Besos

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Si logro reconstruir los últimos minutos que estuve con él, sólo me quedaría hipnotizada con los pensamientos que atravesaron mi mente mientras nuestras lenguas jugaban esgrima en cámara lenta. – Ese beso ha sido el mejor beso de la vida – Le dije.
Él asintió y nunca sabré si realmente existirá algo mejor que eso. Me gusta dudarlo. Trato de buscar describirlo, pero no puedo. Intento recordar qué más había y no estoy segura si en ese momento quería llorar o sonreír, igual puede ser que hice las dos cosas al mismo tiempo, es uno de los beneficios de ser mujer, feminista o machista, da lo mismo, tengo vagina y pareciera ser que eso nos vuelve diferentes a los hombres, aunque personalmente lo pongo en duda. Tampoco puedo recordar la mirada que él tenía, no me atrevo a imaginarlo, porque no quiero quedarme con ese recuerdo. Volvamos al beso. El beso. Ese beso. No sé. No sé cómo nació algo así. Nunca nos habíamos besado de esa manera. Fue como un atentado que nos tomó por sorpresa, a ambos. Porque en mí desencadenó un sentimiento de libertad inmensurable. No sé qué habrá significado para él. No quiero saberlo, porque mientras más sé, más me arrepiento de haber querido enterarme. Y yo no soy de las que se arrepiente muy
seguido. Más bien soy bien orgullosa. No me enorgullece decirlo, pero me dijeron que si lo hacía, tal vez el orgullo se sienta ofendido y comience a aparecer menos. Que se joda. Y que se jodan todos los besos del mundo, excepto uno. Ése. Ese mismo. Ése que se quedó en mis entrañas dibujado y calcado, encerrado, castigado, olvidado, agonizando y condenado a cadena perpetua.

Quería entenderlo. Quería decirle que no era necesario ocultar nada más. No sé por qué siempre se me ocurren estas cosas después. En el momento me quedo congelada, no brotan pensamientos, no llueven ideas, no aparece nada. Me quedo en un estado de fatal indignación. Me bloqueo, me paralizo. Esas pamplinas a muchos les sucede, no vengan que no. Tampoco me miren feo (Aunque en realidad, mírenme con los ojos). Pasa, pasa y más de lo que se piensa. El asunto es que él podía sincerarse. Podía liberarse. Finalmente eso hicimos, salió bien, salió mal, a nadie le importa. Esa noche fue mía. Hice con ella lo que quise y ella también hizo conmigo lo que se le dio la gana. Nos violamos mutuamente, casi como si fuere algo necesario. Volvamos al beso. Estas letras son para él, no para mí. Estas letras le corresponden sólo a esos minutos cargados de emociones tergiversadas. Yo no entendí una mierda por qué estaba sintiendo todo eso que sentí. Y hasta el día de hoy no lo he podido comprender. – ¿No te das cuenta que acá va la equis y lo que tienes que buscar es la zeta? – me decía. No, no me doy cuenta. – respondía. Ese es tu problema. Y así, así volvimos a los problemas. A mí sólo me gusta encontrarles una solución. No sirven para nada más. Lo triste es que cuando ya encontraste la zeta… te das cuenta que no tenía sentido resolverlo. ¿Para qué?, nunca tuvimos oportunidad. Comenzamos una historia sabiendo que en algún momento fracasaría para siempre. Y así fue.

Fracasamos, otra vez.

El beso. Sentí que pasaron tres microbuses mientras nosotros estábamos sentados besándonos. También había personas en un auto blanco estacionado en la esquina de la cuadra, cerca de nosotros. Ellos nos miraban sorprendidos. Al igual que ellos, yo también quería saber en qué momento dejaríamos de besarnos, porque sentía que nuestras bocas se doblaban, como si nos fuésemos a tragar. Y lo último que quería era llegar al canibalismo. Tenía los ojos cerrados, no sé cómo vi todo eso y al mismo tiempo respondía a una boca que parecía estar sedienta de vivir, de quitarme todo o casi todo lo que pudiera haberme succionado. Tal cual la maquinita me succionaba las tres cajas de antidepresivos que una vez ingerí en forma compulsiva y desequilibrada. No era yo. Era otra. Es la única explicación que encuentro cuando pienso en él y en su beso. No era él. Era otro quién quería absorberme la vida. Era otro quien deseaba mis pulsaciones. Era otro, él no podría haber hecho lo que hizo. Romper dos veces el corazón es un tema delicado. No quisiera que una de las personas hipotéticamente más importantes de mi vida… pasara por algo así. A mí me gusta esa palabra. Hipotéticamente. Le puedes dar muchos usos, hipotéticamente hablando, claro está. Hipócrita.

Hipopótamo. Hipotenusa. Hipotecar. Hipotético. Disparates. Regresemos a manosear esa libidinosa unión de cuatro letras y dos personas: El beso.

La idea es que llegue el minuto en que sea desagradable pensar en la idea. Qué redundante y mal redactado está esto. No importa. Tiene que ser vomitivo. Tiene que llegar a las arcadas. De lo contrario, será un beso normal. Como cualquier otro. Común y corriente. Nada que salga de lo ordinario. Y ese beso fue especial. Espacial. Espectacularmente delictual. Sí, sentía que estaba rompiendo reglas, momentos, situaciones, vidas, historias. Y las hacía añicos. Las tomaba como papel
celofán y las convertía en una pelota arrugada, fácil de lanzar al vacío. Estoy dolida, maldición. Estoy profundamente afectada por ese puto beso. Mejor vamos a dejar que descanse en paz. No necesita extremaunción, sólo un par de meses más de statuo quo. Y si le da acidez, le daremos algo. Y si le da nostalgia, le daremos algo. Y si se vuelve a enamorar… Si se vuelve a enamorar, a mí no me pidan nada. Por favor, no podré volver a soportar algo como eso.

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