mi voto, un abrazo
Lualla
J.Stark, se adecue más o menos a la realidad, es muy bonito esto que me dices
Te agradezco mucho, mucho tus comentarios, siempre tan humanos y tan animosos, y te agradezco el ratito que les sacas siempre a mis textos. Sí, hace falta endulzar las vidas, hace falta cambiar el mundo. Gracias a ti, amigo, un fuerte abrazo!
Julieta Vigo
¡Pero qué bonito! ¡Cuántos sentimientos endulzan tu relato, uno por cada una de las chuches que la niña le regala al desharrapado!
Un abrazo, Lualla.
Lualla
Julieta muchísimas gracias!! Un gran abrazo!