Toda su infancia leyó cuentos sobre cómo el amor se manifestaba entre las personas de manera casi perfecta. Escuchaba de princesas, sapos, reyes y patrañas que nunca veía en su realidad. Todo esto la alejaba de su propia búsqueda, las historias se quedaban en eso y no le permitían concretizar sus sueños que se volvían mentiras.
Sin embargo, ahora veía todo de manera distinta. Ni a primera ni a segunda vista, se había envuelto en unos brazos ajenos que la
apretaban cada vez con más ternura y de los que no pretendía soltarse nunca. Una llovizna suave la cubría, una brisa tenue la recorría desde la punta de sus cabellos hasta los pequeños dedos de sus pies.
Y así, sin darse ni cuenta, tal como decían las historias amarillas, se había enamorado. Y no era de aquel príncipe inexistente en que creyó alguna vez, ni tampoco de este hombre real que ahora cobraba tanta importancia, sino, de algo que iba mucho más allá de todo este concreto. Sus sentimientos se centraban en todo el revuelco que entre ellos se producía… de la frondosidad de colores que brillaban con una mirada, de lo maravillosa que parecía la vida iluminada con una sonrisa mutua…
Aquellas fantasías sin sentido habían dado pie sin quererlo a lo más tangible que tenía en su vida, y lo que era a su vez, lo más abstracto que conocía.
Sencilla y simplemente, se había enamorado del amor.

VIMON
Buen relato, Mari, y muy realista. Todos nos enamoramos finalmente del amor. Saludos y voto.