Bailando bajo la lluvia

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La lluvia caía al otro lado de su ventana, creando una suave
melodía mientras chocaba contra el cristal en un ritmo natural. Sentada en el
alféizar observaba la multitud de paraguas grises que caminaban en la calle,
triste ante aquella monotonía. Enfrente su osito de trapo la miraba, y antes de
pensar lo que hacía saltaba y lo cogía con ella.
Corría a fuera, pero se detuvo junto a la puerta, la lluvia se expandía ante
ella como una inmensa e impenetrable cortina. El goteo se escuchaba más cerca y
se olía la humedad. Estiró la mano y rió con su risa infantil como niña que
era. Reía ante aquellas húmedas caricias y saltó fuera girando en círculos
mientras tomaba a su osito de las manos, como si bailara con su príncipe. Reía
y se divertía, bailando sin parar bajo aquella lluvia que apegaba a ella su
camisa negra que antes colgaba suelta, al igual que su cabello oscuro. Bailaba
hasta darse cuenta que la miraban. Miradas que surgían bajo los paraguas,
miradas desaprobadoras, miradas severas, miradas justicieras. No comprendía por
que la miraban así, por qué la juzgaban por divertirse bajo aquella hermosa
lluvia hasta darse cuenta que era la única que lo hacía. Claro. Ella
desentonaba. Decaída volvió a su habitación y sacó su paraguas antes de volver
a la multitud. Pero ya no sentía la misma alegría. Se sentía como una más,
alguien más quien seguía aquella fabricación humana, una más de aquellas
copias. Harta tiró lejos el paraguas y salió corriendo, sin soltarse en ningún
instante de su fiel amigo. Corrió hasta cansarse y luego lloró. Apenas sentía
sus lágrimas diferenciarse de las gotas de lluvia. Apenas las distinguía en sus
manos húmedas dándose entonces cuenta de ello, levantando su vista mientras
seguía siendo bañada por la humedad. Ellos lloraban, aquellos ángeles en el
cielo lloraban como ella lo hacía ahora por la tristeza monotonía de aquella
ciudad.
Cogió fuerte la mano de su osito y corrió de vuelta, riendo como antes lo había
hecho y sin dignarse a ser intimidada por las miradas comenzó a bailar con toda
su vitalidad: girando, saltando, corriendo y brincando. No paraba, no descansaba, como si su vida se
fuera en ello. De repente las personas que miraban se contagiaron, comenzaron a
preguntarse en sus cabezas si ellos también podrían sentirse tan sueltos y
decididos dejaron caer sus grises y negras protecciones comenzando a bailar
alrededor de aquella extraña chica y su compañía. Bailaron y rieron, juntos, se
tomaron de la mano y saltaron bajo la lluvia. Siempre se añadía más gente
aunque también siempre había más quienes se quedaron al margen, observando con
mirada desaprobadora, mirando con desdén.

Se abrieron entonces, sobre el circulo bailador, las nubes y la lluvia cesó
dejando paso a las cálidas caricias del sol. La chica rió aún más y lanzó a su
felpudo amigo al aire girando velozmente sobre ella misma antes de volver a
cogerle, antes de derrumbarse.
Los bailes cesaron y el círculo se cerró sobre ella. El cuerpo de la chica
quienes los había hecho sonreír estaba ahora tumbada inerte sobre el suelo con
una cálida y profunda sonrisa. Finalmente la muerte la había alcanzado, pero en
plena alegría de quien disfruta el último día de su vida, y no en la triste
residencia de su hospital, en desesperada agonía.

Comments

  1. volivar

    28 marzo, 2013

    Tasukra: muy hermosa narración; lindo ese final.Qué belleza la de morir plenos de alegría, disfrutando, como dices, del último día de la vida, y no en la triste residencia de un hospital, en desesperada agonía. Esto es como para tenerlo muy en cuenta.
    Te felicito, amiga.
    Mi voto
    Volivar

  2. VIMON

    29 marzo, 2013

    Cuida la sintaxis.

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