A atajar la calle

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    «A atajar la calle

    que no pase nadie… »

    Los niños juegan al corro en el parque. Cogidos de las manos cantan y dan vueltas, saltan y se agachan al ritmo de la canción.

    «…que vengo de Roma

    con una corona… »

    Sus madres, sentadas en un banco soleado, hablan y los vigilan de reojo.

    «…de hierro candente.

    Al que no se arrodille

    le parto la frente. »

    La mujer solitaria, mira a los niños desde un banco más alejado. Los ve jugar y desearía ser como ellos. Quisiera cantar en el corro y que los versos tuvieran el mismo sentido que tienen para esos niños.

    «A atajar la calle

    que no pase nadie… »

    Los niños cantan y dan vueltas. Algunos tropiezan y caen, pero se levantan, afanosos, y siguen danzando en el corro que no deja de girar.

    «…que pase mi abuelo

    comiendo buñuelos… »

    Hace mucho que la pusieron de rodillas y le partieron la frente, y en todo ese tiempo no ha sido capaz de incorporarse, pero, ahora, su piel absorbe esa cantinela infantil como una esponja reseca lo hace con el agua y siente que vuelve a ella el ánimo olvidado.

    «…si no me da un poco

    le estiro del moco…»

    Su cuerpo se desentumece y siente dolor tras tanto tiempo de rendición. Las rodillas anquilosadas reclaman despegarse del suelo. Ha de levantarse y estirar de donde más les duela. ¿Por qué no? Al que no le queda nada no tiene nada que perder.

    «A atajar la calle

    que no pase nadie…»

    En el banco de las madres se hace el silencio, todas miran a esa mujer.

    «…na más que mi abuela

    vendiendo ciruelas.»

    La ven acercarse al corro de sus hijos e insertarse en él, tomarles de las manos y danzar al ritmo de la canción.

    «Maravilla, maravilla,

    que se hinque de rodillas,

    que le dé un besito al suelo.

    ¡Ay! que me muero!»

    Una de ellas piensa intervenir pero no se decide. Esa mujer le parece una loca inofensiva.

    La mujer del corro canta y danza, no puede percibir el Pensamiento de la madre, y aunque pudiera lo ignoraría. En el suyo se ha grabado la rebeldía incandescente del verso.

    A atajar la calle, que no pase nadie.

    Comentarios

    1. DavidRubio

      7 marzo, 2013

      Como se dice los niños son el motor del mundo. Muy hermoso relato contado de un modo muy original. Felicidades

      • Jesanbo

        8 marzo, 2013

        Por puro biologicismo lo son, técnicamente somos animales cuyo único fin es perpetuar la especie. Un saludo, david.

    2. VIMON

      8 marzo, 2013

      Magnifico ejercicio, Jesanbo, yo hice algo parecido con “Mambrú se fue a la guerra”, que está por ahí, en mi perfil. Un saludo y mi voto.

      • jesanbo

        8 marzo, 2013

        Muchas gracias, Vimon, buscaré tu Mambrú.
        Yo también tengo otro en el que las cancioncillas populares tienen peso y, además, cuadra perfectamente con la época que nos está tocando vivir. Buscaré mi “El consejo de don Pipirigallo” y lo colgaré. A ver qué os parece.
        Un abrazo.
        Jesús

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